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sábado, 3 de agosto de 2013

I am sitting in a room

I am sitting in a room different from the one you are in now. I am recording the sound of my speaking voice and I am going to play it back into the room again and again until the resonant frequencies of the room reinforce themselves so that any semblance of my speech, with perhaps the exception of rhythm, is destroyed. What you will hear, then, are the natural resonant frequencies of the room articulated by speech. I regard this activity not so much as a demonstration of a physical fact, but more as a way to smooth out any irregularities my speech might have.


Alvin Lucier - I am sitting in a room (1ª generación)

Alvin Lucier escribió esta obra en 1969, que es una fecha bastante tardía en la historia de la música académica contemporánea; a esas alturas el sufrido público burgués estaba curado de espanto con las provocaciones a que había sido sometido durante décadas por parte de las sucesivas vanguardias y ya no quedaba ningún melómano conservador por epatar. No lo hizo pues por afán de escandalizar, y tampoco nos tomamos en serio esa referencia a su tartamudeo, que más parece broma privada destinada a su círculo de amistades. Realmente se trata de una reflexión sobre el sonido, su transformación por el espacio en que se produce y las imperfecciones de su fijación en una cinta magnética.

Como tantas obras del periodo, la partitura es sustituida por una serie de instrucciones que además pueden variarse a gusto del intérprete. Sólo se necesita un micrófono, dos magnetófonos y un altavoz. El intérprete lee una vez el texto frente al micrófono y su voz se graba en el primero de los aparatos. Luego la cinta se pasa al segundo magnetófono y se reproduce, volviendo a grabar lo emitido. La segunda versión (o "generación" en la terminología de Lucier) se pega justo después de la primera. Es esa segunda generación la que ahora se reproduce y se vuelve a grabar como la anterior. La tercera generación se pega a las dos primeras y se convierte en la fuente de la siguiente grabación. Y así hasta el infinito y más allá. O hasta que el intérprete se canse, que suele ser el caso.


Alvin Lucier – I am sitting in a room (5ª generación) 

Con el transcurso de las generaciones la voz del intérprete se va escuchando más distorsionada, como hundiéndose en una tinaja virtual, ya que en cada pasada se acumula la reverberación propia de la sala que, al cabo de un cierto tiempo, se convierte en única protagonista de la obra mientras el texto acaba perdido en un magma informe de ecos. Las últimas generaciones son ya una pura cacofonía que sólo conserva del discurso original el ritmo, como bien describe Lucier en su texto. Todo ello para hacernos reflexionar sobre la experiencia sonora, sobre cómo la vibración emitida por una fuente, antes de llegar al tímpano y desencadenar la respuesta auditiva, sufre toda serie de cambios durante su tránsito por el espacio, echando por tierra el mito de la "alta fidelidad". Que, a fin de cuentas, es algo que todos sabemos aunque tendemos a ignorarlo, salvo cuando criticamos o alabamos la acústica de una determinada sala de conciertos; incluso los modernos reproductores digitales introducen filtros electrónicos que juegan a situar al oyente en diferentes ámbitos.

Hasta cierto punto esta obra entronca en la tradición de otras generalmente clasificadas en el campo de lo conceptual como la famosa 4'33" de John Cage, que no es una simple coña en clave fluxus sino otra reflexión, en este caso sobre el silencio y la imposibilidad absoluta de obtenerlo. Pero en la pieza de Lucier hay un elemento ausente en la de Cage: la cinta magnética. Porque hay que reconocer que el magnetófono fue el gran impulsor de la vanguardia musical en la segunda mitad del siglo XX. La imagen del compositor (o compositora, que también las hubo y muy brillantes) rodeado de bobinas y armado de tijeras y pegamento para empalmar las cintas es la que mejor define ese periodo que va de la postguerra a bien entrados los 60.


Alvin Lucier – I am sitting in a room (10ª generación)

Y es que, aunque la interpretación de  I am sitting in a room puede beneficiarse de los modernos medios digitales de grabación, su auténtico sentido lo alcanza si se emplea una cinta magnética. Yo, que soy lo suficientemente viejo como para haber asistido al nacimiento comercial del cassette, recuerdo la época anterior en la que el magnetófono de cinta abierta era el único medio casero de grabación, elitista por su alto precio aunque existían modelos más económicos como los de la casa italiana Geloso. En aquellos días las grabaciones (de un disco, por ejemplo) no se hacían a través de  cable sino que se recogía el sonido de los altavoces mediante un micrófono. Incluso con los primeros modelos de grabadoras de cassette el sistema seguía siendo el mismo, lo que daba lugar a caprichosas versiones de la pieza original trufadas de ecos, susurros y todo tipo de sonidos domésticos; ni les cuento a lo que acababan sonando las segundas o terceras copias. Quién nos iba a decir por aquel entonces que estábamos compartiendo métodos (que no intereses) con los pioneros de la música electroacústica.

Y quién nos iba a decir que el cassette desaparecería décadas más tarde, sobrepasado por la perfección de la grabación digital, y que volvería a reaparecer en la segunda década del siglo XXI para combatir el hastío provocado por esas mismas grabaciones digitales y su infinita capacidad de replicarse sin merma alguna. El viejo cassette vuelve a triunfar porque es un objeto único que si se copia se transforma en algo de inferior calidad. Por eso es un medio tan reclamado hoy por artistas inquietos de todos los estilos. Como los que graban para el sello sevillano Knockturne Records. Por eso mi consejo para hoy es que visiten su tienda online, escuchen las cintas a la venta y compren la que más les guste. Y a partir de ahí comiencen a construir una colección de cassettes que sustituya a aquella de las Shangri-Las y de las Ronettes que dejaron junto a un contenedor de basura en la última mudanza.


