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sábado, 3 de agosto de 2013

I am sitting in a room

I am sitting in a room different from the one you are in now. I am recording the sound of my speaking voice and I am going to play it back into the room again and again until the resonant frequencies of the room reinforce themselves so that any semblance of my speech, with perhaps the exception of rhythm, is destroyed. What you will hear, then, are the natural resonant frequencies of the room articulated by speech. I regard this activity not so much as a demonstration of a physical fact, but more as a way to smooth out any irregularities my speech might have.


Alvin Lucier - I am sitting in a room (1ª generación)

Alvin Lucier escribió esta obra en 1969, que es una fecha bastante tardía en la historia de la música académica contemporánea; a esas alturas el sufrido público burgués estaba curado de espanto con las provocaciones a que había sido sometido durante décadas por parte de las sucesivas vanguardias y ya no quedaba ningún melómano conservador por epatar. No lo hizo pues por afán de escandalizar, y tampoco nos tomamos en serio esa referencia a su tartamudeo, que más parece broma privada destinada a su círculo de amistades. Realmente se trata de una reflexión sobre el sonido, su transformación por el espacio en que se produce y las imperfecciones de su fijación en una cinta magnética.

Como tantas obras del periodo, la partitura es sustituida por una serie de instrucciones que además pueden variarse a gusto del intérprete. Sólo se necesita un micrófono, dos magnetófonos y un altavoz. El intérprete lee una vez el texto frente al micrófono y su voz se graba en el primero de los aparatos. Luego la cinta se pasa al segundo magnetófono y se reproduce, volviendo a grabar lo emitido. La segunda versión (o "generación" en la terminología de Lucier) se pega justo después de la primera. Es esa segunda generación la que ahora se reproduce y se vuelve a grabar como la anterior. La tercera generación se pega a las dos primeras y se convierte en la fuente de la siguiente grabación. Y así hasta el infinito y más allá. O hasta que el intérprete se canse, que suele ser el caso.


Alvin Lucier – I am sitting in a room (5ª generación) 

Con el transcurso de las generaciones la voz del intérprete se va escuchando más distorsionada, como hundiéndose en una tinaja virtual, ya que en cada pasada se acumula la reverberación propia de la sala que, al cabo de un cierto tiempo, se convierte en única protagonista de la obra mientras el texto acaba perdido en un magma informe de ecos. Las últimas generaciones son ya una pura cacofonía que sólo conserva del discurso original el ritmo, como bien describe Lucier en su texto. Todo ello para hacernos reflexionar sobre la experiencia sonora, sobre cómo la vibración emitida por una fuente, antes de llegar al tímpano y desencadenar la respuesta auditiva, sufre toda serie de cambios durante su tránsito por el espacio, echando por tierra el mito de la "alta fidelidad". Que, a fin de cuentas, es algo que todos sabemos aunque tendemos a ignorarlo, salvo cuando criticamos o alabamos la acústica de una determinada sala de conciertos; incluso los modernos reproductores digitales introducen filtros electrónicos que juegan a situar al oyente en diferentes ámbitos.

Hasta cierto punto esta obra entronca en la tradición de otras generalmente clasificadas en el campo de lo conceptual como la famosa 4'33" de John Cage, que no es una simple coña en clave fluxus sino otra reflexión, en este caso sobre el silencio y la imposibilidad absoluta de obtenerlo. Pero en la pieza de Lucier hay un elemento ausente en la de Cage: la cinta magnética. Porque hay que reconocer que el magnetófono fue el gran impulsor de la vanguardia musical en la segunda mitad del siglo XX. La imagen del compositor (o compositora, que también las hubo y muy brillantes) rodeado de bobinas y armado de tijeras y pegamento para empalmar las cintas es la que mejor define ese periodo que va de la postguerra a bien entrados los 60.


Alvin Lucier – I am sitting in a room (10ª generación)

Y es que, aunque la interpretación de  I am sitting in a room puede beneficiarse de los modernos medios digitales de grabación, su auténtico sentido lo alcanza si se emplea una cinta magnética. Yo, que soy lo suficientemente viejo como para haber asistido al nacimiento comercial del cassette, recuerdo la época anterior en la que el magnetófono de cinta abierta era el único medio casero de grabación, elitista por su alto precio aunque existían modelos más económicos como los de la casa italiana Geloso. En aquellos días las grabaciones (de un disco, por ejemplo) no se hacían a través de  cable sino que se recogía el sonido de los altavoces mediante un micrófono. Incluso con los primeros modelos de grabadoras de cassette el sistema seguía siendo el mismo, lo que daba lugar a caprichosas versiones de la pieza original trufadas de ecos, susurros y todo tipo de sonidos domésticos; ni les cuento a lo que acababan sonando las segundas o terceras copias. Quién nos iba a decir por aquel entonces que estábamos compartiendo métodos (que no intereses) con los pioneros de la música electroacústica.

Y quién nos iba a decir que el cassette desaparecería décadas más tarde, sobrepasado por la perfección de la grabación digital, y que volvería a reaparecer en la segunda década del siglo XXI para combatir el hastío provocado por esas mismas grabaciones digitales y su infinita capacidad de replicarse sin merma alguna. El viejo cassette vuelve a triunfar porque es un objeto único que si se copia se transforma en algo de inferior calidad. Por eso es un medio tan reclamado hoy por artistas inquietos de todos los estilos. Como los que graban para el sello sevillano Knockturne Records. Por eso mi consejo para hoy es que visiten su tienda online, escuchen las cintas a la venta y compren la que más les guste. Y a partir de ahí comiencen a construir una colección de cassettes que sustituya a aquella de las Shangri-Las y de las Ronettes que dejaron junto a un contenedor de basura en la última mudanza.


