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lunes, 14 de octubre de 2013

Novísimas escenas matritenses

Me está costando mucho trabajo contar el viaje a Brasil. Y no sólo por la falta de tiempo, que es el principal escollo, sino por la dificultad de transcribir tal cantidad de sensaciones a palabras. Está claro que, contra lo que piensa mi señora, las musas no me llamaron por el camino de la literatura. Así que aprovecharé este rato libre para introducir una cuña y contarles nuestra última visita a Madrid y las exposiciones que vimos por si les sirven de orientación, que este blog no abandona nunca su vocación didáctica.

Coincidió esta vez nuestra visita con un feroz artículo de El País en el que el periódico, antes tan cariñoso con Gallardón, arremetía con saña contra la labor de su heredera. Con más razón que un santo porque, según nos vienen contando nuestros corresponsales y pudimos comprobar nosotros mismos, la ciudad está alcanzando unos límites de cochambre que ni los más viejos del lugar recuerdan. Problemas presupuestarios los hay en todos los municipios, y el endeudamiento que dejó el actual ministro de Justicia no contribuye precisamente a mejorar las cosas, pero la parodia de alcaldesa que les tocó en suerte a los madrileños cuando el reparto de poltronas del PP y su palmaria incapacidad para gobernar ni un caserío ha hecho el resto. Y ojo que con esto no quiero decir que en otros sitios estemos en mejores condiciones. Cochambrosa y todo, Madrid sigue estando a años luz del pozo de subdesarrollo y fundamentalismo desde el que escribo. Aunque se esfuerzan en alcanzarnos, no crean, que el sábado nos cruzamos con la Virgen del Rosario recorriendo en procesión las calles del barrio de Las Letras.

De todos modos su actividad cultural sigue siendo notable, y gracias a ello este post tiene alguna consistencia. Por ejemplo, el fin de semana en que estuvimos actuaban en El Matadero (espacio de titularidad municipal, no lo olvidemos) en un mismo concierto The Haxan Cloak y Chris and Cosey. No fui a escucharlos, y mucha pena que me dio, pero tapear con amigos a los que hace mucho tiempo que no has visto parecía en aquel momento un plan mejor. Merced a esta elección conocimos varios bares muy recomendables de la zona centro donde además de guardar la fina costumbre de invitar a tapa con la cerveza o el vino se esmeran en su preparación. Y es que en este viaje hemos huido mayormente en lo gastronómico de modernidades e inventos. Sólo caímos en una ocasión y porque teníamos curiosidad por un restaurante vietnamita (de nombre Viet Nam) que acababan de abrir en Huertas y del que había buenas referencias; nos hicieron esperar pero al final valió la pena y salimos ahítos y sin haber pagado más de lo necesario. Pero ya digo que nuestras preferencias esta vez fueron más por el vermú de grifo, la morcilla burgalesa y los callos. La vejez que nos vuelve más conservadores.

En cuanto a las exposiciones, no pudimos ir a ver todas las que nos habíamos propuesto ya que tuvimos un conflicto con el hotel en el que habíamos reservado, uno de esos establecimientos llamados "con encanto" que se ubican en antiguos palacios y conventos. Y es sabido que en esos edificios solía haber leñeras, establos, gallineros y otros espacios similares cuya estructura y localización estaba marcada no por la comodidad sino por la utilidad, pero a los que la codicia de sus nuevos propietarios convierte en habitaciones de cuatro estrellas. Y no dudo de que haya a quien le apetezca hospedarse en una mazmorra del siglo XVII, pero el cliente debe ser advertido antes. Así que entre dimes, diretes, reclamaciones y cambios de alojamiento con armas y bagajes se nos fue un tiempo curioso. Pero volviendo ya al asunto que nos ocupa, mi señora, que tuvo la suerte de visitar la exposición del Prado sobre Velázquez y la familia de Felipe IV la recomienda, y yo me fío de su criterio en estos asuntos. De las que yo vi, recomiendo la dedicada a Méliès en CaixaForum, que ya por fin es de pago. Se trata de un montaje de la Cinémathèque Française en el que se repasan los antecedentes y la prehistoria del cine (sombras chinescas, linternas mágicas, zootropos, cronofotografía) mostrando los aparatos originales, y que enlaza con la peripecia vital del propio Méliès, que venía del terreno del ilusionismo y la fantasía. Del cineasta se muestran sus dibujos (era un consumado pintor), maquetas, figurines y se proyectan algunas de sus películas más conocidas. Si se queda uno a verlas todas se puede echar gran parte de la mañana.

También muy recomendable la instalación temporal de Ryoji Ikeda en la Fundación Telefónica, de título data.path. En esta ocasión el leit-motiv son los flujos de datos que crean nuestro entorno cotidiano (sistemas estelares, códigos genéticos, corrientes intracelulares, redes informáticas, lenguajes de programación...) sin que seamos conscientes de ellos. En su línea habitual, Ikeda nos los traduce a puntos, signos y caracteres y los hace correr vertiginosamente sobre unas pantallas con el poderoso acompañamiento de su música. Toda una experiencia audiovisual que gustará hasta a quienes no estén habituados a estas marcianadas. Por su parte la exposición sobre el 300 aniversario de la Real Académica nos decepcionó un poco. Al ser en la Biblioteca Nacional fuimos pensando en que podríamos visitar sus salas y ver algunos de los tesoros que allí se guardan, habitualmente reservados a investigadores y enchufados. Pero no. Se trataba de un recorrido cronológico por la historia de la Academia desde su fundación, con muchos legajos, cédulas y diccionarios. Lo único interesante eran los retratos de los académicos, algunos de ellos obras importantes y pocas veces expuestas de Goya, Madrazo, Fortuny, Sorolla, Zuloaga o Vázquez Díaz. Incluso nos gustó mucho el retrato de Dámaso Alonso de Hernán Cortés, pintor cortesano por el que no sentimos demasiada debilidad. Pero hechas estas salvedades, no es una exposición que recomendemos especialmente.

En este viaje además hemos reparado una omisión que ya duraba demasiado, y es que nunca habíamos ido a ver los frescos de Goya de la ermita de San Antonio de la Florida. Y si ustedes están en la misma situación aprovechen la primera oportunidad que tengan porque realmente son algo digno de ver. Ya ha sido dicho muchas veces y por gente preparada que se puede datar en ellos el inicio del arte moderno, y es difícil no darles la razón. Ahí están los gérmenes del impresionismo y del expresionismo, las jóvenes de Renoir y las máscaras de Ensor contemplando el milagro del santo. Y ese supremo detalle de retranca baturra de sustituir en los arcos a los obligados putti por garridas majas con alas. Luego, para bajar el síndrome de Sthendal, nada mejor que cruzar la calle y entrar en Casa Mingo, que pasa por ser la sidrería más antigua de todo Madrid y donde se degusta un excelente pollo asado acompañado de sidra natural. Los fines de semana lleguen pronto porque se llena.