Alvin Lucier – I am sitting in a room (20ª generación)

jueves, 27 de junio de 2013

Otra noche en la ópera

Repaso las entradas del blog de un año a esta parte y sólo encuentro crónicas de viajes. Que están bien porque me sirven de diario para proteger los recuerdos frente a las lagunas de memoria, que era uno de mis objetivos cuando me metí en este proyecto aunque no el único. Sobre todo se trataba de crear un espacio de reflexión, algo que me viene igualmente bien para ejercitar las neuronas y de lo que en general andamos todos muy faltos. Y es que la blogosfera está de capa caída, es algo que salta la vista. Sólo hay que darse un paseo por esos enlaces que figuran a su derecha, criaturas virtuales de algunas de las mentes más brillantes de nuestro entorno, y ver el estado de abandono en que se encuentran la mayoría de ellas. De hecho, salvo las que están ligadas a algún proyecto laboral y alguna otra rara excepción, casi todas languidecen con un post de hace meses, años incluso, como última entrada. Y es normal, de todo se cansa uno y hay épocas en las que las muchas obligaciones que nos echamos a la espalda disuaden de dedicarle su merecido tiempo al blog; a mí me suele pasar con demasiada frecuencia y ustedes ya lo saben. Pero no me cabe duda de que una gran parte de responsabilidad la tienen las redes sociales instantáneas tipo Facebook o Twitter, que actúan como los psicotrópicos más adictivos produciendo una recompensa inmediata en forma de comentarios, "me gustas" y "retuiteos". Y como un adicto se comporta el asiduo a esas redes, abandonando hábitos más sanos si alguna vez los tuvo entre los que se encuentra la actualización periódica de los blogs. Que si se quiere hacer bien no es algo para lo que baste un pensamiento ingenioso en 140 caracteres o un vídeo con gatos, sino que requiere de documentación, reflexión y elaboración. Algo que nunca ha sido fácil y menos con tanto señuelo mediático como ahora reclama nuestra atención. No es que quiera reñir a mis corresponsales, que luego soy yo el primero que pega la espantada, pero sí animarles a que nos vuelvan a alegrar el día con los frutos de su cacumen. Y para dar ejemplo, me comprometo a mantener el blog actualizado hasta el inevitable hiato vacacional.

Así que enlazo con el último post y les cuento que la semana pasada fuimos a la ópera. El Maestranza programaba Rigoletto y tenía curiosidad por comprobar si su fama está fundada o es sólo producto de un aria más que pegadiza. Y no, la ópera en sí no es gran cosa, pero tuvimos de la inmensa suerte de que el papel protagonista se le hubiera encomendado al gran Leo Nucci, que con más de setenta años y varios centenares de rigolettos sobre su joroba es de todos los barítonos de la escena mundial el que mejor puede encarnar al desgraciado bufón mantuano. Porque Nucci es más que una voz (que la conserva aún magnífica); es un inmenso actor que se mete en el personaje y consigue emocionar a pesar de las inverosimilitudes del libreto. Tanto que el público se entregó a él desde el primer momento y hasta le obligó a interpretar un bis al salir a saludar tras el segundo acto ya con el telón bajado, algo inédito en la historia de este teatro. Evidentemente la gente estaba ese día más aplaudidora de lo que suele ser costumbre, en gran parte debido a la generosidad de la empresa repartiendo entradas a amigos, afines y compañeros para evitar a los intérpretes el deprimente espectáculo de una platea vacía. Circunstancia inusual y anómala que me hizo pensar, y ahora me lleva a reconducir lo que iba a ser una amable reseña operística hacia una dirección más crítica.

Y es que gran parte de las óperas hoy consideradas clásicas del género, de Las Bodas de Fígaro a esta parte, fueron en su momento consideradas escandalosas cuando no directamente subversivas por defender en sus libretos algo tan disparatado como los derechos del individuo frente a un poder opresor (clase, estado, iglesia, potencia invasora...). Paradójicamente quienes financiaban estas molestas representaciones fueron primero los nobles y más tarde la burguesía que, tras el vacío dejado por las revoluciones del XVIII y XIX, hizo suyos palcos y plateas. Desde entonces poco ha cambiado la composición del abono operístico, salvo por la incorporación de ese nuevo cupo de señores a los que los siervos eligen periódicamente por puro placer masoquista. Los mensajes disolventes de antaño, convenientemente apisonados bajo capas de exacerbado lirismo, sirven ahora de fondo amable para las paradas rituales de la clase dominante, del mismo modo que los dichos filocomunistas atribuidos a Jesús de Nazaret sustentan su discurso moral. Y lo más escandaloso es que, pese a que la mayoría de la sociedad está excluida de su disfrute por razones económicas y culturales, la ópera sigue siendo un espectáculo altamente subvencionado por nuestros impuestos. Reconozco que en este asunto he mantenido hasta ahora una postura ambigua, ya que siempre he defendido que es obligación de los poderes públicos apoyar las artes. Pero en la presente situación, cuando el estado del bienestar está siendo desmantelado ante nuestras propias narices, continuar con esta situación me parece obsceno. Sobre todo porque el abonado de la ópera no está sufriendo del mismo modo que el resto de la sociedad los recortes en sanidad, educación o servicios sociales, pues no suele hacer uso de ellos. Que se retire por tanto la subvención a la ópera, castigados sin su diversión de clase predilecta; y si quieren seguir conservándola que corran ellos con los gastos, que veréis cómo no.

Se me responderá que si quiero ser consecuente (atributo por el que no siento ninguna debilidad, dicho sea en honor a la verdad) tendría que pedir también la retirada de subvenciones a todo tipo de espectáculos, con independencia de la extracción social del público que los disfrute. Y realmente es así. Personalmente sólo mantendría el apoyo económico directo a aquellos que tengan un interés didáctico contrastado; y antes de entrar en precisiones les prevengo de que lo que yo pueda considerar como tal seguramente no coincidirá ni con su criterio ni menos aún con el de nuestros amos. Por eso, y para evitar vanas discusiones, lo mejor sería que mientras dure la crisis (o dicho de otro modo, mientras sigamos dejando gobernar a quienes apuestan por desmantelar el sector público) se interrumpan las ayudas a las artes y se centre el exiguo presupuesto disponible en mantener el patrimonio material histórico-artístico que se nos está cayendo a pedazos. Y el que quiera escuchar a Malheur en directo que pague lo que realmente cuesta.


Melinda Miel - Tinkering in my heart (1991)

sábado, 22 de septiembre de 2012

Conciertos estivales


La primera vez que vine a Estocolmo, Ilyich Rivas aún no había nacido. Y en esta segunda lo hemos visto dirigiendo a la Filarmónica de la ciudad en una animada versión para orquesta de la música que compusiera Leonard Bernstein  para West Side Story. El tiempo, que pasa demasiado rápido. Tampoco es que el director o el programa nos interesaran gran cosa, que aquello era, salvando las distancias, como una de esas novilladas veraniegas de promoción. Pero teníamos curiosidad por conocer el Konserthuset, la sala donde se entregan los Premios Nobel, y en lugar de pagar por la visita guiada nos pareció mejor idea ir a un concierto; y éste era el único que estaba programado para esas fechas. El edificio es de los años 20 y está construido en estilo neoclasicista. La sala nos recordó mucho al Concertgebouw de Amsterdam, que vimos el año pasado, aunque ésta es bastante más pequeña; y de hecho no nos explicamos como se las arreglan para meter a tanta gente el día de los premios.  