Alvin Lucier – I am sitting in a room (20ª generación)

viernes, 10 de mayo de 2013

Escenografías

Obviando los hitos del siglo XX, y aunque conserva aportaciones de todas las culturas que colonizaron la isla, Sicilia es eminentemente barroca, y eso se nota en su pasión por los decorados. Y es que los mecenas de la época no se limitaban a pedirles a sus arquitectos de cámara un palacio o una iglesia, sino que imponían también las vistas y las perspectivas; es decir, la escenografía. Lo cual me recuerda a cierta ocasión en la que fui a una tienda de muebles de diseño con la pretensión de adquirir un sofá elegante para mi piso recién rehabilitado y el dueño, cual esfinge tebana, me planteó el siguiente dilema: “Sí, bien, pero usted realmente ¿viene buscando un sofá o UN ESPACIO?”. Por supuesto en ese momento, y para consternación de mi señora, di media vuelta y me fui a Mi Sofá, que es una tienda de la calle Luis Montoto de toda la vida donde los vendedores no hacen preguntas impertinentes, y compré un sofá sólido, cómodo, barato y sin encanto que me viene prestando un excelente servicio hasta el día de hoy. Pero, como siempre, me voy por las ramas.

Decía que de este gusto por la monumentalidad se aprecia especialmente en las plazas en las que se sitúan los edificios públicos, frecuentemente decoradas con espectaculares fuentes como la Piazza Pretoria de Palermo. En Siracusa, aunque en menor escala, también se aprecia esta pasión por el juego escenográfico, sobre todo en la Piazza del Duomo, donde se halla uno de los edificios más fascinantes de la isla aunque desde fuera no dé esa impresión: el templo griego de Atenea transformado en catedral cristiana. Lamentablemente, cuando estuvimos allí, la plaza sufría un ataque agudo de lo que hemos venido en denominar “teofilismo”, afección urbanística caracterizada por la instalación de elementos efímeros de pésimo gusto (pistas de patinaje, campos de juegos infantiles, mercadillos medievales, ferias de la tapa...) en las zonas más nobles y diáfanas de la ciudad, y cuyo nombre deriva del de cierta alcaldesa gaditana muy aficionada a ello, si bien es cierto que en la actualidad la costumbre ha sido adoptada por regidores de todo signo político y condición. El de Sevilla, sin ir más lejos, es un practicante tan aplicado que amenaza con arrebatarle la primacía a su conmilitona gaditana.

Siguiendo con el arte siciliano, y si finalmente consigo centrarme, les diré que el gran descubrimiento del viaje ha sido Giacomo Serpotta, escultor activo entre los siglos XVII y XVIII y cuyos trabajos en estuco son una de las cumbres del barroco europeo. Y es precisamente por la supuesta pobreza del material con que moldeó sus obras por lo que su nombre no suele tener capítulo propio en los tratados de historia del arte. Pero basta entrar en alguno de los oratorios palermitanos en los que dejó su firma para darse uno cuenta de que Serpotta no era un decorador al uso. Lo descubrimos por casualidad en el de San Domenico, y de ahí le fuimos siguiendo la pista por el de Santa Cita (ambientado ese día con el ensayo de un ensemble de música antigua) y finalmente en el de San Lorenzo, famoso por haber albergado en su retablo un Caravaggio que fue robado en los años 60. En cada uno de ellos idéntica sensación de hallarse ante un artista fuera de lo común. Y es que sólo con el humilde yeso consigue que de las paredes surjan santos, figuras alegóricas, escenas bíblicas, infinidad de traviesos putti y hasta batallas navales, todos engranados y formando parte de una misma idea escénica. Lo cual nos hizo también reflexionar sobre lo mucho que ha ido degradándose hasta nuestros días el oficio de escayolista.

Otra de las razones por las que merece la pena viajar a Sicilia es porque allí se encuentran algunos de los templos griegos mejor conservados del Mediterráneo. En mi anterior visita a la isla ya los recorrí extensamente, y en ésta pensaba llevar a mi señora a ver al menos los de Segesta y Selinunte, pero la incompetencia de los encargados de la agencia Hertz en Palermo nos privaron de tales excursiones, de lo que les aviso para que no contraten alquileres de coches con ellos. Así que terminaremos hablando de otra de las peculiaridades artísticas sicilianas que más nos gustaron: los mosaicos bizantinos con los que los reyes normandos del siglo XII cubrieron el interior de las iglesias que construyeron en Palermo y sus alrededores. Los más espectaculares son los del Duomo di Monreale por las dimensiones del templo, pero incluso en espacios más pequeños como la Capella Palatina del Palazzo dei Normanni la sensación es abrumadora. Todos siguen una secuencia similar: el Cristo Pantocrator en el ábside y luego los ciclos mitológicos correspondientes desplegándose por los muros de las naves como viñetas de un gigantesco comic sobre campo de teselas doradas: la creación, el diluvio, las vidas de los patriarcas, de los apóstoles, de Jesús... Y todo bajo el influjo de un feroz horror vacui que termina cubriendo hasta el más insignificante espacio libre, en las pechinas, las trompas, el intradós de los arcos, con imágenes de santos, arcángeles, serafines o generosos donantes. Como ésta que tienen a su izquierda, fotografiada en la iglesia de La Martorana y que, homenajeando al genial Hematocrítico de Arte, podríamos bautizar libremente como “Mesonera exigiendo el pago de la factura a Tortuga Duende” (La Madonna con il conto della trattoria).