Chris and Cosey - Stolen Kisses (1985)

viernes, 20 de septiembre de 2013

Bichinho

Bichinho (literalmente "bichito") es una aldea en el término municipal de Prados, estado de Minas Gerais, en Brasil. Su curioso nombre no obedece a la abundancia de artrópodos en la zona ni a ninguna infestación capilar endémica entre sus vecinos, sino a las figuritas de artesanía por las que el pueblo es famoso. En realidad, y aunque todo el mundo lo conoce por Bichinho, su nombre oficial es Vitoriano Veloso, homenaje a uno de los héroes de la independencia brasileña. Veloso fue un esclavo negro liberado que desempeñó un papel secundario en la Inconfidencia Mineira, una conjura separatista de finales del siglo XVIII contra la corona portuguesa. El complot resultó un fracaso y la mayoría de los conspiradores, incluido Veloso, fueron castigados con el destierro a Mozambique y otras colonias africanas. Quien se llevó la peor parte fue un alférez y dentista llamado Joaquim José da Silva, por mal nombre "Tiradentes" (es decir "sacamuelas"), que asumió toda la culpa de sus compañeros y fue por ello ahorcado y descuartizado. Tiradentes, a pesar de ser un perfecto desconocido por estos lares, es un personaje histórico muy importante en Brasil, y no hay ciudad sin una calle o plaza en su honor. Y también, como Veloso, da su nombre a otro pueblo de Minas Gerais, muy cerca de Bichinho.

Tiradentes es una localidad próspera y un popular destino turístico del interior. Es patrimonio nacional y conserva en bastante buen estado el casco histórico de época colonial, siendo sede de importantes acontecimientos culturales como su famoso festival gastronómico, que la mala suerte quiso que este año se celebrara justo una semana después de nuestra visita. Una ciudad pintoresca que, sin poder considerarse una tourist trap, a mí llegó a recordarme la deriva que tomó la aldea de Asterix en "La residencia de los dioses" tras la llegada de los inquilinos romanos, aunque en lugar de "pescados y antigüedades " el comercio local se dedicara casi en exclusividad a la venta de los productos que fabrican los artesanos de la vecina Bichinho. Que es una aldehuela sin encanto como tantas, un conjunto de casas de ladrillo levantadas por sus moradores a lo largo de una carretera mal empedrada.

Los artesanos de Bichinho no están especializados en un material o forma, como sucede en otros lugares, sino que lo abarcan todo: bordados, cerámica, madera, piedra... Entre lo más característico están los panos de prato, paños de cocina elaborados con las telas de los sacos de arroz, las gallinas de Guinea de madera (que allí son llamadas "de Angola", cosas de la commonwealth lusa), y las namoradeiras, figuritas que se colocan en los alféizares y representan a indolentes mulatas a la espera de quien las galantee. A pesar de su potencial como centro productor de artesanía, Bichinho sigue siendo un pueblo pobre. Hasta hace poco hasta allí sólo llegaban los comerciantes de Tiradentes y de otras capitales para comprar objetos que luego revenderían en sus tiendas por un precio muy superior. Pero las cosas van cambiando poco a poco. Los artesanos ya empiezan a vender directamente al público sus creaciones, los visitantes van llegando y se va creando una mínima infraestructura turística. Y sin duda una gran parte del mérito la tiene Doña Angela.

La historia, según nos contaron, empezó hace unos años cuando Doña Ángela se quedó viuda y sin ninguna fuente de ingresos. Aleccionada por el cura de la localidad, que conocía su reputación de buena cocinera, empezó a servir comidas en su casa a los pocos forasteros que llegaban a Bichinho. Téngase en cuenta que en aquel momento en el pueblo no había ningún bar ni restaurante, y comerciantes y viajantes debían volver a Tiradentes a la hora de comer. Por eso era cuestión de tiempo que la fama de aquella señora que daba espléndidos almuerzos en la cocina de su casa por un precio irrisorio empezara a correr de boca en boca, y que la visita a Doña Angela fuera per se un motivo suficiente para subir a Bichinho. Obviamente la casa se quedó pequeña para acoger a tantos comensales y tuvo que montar cobertizos en los terrenos aledaños e implicar a todos sus hijos en el negocio. Por si fuera poco, y para que la cosa adquiriera ya tintes de anuncio de Aquarius, unos periodistas del New York Times que estaban recorriendo Minas Gerais pararon un día allí a comer y tanto lo elogiaron en su artículo (the greatest lunch deal in the Western Hemisphere, llegaban a llamarlo) que la casa alcanzó fama mundial y se ha convertido en un atractivo turístico más de la zona.

Es muy poco recomendable ir al Tempero de Angela (que así se llama el negocio) en fin de semana, ya que las esperas para conseguir mesa pueden ser de varias horas. Nosotros fuimos un lunes y no tuvimos problemas; en seguida nos acomodaron en una mesa con mantel de hule de la zona noble: un cobertizo de madera y bambú anexo a la casa y con acceso directo a la cocina. Porque allí es el cliente quien se sirve lo que le apetece. En la zona de servicio de la cocina, dos enormes fogones de leña mantenían calientes una veintena de ollas de piedra negra con los guisos del día. Sobre una mesa, varias bandejas con frutas de delicioso aspecto ya peladas y cortadas y verduras frescas de todo tipo y diferentes aliños. En la zona de trabajo aledaña y a la vista de los comensales tres mujeres de edad indefinida y redecillas en el pelo se afanaban sobre otros fogones de leña para que no faltara nunca comida en los pucheros. Mesas y vasares con platos y cubiertos. Y un deseo general de disfrutar de un bom apetite, necesario para que ninguna de esas joyas artesanas de la cocina de Minas Gerais quedara sin catar.

Porque lo que siguió fue una de las epifanías gastronómicas más maravillosas que he tenido ocasión de gozar en mi ya larga vida, a la altura de los mejores momentos que haya podido contarles en este o anteriores blogs. Sin entrar en fatigosos detalles, que este post ya se está alargando en exceso, les diré que la base de la comida mineira es la feijoada, guiso de frijoles con carne que por lo general se acompaña de arroz, farofa (harina de mandioca) y grelos. Pero aparte de eso había carnes, de porco y de frango, preparadas de innumerables modos a cuál más delicioso. Y crujientes frituras. Y qué decir de las verduras! Cultivadas por la familia en su propio huerto, que está al lado del comedor a la vista de todos y que haría volverse verde de la envidia a Jamie Oliver. Y las frutas! Y los pasteles de postre... contra cuyo pecaminoso dulzor mi endocrino me tendrá ya aparejada una amarga penitencia... Pues bien, probar todas y cada una de esas exquisiteces y repetir de las que más hayan gustado hasta quedar saciado vale sólo veinte reales por persona (bebidas aparte), que al cambio equivalen a unos seis euros y medio. Eso sí, en carteles bien visibles se advierte que a quienes desperdicien comida sirviéndose más raciones de las que puedan abarcar se les cobrará una tasa adicional, lo cual nos parece muy bien y digno de ser imitado. Y es que Doña Ángela no quiere perder a su clientela de siempre subiendo los precios para que la cabaña se le llene de pijos paulistas y cariocas. Yo me temo que con esa actitud no va a conseguir nunca una estrella Michelin, pero también me da la impresión de que no es algo que le quite el sueño.

El final de la historia es que Doña Ángela ha acabado haciéndose rica, y vive dios que se me ocurren pocas formas más honradas y legítimas de triunfar en esta vida. Por lo visto con el dinero ganado está comprando casas y tierras para dejar a sus hijos, y es posiblemente una de las mayores propietarias del lugar. Mas no por ello ha abandonado su cocina, que allí sigue todos los días del año, sin descansar ni uno solo, al pie del fogón, para dar de comer a sus clientes de siempre y a quienes como nosotros nos hemos convertido ya en sus más rendidos admiradores. Su negocio atrae visitantes al pueblo, que ya de paso compran algún recuerdo a los artesanos. Y como algunos días las colas para entrar en el Tempero de Angela pueden llegar a ser desesperantes, a su alrededor han surgido otros restaurantes que tratan de imitar el modelo y también prosperan a costa de los impacientes.