En el mismo teatro actuó unos días después Madeleine Peyroux, que ni nos gusta ni nada, pero fuimos por idéntica razón. En este caso para ver la sala dedicada a los conciertos de cámara, y que recibe el nombre de Grünewaldsalen por el pintor que decoró sus paredes. No confundir con el maestro alemán del Renacimiento; este Grünewald era un artista de principios del siglo XX que se movía por los terrenos del simbolismo y el expresionismo. La sala es realmente preciosa, con paredes y techos cubiertos de alegorías y escenas mitológicas, en un estilo que se da un aire a los dibujos de Enrique Herreros para La Codorniz; y conste que lo digo en tono elogioso. En cuanto al concierto en sí, fue todo lo aburrido y previsible que cabía esperar. Lo único que nos sorprendió fue el público, que estaba formado en su mayoría por venerables ancianos, cuando aquí en España la Peyroux es una artista de progres. Cosas de cada país.

Y antes de que los pocos lectores que nos quedan salgan huyendo de este blog de viejunos, les adelanto que también fuimos a un festival de música moderna, el Stockholm Music & Arts. El concepto de este festival es muy similar al de Territorios, e incluso pareciera que les hubiesen copiado la idea. Y es que se celebraba en la trasera de un museo de arte contemporáneo, durante tres días, y con predominio de la cosa étnica junto a estrellonas de una cierta edad para atraer al público pudiente como nosotros. Pero ahí acababan las semejanzas, pues el planteamiento del de Estocolmo era mucho más respetuoso con el siempre sufrido aficionado. Para empezar el hecho de tener un solo escenario, lo cual permite ver conciertos completos sin complejo de culpa. También el aspecto hostelero funcionaba bastante mejor, con multitud de barras y puestos de comida; y hasta vendían tabaco. Aunque el mayor contraste lo notamos en la actitud del público, que se puede resumir en que allí nadie meaba fuera del tiesto (entiéndase en los sentidos literal y metafórico de la popular expresión). Y luego había detalles sorprendentes, como que la chica que te colocaba la pulsera que acreditaba que eras mayor de 18 años y podías consumir legalmente alcohol llevaba un hiyab musulmán. Estoy convencido de que en ello había un mensaje implícito, sea para desincentivar el consumo de alcohol o por demostrar que la organización es tan buenrollista que no tiene en cuenta la religión de los trabajadores a la hora de asignarles cualquier puesto. A mí de todos modos me pareció chocante. 

Nos habría gustado ir al primer día del festival, que tenía como cabezas de cartel a Antony y a Patti Smith, pero las entradas estaban agotadas desde hacía tiempo. En aquel momento nos quedaba el consuelo de que a Patti la podríamos ver en unos meses en Sevilla, pero me imagino que ya se habrán enterado de que canceló su concierto del Maestranza por razones un tanto abstrusas, así que nuestro gozo en un pozo. De modo que, como el segundo día tenía un interés muy limitado, sacamos entradas sólo para el tercero cuyo único aliciente era que cerraba con Björk. Esa tarde fuimos tempranito para evitar las colas en la recogida de entradas y el ritual de las pulseritas (no habría hecho falta porque ya digo que aquello funcionaba con eficacia escandinava), y aprovechamos para ver el final de la actuación de Fatoumata Diawara, una cantante de Malí muy mona y con grandes dotes de animadora. Luego nos fuimos al centro a cenar de mesa y mantel, que en este viaje íbamos de señores y no nos íbamos a comer un kebab sentados en un poyete.

A la vuelta nos encontramos con que ya estaba Buffy Sainte-Marie sobre el escenario y nos quedamos a verla más que nada por ir cogiendo sitio para el concierto de Björk, que preveíamos masivo como así fue. A vosotros jóvenes el nombre de Buffy Sainte-Marie no os dirá nada, pero en los sesenta y setenta tuvo bastante éxito entre los hippies con su aspecto de Pocahontas (pertenece a la nación Cree) y sus canciones contra el hombre blanco y la guerra en general. A mi señora, que ignoraba su existencia, le sorprendió que yo conociera muchas de sus canciones, pero es que uno, aunque no lo aparente, tiene ya una edad. Buffy tampoco se conserva nada mal para sus años, pero hay que decir que el rollo que lleva ahora, alternando sus temas folklóricos de siempre con desmelenadas invocaciones al Gran Manitú, resulta un tanto trasnochado.

Pero valió la pena soportar su concierto porque pudimos ver el de Björk desde una buena posición, cerca y centrados para disfrutar de su magnífica imaginería. La islandesa salió vestida como de gallina Caponata deconstruida, con dos músicos que se encargaban de todo y un coro de adolescentes islandesas todas rubias y guapísimas. Y una enorme bobina Tesla controlada por midi muy espectacular, que utilizó para el tema Thunderbolt, y que luego recuperó para los bises finales, en los que además hubo pirotecnia y desmadre chamánico. El concierto nos encantó, ella cantó maravillosamente y salimos comentando que debería postularse para representar algún año a su país en Eurovisión, ahora que parece que vuelve el momento de los escandinavos excéntricos. Por cierto que todo acabó antes de la medianoche para que los asistentes pudieran volver a casa en transporte público. Nosotros preferimos hacerlo andando porque la noche era agradable y no estábamos lejos, pero nos parece un detalle digno de elogio, y así se lo hacemos saber a los promotores de conciertos de por aquí. 


Björk - Í Dansi Með ÞÉr (1990)

miércoles, 4 de abril de 2012

Lost Rivers of London

La primera noticia que tuve de los ríos perdidos de Londres fue en un disco de Coil. La canción aparecía cerrando el Unnatural History III, tercer volumen de una serie que recopilaba temas comercializados en ediciones limitadas o difíciles de encontrar. Según la información del cuadernillo, Lost Rivers of London fue su aportación a un disco doble llamado "Succour", un trabajo colectivo para apoyar a la revista musical Ptolemaic Terrascope. Y debieron de cogerle cariño porque la recuperaron para la edición en vinilo de A Thousand Lights In A Darkened Room de Black Light District, un proyecto paralelo que no tuvo continuidad. La canción la volví a encontrar otra vez en el CD que acompañaba al libro England Hidden Reverse de David Keenan, colaborador de The Wire de quien ya hemos hablado aquí en alguna ocasión, un análisis de la historia de los tres grupos que mejor definen la corriente esotérica en el underground musical británico a partir de los ochenta: Current 93, Nurse With Wound y Coil. En ese libro Drew McDowall, colaborador en el proyecto Black Light District, comentaba que por aquel tiempo el grupo estaba obsesionado con el tema de los ríos perdidos, que ellos percibían como arterias latiendo bajo el suelo de la ciudad; lo que no es de extrañar conociendo la extraordinaria cantidad (y variedad) de psicotropos que solían consumir. Además nos enteramos de que el título de la canción estaba tomado de un libro sobre el tema de Nicholas Barton.