Michael Galasso - Baroque (1992)

jueves, 7 de junio de 2012

Breve noticia del Doctor Hidalgo de Agüero

Nació en Sevilla en 1531, ciudad en la que ejerció su profesión de médico y cirujano hasta su muerte en 1597. Alcanzó fama como el inventor del método de la vía seca o particular en el tratamiento de las heridas. Hay que recordar que la vía común o húmeda, la que venía empleándose desde tiempos de Galeno, se basaba en la curación de las heridas por segunda intención. Esto implicaba dificultar la cicatrización realizando frecuentes drenajes, con el fin de evitar la gangrena. El objetivo se consideraba alcanzado cuando de la herida manaba el "pus laudable", que para la escuela galénica era un paso necesario para la curación. Por eso, cuando el pus se negaba a fluir, había que provocarlo con hierros y cauterios, lo que causaba grandes sufrimientos a los desdichados pacientes y una alta mortalidad.

A lo largo de la historia fueron varios los cirujanos que se opusieron a tan bárbaro método usando el sentido común y su propia experiencia clínica, pero chocaban siempre contra el muro del dogmatismo galénico que imponía sus prácticas bajo el indiscutible argumento de la autoridad de un médico romano del siglo II. Entre esos adelantados estaba Bartolomé Hidalgo de Agüero, quien en 1584 publicó en Sevilla un pliego titulado Avisos particulares de cirugía contra la común opinión, defendiendo la curación de las heridas por primera intención. Su método consistía en limpiar las heridas con vino blanco, eliminar cualquier tejido dañado, aproximar los bordes, aplicar sustancias astringentes para evitar la maceración y cubrir con un vendaje compresivo. Es decir,  y salvando las distancias, un procedimiento muy parecido al que se emplea en la actualidad. Aunque lo mejor es la defensa que hace Agüero de su novedosa técnica, no invocando su autorictas académica, sino comparando las estadísticas de mortalidad de los pacientes tratados por él utilizando ambos métodos; un auténtico ensayo clínico avant la lettre que demuestra sin ningún genero de dudas la supremacía de la vía seca sobre la vía común.

La fama de hábil cirujano de Hidalgo de Agüero era tan notoria que los bravos de Sevilla de la época, en el trance de acometerse a cuchillo, solían exclamar: ¡A Dios me encomiendo, y al Doctor Hidalgo de Agüero! Y también se cuenta que tras su muerte los tales bravos se miraban mucho en lo de reñir. El hospital donde nuestro Doctor ejerció su ciencia era llamado el Hospital del Cardenal en honor a Don Juan de Cervantes, que lo fue de Sevilla y quien lo fundó en el siglo XV. El Cardenal Cervantes está enterrado en la Catedral, en un espectacular sepulcro obra de Mercadante de Bretaña. Por su parte Hidalgo de Agüero está enterrado en la Iglesia de San Juan de la Palma, en cuya collación vivió la mayor parte de su vida, donde hay un azulejo que lo recuerda. El Hospital del Cardenal fue luego asilo y acabó como hospicio. Fue derribado en los años 50, como tantos edificios históricos de la ciudad, para abrir la actual calle Francisco Carrión Mejías (para que se orienten, donde está el Instituto Velázquez). Pues bien, reto a cualquiera de ustedes a que nos dé noticia del tal Carrión Mejías, otro oscuro personajillo de esa grey sacristanesca que medra alrededor de las cofradías de semana santa y que, de cuando en vez y por razones inexplicables, acaba subiendo a las paredes del callejero sevillano. Y nada de callejuelas del extrarradio: calles señoriales en el centro histórico. Y ahí tenemos a nuestro insigne Doctor Hidalgo de Agüero, dando nombre como por limosna a un oscuro pasaje de una decena de metros entre Castellar y Menjíbar. Así nos va.


Deller Consort - We be soldiers three (Anónimo s. XVI)

lunes, 19 de marzo de 2012

Don Marcelino y las Cortes

Hay libros a los que uno vuelve regularmente aunque el peso de los por leer amenace cada vez más con hundir la estantería. En mi caso, uno de estos clásicos de cabecera es la Historia de los Heterodoxos Españoles de Don Marcelino Menéndez Pelayo. La obra cumbre del pensamiento reaccionario español alberga en sus páginas tanta erudición y un castellano tan bello que sus diatribas contra todos los principios que solemos defender se leen paradójicamente con un enorme placer. Por razones obvias he vuelto a releer (y no es un pleonasmo) el capítulo que Don Marcelino dedica a las Cortes de Cádiz, institución por la que no mostraba ningún aprecio. Vean si no lo que decía de ellas:

Tal fue la obra de aquellas Cortes, ensalzadas hasta hoy con pasión harta, y aún más dignas de acre censura que por lo que hicieron y consintieron, por los efectos próximos y remotos de lo uno y de lo otro. Fruto de todas las tendencias desorganizadoras del siglo XVIII, en ella fermentó, reduciéndose a leyes, el espíritu de la Enciclopedia y del Contrato social. Herederas de todas las tradiciones del antiguo regalismo jansenista, acabado de corromper y malear por la levadura volteriana, llevaron hasta el más ciego furor y ensañamiento la hostilidad contra la Iglesia, persiguiéndola en sus ministros y atropellándola en su inmunidad. Vuelta la espalda a las antiguas leyes españolas y desconociendo en absoluto el valor del elemento histórico y tradicional, fantasearon, quizá con generosas intenciones, una Constitución abstracta e inaplicable, que el más leve viento había de derribar. Ciegos y sordos al querer y al sentir del pueblo que decían representar, tuvieron por mejor, en su soberbia de utopistas e ideólogos solitarios, entronizar el ídolo de sus vagas lecturas y quiméricas meditaciones que insistir en los vestigios de los pasados, y tomar luz y guía en la conciencia nacional. Huyeron sistemáticamente de lo antiguo, fabricaron alcázares en el viento, y si algo de su obra quedó, no fue ciertamente la parte positiva y constituyente, sino las ruinas que en torno de ella amontonaron. Gracias a aquellas reformas quedó España dividida en dos bandos iracundos e irreconciliables: llegó en alas de la imprenta libre, hasta los últimos confines de la Península, la voz de sedición contra el orden sobrenatural lanzada por los enciclopedistas franceses, dieron calor y fomento el periodismo y las sociedades secretas a todo linaje de ruines ambiciones y osado charlatanismo de histriones y sofistas; fuese anulando por días el criterio moral y creciendo el indiferentismo religioso y, a la larga, perdido en la lucha el prestigio del trono, socavado de mil maneras el orden religioso, constituidas y fundadas las agrupaciones políticas no en principios, que generalmente no tenían, sino en odios y venganzas o en intereses y miedos, llenas las cabezas de viento y los corazones de saña, comenzó esa interminable tela de acciones y de reacciones de anarquías y dictaduras, que llena la torpe y miserable historia de España en el siglo XIX.

Y aunque se esté en absoluto desacuerdo con la opinión de Don Marcelino, hay que recordar que éste ha sido el ideario de las derechas españolas durante la mayor parte de su historia, por mucho que ahora Don Mariano, cual un Don Hilarión caletero, se pasee del brazo de la Teófila y la Soraya por la calle Ancha cantando himnos constitucionalistas. Y ya que el Bicentenario se va a celebrar sin las infraestructuras modernizadoras prometidas, convertido tan sólo en una parodia del desfile pueblerino de Bienvenido Mister Marshall con las flamencas mudadas en piconeras, habría sido el momento ideal para abrir el gran debate público, permanentemente postergado, sobre la identidad nacional, sus símbolos, sus instituciones, sus valores y su futuro. Al menos habría salido barato. Bueno, pues ni eso.


Bob Callaghan - The Flamenco Moog (1973)

domingo, 4 de marzo de 2012

Malaspina en el Botánico

Me quedaba una última visita por comentar de nuestro viaje a Madrid y es la que siempre hacemos al Jardín Botánico, del que somos socios benefactores. La época no era la mejor porque el invierno y la sequía habían hecho bien su trabajo y, salvo las coníferas y algún otro árbol de hoja perenne, la sensación general era bastante mustia. El primero al que se le ocurrió comparar la ausencia de algo importante con un jardín sin flores fue un maldito genio; el resto somos todos unos copiones sin imaginación. Les adjunto una foto en la que se puede ver a la izquierda al gran olmo del Cáucaso, que con sus cuarenta metros es el árbol más alto del Jardín, mostrando sus ramas desnudas. El ciprés parece de mayor estatura pero es un efecto de perspectiva por estar en una terraza superior. Sin embargo es más viejo, ya que se calcula que fue plantado hará unos 240 años, por la época en la que se fundó el Botánico. Y ahí lo tienen al tío, hecho un pimpollo.
También nos llamó la atención que las únicas plantas que en tan gélido febrero mostraban brotes verdes en sus ramas fueran los bonsáis que regalara el ex-presidente González. Yo pienso que tiene que ver con las deformaciones a que son sometidos para mantenerlos en ese forzado enanismo, que de algún modo deben alterar también sus ciclos biológicos, pero seguro que cualquier tertuliano de las ondas casposas encontraría alguna explicación más chistosa y ocurrente.

Si a pesar de todo les da por visitar el Jardín, en el pabellón Villanueva hay una exposición sobre las expediciones científicas de la marina española que me atrevo a recomendarles sólo en el caso de que, como a mí, les gusten las maquetas de barcos, las cartas navales, las encomiendas, los mapas antiguos, los instrumentos de navegación, los herbarios, los animales disecados y los especímenes conservados en formol. El grueso de la muestra se basa en los materiales traídos por los barcos de la expedición que, a las órdenes de Alejandro Malaspina, recorrió los siete mares entre 1789 a 1794 recopilando datos geográficos, científicos y políticos. Por eso son todos fondos cedidos por organismos oficiales como el Museo de Ciencias Naturales, la Biblioteca Nacional, el Museo Naval o el Observatorio de la Armada de San Fernando. En ese sentido es una exposición que nos ha salido barata al erario público. La visita sigue con una segunda parte dedicada a las expediciones oceanográficas españolas de los últimos años, pero ésta pueden saltársela porque es el consabido despliegue sin arte ni gusto de paneles, gráficos y vídeos sobre un tema que se habría entendido mucho mejor editando un folleto explicativo. Y aunque la primera impresión sea la de otro caso de propaganda gubernamental innecesaria, podría resultar también ser, y así lo creo yo ahora, un grito de auxilio. Hay que recordar que el Botánico es un organismo del CSIC y que los botarates que salieron elegidos por las urnas consideran la inversión en proyectos científicos como muy prescindible. Quizás el discurso implícito en la exposición sea que, aunque en precarias condiciones, la investigación oceanográfica sigue viva en España, pero que la Historia demuestra que la ciencia sólo progresa cuando hay gobernantes ilustrados que apuestan por ella.