Y aquí se acaba la historia, una más con final feliz, como tantas que nos han contado y hemos vivido en Brasil. Disculpen que me haya extendido tanto pero pienso que el asunto lo merecía. Lamentablemente la semana que viene empieza el curso académico y ya saben que eso suele implicar menos tiempo para actualizar el blog. Pero bueno, yo creo que con ésta se van haciendo una idea de lo que es aquel país.


Tim Maia - Que Beleza (1974)

lunes, 20 de mayo de 2013

Opera, mafia e cannoli

Aprovechando nuestra estancia en Palermo fuimos a la ópera, más por conocer el teatro que por interés en la representación. Y es que el Teatro Massimo, además del más grande de los históricos italianos, es sobre todo famoso por ser el escenario de la secuencia final de El Padrino III. Así que a la hora señalada, y mucho más compuestos de lo que solemos para los eventos del Maestranza, que estábamos en tierra extranjera y había que dejar bien alto el pabellón de la elegancia española, ascendimos por las mismas escalinatas en las que mataron a Sofía Coppola dando pie al histriónico grito de Al Pacino que cierra la citada secuencia. Hay que decir que el teatro es precioso y que conserva el encanto de otros tiempos con su correspondiente pátina de decadencia, pátina que cubría también a los asistentes, en su mayoría respetables burgueses palermitanos con alguna que otra marquesona con collares de perlas de varias vueltas como las que dibujaba Serafín en La Codorniz. La obra representada no era esta vez Cavalleria Rusticana sino Aida, que suele ser sinónimo de espectacularidad, pero aquí la crisis también había hecho mella y la versión que nos ofrecieron era bastante pobretona, con un único decorado del que subían y bajaban paneles para representar cambios escénicos y los movimientos de masas habilidosamente resueltos con coreografías exóticas. Las voces, eso sí, eran excelentes, destacando la soprano china Hui He en el papel protagonista, a quien daba réplica el tenor canario Jorge de León. Por cierto que el público de allí es muy aplaudidor, más incluso que el del Maestranza pero no tan dado a los vítores extemporáneos, e interrumpía la función cada vez que algo le gustaba, aunque fueran los coros y danzas.

Hay que hacer constar, en honor a la veracidad histórica, que la representación no se vio interrumpida en ningún momento por disparos cruzados entre familias mafiosas rivales, lo que nos dejó un vago sentimiento de decepción como el que embargaría a los viajeros románticos del XIX al cruzar Sierra Morena en diligencia sin ser asaltados por la banda del Tempranillo. Y es que la mafia, reconozcámoslo, ya no es lo que era, y de hecho en las ciudades ha quedado como simple reclamo para la venta de souvenirs. O, sin ir más lejos, en las novelas del comisario Montalbano (no las he leído, hablo por lo visto en la serie sobre el personaje) donde que los capos de antaño son amables patriarcas que colaboran con la policía en el esclarecimiento de crímenes que les han sido falsamente atribuidos. Lo cual no quiere decir que la onorata società haya desaparecido, que imagino que si colgaron la lupara sería para dedicarse a menesteres más respetables y prósperos como la política, la banca o el negocio inmobiliario. Al igual que en el caso vasco, esta retirada ha traído a la isla una mayor libertad a la hora de enjuiciar los hechos del pasado, no siendo raros las placas y recordatorios en honor de las víctimas. E incluso un día, mientras visitábamos la catedral de Palermo, fuimos sorprendidos por un enorme revuelo de carabinieri, prelados y periodistas, convocados allí por la llegada del féretro con los restos mortales del padre Puglisi, una víctima de la mafia en los años 90 y que ahora iba a ser beatificado. Lo que nos pareció un gesto muy feo por parte de la curia vaticana hacia sus tradicionales aliados después de tantos años de venturosa colaboración, que todo hay que decirlo.

Siguiendo con el relato, cuando salimos de la ópera, y aprovechando que íbamos maqueados, nos fuimos a cenar a la Osteria dei Vespri, uno de los restaurantes mejor valorados de la ciudad, donde dimos cuenta del menú degustación de la casa que hace honor a la fama de la que goza. Como curiosidad, y volviendo a la mitomanía cinematográfica, les cuento que el local ocupa las antiguas caballerizas del Palazzo Ganci, famoso por haberlo elegido Visconti para rodar en sus salones la grandiosa escena del baile de Il Gatopardo. El palazzo se podía visitar hasta no hace mucho, aunque la noble familia que lo habitaba solía exigir unas cantidades desorbitadas por mostrar sus estancias, cantidad que mi señora estaba dispuesta a hacérmela pagar con tal de departir con la aristocracia local. Afortunadamente, y según nos contaron en la Ostería, el último de los herederos había abandonado la isla para establecerse en París cerrando la casa a los forasteros curiosos como nosotros. También nos recomendaron, sabedores de nuestro próximo viaje a Siracusa, que no dejáramos de comer en el restaurante Don Camillo, máximo representante en aquella ciudad de la nueva cocina siciliana, lo que por supuesto hicimos y con idéntico nivel de satisfacción.

Porque ahora por fin entramos en la parte más importante de estas crónicas de viajes y la que más interesa a nuestros lectores, la gastronómica. ¿Y qué les voy a contar que no hayan leído ya mil veces? Pues que en Sicilia se come maravillosamente, y más barato que en la Italia peninsular. Y no sólo en los restaurantes de gran clavazo como los ya citados, sino en cualquier humilde trattoria de barrio, siempre con productos de altísima calidad. Y que tienen también unos excelentes vinos. Los más conocidos son los dulces como el marsala o el moscato. Por cierto que los moscatos que probamos allí no tenían nada que ver con los que se suelen encontrar en España bajo la denominación "Moscato de Asti", que son unos blancos dulzones y con aguja, sino que estaban más en la línea de los olorosos jerezanos. Hay también muy buenos tintos, siendo los más típicos los elaborados con la uva autóctona Nero d'Avola, aunque la revelación del viaje fueron los vinos del Etna, que los crían también blancos, con su característico regusto mineral.En Siracusa descubrimos además que en la isla también se conoce el invento, que hasta entonces creíamos peculiaridad española, de la tienda de ultramarinos. Y vive dios que le sacamos partido, que mientras a mediodía los viajeros centroeuropeos ofrecían la cerviz a los dueños de los restaurantes del Lungomare para que les estoquearan con el pranzo turistico, nosotros buscábamos nuestro hueco en el colmado de los Fratelli Burgio para que nos sorprendieran con sus especialidades. Ellos fueron también nuestra tienda de souvenirs en este viaje, que no tenemos ya edad para andar comprando marionetas. Y de postre cannoli siciliani, el dulce de pasta de harina frita rellena de masa de ricotta por el que mueren los lugareños (sólo hay que recordar cómo lo hace Don Altobello en un palco de nuestro Teatro Massimo envenenado con los que le regala su pérfida ahijada Connie). No llegamos a probar ninguno elaborado por monjas, ni nos atrevimos, pero sí los que hacen en la Pasticceria Mazzara de Palermo que, según dicen ellos, eran los favoritos de Lampedusa, aunque vaya usted a saber. Son exquisitos, mas de digestión nada ligera y no recomendamos enfrentarse a ellos después de una copiosa comida. En cualquier caso, si alguna vez se encontraran en semejante disyuntiva, sigan siempre el sabio consejo de Clemenza: Leave the gun, take the cannoli.