Hace unos veranos encontré una copia del libro de Barton en la biblioteca de la casa londinense en la que nos alojamos y tuve ocasión de leerlo. Ahí fue donde descubrí la existencia del Fleet, del Westbourne, del Effra, del Walbrook, del Tyburn, y de tantos otros afluentes que cruzaban la ciudad para acabar desaguando en el Támesis. La mayoría no llegaban a arroyuelos, pero otros como el Fleet tenían calado suficiente para permitir que subieran barcos. Todos estos ríos acabaron siendo enterrados cuando dejaron de ser necesarios en el devenir de la ciudad para covertirse en pestilentes cloacas al aire libre, perdiéndose con el tiempo la memoria exacta de sus cauces. No obstante siguieron imponiendo su presencia en la geografía de la ciudad, marcando el curso de las calles, los parques o las líneas de metro. Incluso, como habrían dicho Coil y quien crean en tales cosas, en su psicogeografía. Por ejemplo, en el libro de Barton se cita otro de un tal G.W. Lambert titulado "The Geography of London Ghosts" en el que se afirma que la mayoría de los fenómenos paranormales detectados en Londres tienen lugar en la cercanía de antiguos cursos de agua.

Todo esto me lo ha traído a la memoria el último libro que acabo de leer: "London Under: The secret history beneath de streets" de Peter Ackroyd, en el que no sólo se describen los ríos perdidos, sino todo el laberíntico entramado de túneles y pasadizos que horadan literalmente el subsuelo de la ciudad, incluyendo líneas y estaciones de metro abandonadas, faraónicos proyectos de ingeniería inconclusos o la intrincada red de búnkeres del gobierno de Su Majestad. Pero volviendo a los ríos perdidos, yo también he debido de caer presa de su hechizo pues recientemente me compré otro libro sobre el tema: "London's Lost Rivers. A Walker's Guide" de Tom Bolton, que, como su título indica, son rutas a pie por la ciudad siguiendo el trayecto de los ríos perdidos a partir de las referencias que aún pueden encontrarse en la superficie.

Y aquí un brevísimo inciso: no me digan que no sería interesante que alguien hiciera lo mismo con los ríos perdidos sevillanos, con el Tagarete o el Tamarguillo. Al menos para quienes debemos dar a diario largos paseos por prescripción facultativa. Y es que, para ser una ciudad que tanto se mira el ombligo, es sorprendente la poca información que existe sobre cursos de agua que hace unas décadas aún provocaban inundaciones. Quizás esta falta de interés se deba a que en Sevilla la solución no fue convertirlos en corrientes subterráneas sino desviar sus cauces. En cualquier caso, confío en poder realizar algún día las rutas descritas en el libro de Bolton, para lo cual tendría que ir a Londres sin ningún plan preestablecido y con tiempo de sobra por delante; y no como esta vez.

Para que se consuelen durante mi ausencia, les dejo con el tema de Coil que da título al post. La letra se basa en textos de Hubert Crackanthorpe, escritor inglés de la escuela naturalista cuya azarosa vida y misteriosa muerte también merecerían una entrada en el blog. Aunque tendrá que ser en otra ocasión porque ésta ya se está alargando en exceso.


Coil - Lost Rivers of London (1996)

domingo, 25 de marzo de 2012

Últimos conciertos

Pues aprovechando que estos días no hay nada de interés que comentar, ni elecciones, ni huelgas, ni cosa que se les parezca, les voy a contar los últimos conciertos en los que hemos estado y que nos han gustado mucho. Empezamos por el de Françoiz Breut, una cantante a la que siempre es un placer volver a escuchar y de la que no nos hemos perdido un concierto de los varios que ha dado ya en Sevilla, desde aquel primero y lejano en el Fun Club en el que todavía venía como novia de Dominique A. Y no es sólo porque sea francesa y monísima, que tratándose de cantantes pop son dos virtudes muy a tener en cuenta, sino también por su talento como compositora, por tener una voz preciosa y por cómo dosifica la inocencia y el descaro en escena. Por cierto que la actuación tuvo lugar en la Sala Chicarreros de Cajasol, de tan grato recuerdo por haber albergado durante años el añorado ciclo de jazz "Rising Stars". Y es una lástima que no se use más porque tiene unas condiciones excepcionales para estos espectáculos de pequeño formato. Es indignante que con los problemas que tienen los promotores privados para programar espectáculos en la ciudad por la falta de escenarios apropiados no se pongan a su disposición espacios como éste o como la abandonada sala Apolo. A ver si los catalanes compran de una vez Cajasol o Cajacívica o como se llame y rescatan para la cultura todo ese patrimonio desaprovechado.

Pero bueno, tampoco le vamos a dar mucha caña en esta ocasión a la banca de los mil nombres, que al menos sigue manteniendo en uso y prestando para eventos como el FeMÁS el antiguo Teatro Álvarez Quintero, hoy Centro Cultural Cajasol. Allí asistimos el pasado domingo al estreno mundial de la versión que del oratorio "Il Martirio di Santa Teodosia" de Scarlatti presentaba el ensemble instrumental aragonés Al Ayre Español junto a algunas de las mejores voces solistas del panorama actual. Creo innecesario contarles que fue una maravilla, y que la soprano María Espada consiguió ponernos la piel de gallina con las desgarradoras invocaciones de la santa al martirio:

   Ecco il petto, ecco il seno,
   sù con empio furore
   lacerate, ferite, eccovi il core.


Por eso llamaba la atención que no se hubieran vendido todas las entradas, y eso que estaban a 10 y 15 euros. Porque el Teatro de la Maestranza se llena estos días con una ópera de Donizetti cobrando 96 euros por una entrada de patio y 40 por las de gallinero. Y no es que quiera hacer comparaciones, pero estos oratorios se compusieron en parte para paliar la demanda de obras operísticas del público italiano, privado de ellas por una absurda prohibición papal. En fin, allá ellos.