Y cuenta la Historia que, al regresar a España después de su largo periplo, Malaspina se marcó el objetivo de inventariar y catalogar todas las muestras, observaciones científicas y documentos que había recogido, con el fin de redactar una relación completa del viaje, trabajo que él calculó que le llevaría su buena decena de años. Pero quien se sentaba entonces en el trono no era el ilustrado Carlos III que financió la expedición, sino su hijo Carlos IV. Unos imprudentes aunque certeros comentarios sobre el favorito Godoy hicieron que se le acusara de conspiración y acabó encerrado en el Castillo de San Antón, en la Coruña, del que sólo salió años seis años después y en dirección al exilio. Como consecuencia, los valiosísimos materiales científicos recogidos por su expedición permanecieron casi un siglo sin estudiarse, habiéndose perdido para entonces gran parte de ellos.


Spring vs. Pez - Puerto Habana (1996)

viernes, 28 de octubre de 2011

Breve noticia del Doctor Thebussem

Nacido en Medina Sidonia en 1828, su verdadero nombre fue Mariano Pardo de Figueroa y Serna, aunque bien pronto adoptara en sus escritos el seudónimo de Doctor Thebussem, que no es sino anagrama de “embuste”. Durante su larga vida escribió sobre todo lo divino y lo humano, de arqueología, de historia, de literatura, de gastronomía, de tauromaquia o del servicio postal, una de sus obsesiones con la que a la larga acabó ganándose el nombramiento de Cartero Honorario, con derecho a uso de uniforme y gorra reglamentarios. Escritos que o bien enviaba a los periódicos de la época para su publicación o bien editaba a su costa en cuidadas y cortas ediciones que repartía gratuitamente entre amigos y corresponsales, de ahí el altísimo precio que alcanzan hoy día en el mercado de anticuario. Podía hacerlo porque, al ser mayorazgo de una rica e hidalga familia asidonense, vivía holgadamente de sus rentas sin que haya constancia de que jamás diera un palo al agua. De haber tenido la desgracia de vivir en nuestra época seguramente sería bloguero y fanático de las redes sociales. Fue amigo de Alfonso XII, de Zorrilla, de Valera, de Hartzembusch, y de casi todas las mentes preclaras de su época que, a decir verdad, tampoco eran tantas ni tan preclaras. Aunque partidario de los avances técnicos, en todo lo demás era conservador, y tenía especial inquina a la manía de los ayuntamientos españoles de cambiar el nombre tradicional de las calles por los de próceres más o menos desconocidos; a pesar de lo cual tuvo que soportar en vida la indignidad de que el de Medina Sidonia le homenajeara bautizando a su propia calle como Doctor Thebussem.

Hay una excelente y recomendable biografía escrita por Iñigo Ybarra y publicada por Renacimiento.


Frankie Lane - Flamenco (1952)

sábado, 1 de octubre de 2011

San Silvio ora pro nobis

Se celebra estos días el décimo aniversario de la muerte de Silvio, ascendido por aclamación a los altares del santoral rockero sevillano y nombrado por no se sabe quién su santo patrono. Y no es que me importe, pero echa uno en falta que durante el proceso de canonización no se haya pronunciado esa figura que nunca faltaba en los de la iglesia católica, al menos hasta no hace mucho, cuando les entró el furor por canonizar en masa y a toda prisa a pontífices retrógrados, fundadores de órdenes religiosas ultramontanas y mártires bajo el terror marxista. Me refiero al abogado del diablo, cuya función era examinar fríamente los hechos aportados por el postulador de la causa, sin dejarse influenciar por el ambiente favorable ni por el fervor de las masas; y exigir pruebas que avalaran las supuestas virtudes del candidato, sacando a la luz si fuese necesario aspectos oscuros de su biografía. Así que voy a arrogarme ese papel, aún asumiendo que soy lego en derecho canónico y que sólo tengo un somero conocimiento de la historia del rock sevillano.

Y a las pruebas me remito: los discos. De todos los que publicó en vida, y aún sumándole los póstumos, sólo sacamos uno bueno, excelente incluso, y el resto un puñado de banalidades situadas en el espectro que va de lo insustancial a lo bochornoso. La obra maestra se llamó "Al Este del Edén" y fue su primer disco, un trabajo perfecto sin que hasta el momento nadie haya sido capaz de explicar por qué. Porque los músicos eran los mismos (o parecidos) a los que grabaron los siguientes álbumes, y ninguno de ellos ha llegado a semejante nivel en ninguna de sus múltiples reencarnaciones. Cierto es que por aquel entonces Silvio mantenía aún una buena voz, pero su contribución creativa, según cuentan testigos presenciales, fue nula o casi inexistente. En cualquier caso ya tenemos un milagro que incorporar al proceso. O no lo es tanto?