Florinda Bolkan - Metti Una Sera A Cena (1969)

viernes, 10 de mayo de 2013

Escenografías

Obviando los hitos del siglo XX, y aunque conserva aportaciones de todas las culturas que colonizaron la isla, Sicilia es eminentemente barroca, y eso se nota en su pasión por los decorados. Y es que los mecenas de la época no se limitaban a pedirles a sus arquitectos de cámara un palacio o una iglesia, sino que imponían también las vistas y las perspectivas; es decir, la escenografía. Lo cual me recuerda a cierta ocasión en la que fui a una tienda de muebles de diseño con la pretensión de adquirir un sofá elegante para mi piso recién rehabilitado y el dueño, cual esfinge tebana, me planteó el siguiente dilema: “Sí, bien, pero usted realmente ¿viene buscando un sofá o UN ESPACIO?”. Por supuesto en ese momento, y para consternación de mi señora, di media vuelta y me fui a Mi Sofá, que es una tienda de la calle Luis Montoto de toda la vida donde los vendedores no hacen preguntas impertinentes, y compré un sofá sólido, cómodo, barato y sin encanto que me viene prestando un excelente servicio hasta el día de hoy. Pero, como siempre, me voy por las ramas.

Decía que de este gusto por la monumentalidad se aprecia especialmente en las plazas en las que se sitúan los edificios públicos, frecuentemente decoradas con espectaculares fuentes como la Piazza Pretoria de Palermo. En Siracusa, aunque en menor escala, también se aprecia esta pasión por el juego escenográfico, sobre todo en la Piazza del Duomo, donde se halla uno de los edificios más fascinantes de la isla aunque desde fuera no dé esa impresión: el templo griego de Atenea transformado en catedral cristiana. Lamentablemente, cuando estuvimos allí, la plaza sufría un ataque agudo de lo que hemos venido en denominar “teofilismo”, afección urbanística caracterizada por la instalación de elementos efímeros de pésimo gusto (pistas de patinaje, campos de juegos infantiles, mercadillos medievales, ferias de la tapa...) en las zonas más nobles y diáfanas de la ciudad, y cuyo nombre deriva del de cierta alcaldesa gaditana muy aficionada a ello, si bien es cierto que en la actualidad la costumbre ha sido adoptada por regidores de todo signo político y condición. El de Sevilla, sin ir más lejos, es un practicante tan aplicado que amenaza con arrebatarle la primacía a su conmilitona gaditana.

Siguiendo con el arte siciliano, y si finalmente consigo centrarme, les diré que el gran descubrimiento del viaje ha sido Giacomo Serpotta, escultor activo entre los siglos XVII y XVIII y cuyos trabajos en estuco son una de las cumbres del barroco europeo. Y es precisamente por la supuesta pobreza del material con que moldeó sus obras por lo que su nombre no suele tener capítulo propio en los tratados de historia del arte. Pero basta entrar en alguno de los oratorios palermitanos en los que dejó su firma para darse uno cuenta de que Serpotta no era un decorador al uso. Lo descubrimos por casualidad en el de San Domenico, y de ahí le fuimos siguiendo la pista por el de Santa Cita (ambientado ese día con el ensayo de un ensemble de música antigua) y finalmente en el de San Lorenzo, famoso por haber albergado en su retablo un Caravaggio que fue robado en los años 60. En cada uno de ellos idéntica sensación de hallarse ante un artista fuera de lo común. Y es que sólo con el humilde yeso consigue que de las paredes surjan santos, figuras alegóricas, escenas bíblicas, infinidad de traviesos putti y hasta batallas navales, todos engranados y formando parte de una misma idea escénica. Lo cual nos hizo también reflexionar sobre lo mucho que ha ido degradándose hasta nuestros días el oficio de escayolista.

Otra de las razones por las que merece la pena viajar a Sicilia es porque allí se encuentran algunos de los templos griegos mejor conservados del Mediterráneo. En mi anterior visita a la isla ya los recorrí extensamente, y en ésta pensaba llevar a mi señora a ver al menos los de Segesta y Selinunte, pero la incompetencia de los encargados de la agencia Hertz en Palermo nos privaron de tales excursiones, de lo que les aviso para que no contraten alquileres de coches con ellos. Así que terminaremos hablando de otra de las peculiaridades artísticas sicilianas que más nos gustaron: los mosaicos bizantinos con los que los reyes normandos del siglo XII cubrieron el interior de las iglesias que construyeron en Palermo y sus alrededores. Los más espectaculares son los del Duomo di Monreale por las dimensiones del templo, pero incluso en espacios más pequeños como la Capella Palatina del Palazzo dei Normanni la sensación es abrumadora. Todos siguen una secuencia similar: el Cristo Pantocrator en el ábside y luego los ciclos mitológicos correspondientes desplegándose por los muros de las naves como viñetas de un gigantesco comic sobre campo de teselas doradas: la creación, el diluvio, las vidas de los patriarcas, de los apóstoles, de Jesús... Y todo bajo el influjo de un feroz horror vacui que termina cubriendo hasta el más insignificante espacio libre, en las pechinas, las trompas, el intradós de los arcos, con imágenes de santos, arcángeles, serafines o generosos donantes. Como ésta que tienen a su izquierda, fotografiada en la iglesia de La Martorana y que, homenajeando al genial Hematocrítico de Arte, podríamos bautizar libremente como “Mesonera exigiendo el pago de la factura a Tortuga Duende” (La Madonna con il conto della trattoria).


Michael Galasso - Baroque (1992)

sábado, 4 de mayo de 2013

Sicilia según Wallpaper

En nuestro primer paseo por Palermo nos topamos, así de pronto y sin esperarlo, con la horrorosa mole del Palazzo de la Poste, una de las pocas muestras de arquitectura fascista que afean tan hermosa ciudad. Por hacer la gracia comenté en voz alta que si existiera una guía Wallpaper de Palermo, cosa que en aquel momento ignoraba, seguro que este edificio figuraba como uno de los landmarks. A la mañana siguiente, bicheando en la librería que allí tiene Feltrinelli, encontramos la famosa guía y, como no podía ser de otro modo, nada más abrirla apareció la oficina de correos con honores de foto a doble página. Por supuesto mi señora inmediatamente dispuso un cambio en nuestros planes del día para rendir una visita a tan singular edificio público. Que por dentro tampoco es gran cosa, y más tira a lo funcional que hacia el futurismo. Los únicos detalles de interés estaban en la zona del pórtico, con una arcada que recordaba vagamente a las que solía pintar De Chirico antes de su conversión al clasicismo.

El otro landmark del Palermo moderno para nuestra guía era el llamado "rascacielos de la Ina Assitalia", un bloque de oficinas sin ningún encanto en el que nadie se fijaría si estuviera en mitad del barrio de Los Remedios (o zona residencial fea equivalente de la ciudad desde donde se nos lea). El rascacielos, que aun siendo el edificio más alto de Palermo sólo tiene 18 plantas, era el buque insignia de un gran proyecto inmobiliario para revitalizar el centro de la ciudad, en la que también irían tiendas, viviendas y las oficinas del Banco de Sicilia, todo alrededor de una gran plaza porticada. Como suele suceder, y más en Sicilia, el proyecto no pudo terminarse al modo ideado por los arquitectos por falta de fondos y aquello acabó siendo otro quiero y no puedo. En la actualidad, la plaza porticada es un caótico aparcamiento en superficie y los edificios colindantes están pidiendo a gritos un lavado de cara.

