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lunes, 14 de octubre de 2013

Novísimas escenas matritenses

Me está costando mucho trabajo contar el viaje a Brasil. Y no sólo por la falta de tiempo, que es el principal escollo, sino por la dificultad de transcribir tal cantidad de sensaciones a palabras. Está claro que, contra lo que piensa mi señora, las musas no me llamaron por el camino de la literatura. Así que aprovecharé este rato libre para introducir una cuña y contarles nuestra última visita a Madrid y las exposiciones que vimos por si les sirven de orientación, que este blog no abandona nunca su vocación didáctica.

Coincidió esta vez nuestra visita con un feroz artículo de El País en el que el periódico, antes tan cariñoso con Gallardón, arremetía con saña contra la labor de su heredera. Con más razón que un santo porque, según nos vienen contando nuestros corresponsales y pudimos comprobar nosotros mismos, la ciudad está alcanzando unos límites de cochambre que ni los más viejos del lugar recuerdan. Problemas presupuestarios los hay en todos los municipios, y el endeudamiento que dejó el actual ministro de Justicia no contribuye precisamente a mejorar las cosas, pero la parodia de alcaldesa que les tocó en suerte a los madrileños cuando el reparto de poltronas del PP y su palmaria incapacidad para gobernar ni un caserío ha hecho el resto. Y ojo que con esto no quiero decir que en otros sitios estemos en mejores condiciones. Cochambrosa y todo, Madrid sigue estando a años luz del pozo de subdesarrollo y fundamentalismo desde el que escribo. Aunque se esfuerzan en alcanzarnos, no crean, que el sábado nos cruzamos con la Virgen del Rosario recorriendo en procesión las calles del barrio de Las Letras.

De todos modos su actividad cultural sigue siendo notable, y gracias a ello este post tiene alguna consistencia. Por ejemplo, el fin de semana en que estuvimos actuaban en El Matadero (espacio de titularidad municipal, no lo olvidemos) en un mismo concierto The Haxan Cloak y Chris and Cosey. No fui a escucharlos, y mucha pena que me dio, pero tapear con amigos a los que hace mucho tiempo que no has visto parecía en aquel momento un plan mejor. Merced a esta elección conocimos varios bares muy recomendables de la zona centro donde además de guardar la fina costumbre de invitar a tapa con la cerveza o el vino se esmeran en su preparación. Y es que en este viaje hemos huido mayormente en lo gastronómico de modernidades e inventos. Sólo caímos en una ocasión y porque teníamos curiosidad por un restaurante vietnamita (de nombre Viet Nam) que acababan de abrir en Huertas y del que había buenas referencias; nos hicieron esperar pero al final valió la pena y salimos ahítos y sin haber pagado más de lo necesario. Pero ya digo que nuestras preferencias esta vez fueron más por el vermú de grifo, la morcilla burgalesa y los callos. La vejez que nos vuelve más conservadores.

En cuanto a las exposiciones, no pudimos ir a ver todas las que nos habíamos propuesto ya que tuvimos un conflicto con el hotel en el que habíamos reservado, uno de esos establecimientos llamados "con encanto" que se ubican en antiguos palacios y conventos. Y es sabido que en esos edificios solía haber leñeras, establos, gallineros y otros espacios similares cuya estructura y localización estaba marcada no por la comodidad sino por la utilidad, pero a los que la codicia de sus nuevos propietarios convierte en habitaciones de cuatro estrellas. Y no dudo de que haya a quien le apetezca hospedarse en una mazmorra del siglo XVII, pero el cliente debe ser advertido antes. Así que entre dimes, diretes, reclamaciones y cambios de alojamiento con armas y bagajes se nos fue un tiempo curioso. Pero volviendo ya al asunto que nos ocupa, mi señora, que tuvo la suerte de visitar la exposición del Prado sobre Velázquez y la familia de Felipe IV la recomienda, y yo me fío de su criterio en estos asuntos. De las que yo vi, recomiendo la dedicada a Méliès en CaixaForum, que ya por fin es de pago. Se trata de un montaje de la Cinémathèque Française en el que se repasan los antecedentes y la prehistoria del cine (sombras chinescas, linternas mágicas, zootropos, cronofotografía) mostrando los aparatos originales, y que enlaza con la peripecia vital del propio Méliès, que venía del terreno del ilusionismo y la fantasía. Del cineasta se muestran sus dibujos (era un consumado pintor), maquetas, figurines y se proyectan algunas de sus películas más conocidas. Si se queda uno a verlas todas se puede echar gran parte de la mañana.

También muy recomendable la instalación temporal de Ryoji Ikeda en la Fundación Telefónica, de título data.path. En esta ocasión el leit-motiv son los flujos de datos que crean nuestro entorno cotidiano (sistemas estelares, códigos genéticos, corrientes intracelulares, redes informáticas, lenguajes de programación...) sin que seamos conscientes de ellos. En su línea habitual, Ikeda nos los traduce a puntos, signos y caracteres y los hace correr vertiginosamente sobre unas pantallas con el poderoso acompañamiento de su música. Toda una experiencia audiovisual que gustará hasta a quienes no estén habituados a estas marcianadas. Por su parte la exposición sobre el 300 aniversario de la Real Académica nos decepcionó un poco. Al ser en la Biblioteca Nacional fuimos pensando en que podríamos visitar sus salas y ver algunos de los tesoros que allí se guardan, habitualmente reservados a investigadores y enchufados. Pero no. Se trataba de un recorrido cronológico por la historia de la Academia desde su fundación, con muchos legajos, cédulas y diccionarios. Lo único interesante eran los retratos de los académicos, algunos de ellos obras importantes y pocas veces expuestas de Goya, Madrazo, Fortuny, Sorolla, Zuloaga o Vázquez Díaz. Incluso nos gustó mucho el retrato de Dámaso Alonso de Hernán Cortés, pintor cortesano por el que no sentimos demasiada debilidad. Pero hechas estas salvedades, no es una exposición que recomendemos especialmente.

En este viaje además hemos reparado una omisión que ya duraba demasiado, y es que nunca habíamos ido a ver los frescos de Goya de la ermita de San Antonio de la Florida. Y si ustedes están en la misma situación aprovechen la primera oportunidad que tengan porque realmente son algo digno de ver. Ya ha sido dicho muchas veces y por gente preparada que se puede datar en ellos el inicio del arte moderno, y es difícil no darles la razón. Ahí están los gérmenes del impresionismo y del expresionismo, las jóvenes de Renoir y las máscaras de Ensor contemplando el milagro del santo. Y ese supremo detalle de retranca baturra de sustituir en los arcos a los obligados putti por garridas majas con alas. Luego, para bajar el síndrome de Sthendal, nada mejor que cruzar la calle y entrar en Casa Mingo, que pasa por ser la sidrería más antigua de todo Madrid y donde se degusta un excelente pollo asado acompañado de sidra natural. Los fines de semana lleguen pronto porque se llena.


Chris and Cosey - Stolen Kisses (1985)

viernes, 10 de mayo de 2013

Escenografías

Obviando los hitos del siglo XX, y aunque conserva aportaciones de todas las culturas que colonizaron la isla, Sicilia es eminentemente barroca, y eso se nota en su pasión por los decorados. Y es que los mecenas de la época no se limitaban a pedirles a sus arquitectos de cámara un palacio o una iglesia, sino que imponían también las vistas y las perspectivas; es decir, la escenografía. Lo cual me recuerda a cierta ocasión en la que fui a una tienda de muebles de diseño con la pretensión de adquirir un sofá elegante para mi piso recién rehabilitado y el dueño, cual esfinge tebana, me planteó el siguiente dilema: “Sí, bien, pero usted realmente ¿viene buscando un sofá o UN ESPACIO?”. Por supuesto en ese momento, y para consternación de mi señora, di media vuelta y me fui a Mi Sofá, que es una tienda de la calle Luis Montoto de toda la vida donde los vendedores no hacen preguntas impertinentes, y compré un sofá sólido, cómodo, barato y sin encanto que me viene prestando un excelente servicio hasta el día de hoy. Pero, como siempre, me voy por las ramas.