Aquí haremos una de esas digresiones que van camino de convertirse en marca de la casa: han notado que la principal características de los grupos sevillanos, al menos durante la edad de oro que establecemos en los sesenta y setenta, es que su primer disco siempre es el mejor, y además con gran diferencia? Hagan un poco de memoria y yo les ayudo con los ejemplos más notables: Smash, Triana, Lole y Manuel, Imán, Veneno... Pareciera como si toda la fuerza creativa de los músicos sevillanos se consumiera en el primer envite y luego no fueran capaces de estar a la altura. Y lo sorprendente es que ese primer disco no es solamente bueno, sino a menudo excepcional, pasmoso, innovador, un soplo de aire fresco con entidad suficiente para pasar a la Historia. Vuelvan ahora sus ojos a la historia de cualquiera de sus grupos favoritos extranjeros y verán que el magnum opus suele aparecer, en la mayoría de los casos, tras una carrera de años, después de haber buscado y perfeccionado su estilo en varias obras menores. Y sin embargo los grupos sevillanos encuentran la perfección a la primera, casi de la nada, y luego vuelven a desvanecen en esa misma nada o siguen produciendo discos mediocres durante el resto de su vida artística. Es un curioso misterio, pero ya digo que en los procesos de santidad nunca faltan los hechos inexplicables.

Volviendo al grano, qué otros méritos se han podido aportar al expediente de canonización de Silvio? Las actuaciones en directo, dirán muchos. Y no dudo que habrá quien las tenga por míticas, pero en mi opinión eran un completo despropósito. Asistí a unas cuantas, y no de las últimas, y en todas tuve la misma impresión: un puñado de músicos sin demasiados escrúpulos que suben al escenario a un señor completamente alcoholizado para que el público se ría a su costa. Una situación bastante desagradable, al menos para mis estándares. Entonces, si de su carrera sólo se salva un disco, si los conciertos provocaban vergüenza ajena, si no hay, en resumen, argumentos musicales que justifiquen su canonización, si además no murió joven ni dejó un cadáver hermoso sino todo lo contrario, qué es lo que nos queda? Las anécdotas. Al final, el mito de Silvio se basa en un puñado de anécdotas, apócrifas las más, de lo que hizo aquel día, lo que se gastó o lo que se bebió; pero sobre todo de lo que dijo: aquella máxima sentenciosa bañada en alcohol y pronunciada copazo de coñac en ristre, la respuesta ingeniosa a un periodista igualmente bebido, algún estribillo repetido con etílica insistencia... Las mismas (o parecidas) anécdotas que podría contar mi abuelo del bizco Pardal o del Marqués de las Cabriolas.

Esos, y no otros, son los méritos que ha encontrado este abogado del diablo. Suficientes, por lo visto, para convertirle en mito y otrogarle en vida la Medalla al Mérito Rockero, una especie de Llave del Cante moderna que se sacó de la manga para hacerse notar cierto personajillo local que ahora va por las televisiones del régimen de valedor de la copla. Y si aquella pantomima descarada contó hasta con el apoyo del Ayuntamiento - siendo cónsules Alejandro Rojas-Marcos y Soledad Becerril - y con el fervor de toda la Sevilla rockera de la época (los documentos lo demuestran) difícil va a ser oponerse en un tribunal formado por siervos de su propia congregación a lo que, desde mi punto de vista, es un error y un dislate. Pero bueno, tampoco me va nada en ello y no voy a ser yo quien en su décimo aniversario les agüe la fiesta a los fieles. Y además: no hicieron santo en León al Genarín, que era como mínimo tan beodo y ni siquiera grabó discos, y ahora tiene hasta procesión el Jueves Santo? Pues entonces, a qué ponernos tiquismiquis?

El abogado del diablo entierra discretamente el sobre lacrado con su informe en las brasas de la estufa de la sala de vistas, pone su firma y rúbrica bajo el nihil obstat del acta de canonización, se cala el bonete, recoge el manteo y sale del tribunal silbando "Marie's the name...". Y aquí paz y después gloria. Todo lo anterior dicho sin ánimo de crear polémica.


Silvio y Luzbel - Al este del Edén (1980)

lunes, 4 de julio de 2011

Teddy y sus amigos

Como a la inmensa mayoría de los españoles, la SGAE es una institución que me resulta profundamente antipática. Tengo además motivos personales para el desafecto, motivos que precisamente el sábado, tras el magnífico concierto de Fujiya Miyagi en el CICUS, recordaba con el compañero Carrascus, relacionados con nuestro fugaz paso por el negocio de los conciertos. Vaya por delante mi respeto a la presunción de inocencia hasta que un juez no dictamine lo contrario, pero también mi convencimiento íntimo y personal, basado en la antigua ciencia de la fisiognomía, de que los directivos ahora encausados han cometido todos los delitos de que se les acusa y muchísimos otros que no se podrán demostrar. Creo necesario aclarar mi postura para que se entienda lo que viene a continuación.