Ya saliendo de Palermo, entre las excursiones recomendadas por Wallpaper al turista estaba una visita a Siracusa. Pero no para disfrutar de las vistas de la isla de Ortigia, de sus calles, plazas e iglesias, de su parque arqueológico o sus museos. No. Para los editores de la guía la única visita obligada era al santuario de la Madonna delle Lacrime, un edificio de hormigón proyectado en los años 60 (de hecho recuerda mucho a las cosas que hacía por aquel entonces Niemeyer) aunque no se terminó hasta mediados de los 90. En su momento la erección provocó bastante polémica en la sociedad siracusana, que la veía como un incordio paisajístico y una amenaza a su consideración de ciudad patrimonio de la humanidad, algo similar a lo que sucede ahora en Sevilla con la torre Pelli. Y es cierto que la iglesia, aun estando en la zona moderna, por sus descomunales proporciones impone un impacto visual notable al caserío histórico. Pero si obviamos la cuestión urbanística, como ejemplo de arquitectura contemporánea es realmente notable. La cripta sobre la que se asienta integra elementos arqueológicos descubiertos durante la construcción, mientras que la iglesia en sí plantea un original juego de perspectivas y luces que confluyen en el altar mayor donde se venera la imagen titular. Lo cual es muy interesante porque la famosa Madonna no es más que un cuadrito de escayola de pocos centímetros que un paisano tenía colgado en la cabecera de su cama y del que se cuenta que en 1953 vertió lágrimas humanas al tiempo que realizaba un puñado de curaciones milagrosas. Que semejante patraña haya llevado en pleno siglo XX a la construcción de un hito de la arquitectura moderna para albergar el icono objeto de latría y encauzar los flujos de sus adoradores es lo que más nos debería hacer reflexionar. Y eso, ya lo hemos dicho varias veces, es la función del arte.


Die Moulinettes - Alfio Brambilla (2001)

domingo, 28 de abril de 2013

Las dos Sicilias

A diferencia de Palermo, Siracusa, nuestro otro destino en el viaje que les estoy contando por entregas, es una ciudad amable y tranquila. Y también bellísima aunque sin la monumentalidad de Palermo. Al menos la isla de Ortigia, donde nos alojamos y pasamos la mayor parte del tiempo. En cierto sentido Siracusa se parece mucho a Cádiz, con un casco histórico bien conservado claramente separado de la ciudad moderna, aunque en lugar de península aquello sea una isla unida por puentes a la tierra firme (que no es tal sino otra isla aún más grande como ya sabemos). Pero la trama urbana, los baluartes defensivos, las murallas, los espectaculares amaneceres y puestas de sol sobre el mar Jónico, todo recordaba a nuestra capital sureña. Con la importante excepción del paisanaje.

Y es que en Siracusa, ignoro si a consecuencia de flujos sociales naturales, de la presión del mercado inmobiliario o por decisión política, los canis han abandonado el casco antiguo en favor de turistas y proveedores de servicios. Estoy convencido de que habrá quienes lamenten el hecho con amargas invocaciones a la autenticidad perdida, pero por lo que a mí respecta el resultado es espléndido y digno de ser importado. Porque, reconozcámoslo, ante lo remota que se presenta la solución a la presente crisis económica habrá que empeñar las joyas de la familia, y las únicas que nos quedan ya son nuestro patrimonio histórico y cultural. Enviemos entonces a la población nativa a zonas residenciales bien acondicionadas de la periferia y dejemos los núcleos históricos de las poblaciones a los turistas con nivel adquisitivo, que no sólo traen divisas con que revivir la economía local sino que además valoran lo que se les ofrece y ni pintarraquean los muros ni rompen su encanto con amotillos de escape libre. Es sólo a modest proposal.

En Palermo, cuyo casco antiguo, como el de Sevilla, es demasiado extenso para aplicar estas medidas de reordenación poblacional, encontrar un espacio de tranquilidad es casi utópico, aunque no imposible. Por ejemplo, en una encrucijada de calles perpetuamente colapsadas por el tráfico se encuentra la iglesia de San Giovanni degli Eremiti, a cuyos jardines y restos del antiguo claustro gótico se les puede aplicar sin rubor el topicazo de "remanso de paz". Vale la pena pagar la entrada sólo para sentarse en un banco de piedra junto a sus venerables muros, aislados del bullicio circundante,  a leer, escuchar a los pájaros o sestear. Un poco más alejado del centro urbano se encuentra el Orto Botánico, uno de esos maravillosos jardines que los Borbones ilustrados de antaño erigían en sus capitales favoritas. Y es que la afición por la caza o las barraganas no son incompatibles con el fomento de las artes y las ciencias, algo que sus actuales descendientes prefieren ignorar. Por esas razones históricas el botánico de Palermo se parece mucho al de Madrid, aunque con mayor abundancia de especies tropicales y suculentas por aquello del clima. Destacan como especímenes únicos algunos espectaculares ficus y dragos centenarios como el que recientemente la incuria municipal gaditana permitió que se cayera a espaldas del Museo. Personalmente me gustaron mucho, además de la simpática colonia de tortugas que había tomado como residencia el estanque de los nenúfares, los palos borrachos (Ceiba speciosa), árboles originarios del Brasil y muy aclimatados a la isla que durante nuestra visita andaban esparciendo sus semillas al viento con la ayuda de las peculiares nubes de algodón que contienen sus frutos.

Aunque si hacemos caso a otro conocido tópico, no hay mayor tranquilidad que la de los camposantos, de los que Palermo ofrece uno muy peculiar: las catacumbas de los Capuchinos. Apartadas también del centro y no fáciles de encontrar, llegamos a ellas siguiendo a una pareja de góticos que supusimos, con buen criterio como luego se demostró, que andaban buscando la misma atracción turística. Porque eso, y no un lugar sagrado es lo que son las famosas catacumbas. Se trata de la explotación comercial de un fenómeno natural causado por las condiciones del lugar que provoca  la desecación de los cuerpos allí depositados, expuestos en las paredes como en galería de retratos; separados eso sí por sexo y condición: mujeres, infantes, frailes, clero secular y civiles, cada uno en su pasillo. Y aunque en su mayoría no son ya sino esqueletos con jirones de piel, algunos sí que presentan caracteres propios de momias. Y sí, he dicho antes atracción turística pero más es barraca de feria, que ni asusta ni impresiona pero divierte por lo casposa. Y es que visto un muerto vistos todos, y al final son mucho más interesantes los epitafios, heráldicas y alegorías de las lápidas sepulcrales que los ropajes y muecas de los difuntos. No muestro fotos porque estaba prohibido hacerlas, lo cual es una pena pues se podían haber resuelto con ellas muchas portadas de cassettes de Knockturne Records.