Finalmente y dentro también del FeMÁS, el jueves estuvimos en la maravillosa iglesia barroca del convento de Santa Paula en uno de los conciertos más interesantes de la temporada. Y fue el del conjunto vocal noruego Nordic Voices que interpretaba una selección de las Lamentaciones de Jeremías de Tomás Luís de Victoria, alternándola con obras de autores contemporáneos. Y eso que puede sonar a marcianadas metidas con calzador en un programa de polifonía renacentista resultó que funcionaba, y de qué modo. Y no lo digo sólo yo, que tengo debilidad por las rarezas y no sirvo de referencia, sino el público asistente, gente de mediana edad, muy normales; los habituales de la música antigua, vaya, a los que la propuesta también les encantó. Y es cierto que todas las piezas modernas interpretadas compartían ese tono litúrgico con la obra de Victoria, pero también que desde el punto de vista formal tenían bastante complejidad y no eran nada amables; por ejemplo, las dos de Lasse Thoresen incluían sobretonos, al modo del khoomei de los mongoles. Lo cual confirma mi teoría, ya expuesta en alguna otra parte, de que la música contemporánea, si es de calidad y no un pestiño conceptual, llega perfectamente a un público con un mínimo de sensibilidad y educación musical. Y por eso son tan útiles estos programas en los que las obras difíciles, como la píldora de la canción de Mary Poppins, se presentan para su deglución acompañadas del azúcar de unas músicas ya conocidas. Por cierto que al concierto también asistieron, tras la reja de su clausura como dios manda, las monjas jerónimas del convento, casi todas de tonos de piel exóticos, a las que espero que también les gustase. A ver si les da por renovar de una vez el plúmbeo repertorio ochocentista de los coros monacales sevillanos, que ya va siendo hora.

Y mañana lunes Low en el Teatro Central. Quien se queja es porque quiere.


Françoiz Breut - 2013 (2008)

martes, 13 de marzo de 2012

FeMÀS

Conociendo cómo funcionan las cosas de la cultura en Sevilla, que un festival de música lleve casi 30 ediciones ininterrumpidas sin haber variado un ápice su línea inicial de rigor y calidad es tan inusual que merece que le dediquemos una entrada. El Festival de Música Antigua de Sevilla es en mi opinión el más prestigioso de los que se celebran en esta ciudad, ya que es el único que ha conseguido traer a todas las grandes figuras de su género sin excepción, y eso contando con un presupuesto que oscila de una edición a otra entre lo paupérrimo y lo asfixiante. Afortunadamente las estrellas de la música antigua son gente sensata que ni cobran cachés desorbitados ni van de divas por la vida. De hecho suelen ser bastante asequibles e incluso humildes; y quien pasara la vergüenza en la pasada edición de ver al mismísimo Jordi Savall sacando personalmente sillas al escenario del Centro Cajasol para colocar al público de más que se había colado por la ineptitud de los organizadores sabe a qué me refiero. Por cierto que el actual director del ciclo, Fahmi Alqhai, puede añadir a su ya amplio curriculum el dudoso mérito de haber sido alumno mío, habiendo tenido además el excelente gusto de no engrosar el congestionado gremio de dentistas y dedicarse a tocar la viola da gamba, instrumento del que es gran virtuoso. Este curso tengo otro niño artista en la clase pero éste exhibe sus facultades canoras en el programa "Se llama copla" de Canal Sur. La especie, que va degenerando.

Bueno, pues el pasado sábado estuvimos en el convento de Santa Clara en el concierto de Dominique Visse y el clavecinista brasileño Nicolau de Figueiredo y fue una cosa memorable. Visse, fundador y director del prestigioso Ensemble Clement Janequin, es uno de los mejores contratenores de nuestro tiempo; y aunque puede que ya no posea las cualidades vocales de su mocedad, como insinuaba algún crítico pijotero, los años le han dotado a cambio de un insuperable dominio de la técnica y una espectacular forma de interpretar. Únase a ello su singular figura, que podríamos describir como el producto del encuentro en un teletransportador de materia averiado de Bill Murray con Thijs van Leer (para las jóvenes generaciones, el teclista y flautista del grupo de rock progresivo holandés Focus que acabó en los ochenta tocando en la banda de Miguel Ríos). Tan estrafalario aspecto contribuye a acentuar su vis teatral, algo que se pudo apreciar sobre todo en canciones burlescas como La vecchia innamorata de Biaggio Marini; y de hecho pienso que cuando se retire podría ganarse la vida fácilmente como clown.

El recital tenía como protagonista a Purcell, y de él se interpretaron varias obras, pero también de algunos compositores italianos desconocidos para mí. Y en eso radica gran parte del aliciente de los conciertos de música antigua: en el descubrimiento de nuevas obras y autores, tan amplio y tan ignoto es el territorio a explorar. Así el sábado descubrí a Giovanni Felice Sances, un autor muy influenciado por Monteverdi, y a Barbara Strozzi, una de las escasas mujeres compositoras del periodo, del mismo modo que conciertos de años anteriores me hicieron conocer a Schütz, Buxtehude o Schein. Y todo ello me lleva a reflexionar sobre la ignorancia, cuando no directamente el desprecio, del público habitual de música clásica (el abonado del Maestranza, para entendernos) respecto a cualquier obra o compositor anteriores al siglo XVIII. Y pienso que es sobre todo el miedo a lo nuevo (aunque sea más viejo que lo que suelen escuchar), a encontrarse con algo que les pueda sorprender y sacarles de sus casillas sonoras. Cuando para otros ése es precisamente el atractivo de la música antigua, su tremenda y paradójica modernidad. Una parte no menor del repertorio son canciones o piezas instrumentales cortas, de ritmos vivos y estructuras sencillas; todo muy pop. Quizás podrían utilizarse esas piezas ligeras para infundir en los niños el interés por la música del pasado. Sería además el abordaje teórico más lógico, ir sumando de lo más antiguo a lo contemporáneo; no empezar a enseñar música con Falla simplemente porque era andaluz y amigo de García Lorca. Todo eso suponiendo que en estos días se enseñe música en los colegios, que no lo tengo yo tan claro.


Deller Consort & The King's Musick. Henry Purcell: "Your Hay it is Mow'd " (de King Arthur, 1691)

domingo, 19 de febrero de 2012

El Rocío de Camarón

Leo un artículo publicado por unos investigadores estadounidenses en el que vienen a demostrar la relación directa entre la pérdida de ingresos de las productoras de Hollywood por descargas ilegales y el retraso, a veces de meses, en estrenar las películas de actualidad en otros países donde estas prácticas son habituales.

Y me acuerdo de la interesantísima conversación que tuvimos con Pablo Vayón tras el tumultuoso concierto del Cuarteto Casals, en la que nos explicó, entre otras muchas curiosidades históricas, que la piratería musical en la época de Haydn estaba también a la orden del día, y que partituras no autorizadas de las obras más populares circulaban por toda Europa; obviamente de mano en mano, que nuestros antepasados no disfrutaban de los servicios que hoy nos prestan multiuploads y bittorrents. Y nos contó que Haydn, además de ser un músico prodigioso, era un tipo listo para los negocios, y en lugar de combatir la piratería enfangándose en costosísimos e inútiles procesos legales optó por una solución mucho más inteligente: publicar sus partituras simultáneamente en todas las capitales importantes del continente. De ese modo desaparecía la demanda del producto ilegal. E incluso si éste aparecía en el mercado, con quienes se las veían los falsificadores era con los editores locales, bastante más agresivos en la defensa de su negocio.