De lo que se acusa a Bautista y los suyos es de desviar fondos de la caja de la SGAE a empresas privadas, de lo que habrían obtenido un beneficio indebido. Es decir, los estafados serían los socios; seguiría siendo delito pero es un asunto interno que a los sufridos ciudadanos ni nos va ni nos viene. Salvo, claro está, para poner en evidencia la falta de controles gubernamentales sobre una sociedad privada a la que, como a los arrendadores de alcabalas de antaño, se le ha concedido la prerrogativa de recaudar impuestos estatales. Esperamos ansiosos las explicaciones de la Ministra de Cultura, miembro a su vez de la sociedad investigada, sobre esta aparente dejación de funciones. Curiosamente a los socios prominentes de la SGAE que han hablado para los medios no parece importarle el presunto desfalco y apoyan ciegamente a la cúpula directiva, lo cual resulta muy sospechoso y nos hace pensar que dichas prácticas eran conocidas y aprobadas al menos por ese pequeño círculo de autores que se reparten la práctica totalidad de lo recaudado. Allá ellos. Lo importante es que la actuación judicial de estos días ha sido sólo contra ciertos miembros del equipo directivo de la SGAE y por unas prácticas ilícitas muy concretas, pero no contra el funcionamiento de la misma. Lo que realmente afecta a la sociedad española, los usos abusivos para recaudar derechos de autor y el cobro de cánones arbitrarios, seguirán como hasta ahora. Porque aunque nos parezcan prácticas injustas son perfectamente legales. Y lo son por decisión gubernamental. Por decirlo de otro modo, el responsable de que cada vez que usted compre un CD tenga que pagar un canon, aunque lo vaya a utilizar para guardar los datos de su tesis, y de que una parte importante de ese canon pueda ir a los bolsillos de Alejandro Sanz o de Víctor Manuel, no es la SGAE, que se limita a aprovecharse de las prebendas que otros le han concedido. La responsabilidad está en el gobierno y en el parlamento de la nación, que tienen la capacidad de cambiar esa situación y no lo hacen. Acuérdense de ello cuando les convoquen próximamente a votar.

Por otro lado, y como lo cortés no quita lo valiente, estoy profundamente disconforme con el tratamiento dado a los detenidos en la operación, y con las mismas detenciones. En España se abusa de estos espectáculos mediáticos, actuaciones policiales con televisión en directo, cuando los implicados son personajes conocidos. Y es significativo que estas falsas demostraciones de autoridad, que apelan a los más bajos instintos del populacho, siempre coincidan con los momentos de mayor descrédito del gobierno de turno. Aunque no ha sido éste el caso, también los jueces suelen abusar de su potestad de imponer prisión preventiva, a la que se debería recurrir únicamente cuando la libertad del acusado pudiera suponer un peligro para terceras personas o haya un riesgo evidente de fuga. Existen muchas medidas cautelares que pueden adoptarse para asegurar un buen desarrollo de la  instrucción sin necesidad de tener que pasear esposados ante las cámaras a personas que gozan de la citada presunción de inocencia. La función ejemplarizante de la justicia debe manifestarse en las sentencias de los tribunales, y no en los titulares del telediario. Creo que es bueno recordarlo precisamente ahora, cuando los atropellados son ciudadanos por los que no tenemos ninguna estima.

Y por último, también es bueno recordar que, aunque el imaginario popular lo tenga ahora por un híbrido entre Goldfinger y el señor Burns, Teddy Bautista ha sido uno de los músicos más importantes del pop español, al menos durante su primera etapa en Canarios, antes de que perpetraran esa abominación pomposa llamada Ciclos. Canarios fundaron su fama en los directos, considerados por muchos que asistieron a sus conciertos como los más espectaculares de la época. Les dejo con un ejemplo, de título muy apropiado a las presentes circunstancias, que incluye un alegato buenrrollista del propio Teddy y en el que de paso hacen un uso descarado de la melodía del Hey Jude. Cobrarían Lennon y McCartney sus correspondientes derechos de autor? Ay, Teddy, Teddy...


Canarios - Free Yourself (1972)

miércoles, 29 de junio de 2011

El Final de Rasputín

Leo en un viaje relámpago en tren, ida y vuelta a Cádiz, El Final de Rasputín, en la versión de su asesino el Príncipe Feliks Yusúpov que han editado primorosamente, como todo lo que hacen, nuestros amigos de Nevsky Prospects. La historia es bastante conocida como para repetirla; no obstante, el libro es muy recomendable porque presenta el alegato autoexculpatorio del criminal, algo siempre destacable en una literatura como la rusa tan marcada por el sentimiento de culpa. Y también porque aporta encantadores detalles, anécdotas que tienen casi más valor que el propio hecho histórico, anecdótico en sí mismo a la vista de los acontecimientos que unos meses más tarde arrasaron con todo. Detalles como que el asesinato de Rasputín hubiera de aplazarse unas semanas porque los albañiles que estaban acondicionando el sótano del palacio de Yusúpov donde estaba prevista la emboscada tardaron más de la cuenta en terminar la obra. Imagínense que el destino de Rusia hubiera dependido de los que hicieron la de mi piso!

El asesinato de Rasputín, con independencia de la opinión que nos merezca el personaje, fue de una bajeza asombrosa, y ni siquiera en su propio libro escapa airoso Yusúpov. Granjearse la confianza de su víctima fingiendo amistad, invitarlo a cenar a su casa para ofrecerle vino y pasteles envenenados y rematarlo finalmente a tiros no parece conducta propia de alguien que pretende pasar a la Historia como un héroe. Y realmente Yusúpov no era mala persona, tan sólo ese tipo de mentecato con ideales que a veces surge en grupos familiares muy castigados por la endogamia y la ociosidad. Creía a pies juntillas que la causa de todos los males de Rusia era un monje borracho y rijoso que tenía hipnotizadas a la Zarina y a una docena de Grandes Duquesas histéricas, un planteamiento simplista que recuerda al de la mayoría de los salvapatrias que conocemos. Ni siquiera cuando en el dorado exilio parisiense hace recuento de aquellos años se refiere al despotismo imperante o a la terrible opresión que soportaba el pueblo. Para Yusupov, la Rusia de Nicolas II era un país de cuento de hadas cuya felicidad había sido robada por un maligno hechicero, y él era el príncipe azul escogido por el destino para liberarlo. Un capullo, ya les digo. Tampoco voy a defender a Rasputín, que el hombre tenía demasiadas sombras y puede incluso, así al menos lo insinúa Yusúpov, que espiara para el Kaiser. Pero es el único personaje que acaba cayendo simpático, un monje vagabundo de origen campesino que con sus artes embaucadoras consiguió llegar a dominar a la mismísima Corte Imperial. El típico buscavidas, como el que le vende las pulseras magnéticas a la reina Sofía, para entendernos.