Decía que de este gusto por la monumentalidad se aprecia especialmente en las plazas en las que se sitúan los edificios públicos, frecuentemente decoradas con espectaculares fuentes como la Piazza Pretoria de Palermo. En Siracusa, aunque en menor escala, también se aprecia esta pasión por el juego escenográfico, sobre todo en la Piazza del Duomo, donde se halla uno de los edificios más fascinantes de la isla aunque desde fuera no dé esa impresión: el templo griego de Atenea transformado en catedral cristiana. Lamentablemente, cuando estuvimos allí, la plaza sufría un ataque agudo de lo que hemos venido en denominar “teofilismo”, afección urbanística caracterizada por la instalación de elementos efímeros de pésimo gusto (pistas de patinaje, campos de juegos infantiles, mercadillos medievales, ferias de la tapa...) en las zonas más nobles y diáfanas de la ciudad, y cuyo nombre deriva del de cierta alcaldesa gaditana muy aficionada a ello, si bien es cierto que en la actualidad la costumbre ha sido adoptada por regidores de todo signo político y condición. El de Sevilla, sin ir más lejos, es un practicante tan aplicado que amenaza con arrebatarle la primacía a su conmilitona gaditana.

Siguiendo con el arte siciliano, y si finalmente consigo centrarme, les diré que el gran descubrimiento del viaje ha sido Giacomo Serpotta, escultor activo entre los siglos XVII y XVIII y cuyos trabajos en estuco son una de las cumbres del barroco europeo. Y es precisamente por la supuesta pobreza del material con que moldeó sus obras por lo que su nombre no suele tener capítulo propio en los tratados de historia del arte. Pero basta entrar en alguno de los oratorios palermitanos en los que dejó su firma para darse uno cuenta de que Serpotta no era un decorador al uso. Lo descubrimos por casualidad en el de San Domenico, y de ahí le fuimos siguiendo la pista por el de Santa Cita (ambientado ese día con el ensayo de un ensemble de música antigua) y finalmente en el de San Lorenzo, famoso por haber albergado en su retablo un Caravaggio que fue robado en los años 60. En cada uno de ellos idéntica sensación de hallarse ante un artista fuera de lo común. Y es que sólo con el humilde yeso consigue que de las paredes surjan santos, figuras alegóricas, escenas bíblicas, infinidad de traviesos putti y hasta batallas navales, todos engranados y formando parte de una misma idea escénica. Lo cual nos hizo también reflexionar sobre lo mucho que ha ido degradándose hasta nuestros días el oficio de escayolista.

Otra de las razones por las que merece la pena viajar a Sicilia es porque allí se encuentran algunos de los templos griegos mejor conservados del Mediterráneo. En mi anterior visita a la isla ya los recorrí extensamente, y en ésta pensaba llevar a mi señora a ver al menos los de Segesta y Selinunte, pero la incompetencia de los encargados de la agencia Hertz en Palermo nos privaron de tales excursiones, de lo que les aviso para que no contraten alquileres de coches con ellos. Así que terminaremos hablando de otra de las peculiaridades artísticas sicilianas que más nos gustaron: los mosaicos bizantinos con los que los reyes normandos del siglo XII cubrieron el interior de las iglesias que construyeron en Palermo y sus alrededores. Los más espectaculares son los del Duomo di Monreale por las dimensiones del templo, pero incluso en espacios más pequeños como la Capella Palatina del Palazzo dei Normanni la sensación es abrumadora. Todos siguen una secuencia similar: el Cristo Pantocrator en el ábside y luego los ciclos mitológicos correspondientes desplegándose por los muros de las naves como viñetas de un gigantesco comic sobre campo de teselas doradas: la creación, el diluvio, las vidas de los patriarcas, de los apóstoles, de Jesús... Y todo bajo el influjo de un feroz horror vacui que termina cubriendo hasta el más insignificante espacio libre, en las pechinas, las trompas, el intradós de los arcos, con imágenes de santos, arcángeles, serafines o generosos donantes. Como ésta que tienen a su izquierda, fotografiada en la iglesia de La Martorana y que, homenajeando al genial Hematocrítico de Arte, podríamos bautizar libremente como “Mesonera exigiendo el pago de la factura a Tortuga Duende” (La Madonna con il conto della trattoria).


Michael Galasso - Baroque (1992)

sábado, 4 de mayo de 2013

Sicilia según Wallpaper

En nuestro primer paseo por Palermo nos topamos, así de pronto y sin esperarlo, con la horrorosa mole del Palazzo de la Poste, una de las pocas muestras de arquitectura fascista que afean tan hermosa ciudad. Por hacer la gracia comenté en voz alta que si existiera una guía Wallpaper de Palermo, cosa que en aquel momento ignoraba, seguro que este edificio figuraba como uno de los landmarks. A la mañana siguiente, bicheando en la librería que allí tiene Feltrinelli, encontramos la famosa guía y, como no podía ser de otro modo, nada más abrirla apareció la oficina de correos con honores de foto a doble página. Por supuesto mi señora inmediatamente dispuso un cambio en nuestros planes del día para rendir una visita a tan singular edificio público. Que por dentro tampoco es gran cosa, y más tira a lo funcional que hacia el futurismo. Los únicos detalles de interés estaban en la zona del pórtico, con una arcada que recordaba vagamente a las que solía pintar De Chirico antes de su conversión al clasicismo.

El otro landmark del Palermo moderno para nuestra guía era el llamado "rascacielos de la Ina Assitalia", un bloque de oficinas sin ningún encanto en el que nadie se fijaría si estuviera en mitad del barrio de Los Remedios (o zona residencial fea equivalente de la ciudad desde donde se nos lea). El rascacielos, que aun siendo el edificio más alto de Palermo sólo tiene 18 plantas, era el buque insignia de un gran proyecto inmobiliario para revitalizar el centro de la ciudad, en la que también irían tiendas, viviendas y las oficinas del Banco de Sicilia, todo alrededor de una gran plaza porticada. Como suele suceder, y más en Sicilia, el proyecto no pudo terminarse al modo ideado por los arquitectos por falta de fondos y aquello acabó siendo otro quiero y no puedo. En la actualidad, la plaza porticada es un caótico aparcamiento en superficie y los edificios colindantes están pidiendo a gritos un lavado de cara.

Ya saliendo de Palermo, entre las excursiones recomendadas por Wallpaper al turista estaba una visita a Siracusa. Pero no para disfrutar de las vistas de la isla de Ortigia, de sus calles, plazas e iglesias, de su parque arqueológico o sus museos. No. Para los editores de la guía la única visita obligada era al santuario de la Madonna delle Lacrime, un edificio de hormigón proyectado en los años 60 (de hecho recuerda mucho a las cosas que hacía por aquel entonces Niemeyer) aunque no se terminó hasta mediados de los 90. En su momento la erección provocó bastante polémica en la sociedad siracusana, que la veía como un incordio paisajístico y una amenaza a su consideración de ciudad patrimonio de la humanidad, algo similar a lo que sucede ahora en Sevilla con la torre Pelli. Y es cierto que la iglesia, aun estando en la zona moderna, por sus descomunales proporciones impone un impacto visual notable al caserío histórico. Pero si obviamos la cuestión urbanística, como ejemplo de arquitectura contemporánea es realmente notable. La cripta sobre la que se asienta integra elementos arqueológicos descubiertos durante la construcción, mientras que la iglesia en sí plantea un original juego de perspectivas y luces que confluyen en el altar mayor donde se venera la imagen titular. Lo cual es muy interesante porque la famosa Madonna no es más que un cuadrito de escayola de pocos centímetros que un paisano tenía colgado en la cabecera de su cama y del que se cuenta que en 1953 vertió lágrimas humanas al tiempo que realizaba un puñado de curaciones milagrosas. Que semejante patraña haya llevado en pleno siglo XX a la construcción de un hito de la arquitectura moderna para albergar el icono objeto de latría y encauzar los flujos de sus adoradores es lo que más nos debería hacer reflexionar. Y eso, ya lo hemos dicho varias veces, es la función del arte.


Die Moulinettes - Alfio Brambilla (2001)

martes, 12 de marzo de 2013

Barcelona

El llamado problema catalán es algo bastante simple y fácil de entender, pues coincide con una aspiración compartida por la mayoría de nosotros: simplemente quieren marcharse de este cochambroso país. ¡A ver quién les va a culpar por ello! Y tampoco nos debería parecer mal que lo quieran hacer por la tremenda, llevándose incluso el paisaje; así se ahorran la saudade del emigrante. Quedaría por arreglar el espinoso tema del reparto de la deuda, claro, que en las separaciones quien se queda el piso carga también con la hipoteca. De todos modos, lo que me resulta sorprendente es la pérdida de ecuanimidad de un pueblo tradicionalmente tan sensato como el catalán, que les lleva a creer que el solo hecho de convertirse en un país de pequeño formato va a provocar que se vuelque sobre ellos el cuerno de la fortuna, como si no tuvieran tanta arte y parte en el problema como los demás. Y que no se hayan percatado de que quienes van a liderar su particular paso del Mar Rojo sean tan sinvergüenzas como los que gestionan los dineros del PER y los ERE en las taifas del sur. Y para muestra, ahí encima tienen el café del Palau de la Música, precioso edificio modernista que da nombre a la más famosa trama de corrupción política catalana de las últimas décadas.