Por cierto que el Oratorio de la Santa Cueva de Cádiz, donde tuvo lugar el concierto del que les vengo hablando y que es, para quien no lo sepa, Monumento Histórico Nacional, tiene sobre la capilla penitencial otra mucho más ornamentada y rica, dedicada a la adoración del Santísimo Sacramento. La fama de esta segunda capilla se debe principalmente a los tres lienzos que pintara Francisco de Goya dentro de un programa iconográfico compuesto por escenas bíblicas relacionadas con el misterio de la eucaristía. En 1999, todas estas pinturas fueron llevadas al Prado para su restauración. Cuando volvieron a Cádiz, un año después, la prensa local se hizo gran eco de la noticia. Como no podía ser de otro modo, toda la atención la acapararon los tres Goyas, y sólo de pasada se citaban los otros dos cuadros que completaban la serie: "Las bodas de Caná" de Zacarías González (1763-1834), y "El rocío de maná" de José Camarón (1731-1803).

El otro día, al final de la visita guiada que hicimos a la capilla, el cicerone nos comentó off the record que, durante muchos años, cada vez que mostraba a un grupo los cuadros de Goya y les explicaba su fuerza dramática, sus innovaciones técnicas o su modernidad escenográfica, inevitablemente alguien le preguntaba:

- Sí, muy bien, pero el cuadro del Rocío que pintó Camarón, ése dónde está?


Pericón de Cádiz - Alegrías

miércoles, 15 de febrero de 2012

Siete Palabras

En 1786 un clérigo gaditano noble y de origen criollo, José Saénz de Santa María, encargó a Joseph Haydn la composición de una pieza musical para los oficios de Viernes Santo que celebraba una hermandad pasionista de la que era director espiritual en la capilla llamada de la Santa Cueva. Lo sorprendente es que Haydn aceptó el encargo, y un año después se estrenaba en las reducidísimas dimensiones de la capilla la Musica instrumentale sopra la sette ultime parole di nostro Redentore in croce ossiano sette sonate con un introduzione ed al fine un terremoto, una de las cumbres musicales del maestro vienés. Para entender lo asombroso del caso hay que recordar que Haydn en aquel momento estaba en la cima de su carrera y era, sin duda alguna, el compositor más importante de toda Europa. Es como si, para celebrar el bicentenario de la Constitución de 1812, la alcaldesa le encargara una ópera a Philip Glass. Inimaginable, verdad? Por eso, cuando en El Conciso añorábamos la Cádiz ilustrada y lamentábamos el estado de embrutecimiento en que ahora se encuentra, razones no nos faltaban.

Milagrosamente, y a pesar del canismo imperante en la ciudad, de vez en cuando nos sorprendemos con alguna iniciativa cultural de calidad, como la que nos llevó hace un par de fines de semana al citado Oratorio de la Santa Cueva. Y es que dentro del ciclo de conciertos dedicados a la música que se escuchaba en Cádiz en el tiempo de las Cortes que organizaba el Consorcio para la Conmemoración del Bicentenario bajo el horroroso lema de "¡Viva la Pepa!", se había programado la interpretación de Las Siete Palabras de Haydn por el Cuarteto Casals en el mismo espacio para el que la obra había sido compuesta.

- Magnífica idea! - dirán ustedes.
- Un desastre calamitoso! - contesto yo airado.

Porque hay que ser un necio con verdugo en el celebro y campanario en la mollera (Quevedo dixit) para organizar un concierto de uno de los cuartetos de cuerda más prestigiosos del mundo en un espacio donde a duras penas caben cien personas y encima poner la entrada gratis. Porque eso obliga a las personas interesadas, que son muchas por la popularidad de la obra y los intérpretes, a hacer cola durante varias horas en la calle en uno de los días más fríos del año y a pelearse luego por un asiento. En tales circunstancias yo obviamente habría renunciado a ir, pero desde la organización le confirmaron a mi señora que dispondríamos de localidades reservadas. Lo cual era rigurosamente cierto; sin embargo nadie había tenido en cuenta el problema logístico de la entrada en la capilla...

Cuando llegamos, nos encontramos con la previsible masa humana aterida que ocupaba casi toda la calle y bloqueaba las puertas del recinto. Y claro, cuando éstas se abrieron, comenzaron a entrar con tal ímpetu que más que melómanos parecieran un rebaño de ñus intentando alcanzar la orilla del río Mara. Porque estaba claro que todos no iban a caber y muchos se iban a quedar en la calle. Y en la calle estábamos, atónitos y sin saber qué hacer, el grupo de críticos, periodistas, enchufados y consortes a quienes se nos había asegurado que entraríamos sin problemas. Afortunadamente, antes de que la cosa se volviera incontrolable, una resolutiva trabajadora de la organización nos creó un pasillo por el que pudimos acceder a la capilla, no sin recibir numerosos improperios de los indignados ciudadanos que aguardaban en la cola.

Del concierto no les voy a hablar aunque ya pueden imaginarse que estuvo muy bien. Pero sí voy a aprovechar para criticar esa forma nefasta de hacer cultura. Los espectáculos, si se financian con dinero público, deben programarse en un espacio adecuado a las previsiones de asistencia, de modo que todo aquel que quiera ir tenga asegurada su localidad. Y por supuesto, salvo que se celebren al aire libre, hay que pagar por la entrada, con precios populares para que nadie se quede fuera por razones económicas pero que disuadan a los ociosos que pasen por allí. Lo contrario es populismo, malversación y chabacanería. Todo esto ya lo he dicho muchas veces pero no me cansaré de repetirlo cada vez que sea necesario.


A. Licciardi - Quanti martiri ha potuto passare

sábado, 1 de octubre de 2011

San Silvio ora pro nobis

Se celebra estos días el décimo aniversario de la muerte de Silvio, ascendido por aclamación a los altares del santoral rockero sevillano y nombrado por no se sabe quién su santo patrono. Y no es que me importe, pero echa uno en falta que durante el proceso de canonización no se haya pronunciado esa figura que nunca faltaba en los de la iglesia católica, al menos hasta no hace mucho, cuando les entró el furor por canonizar en masa y a toda prisa a pontífices retrógrados, fundadores de órdenes religiosas ultramontanas y mártires bajo el terror marxista. Me refiero al abogado del diablo, cuya función era examinar fríamente los hechos aportados por el postulador de la causa, sin dejarse influenciar por el ambiente favorable ni por el fervor de las masas; y exigir pruebas que avalaran las supuestas virtudes del candidato, sacando a la luz si fuese necesario aspectos oscuros de su biografía. Así que voy a arrogarme ese papel, aún asumiendo que soy lego en derecho canónico y que sólo tengo un somero conocimiento de la historia del rock sevillano.