Las catacumbas formaban parte del cementerio de los Capuchinos, éste sí más acorde con nuestra idea de un camposanto y que también se puede visitar. Y ya que estábamos al lado lo hicimos por buscar la tumba del Príncipe de Lampedusa que está allí enterrado. Dimos varias vueltas por sus calles, que no tienen ningún encanto especial, buscando entre los panteones y monumentos funerarios el de quien es considerado el más famoso de los escritores sicilianos, a pesar de que su obra se limite a una única novela. Al final, aburridos, optamos por preguntar a un enterrador, que nos señaló una simple lápida en el suelo, una más entre tantas otras, bajo la que también yace su mujer Alessandra Wolff Stomersee. Una sorprendente muestra de sencillez en una tierra tan dada a la pompa y la escenografía.

 
Francesco De Massi - L'isola dell'amore (1969)

miércoles, 24 de abril de 2013

Maitines sicilianos

En nuestro hotel de Palermo el desayuno nos lo traían todas las mañanas a la habitación. Básicamente porque no tenían un comedor donde servirlo, pero el detalle era bonito. En la página web aparecía la foto de una chica guapísima llevando la bandeja, algo que asumí como la natural licencia publicitaria. Así que cuál no sería mi sorpresa el primer día al abrir la puerta de la habitación y encontrarme con semejante bellezón en carne mortal. Que luego se vio que no representaba ni de lejos a la mujer siciliana media. No quiero que el nivel discursivo de este blog descienda al de las tabernas o las barberías, ni caer en el error de las generalizaciones, pero mi obligación didáctica es explicar las cosas. Y la mujer de esas tierras no es ni guapa ni fea, y el término medio estaría más cerca de la legítima esposa del pobre Mastroianni  en Divorcio a la italiana que de la prima encarnada por Stefania Sandrelli. De hecho la raza siciliana es indistinguible de la nuestra, ya que en ella han ido dejando sus nucleótidos los mismos pueblos y en parecido orden, lo cual, como aquí, también se manifiesta en su arquitectura. Habita en Palermo incluso una población de canis tan similar a la gaditana que debieran estudiarla los biólogos como modelo de evolución convergente en la especie humana.

Palermo es posiblemente la ciudad más decadente donde he estado. Más que La Habana, Lisboa o Cádiz. Según mi señora jugaría en la liga de ciudades como Tánger o Estambul. Porque hablo de decadencia física, de decrepitud, que contrasta con la belleza que aún conservan la mayor parte de los edificios aunque hayan perdido su primitivo esplendor. Y es que no se observa ni el más mínimo intento de rehabilitación. Llama sobre todo la atención el altísimo número de palazzos cerrados y en estado ruinoso, prácticamente uno en cada calle, sin que a nadie parezca importarle. Ni siquiera se preocupan por adecentar las fachadas, todas del color del hollín, pertenezcan a edificios públicos, privados o religiosos. Imagino que el palermitano es consciente de que pese a la mugre y la ruina, su ciudad sigue siendo una de las más hermosas del occidente cristiano y por tanto no malgasta su tiempo ni su dinero en dar lustre a un producto que se vende solo.

Por si fuera poco, Palermo es una ciudad caótica. Los coches y motos circulan como y por donde les place sin ningún respeto por las ordenanzas o la integridad de los peatones. Cruzar una calle se convierte en aventura cuando los despintados pasos de cebra que las adornan sólo sirven para señalar las zonas donde es más probable que se produzcan atropellos. Y no digamos nada de la experiencia de viajar en taxi, que allí según parece gozan del privilegio de tomar el sentido de las calles como más les conviene, con independencia de lo que determinen al resto de los vehículos las señalizaciones municipales. Incluso los mercados se desparraman por las calles, con sus olores y sus fluidos, sin que ningún edificio los contenga. Aunque lo que más refuerza en el forastero esta sensación de desgobierno son las montañas de basura que se elevan en muchas de sus calles, hasta en las más céntricas y señoriales, llegando incluso a bloquearlas como pudimos observar en más de una ocasión. Al principio pensamos que se trataba de una huelga, ya que las imágenes remitían a las del Napoles de hace un par de años. Hasta que un taxista nos explicó que formaba parte de la política habitual de la concesionaria del servicio para obligar a los vecinos a pagar las tasas. O dicho en su sintética frase destinada a que unos turistas españoles lo entendieran: Niente pagare, niente lavorare.

Entonces fue cuando comprendimos por qué Tony Soprano escogió como negocio para su familia la gestión de residuos. Pero de la mafia ya les hablaré otro día.


Julian Cope - An Elegant Chaos (1984)

martes, 12 de marzo de 2013

Barcelona

El llamado problema catalán es algo bastante simple y fácil de entender, pues coincide con una aspiración compartida por la mayoría de nosotros: simplemente quieren marcharse de este cochambroso país. ¡A ver quién les va a culpar por ello! Y tampoco nos debería parecer mal que lo quieran hacer por la tremenda, llevándose incluso el paisaje; así se ahorran la saudade del emigrante. Quedaría por arreglar el espinoso tema del reparto de la deuda, claro, que en las separaciones quien se queda el piso carga también con la hipoteca. De todos modos, lo que me resulta sorprendente es la pérdida de ecuanimidad de un pueblo tradicionalmente tan sensato como el catalán, que les lleva a creer que el solo hecho de convertirse en un país de pequeño formato va a provocar que se vuelque sobre ellos el cuerno de la fortuna, como si no tuvieran tanta arte y parte en el problema como los demás. Y que no se hayan percatado de que quienes van a liderar su particular paso del Mar Rojo sean tan sinvergüenzas como los que gestionan los dineros del PER y los ERE en las taifas del sur. Y para muestra, ahí encima tienen el café del Palau de la Música, precioso edificio modernista que da nombre a la más famosa trama de corrupción política catalana de las últimas décadas.

En cualquier caso, y aprovechando que todavía no hay que mostrar pasaportes en el Prat, hace unos días estuvimos en Barcelona y tengo que decir que fuimos acogidos con la hospitalidad y el cariño de siempre. Y como siempre dedicamos gran parte del tiempo a visitar exposiciones de las que paso a darles cuenta, no en balde el propósito de este blog es educativo. Y curiosamente casi todas a las que fuimos tenían a la fotografía como principal motivo. La excepción fue la colección permanente de la Fundación Godia, que no tenía el gusto de conocer y que es una visita muy recomendable. El mecenas, Francisco Godia, era un rico empresario catalán, apasionado del automovilismo (llegó incluso a competir en los años 50 en el mundial de Fórmula I con sus propios vehículos) y con un innegable buen gusto para el arte. Su colección de arte medieval y renacentista, reunida en esos años en que los tesoros de las parroquias rurales eran saqueados con el consentimiento de todos, es de las mejores de España. También tiene algunas obras interesantes del modernismo catalán (Nonell, Rusiñol, Casas...) y una extraordinaria corrida de toros de Solana.

El CaixaForum tenía una exposición siguiendo la moda de las que se suelen hacer últimamente, en las que se mezclan obras de diferentes épocas en busca de un discurso las más de las veces inexistente, aunque en su defensa hay que reconocer que en su mayor parte la propuesta se mantenía con dignidad. El tema era la relación entre pintura y fotografía y la influencia mutua entre ambas bellas artes. Y es cierto que funcionaba muy bien cuando se enfrentaban obras de la época en la que la fotografía daba sus primeros pasos, pero flojeaba al tratar de justificar la inclusión de obras más cercanas en el tiempo. Pero ya digo que en conjunto es una exposición interesante, sobre todo por presentar a pioneros del arte fotográfico menos conocidos (al menos por mí) como Julia Margaret Cameron o Gustave Le Gray. Y también porque nos enfrenta con el fascinante proceso de la gestación de un nuevo arte, que partiendo de la nada y tomando como modelo lo más cercano que tenía, la pintura, en muy pocos años alcanza su máxima madurez creativa. Lo mismo que le sucedió al cine o el cómic.