En cualquier caso, y aprovechando que todavía no hay que mostrar pasaportes en el Prat, hace unos días estuvimos en Barcelona y tengo que decir que fuimos acogidos con la hospitalidad y el cariño de siempre. Y como siempre dedicamos gran parte del tiempo a visitar exposiciones de las que paso a darles cuenta, no en balde el propósito de este blog es educativo. Y curiosamente casi todas a las que fuimos tenían a la fotografía como principal motivo. La excepción fue la colección permanente de la Fundación Godia, que no tenía el gusto de conocer y que es una visita muy recomendable. El mecenas, Francisco Godia, era un rico empresario catalán, apasionado del automovilismo (llegó incluso a competir en los años 50 en el mundial de Fórmula I con sus propios vehículos) y con un innegable buen gusto para el arte. Su colección de arte medieval y renacentista, reunida en esos años en que los tesoros de las parroquias rurales eran saqueados con el consentimiento de todos, es de las mejores de España. También tiene algunas obras interesantes del modernismo catalán (Nonell, Rusiñol, Casas...) y una extraordinaria corrida de toros de Solana.

El CaixaForum tenía una exposición siguiendo la moda de las que se suelen hacer últimamente, en las que se mezclan obras de diferentes épocas en busca de un discurso las más de las veces inexistente, aunque en su defensa hay que reconocer que en su mayor parte la propuesta se mantenía con dignidad. El tema era la relación entre pintura y fotografía y la influencia mutua entre ambas bellas artes. Y es cierto que funcionaba muy bien cuando se enfrentaban obras de la época en la que la fotografía daba sus primeros pasos, pero flojeaba al tratar de justificar la inclusión de obras más cercanas en el tiempo. Pero ya digo que en conjunto es una exposición interesante, sobre todo por presentar a pioneros del arte fotográfico menos conocidos (al menos por mí) como Julia Margaret Cameron o Gustave Le Gray. Y también porque nos enfrenta con el fascinante proceso de la gestación de un nuevo arte, que partiendo de la nada y tomando como modelo lo más cercano que tenía, la pintura, en muy pocos años alcanza su máxima madurez creativa. Lo mismo que le sucedió al cine o el cómic.

Y ya que hablamos de CaixaForum una breve reflexión (o digresión). Tanto para la sede de Barcelona como para la de Madrid, las dos que conozco, se aprovecharon edificios industriales en desuso del centro de las ciudades. Para el proyecto de Sevilla, la Junta de Andalucía les cedió, sin ningún respeto por la importancia del monumento, las antiguas atarazanas, y además permitió que se le pusiera por montera un diseño estrafalario de uno de los arquitectos áulicos del régimen. Fue providencial que la actual coyuntura económica paralizara el proceso si bien a costa de enviarlo a un edificio de las afueras, herencia envenenada del proceso de fusión con las cajas sevillanas. Ahora parece que se impone la cordura y que con las Atarazanas se va a seguir una restauración más conservadora o arqueológica, poniendo en valor el edificio y rebajando el suelo hasta la cota original alfonsí. Que todo está por ver, dada la conocida incompetencia de quienes administran nuestro patrimonio. En cualquier caso uno entiende y acepta las razones económicas de la Caixa para llevar su proyecto cultural a la torre Pelli, pero es lástima porque en Sevilla hay un gran número edificios singulares en estado de abandono que podrían acogerlo con mayor dignidad si hubiera una mínima voluntad por parte de los políticos del lugar. Y estoy pensando en la Fábrica de Artillería de San Bernardo, sin ir más lejos.

Volviendo a Barcelona vimos también, y más porque pasábamos por allí que por verdadero interés, la exposición monográfica que La Virreina programaba sobre Alberto García-Alix, un fotógrafo que con independencia de sus cualidades formales siempre me ha resultado cargante por su exhibicionismo y su malditismo impostado. Y siguiendo Ramblas abajo, en el Arts Santa Mònica, una exposición colectiva sobre la fotografía en los tiempos de internet, la telefonía móvil y las redes sociales, habitual batiburrillo de propuestas más o menos ingeniosas pero montada con gusto y sentido del espectáculo, por lo que nos resultó entretenida.

Y basta ya de artes plásticas y hablemos de las hosteleras que son las que intuyo que interesan mayormente a la parroquia que lee este blog. Hay que decir que en este viaje no hemos ido en general a restaurantes nuevos, que estamos ya ahítos de tanta fusión inane y de las burbujas gastronómicas de moda. La excepción fue el Tanta, un restaurante de cocina peruana montado por la estrella de los fogones del momento, Gastón Acurio, por el que nuestro anfitrión en Barcelona sentía cierta curiosidad. Y lo cierto es que el sitio es bonito, el servicio agradable y no comimos mal, pero tampoco fue una experiencia como para recordarla mucho tiempo. Por eso nos hizo gracia enterarnos por los periódicos, ya de vuelta en casa, de que al tal Gastón le habían concedido el Premio Mundial de Gastronomía; imaginamos que a partir de ahora reservar allí va ser más complicado. Así que, y aparte de una lamentable experiencia en un restaurante literario al que se empeñó en llevarnos mi señora porque una noche vio allí cenando a Vila Matas, nuestros senderos acababan siempre en casa de comidas caseras, bares tradicionales y tabernas de viejos, éstas últimas indefectiblemente abarrotadas de jóvenes hipsters, y es que por lo visto ahora son tendencia. No les doy nombres porque sólo faltaba que la próxima vez que vaya me las encuentre llenas de modernos sevillanos.


La Coral Cósmica - Rumba Cósmica (1979)

domingo, 16 de septiembre de 2012

Sobre arquitectos y tumbas

Como muy bien identificó Vidal en nuestro anterior post, el edificio que aparece en la última foto es la Stadsbibliotek, obra maestra del gran arquitecto sueco Gunnar Asplund. Lo más característico del edificio es la espectacular sala de consultas cilíndrica, con varios pisos de estanterías y coronada por una cúpula muy rebajada inapreciable desde el exterior. No hay mucha obra de Asplund en la capital, aunque su influencia sobre toda la arquitectura y el diseño escandinavos es innegable. Por ejemplo la tienda de muebles de diseño más notable de la ciudad se llama Asplund. Y es el que el diseño en Suecia es una religión. Aunque no existe un museo del diseño como tal, el Nationalmuseum dedica varias salas al tema donde se exhiben todo tipo de muebles y objetos icónicos, incluyendo algunos de Ikea. De hecho muchas tiendas de diseño parecen auténticos museos, por el modo como combinan en sus exposiciones piezas vintage originales, copias contemporáneas y elementos actuales.

La otra obra importante de Asplund en Estocolmo es Skogskyrkogården, el cementerio catalogado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad y donde se encuentra su tumba, muy discreta, junto a una pequeña tapia. La visión desde la entrada es de una extensión de césped perfectamente cuidada, y más parece campo de golf que camposanto. No hay a la vista elementos religiosos, salvo una enorme cruz que lo preside todo. En el folleto para la visita del lugar se insiste mucho, con esa vergüenza culpable típica de los cristianos progresistas, en que esa cruz no es un símbolo de una fe concreta, sino del ciclo de vida- muerte-vida, lo cual es una absoluta memez pues para eso podrían haber colocado con mayor rigor una esvástica o un círculo solar. Junto a la cruz están el crematorio y las capillas, que no pudimos visitar pues sólo se abren cuando hay funerales. Las zonas de enterramiento están repartidas por los bosques de pinos que rodean la pradera, en uno de cuyos rincones se encuentra, con privilegio de tener placita propia, la tumba de Greta Garbo. El efecto que se pretende lograr, y que desde mi punto de vista se consigue, es más de dulce melancolía que de tristeza, algo bastante habitual en estos cementerios del centro y norte de Europa.