Y a las pruebas me remito: los discos. De todos los que publicó en vida, y aún sumándole los póstumos, sólo sacamos uno bueno, excelente incluso, y el resto un puñado de banalidades situadas en el espectro que va de lo insustancial a lo bochornoso. La obra maestra se llamó "Al Este del Edén" y fue su primer disco, un trabajo perfecto sin que hasta el momento nadie haya sido capaz de explicar por qué. Porque los músicos eran los mismos (o parecidos) a los que grabaron los siguientes álbumes, y ninguno de ellos ha llegado a semejante nivel en ninguna de sus múltiples reencarnaciones. Cierto es que por aquel entonces Silvio mantenía aún una buena voz, pero su contribución creativa, según cuentan testigos presenciales, fue nula o casi inexistente. En cualquier caso ya tenemos un milagro que incorporar al proceso. O no lo es tanto?

Aquí haremos una de esas digresiones que van camino de convertirse en marca de la casa: han notado que la principal características de los grupos sevillanos, al menos durante la edad de oro que establecemos en los sesenta y setenta, es que su primer disco siempre es el mejor, y además con gran diferencia? Hagan un poco de memoria y yo les ayudo con los ejemplos más notables: Smash, Triana, Lole y Manuel, Imán, Veneno... Pareciera como si toda la fuerza creativa de los músicos sevillanos se consumiera en el primer envite y luego no fueran capaces de estar a la altura. Y lo sorprendente es que ese primer disco no es solamente bueno, sino a menudo excepcional, pasmoso, innovador, un soplo de aire fresco con entidad suficiente para pasar a la Historia. Vuelvan ahora sus ojos a la historia de cualquiera de sus grupos favoritos extranjeros y verán que el magnum opus suele aparecer, en la mayoría de los casos, tras una carrera de años, después de haber buscado y perfeccionado su estilo en varias obras menores. Y sin embargo los grupos sevillanos encuentran la perfección a la primera, casi de la nada, y luego vuelven a desvanecen en esa misma nada o siguen produciendo discos mediocres durante el resto de su vida artística. Es un curioso misterio, pero ya digo que en los procesos de santidad nunca faltan los hechos inexplicables.

Volviendo al grano, qué otros méritos se han podido aportar al expediente de canonización de Silvio? Las actuaciones en directo, dirán muchos. Y no dudo que habrá quien las tenga por míticas, pero en mi opinión eran un completo despropósito. Asistí a unas cuantas, y no de las últimas, y en todas tuve la misma impresión: un puñado de músicos sin demasiados escrúpulos que suben al escenario a un señor completamente alcoholizado para que el público se ría a su costa. Una situación bastante desagradable, al menos para mis estándares. Entonces, si de su carrera sólo se salva un disco, si los conciertos provocaban vergüenza ajena, si no hay, en resumen, argumentos musicales que justifiquen su canonización, si además no murió joven ni dejó un cadáver hermoso sino todo lo contrario, qué es lo que nos queda? Las anécdotas. Al final, el mito de Silvio se basa en un puñado de anécdotas, apócrifas las más, de lo que hizo aquel día, lo que se gastó o lo que se bebió; pero sobre todo de lo que dijo: aquella máxima sentenciosa bañada en alcohol y pronunciada copazo de coñac en ristre, la respuesta ingeniosa a un periodista igualmente bebido, algún estribillo repetido con etílica insistencia... Las mismas (o parecidas) anécdotas que podría contar mi abuelo del bizco Pardal o del Marqués de las Cabriolas.

Esos, y no otros, son los méritos que ha encontrado este abogado del diablo. Suficientes, por lo visto, para convertirle en mito y otrogarle en vida la Medalla al Mérito Rockero, una especie de Llave del Cante moderna que se sacó de la manga para hacerse notar cierto personajillo local que ahora va por las televisiones del régimen de valedor de la copla. Y si aquella pantomima descarada contó hasta con el apoyo del Ayuntamiento - siendo cónsules Alejandro Rojas-Marcos y Soledad Becerril - y con el fervor de toda la Sevilla rockera de la época (los documentos lo demuestran) difícil va a ser oponerse en un tribunal formado por siervos de su propia congregación a lo que, desde mi punto de vista, es un error y un dislate. Pero bueno, tampoco me va nada en ello y no voy a ser yo quien en su décimo aniversario les agüe la fiesta a los fieles. Y además: no hicieron santo en León al Genarín, que era como mínimo tan beodo y ni siquiera grabó discos, y ahora tiene hasta procesión el Jueves Santo? Pues entonces, a qué ponernos tiquismiquis?

El abogado del diablo entierra discretamente el sobre lacrado con su informe en las brasas de la estufa de la sala de vistas, pone su firma y rúbrica bajo el nihil obstat del acta de canonización, se cala el bonete, recoge el manteo y sale del tribunal silbando "Marie's the name...". Y aquí paz y después gloria. Todo lo anterior dicho sin ánimo de crear polémica.


Silvio y Luzbel - Al este del Edén (1980)

viernes, 15 de julio de 2011

Imaginación

Hablábamos los últimos días de la falta de imaginación de la industria cultural para enfrentarse a los retos que nos ha traído el nuevo siglo (aunque en su mayoría ya se barruntaran desde hace más tiempo), y cómo sigue enrocada en esa posición indefendible según la cual la práctica totalidad de los habitantes del planeta son enemigos feroces que conspiran para su hundimiento. Porque si hay algo innegable es que las circunstancias han cambiado, que la tecnología es otra y que no se puede pretender aplicar las mismas reglas de cuando la máxima preocupación de los autores era que la orquestina de un balneario pudiera interpretar sin permiso la romanza de una de sus zarzuelas. Por otra parte, aunque opino que los autores de obras musicales, literarias o artísticas no son necesarios y que si un buen día dejaran de producir la humanidad podría valerse perfectamente sin ellos, también les reconozco el derecho a obtener un beneficio económico cada vez que alguien haga un uso comercial de su obra. Lo que se impone por tanto es abrir un debate sobre cuáles serían los nuevos modos de conjugar el acceso universal a las obras musicales (centrémonos en ellas) con la legítima percepción de unos haberes razonables para sus creadores e intérpretes.