Y ya que hablamos de CaixaForum una breve reflexión (o digresión). Tanto para la sede de Barcelona como para la de Madrid, las dos que conozco, se aprovecharon edificios industriales en desuso del centro de las ciudades. Para el proyecto de Sevilla, la Junta de Andalucía les cedió, sin ningún respeto por la importancia del monumento, las antiguas atarazanas, y además permitió que se le pusiera por montera un diseño estrafalario de uno de los arquitectos áulicos del régimen. Fue providencial que la actual coyuntura económica paralizara el proceso si bien a costa de enviarlo a un edificio de las afueras, herencia envenenada del proceso de fusión con las cajas sevillanas. Ahora parece que se impone la cordura y que con las Atarazanas se va a seguir una restauración más conservadora o arqueológica, poniendo en valor el edificio y rebajando el suelo hasta la cota original alfonsí. Que todo está por ver, dada la conocida incompetencia de quienes administran nuestro patrimonio. En cualquier caso uno entiende y acepta las razones económicas de la Caixa para llevar su proyecto cultural a la torre Pelli, pero es lástima porque en Sevilla hay un gran número edificios singulares en estado de abandono que podrían acogerlo con mayor dignidad si hubiera una mínima voluntad por parte de los políticos del lugar. Y estoy pensando en la Fábrica de Artillería de San Bernardo, sin ir más lejos.

Volviendo a Barcelona vimos también, y más porque pasábamos por allí que por verdadero interés, la exposición monográfica que La Virreina programaba sobre Alberto García-Alix, un fotógrafo que con independencia de sus cualidades formales siempre me ha resultado cargante por su exhibicionismo y su malditismo impostado. Y siguiendo Ramblas abajo, en el Arts Santa Mònica, una exposición colectiva sobre la fotografía en los tiempos de internet, la telefonía móvil y las redes sociales, habitual batiburrillo de propuestas más o menos ingeniosas pero montada con gusto y sentido del espectáculo, por lo que nos resultó entretenida.

Y basta ya de artes plásticas y hablemos de las hosteleras que son las que intuyo que interesan mayormente a la parroquia que lee este blog. Hay que decir que en este viaje no hemos ido en general a restaurantes nuevos, que estamos ya ahítos de tanta fusión inane y de las burbujas gastronómicas de moda. La excepción fue el Tanta, un restaurante de cocina peruana montado por la estrella de los fogones del momento, Gastón Acurio, por el que nuestro anfitrión en Barcelona sentía cierta curiosidad. Y lo cierto es que el sitio es bonito, el servicio agradable y no comimos mal, pero tampoco fue una experiencia como para recordarla mucho tiempo. Por eso nos hizo gracia enterarnos por los periódicos, ya de vuelta en casa, de que al tal Gastón le habían concedido el Premio Mundial de Gastronomía; imaginamos que a partir de ahora reservar allí va ser más complicado. Así que, y aparte de una lamentable experiencia en un restaurante literario al que se empeñó en llevarnos mi señora porque una noche vio allí cenando a Vila Matas, nuestros senderos acababan siempre en casa de comidas caseras, bares tradicionales y tabernas de viejos, éstas últimas indefectiblemente abarrotadas de jóvenes hipsters, y es que por lo visto ahora son tendencia. No les doy nombres porque sólo faltaba que la próxima vez que vaya me las encuentre llenas de modernos sevillanos.


La Coral Cósmica - Rumba Cósmica (1979)

miércoles, 3 de octubre de 2012

Socialdemocracia

Es cierto que algunos barrios de Estocolmo, construidos en la década de los sesenta, recuerdan a los del antiguo Berlín Oriental. Por sus planteamientos urbanísticos y arquitectónicos racionalistas, sobrios y disciplinados, aunque también supongo que estarán construidos con mejores materiales y partiendo de unos presupuestos más éticos. Pero en esa primera impresión es donde acaban todas las semejanzas. Y sin embargo durante décadas se nos presentaron a las sociedades escandinavas de la guerra fría como estados nominalmente democráticos que mantenían a sus ciudadanos bajo un régimen económico socialista similar al de sus vecinos del Pacto de Varsovia. Para estas fuentes, cuyos herederos son quienes dominan hoy el panorama informativo español, lo más destacable de aquellas sociedades era la insoportable presión impositiva y el control estatal sobre cualquier aspecto de la vida de sus ciudadanos, lo que llevaba a que fueran los países de Europa con una mayor tasa de suicidios y de alcoholismo (aunque esto último, en un país que grava con tan desorbitadas tasas el alcohol, habría de considerarse más bien una bendición para las arcas del estado). Era una visión interesada promovida por aquellos a quienes no convenía que una de las experiencias políticas más fascinantes de la historia contemporánea infectara a otros países. Y a fe mía que lo lograron. 

La experiencia socialdemócrata se extendió por la mayoría de países europeos, sí, pero sin llegar a echar raíces; y si las hubo la marea conservadora de principios de los ochenta acabó por secarlas. Y la crisis del capitalismo del siglo XXI que tanta compañía nos hace la ha derribado hace nada. Y con todas las bendiciones democráticas, que ha sido precisamente el voto de quienes más beneficios sociales obtenían del sistema el que ha le ha asestado la puntilla. En los países escandinavos, aun bajo gobiernos conservadores y con sus muchos defectos, el espíritu socialdemócrata se mantiene por la voluntad de sus ciudadanos. No en balde sus sistemas educativos tienen fama de eficaces y de formar personas con capacidad de razonar; personas, por tanto, más difíciles de engañar. Y no deja de ser curioso que el único país de la zona de influencia escandinava que había renegado de sus principios socialdemócratas para arrojarse en brazos del capitalismo salvaje, Islandia, haya sido también el único de los europeos que, tras un  acto de contrición y la correspondiente penitencia a los charlatanes que les llevaron a la bancarrota, ha vuelto al modelo de planificación económica y hegemonía del sector público. 

En España es nombrar la socialdemocracia y acordarse uno del felipismo, de los hermanos Guerra y del resto de la troupe, y nos entran las arcadas. Pero a día de hoy es la única experiencia política que ha demostrado sobre el terreno que es posible garantizar la igualdad y los derechos sociales manteniendo al tiempo un exquisito respeto a los principios democráticos; lo demás son utopías o experimentos calamitosos. Obviamente quienes contribuyeron al desastre no pueden dirigir la regeneración. Habría que contar con otros políticos y otros partidos. Y con una ciudadanía educada, lo cual me temo que es un problema de más difícil solución. 

Acabo de terminar de leer Pensar el siglo XX, el libro de memorias del historiador Tony Judt, escrito en forma de diálogo con su amigo Timothy Snyder cuando ya estaba gravemente afectado por la esclerosis lateral amiotrófica que le llevaría a la muerte. Que es al mismo tiempo un libro de historia y un manual de pensamiento político, ya que repasan los sucesos, movimientos e ideologías que configuraron el tumultuoso siglo pasado. El último capítulo está dedicado precisamente a la socialdemocracia, y es un análisis lucidísimo de los últimos cincuenta años y las causas que nos han llevado a la presente derrota. No les cito párrafos enteros por falta de espacio pero puede que lo haga en próximos posts.  