Porque no fue éste el único que visitamos. Fieles a la tradición protestante, la mayoría de las iglesias de Estocolmo mantienen coquetos cementerios en sus jardines, que no son reliquias del pasado como en otras grandes ciudades sino que siguen activos a juzgar por las fechas de las lápidas. Una costumbre que nos sorprendió es que los suecos no llevan ramos de flores a las tumbas de sus seres queridos, sino que las plantan en la hierba de alrededor. Por otro lado, hay que agradecer a la iconoclastia calvinista la ausencia de esa relamida estatuaria religiosa propia de los cementerios católicos; sobre todo, nada de "ángeles llorosos", lo que para un asustadizo fan del Doctor Who es un alivio. Por el contrario, las tumbas de los niños suelen estar cubierta de juguetes; y hasta encontramos gestos de humor en algunas lápidas. Y como sucede en cualquier parque, en cuanto sale un rayito de sol el vecindario aprovecha para hacer picnic en bañador sin ningún respeto por lo sagrado del lugar. Que tampoco es algo que quite el sueño por aquellos lares, y de hecho la mayoría de las iglesias tienen sala de juegos para los niños y cafetería.

Otro edificio emblemático de la ciudad que visitamos fue el Stadshus o ayuntamiento. Aunque se trata de un edificio de principios del siglo XX, su autor Ragnar Östberg lo ideó como un palacio renacentista florentino. El interior es bastante heterogéneo, destacando por el pésimo gusto de su decoración la llamada Sala Dorada. En la Sala Azul, que pese a su nombre está cubierta de ladrillos de color rojo y que es la única que mantiene una cierta unidad estilística con el resto del edificio, es donde se celebra el banquete anual de los Premios Nobel. Por su parte la Sala Oval, con sus tapices y sus sillones estilo Imperio, es el lugar donde se celebran los enlaces civiles cuya ceremonia oficial, de creer a la guía que nos acompañaba, puede llegar a durar hasta treinta segundos. De lo que les informo por si, como es mi caso, aún no han contraído matrimonio debido a la desgana que produce lo farragoso del ritual.

El último icono arquitectónico que vamos a comentar es la torre Kaknäs, que es como se llama el pirulí de allí. Personalmente no me interesaba demasiado, pero se trataba de una recomendación de la guía Wallpaper, lo que para mi señora es sinónimo de lugar sagrado de peregrinaje, así que aprovechamos un día de senderismo por el parque natural urbano de Djurgården para acercarnos. E incluso subimos al mirador, que desde sus 150 metros es la mejor atalaya para hacerse una idea de la llanura que configura el paisaje del área metropolitana de Estocolmo. El edificio es todo lo feo que suelen ser las torres de comunicaciones de hormigón, y de nuevo confirma la pasión de los editores de Wallpaper por el brutalismo; pero por lo menos tiene una utilidad, no como las ya famosas "setas" de la plaza de la Encarnación de Sevilla, que a lo que parece son el nuevo asombro de modernos sin referencias y arquitectos sin gusto, tanto de acá como de afuera.


New Musik - Design (1981)

lunes, 10 de septiembre de 2012

Museos de Estocolmo

La primera semana de nuestra estancia en Estocolmo coincidió con la del orgullo gay, que allí se celebra por todo lo alto, con edificios públicos y autobuses urbanos engalanados con la bandera del arco iris. Dado el nivel de tolerancia de aquella sociedad y la avanzada legislación antidiscriminatoria de que disfruta, no sorprende que las jornadas se centraran más en lo lúdico que en lo reivindicativo. No pudimos asistir a ninguno de los espectáculos programados porque nuestro ritmo de vida monacal era incompatible con los horarios. Eso sí, por casualidad fuimos testigos del momento más gayer que ofrece la capital sueca a sus visitantes, y que no es otro que el cambio de la guardia en el Palacio Real. Soldaditos de opereta sin atisbo de marcialidad vestidos por una costurera del carnaval gaditano que interpretaban ridículos pasos de baile a modo de revista militar. Menos mal que al final salieron los caballitos a hacer el carrusel y medio salvaron el programa. Para que hasta la guía turística que llevábamos advirtiera de que no se perdiera el tiempo pues se trataba de una ceremonia sin interés, así tenía que ser.

Los museos de Estocolmo tampoco son nada del otro jueves, aunque todos tienen su pequeño interés (tan pequeño en algunos casos que difícilmente compensa las cantidades que te cobran por la entrada). Porque además la mayoría, sean de arte clásico o moderno, caen en la memez que ya criticamos en su momento de retirar de las salas los fondos históricos para hacer sitio a exposiciones temporales con obras de muy inferior calidad. Eso sucede incluso en la joya de la corona, el Nationalmuseum, al que fuimos con el capricho de ver un raro cuadro de Goya, la llamada Alegoría de la Constitución de 1812, del que por mucho que lo buscamos nadie nos supo dar noticias. Sin embargo la mitad del edificio estaba ocupada por exposiciones temporales a cargo de los comisarios estrellas del momento que, bajo cualquier excusa banal, aprovechan  para juntar churras con merinas. Y lo mismo sucedía, aunque era más previsible, en el Moderna Museet, con el agravante de que aquí la exposición estrella del momento era una con documentos, vídeos e instalaciones de la época Fluxus de Yoko Ono. Siguen teniendo una buena colección, sobre todo de las desconocidas para nosotros vanguardias escandinavas, pero muchas de las obras maestras que aparecían en el catálogo no las vimos por ninguna parte. Eso sí, el edificio del museo, reconstruido casi totalmente por Moneo, es realmente bonito, y en la cafetería sirven uno de los mejores expresos de la ciudad.

Otro museo recomendable es el Historiska Museet, aunque está tomando una peligrosa deriva hacia un parque temático vikingo para niños. Por eso, si van con prisas, sáltense las salas dedicadas a los hombres del norte, que a fin de cuentas fueron otro pueblo de campesinos hambrientos sin mayor interés (aunque de cuando en vez les entrara el frenesí guerrero como en la película de Terry Jones), sáltense también la "sala del oro", que es como una joyería pija del barrio de Salamanca, y pasen directamente al arte medieval sueco, con sus monumentales retablos y sus esculturas talladas y policromadas en un estilo cercano al expresionismo, una auténtica sorpresa para la que ninguna historia del arte nos había preparado. A mi señora le gustó mucho el Museo de la Danza, que además era el único que se visitaba gratis, y que nos ilustró sobre los (para mí desconocidos) Ballets Suecos, compañía que en el periodo de entreguerras le hizo la competencia a los mucho más famosos Ballets Rusos de Diaghilev, y para la que compusieron obras músicos de la talla de Debussy, Milhaud, Satie o Albéniz, y diseñaron escenografías artistas como De Chirico, Leger o Picabia, algunos de cuyos bocetos y figurines originales se podían ver. Eso sí, el museo que más nos gustó a ambos, por haber conservado su encanto decimonónico sin caer en el infantilismo, fue el Biologiska Museet, un edificio de madera imitando el estilo de las construcciones vikingas diseñado para albergar un único e inmenso diorama que ilustra sobre la fauna de los territorios nórdicos mostrando animales disecados de todas las especies en actitudes "naturales" (más alguna locura taxidérmica como un híbrido de conejo y lechuza).

Finalmente, Estocolmo todo es un museo de escultura al aire libre, con obras en bronce de singular valor artístico. Un gran número de ellas son del omnipresente Carl Milles, que además tiene un museo propio en las afueras que no llegamos a visitar, pero hay muchas más de otros autores que dan una visión bastante exacta del desarrollo que alcanzó este arte en Escandinavia en los siglos XIX y XX, caracterizado por el culto a la forma humana, la elegancia de las líneas y una lectura frecuentemente simbólica. O, por expresarlo en otros términos, todo lo contrario de los monumentales mamarrachos que en los últimos años las autoridades sevillanas, atendiendo peticiones de cofradías, peñas taurinas o casetas de feria, han ido erigiendo por los espacios históricos de la ciudad para vergüenza de sus habitantes. Quieran los dioses de la guerra que a no mucho tardar seamos invadidos por el ejército rumano y en el saqueo arramblen con todo el bronce que encuentren en nuestras calles.


Balkan Beat Box - Bulgarian chicks (2007)

jueves, 19 de abril de 2012

Cuadros de varias exposiciones

Además de los hallazgos gastronómicos debo hablarles de las exposiciones a las que hemos ido en Londres, que han sido unas pocas. Obviamente, y como somos personas de buen gusto y una fama que mantener, hemos evitado que se nos vea por el que se anuncia como el acontecimiento cultureta del año: la exposición de Damien Hirst en la Tate Modern que se inauguraba el día antes a nuestra llegada. Y es que la gente bien, cuando queremos ver animales metidos en formol, vamos a un museo de ciencias naturales y no a una galería de arte. Pero es interesante analizar cómo Londres convierte este tipo de exhibiciones, a priori minoritarias, en atracciones turísticas masivas y cómo el turista medio pica como un besugo. Porque para mí sigue siendo incomprensible que una persona que lo ignora todo del arte, no digamos de los delirios conceptuales contemporáneos, pague catorce libras y aguante una cola de varias horas para ver algo que ni entiende ni le gusta. El oscuro placer de ser epatado, supongo.