Por eso hay que aplaudir la iniciativa de la revista The Wire (de la que soy fiel suscriptor desde 1995) de abrir en sus páginas ese debate, dando entrada a todos los puntos de vista razonables. Todo comenzó de forma casual en el número del pasado mayo, con un artículo de Kenneth Goldsmith, fundador de UbuWeb, en el que reconocía provocativamente no haber vuelto a comprar un disco desde que descubrió Napster. Goldsmith se confesaba como un coleccionista atípico, interesado por la música antes que por el fetiche único, y con estos nuevos medios de intercambios de archivos no necesitaba ya de intermediarios ni de formatos físicos para acceder a su objeto de deseo. Y UbuWeb es su modo de devolver el favor, promoviendo la difusión universal de copias digitales de obras difíciles de encontrar en el mercado.

La respuesta por parte del sector industrial no se hizo esperar, aunque en este caso el portavoz de sus planteamientos no fuera como de costumbre un siniestro leguleyo sino nada menos que Chris Cutler, eminentísimo músico, ideólogo de aquel movimiento que se llamó Rock in Opposition (R.I.O), y miembro fundador de grupos como Henry Cow, Art Bears o News from Babel, como también del sello Recommended (posteriormente RéR Megacorp) donde tantos discos raros hemos comprado (sin ir más lejos, los que contenían los temas que acompañan a este post y el anterior). Lamentablemente sus argumentos en esta ocasión no estaban a la altura de su música; argumentos como la imposibilidad de mantener un grupo estable si no se venden discos o la pérdida de cauces de distribución para los músicos marginales si desaparecen discográficas como la suya. En una inteligente decisión de la dirección de la revista, las reflexiones de Cutler no se publicaron como la carta al director que era sino en una nueva sección creada ex profeso y bautizada como Collateral Damages. Sección que ha seguido enriqueciéndose en el número de julio con una brillante pieza del periodista David Keenan, en la que rechaza las descargas digitales de música por promover una forma superficial de interacción con el hecho cultural basada en la gratificación instantánea. En su lugar propone
Limited handmade editions on ‘obsolete’ formats available direct from the artists themselves, impromptu record stores in unofficial spaces, house shows, pop-up shops, labels run from bedrooms, a re-engagement with the expressive possibilities of presentation, a new emphasis on mystery and difficulty...
En resumen, una inversión en energía e imaginación. Y eso es lo que ha hecho Úrsula, proyecto musical del isleño David Cordero, en colaboración con el OFFF Festival: editar esta preciosa joya en edición limitada que es a un tiempo reproductor y contenedor de música. El formato se llama playbutton, se lleva prendido en la ropa como cualquier chapita y se escucha mediante auriculares. Se trata por tanto de un objeto que cumple una doble función: es una insignia con la que el fan puede mostrar su adhesión al artista y al mismo tiempo se trata de una pieza poco común para que sacie su ansia de coleccionista. Porque la música está confinada al objeto, no puede extraerse una copia digital, lo que lo incluye en la misma categoría que a esos formatos obsoletos que defendía Keenan como el cassette o el vinilo. Habría que considerarlo entonces como una propuesta elitista? Nada más lejos! La música que contiene está disponible gratis para todo el mundo en la web de Úrsula. Y es de altísima calidad y muy recomendable. Ahí tienen el enlace para escucharla; aunque el tema final se lo vamos a reservar al bueno de Chris Cutler, como expiación por la cantidad de disgustos que le estamos dando.


News from Babel - Anno Mirabilis (1984)

viernes, 8 de julio de 2011

Por qué Brahms

Se presenta la programación de la próxima temporada del Teatro de la Maestranza caracterizada, entre otras cosas, por la omnipresencia de Johannes Brahms en la programación sinfónica. Por lo visto es idea del director musical del teatro dedicar cada temporada a revisar la obra orquestal de algún compositor famoso, y este año le ha dado por el maestro de Hamburgo, el más clásico entre los románticos. Y por qué no?, me dirán ustedes. A fin de cuentas es uno de los grandes de la historia de la música; o al menos eso opinan los entendidos. Que conste que no tengo nada contra Brahms, y si me apuran hasta les diría que me gusta. Durante mi juventud rebelde le pillé bastante manía, a él y a todos sus coetáneos, pues sus discos eran los únicos que sonaban en mi casa, convencido como estaba mi señor padre de que la única música digna de ese nombre en toda la historia de la humanidad era la creada en Europa Central durante un brevísimo intervalo de tiempo alrededor del siglo XIX; pero en la actualidad soy capaz de tenerlo como fondo musical sin molestarme demasiado.

Contra qué va entonces toda esta diatriba? Contra la falta de imaginación y el conservadurismo que lleva, cuando el dinero escasea, a programar música para viejas solteronas, como si sólo ese tipo de público fuera a salvar a la orquesta del pozo de los números rojos. Y es que la doctrina económica ortodoxa que aconseja en tiempo de crisis apostar por los valores seguros puede ser cierta aplicada a las inversiones bursátiles, pero no es extrapolable a la producción cultural. Lamentablemente, en nuestros días los gestores en este terreno nada tienen que ver con la cultura y sí con la economía empresarial (y eso cuando no son meros desechos de tienta de las familias políticas gobernantes), de ahí que apliquen ciegamente las fórmulas que memorizaron en el máster que les pagó papá. Es la misma ceguera que lleva a los periódicos a desprenderse de columnistas de prestigio o de críticos para ahorrar en costes, sin entender que el producto que sacan al mercado es de peor calidad e indistinguible de los diarios gratuitos; y luego, claro, cuando las ventas caen en picado, lo atribuyen a la piratería, a internet o los teléfonos móviles.

No digo yo que sea buena idea dedicar toda la temporada a la obra integral de Stockhausen, pero sí entreverar los conciertos, inteligentemente, con obras de distintos periodos entre las que pueda haber un diálogo. No hay ningún argumento musicológico serio que impida programar en una misma velada a Händel, Wagner y Scelsi o a Mozart, Dvorak y Reich, y podría atraer a un público más variado. Y si el respetable abuchea, patea o se levanta airado de sus asientos, mucho mejor; será la demostración de que la música siegue siendo algo vivo y no un objeto polvoriento encerrado en una vitrina. También Tanhausser y La Consagración de la Primavera fueron protestadas en sus estrenos y hoy día todo el mundo (salvo los abonados del Liceo) las acepta como las obras maestras que son. En Sevilla, no sé si por suerte o por desgracia, el público es educado y no protesta ni en los toros, con lo que se podría aprovechar su pasividad para colarle de vez en cuando alguna música de la segunda mitad del siglo XX y aumentar su escasa cultura en ese terreno. Se supone que esa es una de las funciones de las instituciones públicas. Aunque viendo las estrellas invitadas al ciclo de "grandes intérpretes" del Maestranza (Luz Casal, Pasión Vega, Estrella Morente) más bien pareciera que lo que aquí se pretende es competir, en desigual y desleal lid, con el teatro de Jesús Quintero.


Marie Goyette - Short Cuts. Brahms