Dicho lo cual, y pidiéndoles disculpas por el tono mitinero y demagógico de la entrada, me despido de ustedes por una temporada. Los recortes en personal de la Universidad y mi imprudente costumbre de decirle que sí a todo el que me pide una colaboración en algún proyecto me han preparado un comienzo de curso más que turbulento. Y no me va a quedar demasiado tiempo libre para actualizar el blog, al menos con una cierta regularidad. En el mejor de los casos tendrán los consabidos refritos y trabajos de copia y pega para mantener permeables las líneas. O igual ni eso, ya veremos.


Piero Umiliani - Le Ragazze dell'Arcipelago (Svezia, Inferno e Paradiso BSO, 1968)

sábado, 22 de septiembre de 2012

Conciertos estivales


La primera vez que vine a Estocolmo, Ilyich Rivas aún no había nacido. Y en esta segunda lo hemos visto dirigiendo a la Filarmónica de la ciudad en una animada versión para orquesta de la música que compusiera Leonard Bernstein  para West Side Story. El tiempo, que pasa demasiado rápido. Tampoco es que el director o el programa nos interesaran gran cosa, que aquello era, salvando las distancias, como una de esas novilladas veraniegas de promoción. Pero teníamos curiosidad por conocer el Konserthuset, la sala donde se entregan los Premios Nobel, y en lugar de pagar por la visita guiada nos pareció mejor idea ir a un concierto; y éste era el único que estaba programado para esas fechas. El edificio es de los años 20 y está construido en estilo neoclasicista. La sala nos recordó mucho al Concertgebouw de Amsterdam, que vimos el año pasado, aunque ésta es bastante más pequeña; y de hecho no nos explicamos como se las arreglan para meter a tanta gente el día de los premios.  

En el mismo teatro actuó unos días después Madeleine Peyroux, que ni nos gusta ni nada, pero fuimos por idéntica razón. En este caso para ver la sala dedicada a los conciertos de cámara, y que recibe el nombre de Grünewaldsalen por el pintor que decoró sus paredes. No confundir con el maestro alemán del Renacimiento; este Grünewald era un artista de principios del siglo XX que se movía por los terrenos del simbolismo y el expresionismo. La sala es realmente preciosa, con paredes y techos cubiertos de alegorías y escenas mitológicas, en un estilo que se da un aire a los dibujos de Enrique Herreros para La Codorniz; y conste que lo digo en tono elogioso. En cuanto al concierto en sí, fue todo lo aburrido y previsible que cabía esperar. Lo único que nos sorprendió fue el público, que estaba formado en su mayoría por venerables ancianos, cuando aquí en España la Peyroux es una artista de progres. Cosas de cada país.

Y antes de que los pocos lectores que nos quedan salgan huyendo de este blog de viejunos, les adelanto que también fuimos a un festival de música moderna, el Stockholm Music & Arts. El concepto de este festival es muy similar al de Territorios, e incluso pareciera que les hubiesen copiado la idea. Y es que se celebraba en la trasera de un museo de arte contemporáneo, durante tres días, y con predominio de la cosa étnica junto a estrellonas de una cierta edad para atraer al público pudiente como nosotros. Pero ahí acababan las semejanzas, pues el planteamiento del de Estocolmo era mucho más respetuoso con el siempre sufrido aficionado. Para empezar el hecho de tener un solo escenario, lo cual permite ver conciertos completos sin complejo de culpa. También el aspecto hostelero funcionaba bastante mejor, con multitud de barras y puestos de comida; y hasta vendían tabaco. Aunque el mayor contraste lo notamos en la actitud del público, que se puede resumir en que allí nadie meaba fuera del tiesto (entiéndase en los sentidos literal y metafórico de la popular expresión). Y luego había detalles sorprendentes, como que la chica que te colocaba la pulsera que acreditaba que eras mayor de 18 años y podías consumir legalmente alcohol llevaba un hiyab musulmán. Estoy convencido de que en ello había un mensaje implícito, sea para desincentivar el consumo de alcohol o por demostrar que la organización es tan buenrollista que no tiene en cuenta la religión de los trabajadores a la hora de asignarles cualquier puesto. A mí de todos modos me pareció chocante. 

Nos habría gustado ir al primer día del festival, que tenía como cabezas de cartel a Antony y a Patti Smith, pero las entradas estaban agotadas desde hacía tiempo. En aquel momento nos quedaba el consuelo de que a Patti la podríamos ver en unos meses en Sevilla, pero me imagino que ya se habrán enterado de que canceló su concierto del Maestranza por razones un tanto abstrusas, así que nuestro gozo en un pozo. De modo que, como el segundo día tenía un interés muy limitado, sacamos entradas sólo para el tercero cuyo único aliciente era que cerraba con Björk. Esa tarde fuimos tempranito para evitar las colas en la recogida de entradas y el ritual de las pulseritas (no habría hecho falta porque ya digo que aquello funcionaba con eficacia escandinava), y aprovechamos para ver el final de la actuación de Fatoumata Diawara, una cantante de Malí muy mona y con grandes dotes de animadora. Luego nos fuimos al centro a cenar de mesa y mantel, que en este viaje íbamos de señores y no nos íbamos a comer un kebab sentados en un poyete.

A la vuelta nos encontramos con que ya estaba Buffy Sainte-Marie sobre el escenario y nos quedamos a verla más que nada por ir cogiendo sitio para el concierto de Björk, que preveíamos masivo como así fue. A vosotros jóvenes el nombre de Buffy Sainte-Marie no os dirá nada, pero en los sesenta y setenta tuvo bastante éxito entre los hippies con su aspecto de Pocahontas (pertenece a la nación Cree) y sus canciones contra el hombre blanco y la guerra en general. A mi señora, que ignoraba su existencia, le sorprendió que yo conociera muchas de sus canciones, pero es que uno, aunque no lo aparente, tiene ya una edad. Buffy tampoco se conserva nada mal para sus años, pero hay que decir que el rollo que lleva ahora, alternando sus temas folklóricos de siempre con desmelenadas invocaciones al Gran Manitú, resulta un tanto trasnochado.

Pero valió la pena soportar su concierto porque pudimos ver el de Björk desde una buena posición, cerca y centrados para disfrutar de su magnífica imaginería. La islandesa salió vestida como de gallina Caponata deconstruida, con dos músicos que se encargaban de todo y un coro de adolescentes islandesas todas rubias y guapísimas. Y una enorme bobina Tesla controlada por midi muy espectacular, que utilizó para el tema Thunderbolt, y que luego recuperó para los bises finales, en los que además hubo pirotecnia y desmadre chamánico. El concierto nos encantó, ella cantó maravillosamente y salimos comentando que debería postularse para representar algún año a su país en Eurovisión, ahora que parece que vuelve el momento de los escandinavos excéntricos. Por cierto que todo acabó antes de la medianoche para que los asistentes pudieran volver a casa en transporte público. Nosotros preferimos hacerlo andando porque la noche era agradable y no estábamos lejos, pero nos parece un detalle digno de elogio, y así se lo hacemos saber a los promotores de conciertos de por aquí. 


Björk - Í Dansi Með ÞÉr (1990)