Se cierra el libro con un desconcertante postfacio a cargo de Luís Antonio de Villena, que parece no haberse leído el libro antes de escribirlo, tan diferente es su versión de los hechos. No obstante aporta cotilleos de gran interés, como que el Príncipe Yusúpov, además de ser el galán más guapo de toda la Corte, era también un notorio parguela que se travestía con las ropas de su madre la Princesa para ligar con los oficiales de la Guardia Imperial; y que para acabar con las habladurías a las que daba lugar tan licencioso comportamiento el Zar en persona le obligó a casarse con su sobrina. Según esta versión de la historia, la atracción de Yusúpov por Rasputín no era fingida sino real y abiertamente carnal. Y es que, según parece, nuestro monje era dueño de un cipote de colosales dimensiones, que le fue amputado tras su muerte y conservado en formol para ilustración de generaciones venideras. A día de hoy, al menos dos museos reclaman el honor de albergarlo en sus vitrinas. Lo cual también podría aclarar el enigmático verso de Boney M cuya interpretación ha traído de cabeza a sus exégetas: Ra Ra Rasputin / Russia's greatest love machine...


Estación Victoria - Octubre Rojo (1983)

lunes, 13 de junio de 2011

Pitágoras y las habas

Leo en Aulo Gelio, la mejor fuente de cotilleos de la antigüedad clásica, sobre Pitágoras y sus manías, que eran muchas. La de las habas es la más conocida, pero a mí me ha sorprendido sobre todo el método educativo que empleaba en su famosa escuela. De entrada a los aspirantes los sometía a un análisis fisiognómico, y sólo si de sus rasgos se deducía que iban a ser capaces de aprovechar las enseñanzas les admitía como discípulos. Una vez en la escuela se les exigía absoluto silencio y se les llamaba "acusmáticos", ya que su única labor era escuchar. En esta fase no podían preguntar si no entendían alguna cosa ni comentar nada de lo que los otros decían. Sólo cuando el maestro consideraba que ya habían escuchado bastante (y eso podía tardar hasta un par de años) se les permitía hablar, preguntar, expresar su opinión y dejar constancia por escrito de sus ideas. Eran llamados entonces "matemáticos" por las ciencias que iban a aprender, la geometría, la música y la gnomónica (para quienes no lo sepan: ciencia de fabricar relojes de sol). A los que superaban esta fase se les enseñaban finalmente las ciencias naturales y recibían el nombre de "físicos".

No cabe duda de que un sistema parecido, con las modificaciones necesarias para adaptarlo a los conocimientos actuales, podría dar excelentes resultados académicos en las universidades españolas; desde luego mucho mejores que los de ese absurdo plan de Bolonia que están empeñados en implantar. Y no lo digo sólo por la obligatoriedad de guardar silencio durante los primeros cursos. Personalmente soy un gran defensor de la fisiognomía como ciencia, y pienso que el rostro, el aspecto exterior y la actitud general aportan mucha y más precisa información sobre una persona que su curriculum vitae o un examen escrito. Por eso, en lugar del coladero de la selectividad, yo sería partidario de realizar a todos los aspirantes un estudio fisiognómico que descarte directamente a aquellos cuyo semblante muestre claros signos de imbecilidad. Nos ahorraríamos muchos disgustos. Pero volvamos a la manía de Pitágoras con las habas.

Toda la antigüedad estaba al tanto de que Pitágoras aborrecía las habas. Tanto las detestaba que, según cuenta la leyenda, murió cuando lo perseguían unos enemigos por no querer cruzar un campo de habas, lo que lo hubiera puesto a salvo. Era evidente que no le gustaba nada la leguminosa, pero no estaban claras las razones. La explicación más común, defendida entre otros por Cicerón, es que las habas son un alimento flatulento y de digestión pesada que no favorece en nada el ejercicio mental que exige la dedicación a la filosofía. Pero Gelio lo justifica de distinto modo, y se basa en un fragmento de Empédocles, otro filósofo que, aunque iba por libre, estaba muy influenciado por la escuela pitagórica:

"Despreciables, terriblemente despreciables, mantened las manos apartadas de las habas"
.

Según Gelio, en esta frase Empédocles se refiere a los testículos, con los cuales las habas guardan una cierta semejanza morfológica. Dicho así suena a bastinazo de la chirigota del Yuyu pero no nos hemos salido para nada de la discusión académica. Es decir, siguiendo la tradición de la escuela pitagórica, lo que Empédocles recomendaría a los jóvenes no es tanto abstenerse de las legumbres flatulentas como de los vicios solitarios. Llevado por la curiosidad he consultado el diccionario de la Real Academia y no recoge la acepción eufemística de "haba" como testículo, pero sin embargo sí es posible designar de ese modo a la cabeza del miembro viril. Allá los académicos con sus parecidos razonables...

Y no se preocupen, que no les voy a poner la canción de Leonardo Dantés sobre los nombres mil del miembro viril, que pretendo que este blog siga siendo un sitio elegante en el que puedan entrar los niños. En su lugar, vamos con un tema de gallifantes.


Penguin Cafe Orchestra - Pythagoras's Trousers (1981)