El otro acontecimiento artístico de la temporada, que precisamente acababa esa semana como si todo estuviese programado para que los eventos no se hicieran sombra, era la gran exposición de David Hockney en la Royal Academy. Y a ésta sí que fuimos, aunque ciertamente sin esperar gran cosa de ella. Porque aunque, a diferencia de Hirst, Hockney es un gran artista, lo que se exhibía era la obra de los últimos seis años, en los que se ha dedicado casi en exclusivo a pintar paisajes de su Yorkshire natal. Y de entrada la impresión era muy buena: cuadros de gran formato con una deliciosa alegría cromática. Pero a medida que se avanzaba por las salas la reiteración del motivo  empezaba a ser cargante. Infinitas variaciones sobre el mismo tema pintadas con una paleta de colores planos y, por tanto, posibilidades muy limitadas. Y aunque el autor pretenda, o eso dice, transmitirnos su admiración por Monet, a quien acaba imitando inadvertidamente es a Van Gogh, todo lo cual deja una sensación un tanto incómoda. Pienso que si hubieran reducido drásticamente el número de cuadros expuestos la muestra habría salido ganando. Porque además, los comisarios cometieron el error de aparejar al principio de la visita una sala con algunas obras excelentes de los años 60 a 80, su época más productiva y conocida, que dejaban en muy pobre lugar a los cuadros recientes. Y no piensen que le tengo manía a Hockney; todo lo contrario, que el hombre tiene méritos de sobra para estar entre los grandes, y posiblemente sea, como la prensa local no se cansa de repetir, el más importante artista británico vivo (lo tiene fácil después de la muerte de Bacon y Freud). Pero creo que los cuadros recientes no están a la altura, y que habría sido más apropiado haberlos expuesto sin tanto bombo mediático en cualquier galería de prestigio. O quizás sea tan sólo un gesto de atención de Hockney para recordarnos que aún sigue vivo, y evitar que cuando el público lea su necrológica, esperemos que dentro de muchos años, no diga aquello tan triste y, por otro lado, tan habitual de: "Hockney? Pero ese no estaba ya muerto?".

La que sí nos gustó muchísimo y recomendamos fervientemente es la exposición de de Lucian Freud en la National Portrait Gallery. Una auténtica retrospectiva con retratos y desnudos pintados desde los años cuarenta hasta su muerte el año pasado. Siete décadas explorando la piel humana y lo que se esconde debajo. Y todo sin salir de su estudio, con el mismo decorado básico (una cama, un sofá desvencijado, unos trapos), pintando de noche, con luz eléctrica, a su familia, a sus amigos, a sus ayudantes, a gente anónima, a celebrities, a Hockney, a la Reina... Un auténtico encuentro con el arte con mayúsculas, una experiencia que, a poco que se tenga una pizca de sensibilidad, deja inevitablemente impactado. Él sí que ha sido uno de los muy grandes. 

Al otro lado de Trafalgar Square, en la National Gallery, había una pequeña exposición, en la que entramos porque no había nadie haciendo cola, sobre la influencia de Claude Lorrain en la pintura de Turner. Y así planteado puede parecer otra excusa barata para exhibir  cuadros de dos maestros de épocas muy distintas, pero en este caso el discurso estaba justificado, pues Turner admiraba y mucho a Claude, y hasta dejó dispuesto en su testamento una donación de obras a la National Gallery a condición de que se colgasen junto a los de su autor favorito. Y ciertamente en los cuadros exhibidos, que pertenecen a su primera época, esta influencia es apreciable, con escenas bíblicas, históricas o mitológicas que no son sino excusas para pintar paisajes y cielos al modo del pintor lorenés. De modo que el visitante no avisado podría quedarse con la idea de Turner como pintor académico, dotado, eso sí, de una pincelada luminosa y espesa a un tiempo que anuncia el advenimiento del impresionismo. Pero si uno luego va a la Tate Gallery, donde se expone la mayor parte de la obra de Turner, se asombrará al ver cómo todos los personajes, las ruinas, los paisajes y hasta la realidad se van desvaneciendo, hundiéndose en un mar de hierro fundido, y al final sólo quedan el cielo y el sol, brillando con una luz tan intensa que llega a molestar a la vista. Y les juro que no exagero, vayan a verlo y ya me dirán. 

En Trafalgar Square está también The Fourth Plinth, ese pilar vacío erigido originalmente para soportar una estatua ecuestre del rey Guillermo IV que nunca se llegó a hacer por falta de fondos, y que ahora se destina a instalaciones más o menos efímeras. En estos días lo ocupaba esa figura infantil, también ecuestre y en metal dorado que abre el post, obra de unos artistas escandinavos, que dice más bien poco donde está colocada y que a mi señora le recordaba al hijo malvado de Excalibur. Por cierto que el viernes santo representaron en la plaza una pasión de Cristo con gran despliegue de figurantes y medios técnicos, todo ello esponsorizado por una sociedad bíblica; pero ignoro si se trata de una piadosa costumbre de aquellos lares o es sólo una novedad de este año de crisis para atraer a las almas descarriadas a la senda cristiana y de paso hacer algo de caja. Nos quedamos un rato a verla y la verdad es que resultaba todo bastante ridículo. Y es que cualquier representación de la vida de Jesús interpretada por actores británicos acaba recordando inevitablemente a La Vida de Brian. O no?

 
Felt - Evergreen Dazed (1982)

sábado, 25 de febrero de 2012

Algunas exposiciones

Aprovechamos nuestro viaje a Madrid para ver algunas exposiciones de las que les doy cumplida información por si se encuentran o tienen que viajar a la capital. En estos tiempos de recortes en gastos sociales y culturales La Alquitara Pensativa, aunque de gestión y financiación privada, sigue manteniendo su compromiso de servicio público. Y empezamos por la que más nos gustó, la que dedicaba la Fundación Mapfre a Odilon Redon, un pintor no demasiado conocido, encuadrado habitualmente en las filas de los simbolistas y muy influenciado por los aguafuertes de Goya. Ese influjo se aprecia sobre todo en sus dibujos al carboncillo y grabados, negros, siniestros y con un punto grotesco. Mi debilidad son sus arañas sonrientes, pero también impresionan las series dedicadas a Edgard Alan Poe o al darwinismo con sus singulares criaturas mutantes. Y luego, cuando toma la paleta de colores y le da la vena decorativa, nos encontramos con otro pintor completamente distinto, con unos cuadros con tanta luz que hasta parecen retroiluminados. Era necesaria ya esta retrospectiva, la primera del autor en España, que además está exquisitamente montada, como todas las cosas que se hacen en la Fundación Mapfre.

Así que ya saben: si sólo tienen tiempo en Madrid para ver una exposición vayan a ésta sin dudarlo (la de la colección del Ermitage que hay en el Prado y que vimos hace unos meses vale también la pena pero hay que reservar la entrada con anticipación y además son todas obras muy conocidas). Y ya de paso, aprovechando que están en la Mapfre, pueden ver también la dedicada al fotógrafo americano Lewis Hine. Pionero de la fotografía social, influyó y mucho en autores como Walker Evans o Dorothea Lange que reflejarían años más tarde la realidad de la gran depresión de los años 30. Pero Hine es anterior. Su obra principal se desarrolla en las dos primeras décadas del siglo XX, retratando la pobreza y las desigualdades de su país. Son memorables las dos series dedicadas a los inmigrantes europeos que llegaban a la isla de Ellis y al trabajo infantil. Sobre todo porque hacen reflexionar (y habíamos quedado en que ésa y no otra era la función del arte) sobre las condiciones en que se vivía hace un siglo y cómo la clase obrera fue conquistando sus derechos a base de dura lucha, derechos que ahora se quieren hacer desaparecer por decreto como si fuesen una graciosa concesión del señor feudal de turno a sus siervos. Todo ello ante el pasmo y la parálisis de los afectados, que deberían acudir en fila y cogiditos de la mano, como los párvulos de los colegios, a ver estas fotos y enterarse de dónde venimos y a dónde parece que vamos; y ustedes me disculparán tan demagógica digresión. Siguiendo con Hine, ya posteriores son la serie sobre los oficios industriales, con posados de hercúleos trabajadores entre ruedas dentadas (una inspiración clara para Tiempos Modernos) y la más conocida, ésta por encargo, sobre la construcción del Empire State Building.

En el museo Thyssen hay una de esas exposiciones pretenciosas que les ha dado últimamente por hacer en colaboración con Caja Madrid y que se caracterizan en la mayoría de los casos por el derroche en publicidad, la pobreza del discurso artístico y la vulgaridad de las obras. No obstante son las que ganan siempre en el concurso local de longitud de colas y tiempos de espera. En esta ocasión el artista homenajeado es Chagall, un pintor que nunca me interesó demasiado. Salvo de la quema su primera época, antes de la Gran Guerra, con cuadros originales, llenos de onirismo y de buena factura. Pero luego, vaya usted a saber por qué, perdió toda la vena creativa y le dio por pintar esos feísimos cuadros de campesinos judíos rusos; todo ese rollo fiddler on the roof, ya saben. Y no soy el único en pensarlo. En una entrevista de los años cincuenta Dalí le confesaba a González-Ruano que no soportaba su pintura "arqueológica y anticuaria" y que le parecía "el pintor más asqueroso que existía". Tampoco es para tanto pero ahí queda la opinión.

En el Thyssen hay también una miniexposición absurda que ocupa una sola sala con media docena de cuadros de Mondrian, Van Doesburg y algún otro artista del grupo De Stijl enfrentados a otras tantas pinturas de maestros holandeses del XVII. Son buenas obras, pero el pretendido diálogo entre épocas no se produce, con lo cual toda la farfolla teórica del cuadernillo explicativo se cae por su propio peso. La impresión que produce es que la baronesa se ha encontrado esos cuadros arrinconados en algún trastero y le ha dado órdenes a su comisario de cabecera de que se invente un discurso apañado para poder exhibirlos todos juntos. Y no crean que lo digo por ninguna inquina contra tan aristocrática mecenas, que ese truco de mezclar churras y merinas con el aglutinante de una argumentación hueca y falsaria lo aplican todas las instituciones artísticas. Sin ir más lejos, un par de manzanas más abajo, en el Caixa Forum, se presenta una muestra sobre el arte geométrico (y qué arte no lo es?) en el que la sensación de baratillo es más que evidente. Afortunadamente en el mismo espacio cultural se puede disfrutar de una deliciosa exposición sobre los ballets rusos de Diaghilev llena de figurines, programas, fotografías y trajes de la época, todo ello en un montaje modélico. Y lo mejor es que pueden llevar a parientes o amigos poco devotos del arte contemporáneo sin que protesten.

La última exposición que vimos, a esas horas tardías en las que te dejan entrar de balde en el Reina Sofía, fue la que el museo dedica a la figura de Raymond Roussel, un inclasificable escritor francés que ejerció una singular influencia sobre dadaístas, surrealistas, patafísicos y toda suerte de artistas a cual más extravagante. Las obras expuestas no tienen demasiado interés pero el montaje te despierta las ganas de leerlo. Y aunque esta entrada se está alargando ya más de la cuenta, tanto que más parece un post de Carrascus, quiero referirme para acabar a la inauguración del estudio que han montado Miki Leal, Abraham Lacalle y otros artistas allá por donde el barrio de Salamanca pierde su pijo nombre, cerca de Ventas, y que era el acontecimiento artístico donde todo cultureta moderno que se preciara tenía que estar.
Noestudio, que así han decidido llamarlo, pretende ser un taller de creación al tiempo que una plataforma para difundir sus proyectos, una especie de Factory (la neoyorquina, no la del polígono aeropuerto) abierta a todas las iniciativas. Nosotros obviamente fuimos, pero también obviamente llegamos tarde. Y es que para nuestra última noche en Madrid nos pareció mucho más interesante quedarnos de vinos por la Cava Baja. Y claro, para cuando hicimos acto de presencia ya se había acabado todo. Tanto que tuvimos que pelearnos por las dos últimas cervezas frías que quedaban con un señor que tenía aspecto de haber sido un teórico del arte conceptual en los setenta y estar ahora de prebendado en alguna institución pública. Vencimos nosotros, y en la foto adjunta pueden ver a Aly exhibiendo uno de los trofeos ante el famoso eslogan de Ben Vautier: "El arte es inútil; volved a casa". Y como somos muy obedientes y además ya no había nada de beber pues eso es lo que hicimos.


Sergey Kuryokhin - The situation of the Asian proletariat in America

jueves, 23 de febrero de 2012

Una tarde en ARCO

Pues finalmente he ido a ARCO, por primera vez y a mis años, lo que son las cosas. En mis tiempos, todo moderno que se preciase en llegando estas fechas rompía el cerdito hucha y se iba a Madrid a codearse con los artistas de la movida en los stands de las galerías de moda. Y ya de paso se empapaban de arte contemporáneo. Indocumentados que no habían pisado en su vida el Museo del Prado y que eran incapaces de distinguir entre un futurista y un prerrafaelista, volvían de la capital hablando de Andy Warhol o Julian Schnabel como si se hubiesen ido de copas con ellos por Malasaña. Afortunadamente pasó la movida y pasó el interés del público musical por el arte moderno, que volvió a ser una cosa de viejas con los pelos de colores. A mí, que siempre he sido un señor antiguo aunque muy al tanto de los movimientos culturales que se desarrollaban a mi alrededor, toda esta feria de las vanidades me producía un cierto rechazo, y por eso nunca me dio por ir. Bueno, por eso y por los cuarenta euracos de la entrada, que todo hay que decirlo. Que no es por el dinero, que luego cualquier noche se gasta uno lo mismo en vino, sino por el producto que ofrecen a cambio: galerías de arte comerciales promocionando a sus autores. Pero si hay un público que lo demanda y lo paga, y las colas del fin de semana son una buena prueba, me destoco y les felicito por ello. En cualquier caso este año había sido invitado y no me parecía de buen tono rechazarlo.

Y la experiencia ha sido muy interesante. Esperaba mucha más frivolidad y petardeo y lo que he visto son en su mayoría obras muy serias. Cuadros para enmarcar y colgar en la pared con alcayatas de las gordas, no sé si me explico. Quizás sea debido a los malos tiempos que corren, que algún efecto positivo habían de tener. Como obligar a los perros flacos del mundo del arte, faltos de las longanizas institucionales que les ataban, a dejar de hacer monerías y ponerse a trabajar en serio. Un importante revés, por otra parte, para los medios generalistas acreditados, que se han quedado sin apenas carnaza provocadora que lanzar a su público. De todos modos ARCO es muy grande y si uno busca el escándalo acaba encontrándolo. Como ya sabrán, en esta edición la estrella ha sido el retrato de tamaño natural del dictador Franco encerrado en una nevera de refrescos. Y fue por casualidad que estando allí nos enterásemos de la llegada de la directiva de la fundación que lleva su nombre, notario en ristre, para presentar una querella contra el autor y la galería que lo exhibía. Puede haber quien piense que tal era la intención del artista, pero les puedo asegurar que en ese momento el autor, Eugenio Merino, que nació el mismo año en que murió el caudillo, estaba bastante estupefacto y un punto asustado por la que se había liado. Y es que viendo cómo se las gastan los jueces ante los que presumiblemente se deberá presentar, la cosa no es para tomarla a broma. Yo, personalmente, creo que no había razones para la querella. La obra es muy respetuosa con la figura de Franco; no lo caricaturiza sino que es un retrato fidelísimo. Tuve ocasión de observarla de cerca y realmente impresiona su realismo. Seguro que si en vez de estar realizada en silicona de platino hubiera sido esculpida en mármol o fundida en bronce la Fundación Francisco Franco no se habría molestado. Es triste que a estas alturas todavía se fundamenten pleitos en el discurso, ya más que superado, de la nobleza o pobreza de unos materiales frente a otros.

Ese mismo día nos enteramos también del ataque con cócteles molotov a la Fresh Gallery de Madrid por exponer unas fotos bastante ñoñas de Bruce LaBruce. Y me acordé de aquellos pintorescos Guerilleros de Cristo Rey de mi juventud y de sus razzias contra galerías, librerías, teatros o cualquier otro espacio donde tuviera lugar algún acto cultural considerado ofensivo para sus valores religiosos o ideológicos. No sé si saben que existe una teoría pseudocientífica (otros la llaman profecía) según la cual el día en que la serie "Cuéntame" alcance la fecha en que vivimos, el continuo espacio-tiempo se colapsará y el mundo acabará. Lo que nadie había previsto era lo contrario, que nuestro tiempo real empezará a retroceder hasta alcanzar al de "Cuéntame". Visto lo que nos espera, opino que el colapso espacio-temporal y la disolución en la nada es una perspectiva bastante halagüeña.


David Bowie - Andy Warhol (1971)

domingo, 19 de febrero de 2012

El Rocío de Camarón

Leo un artículo publicado por unos investigadores estadounidenses en el que vienen a demostrar la relación directa entre la pérdida de ingresos de las productoras de Hollywood por descargas ilegales y el retraso, a veces de meses, en estrenar las películas de actualidad en otros países donde estas prácticas son habituales.

Y me acuerdo de la interesantísima conversación que tuvimos con Pablo Vayón tras el tumultuoso concierto del Cuarteto Casals, en la que nos explicó, entre otras muchas curiosidades históricas, que la piratería musical en la época de Haydn estaba también a la orden del día, y que partituras no autorizadas de las obras más populares circulaban por toda Europa; obviamente de mano en mano, que nuestros antepasados no disfrutaban de los servicios que hoy nos prestan multiuploads y bittorrents. Y nos contó que Haydn, además de ser un músico prodigioso, era un tipo listo para los negocios, y en lugar de combatir la piratería enfangándose en costosísimos e inútiles procesos legales optó por una solución mucho más inteligente: publicar sus partituras simultáneamente en todas las capitales importantes del continente. De ese modo desaparecía la demanda del producto ilegal. E incluso si éste aparecía en el mercado, con quienes se las veían los falsificadores era con los editores locales, bastante más agresivos en la defensa de su negocio.

Por cierto que el Oratorio de la Santa Cueva de Cádiz, donde tuvo lugar el concierto del que les vengo hablando y que es, para quien no lo sepa, Monumento Histórico Nacional, tiene sobre la capilla penitencial otra mucho más ornamentada y rica, dedicada a la adoración del Santísimo Sacramento. La fama de esta segunda capilla se debe principalmente a los tres lienzos que pintara Francisco de Goya dentro de un programa iconográfico compuesto por escenas bíblicas relacionadas con el misterio de la eucaristía. En 1999, todas estas pinturas fueron llevadas al Prado para su restauración. Cuando volvieron a Cádiz, un año después, la prensa local se hizo gran eco de la noticia. Como no podía ser de otro modo, toda la atención la acapararon los tres Goyas, y sólo de pasada se citaban los otros dos cuadros que completaban la serie: "Las bodas de Caná" de Zacarías González (1763-1834), y "El rocío de maná" de José Camarón (1731-1803).

El otro día, al final de la visita guiada que hicimos a la capilla, el cicerone nos comentó off the record que, durante muchos años, cada vez que mostraba a un grupo los cuadros de Goya y les explicaba su fuerza dramática, sus innovaciones técnicas o su modernidad escenográfica, inevitablemente alguien le preguntaba:

- Sí, muy bien, pero el cuadro del Rocío que pintó Camarón, ése dónde está?


Pericón de Cádiz - Alegrías

jueves, 13 de octubre de 2011

Melancólico rococó

Creo haber comentado en algún otro sitio (suele ocurrir cuando uno ha pasado por tantos medios que se autoplagia y no sabe de dónde) que mi rechazo visceral hacia el teatro español del siglo de oro proviene de la adolescencia, cuando en el colegio me obligaron a leer El Caballero de Olmedo y otros dramones en verso de semejante factura. Porque uno en aquellos años andaba descubriendo cada día autores fascinantes, y se iba a la cama temprano para leer a Lovecraft, a Arthur C. Clarke, a Ursula K. Leguin, a Bradbury, a Huxley, a Cunqueiro, a Perucho, a Graves, a Borges, a Cortázar, a Marx (Groucho, no se confundan)... Y tener que sustituir el placer que me producía su lectura por la pesadez de los empalagosos ripios de los vates castellanos era algo que me sacaba de quicio. Pero no debía de ser todo rebeldía juvenil, porque luego he seguido leyendo con agrado a Rojas, a Quevedo, a Gracián o a Vélez de Guevara, de lo que deduzco que algún sentido literario había desarrollado yo en tan temprana edad y me daba cuenta del truño que nos pretendían colar. Porque, además, en mi precocidad, ya había leído alguna cosa de Shakespeare, y ninguna de nuestras glorias teatrales resistía la comparación. Y ni falta hace haberlo leído para percatarse de ello; sólo hay que fijarse en las adaptaciones cinematográficas que se han hecho de las obras de uno y de los otros.

Y si leer a los clásicos casposos no fuera suficiente castigo, después había que escribir un comentario de textos; cómo los odiaba! Entiéndaseme: había leído a Lope, había cumplido con lo que se esperaba de un bachiller de los de antes de la Logse; a qué perder más tiempo en ello? Que estaba uno deseando tirar por la ventana a los hidalgos, a las sus damas y a sus honras y descender una vez más a las profundidades de R'lyeh, donde el gran Cthulu dormía su sueño de milenios bajo bóvedas cubiertas de verdoso limo. Libros había incluso que, en terminándolos, volvía a empezarlos de nuevo desde la primera página. Y es que la pasión de la lectura en un adolescente es lo más parecido a una adicción: tantos libros por leer, tantos autores por descubrir, y tan poco dinero para financiar el vicio. Pero tenía uno todo el tiempo del mundo por delante. Ahora, ay, eso es lo que más echamos de menos. Ahora, cuando los libros aún por leer amenazan con colapsar las estanterías bajo su peso, el temor es a no poder dar cuenta de ellos y de los que inexorablemente vendrán en lo que nos quede de vida. Por eso leemos tres o cuatro libros a la vez, y a la carrera, para acabarlos cuanto antes y poder empezar otros. Y lo peor de todo es que ya apenas releemos, y cuando lo hacemos es por error, porque habíamos olvidado que ese libro ya lo leímos hace años. Porque esa es otra: la memoria. Que si no me falla, recuerdo que les conté que una de las razones para mantener el blog es precisamente lo mucho que me falla, lo cual es un puro galimatías. Es decir, el blog me sirve para recordar lo que se me ha ocurrido o lo que he hecho. Y también lo que he leído. Así que recuperaremos de vez en cuando el odioso comentario de textos para reseñar algún libro que me haya gustado.

Como éste que les traigo hoy: Melancólico Rococó, del pintor Guillermo Pérez Villalta, editado por la galería Rafael Ortiz en su colección "La cara oculta", dedicada a la obra escrita de artistas plásticos. Libro breve pero enjundioso, que se lee del tirón y que pide relectura. Porque el autor no habla sólo de Watteau, de Fragonard o de Tiepolo, sino que aprovecha la vindicación del rococó, estilo artístico relegado por la crítica moderna a los sótanos de los museos, para hacer un viaje por subgéneros aún menos presentables en sociedad y romper lanzas a favor de esas obras que habituamente sólo merecen calificativos denigrantes como hortera, cursi o kitsch. Todo lo cual no deja de ser una enorme provocación dirigida contra los provocadores profesionales, esos comisarios y artistas que pescan en las revueltas aguas conceptuales. Pero está planteada con tanto rigor, desde el conocimiento de la historia y la consideración del arte como oficio, que aun estando en desacuerdo con algunas de sus afirmaciones más bizarras hay que coincidir con él en muchas de las cosas que defiende. Por ejemplo en su valoración de la época clásica de Walt Disney como una de las cimas del arte del siglo XX. Además el libro está muy bien escrito, expresa ideas claras y, a poco que uno tenga una mínima cultura artística, se entiende perfectamente; un estilo en los antípodas de la huera retórica escolástica que suelen emplear críticos y comisarios. Se echan en falta imágenes de las obras que se citan, algo que obedece al diseño de la colección y de lo que se queja también el propio autor que remite a los lectores a internet. Mi señora publicó una brillante y completa reseña en Diario de Sevilla con motivo de la presentación del libro en la que recogía algunos de los jugosos comentarios del autor. Ya les anticipo que la última frase es antológica.


Klaus Nomi - The Cold Song (1981)

viernes, 16 de septiembre de 2011

Frans Hals

Los museos de Amsterdam con las colas más largas en la puerta son, por este orden: la casa de Anna Frank, el de figuras de cera de Madame Tussauds y el museo Van Gogh. Y es natural, le dan al público lo que quiere ver y no juegan con él escamoteándole contenidos. Nosotros no entramos en ninguno de ellos por razones obvias pero hay otros museos interesantes en Holanda que merecen una parada. Por ejemplo, el Mauritshuis de La Haya, que nos gustó porque es el típico caserón con los cuadros todos apiñados al modo antiguo. Como la colección Lázaro-Galdiano de Madrid aunque más grande y con mejores fondos. Si tienen interés en visitarlo deben darse prisa porque anunciaban para el próximo año uno de esos cierres parciales para hacer reformas, y ya les he contado lo que eso quiere decir. E imagino que meterse en tantas obras a la vez debe de costarle un ojo de la cara al gobierno holandés, de lo que deduzco que la crisis no está pegando allí tan fuerte como en la cuenca mediterránea. Así que ya saben, si tienen algún dinerillo ahorrado inviértanlo en deuda pública de los Países Bajos. O deposítenlo en alguno de sus bancos que siempre serán más seguros; el ING es el más conocido y el de mayor implantación en nuestro país pero yo preferiría abrir una cuenta en el Rabobank, no sé por qué, quizás porque tiene un nombre más eufónico.

Otro museo que nos encantó fue el Frans Hals Museum de Haarlem, pintoresca villa a diez minutos en tren de Amsterdam que no deberían dejar de visitar si viajan a la capital holandesa. También estaba de obras, cómo no, pero al menos era una cosa discreta que afectaba sólo a un pequeño número de salas. De entrada ya el edificio es un acierto, un antiguo asilo de ancianos del siglo XVII con las salas dispuestas alrededor de un precioso patio central. Lo cual obliga a hacer un recorrido circular por la colección siguiendo un criterio histórico bastante sensato. Obviamente las joyas del museo son los cuadros del pintor que le da nombre, Frans Hals. Y es sorprendente que durante mucho tiempo la crítica le haya considerado un artista menor, un pintor costumbrista especializado en escenas de taberna y retratos de bebedores, a gran distancia en el canon académico del indiscutible maestro Rembrandt. Porque basta hacer ese recorrido por las salas que exponen su obra para percatarse de que estamos ante uno de los grandes genios de la historia de la Pintura. Un artista con una técnica tan personal, una pincelada tan suelta y tan expresiva, que la única comparación posible es con el mismísimo Velázquez. Ya se percataron de ello los impresionistas franceses del XIX, que peregrinaban a Haarlem para pasmarse ante esos dos prodigiosos retratos de grupo de los administradores y las gobernantas del citado asilo de ancianos que pintó a la asombrosa edad de ochenta y dos años y que siguen expuestos en el museo.

Y la comparación con Rembrandt es inevitable, pues los dos hubieron de enfrentarse en numerosas ocasiones a ese género tan típicamente holandés del retrato de grupo: dos formas antagónicas de interpretar un mismo motivo iconográfico. Porque mientras Rembrandt traza el retrato psicológico de los personajes, y los dispone en escena siguiendo una estricta jerarquía social, Frans Hals se recrea en su humanidad, en las disculpables debilidades de ese grupo humano. En la famosa Ronda Nocturna de Rembrandt, por ejemplo, se nos muestra a un grupo de burgueses pomposos, revestidos de todas sus galas, haciendo una ostentación armada de poderío. Una tropa de miles gloriosus que con sus bengalas y sus salvas impresionaría a los pacíficos habitantes de Amsterdam, pero que, ante la perspectiva de tener que combatir a los tercios españoles, correría sin duda a esconderse bajo las faldas de sus mujeres como en La Kermesse Heroica. Por el contrario, en las compañías cívicas que pinta Hals, el aspecto militar es lo de menos y la comida, la bebida y la camaradería lo que realmente importa. Y qué mejor excusa que la defensa de la ciudad y el servicio de las armas para salir de casa por la noche, reunirse con los amigos y dedicarse a banquetear tranquilamente lejos de la mirada inquisitorial de sus calvinistas esposas. El ejercito suizo sigue haciendo algo parecido en sus revistas periódicas de las tropas y les va muy bien.


King Crimson - The Night Watch (1974)

lunes, 12 de septiembre de 2011

Museos

En Amsterdam los museos siempre están de obras. El Rijksmuseum, por ejemplo, ya lo estaba la primera vez que visité la ciudad, allá por el 1992. O igual era otra obra diferente a la de ahora, no lo sé; en cualquier caso el estropicio es el mismo. Porque, claro, para que los cuadros no se les llenen de polvo, ni los arañen los albañiles al pasar con la escalera al hombro, los retiran de las salas y los ponen a buen recaudo, lo que nos parece una medida sensata. Pero no se les ocurre cerrar el museo, porque entonces perderían unos importantes ingresos de taquilla. Así que dejan abiertas unas pocas salas en las que exponen las piezas que ellos, los cuidadores del museo, consideran las joyas de la colección, las obras maestras, los highlights, los cuadros que el turista con poco tiempo quiere ver porque así se lo han dicho. Por supuesto cobrando el mismo precio por el billete, que en Holanda todos los museos son de pago y no precisamente baratos. Y que conste que soy muy partidario de que los museos públicos cobren la entrada, pero esto es vender gato por liebre. Porque uno va a los museos no a pelearse con los turistas por colocarse delante de ese cuadro que aparece en la portada del catálogo y que conocemos de memoria, sino a descubrir cosas nuevas. Esos cuadros raros de pintores semiignotos, casi siempre relegados a un rincón de la sala junto a la puerta, que te atrapan y te dejan queriendo saber más cosas de su autor. Y ese placer es el que se nos escamotea.

Y no piensen que eso es todo, que lo de los museos de arte contemporáneo es aún peor. Por lo visto corre entre sus responsables la idea de que exhibir los fondos que con dinero y dedicación se han ido adquiriendo durante décadas es de viejunos, y que lo moderno es guardar la colección permanente bajo siete llaves y destinar el espacio a artistas emergentes, nuevas tendencias y exhibiciones temporales. De modo que si usted va a un museo holandés de arte contemporáneo buscando las obras de los maestros del siglo XX (Mondriaan, Karel Appel, Van Dongen, De Kooning...) se llevará un enorme chasco pues sólo encontrará instalaciones, pantallas de televisión proyectando videoarte o exposiciones sobre el arte actual de Trinidad-Tobago. Y por supuesto que las novedades deben tener también su espacio para exhibirse, pero para eso se ha creado los "centros de arte contemporáneo", los cuales, liberados de la obligación de mantener una colección permanente, pueden dedicar todo su esfuerzo a programar exposiciones efímeras y de cierto riesgo. No así los museos cuya función es albergar y exhibir en las mejores condiciones las obras que el canon artístico vigente considera valiosas.

Y en esas estábamos, de vuelta en España, convencidos de que los responsables de los museos holandeses eran unos noveleros y unos chuflas, cuando en el spam que suele llegarme de una institución tan costosa y prescindible como la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA) me cuentan de un curso de verano que imparten en colaboración con el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo titulado "La colección permanente como exposición temporal". Y no me resisto a copiarles parte de su farragosa presentación, redactada en la jerigonza de los comisarios artísticos, para que vean lo que piensan del visitante asiduo de museos:
Quedan, eso sí, nostálgicos de lo permanente que ven frustradas sus pretensiones de inamovilidad, ya que al visitar el museo un día descubren que ya nada estaba donde solía estar. Frente a ellos y sus quejas, los esfuerzos intelectuales –de diferente calado, según los casos- que obligan a repensar continuamente la colección producen en ocasiones ciertos brillos.
Y tiendo a pensar que, aunque invoquen experiencias pioneras en esa línea de prominentes museos como el MoMA, esta tendencia a esconder las obras de los maestros del siglo XX como si se avergonzaran de ellas no es probable que se consienta tan fácilmente en instituciones cuyo mantenimiento depende de donaciones privadas, mientras que resulta muy fácil de colar a una financiada con fondos públicos, ya que la ignorancia de los responsables políticos de la cosa y de los mismos súbditos les impide percatarse de que se está hurtando al disfrute de los contribuyentes el producto del porcentaje de sus impuestos que se dedica a la adquisición de arte. Y recordemos que, además de la conservación del patrimonio, los museos tienen una función principalmente educativa. No quiero ser agorero pero, a este paso, en unos años una persona interesada podrá ver las obras originales de cualquier pintor del siglo XV o XVII pero, por el capricho ideológico de un puñado de comisarios, no tendrá acceso a las de Max Ernst, Kandinsky o Picasso.

Y ya que hablamos de Picasso, reconózcanme que no hay otros dos versos en la historia del rock que se puedan comparar a los que abren esta canción:
Well, some people try to pick up girls and get called an asshole
This never happened to Pablo Picasso

The Modern Lovers - Pablo Picasso (1976)