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sábado, 20 de julio de 2013

Bad Pharma

Cuando me comprometí a mantener actualizado el blog hasta las vacaciones no aclaré con qué frecuencia iba a hacerlo. Y es cierto que mis circunstancias y yo nos hemos dejado ir bastante más de lo previsto. Pero ya estamos aquí con una nueva entrada que espero que sea de su agrado, aunque en esta ocasión me temo que el tono general pueda ser más académico que de costumbre. Aunque no tiene por qué, ya que el libro que les voy a comentar es apto para todos los públicos. De su autor, Ben Goldacre, columnista científico de The Guardian, ya hablamos en otro post a cuenta de su anterior libro, Bad Science, en el que criticaba el modo como los medios de comunicación trataban los asuntos científicos y el impacto que eso tenía en la población consumidora. Pues bien, el que hoy les traigo es, y créanme que no les exagero ni un ápice, la obra definitiva sobre las malas prácticas de la industria farmacéutica y toda la trama de intereses que se cobija bajo el paraguas de su inmenso poderío económico. Su título es Bad Pharma y como pueden imaginar les recomiendo encarecidamente su lectura si desean poder hablar con propiedad del tema.

Que la industria farmacéutica (hablaremos de ella como un todo aunque obviamente está formada por distintos conglomerados empresariales) no es una organización caritativa es algo que todo el mundo en su sano juicio acepta. Como la industria armamentística, su objetivo es vender un producto y obtener de ello un beneficio; el hecho de que sirvan para curar enfermedades no implica que sus motivaciones éticas tengan que ser superiores. Ahora bien, como consumidores finales de esos productos y financiadores de la tal industria vía subvenciones estatales a la compra de medicamentos, sí que debemos exigir que la información que aportan sea real y fiable. Porque de eso depende además nuestra salud.

La industria farmacéutica invierte una gran cantidad de dinero en investigación para poder sacar nuevos  medicamentos al mercado. Y la parte más importante no la consume en la búsqueda de principios activos originales, sino en los complejos experimentos que justifican su eficacia y seguridad a los que llamamos ensayos clínicos. Haber superado los correspondientes ensayos clínicos es también el requisito que las administraciones sanitarias de todos los países exigen antes de permitir que un medicamento se comercialice. Y ahora pongámonos por un momento en el papel de la industria e imaginemos que, después de una inversión millonaria y tras haber estado desarrollándolo durante varios años, al analizar los datos obtenidos con ese medicamento en el que tantas expectativas se tenían puestas resulta que tiene un pequeño problema de toxicidad (nada serio, sólo aumenta el riesgo de sufrir un infarto en quienes lo toman), o simplemente va a ser tan efectivo sobre la enfermedad para la que se indica como un lacasito marrón. Pues eso mismo; en muchas ocasiones la tentación de no dejar que la realidad estropee una magnífica oportunidad de negocio es demasiado fuerte.

Por supuesto existen controles de todo tipo para evitar que casos así se produzcan, pero lo que viene a denunciar Goldacre en su libro, más que las malas prácticas de la industria farmacéutica (que también, pero eso ya lo dábamos por hecho), es cómo están fallando los mecanismos de control de manera sistemática. Algo equivalente a lo que se contaba en Inside Job (2010) respecto al negocio financiero, donde se exponía  la connivencia de los organismos reguladores y los expertos del mundo académico con los estafadores. O sin ir más lejos, lo que estamos viendo a diario en nuestro país con partidos políticos, prensa, jueces y tribunales de cuentas.

Siendo grave todo este chalaneo entre fabricantes, autoridades sanitarias, revistas científicas, expertos y prescriptores, el gran problema, insiste Goldacre, es la no publicación de los resultados de los ensayos clínicos que no cumplen las expectativas de sus promotores, a pesar de estar obligados por ley a hacerlo. Cuando cualquiera de ustedes acude a un consultorio por un problema de salud, la decisión terapéutica que adopta el médico (la receta de un medicamento) suele estar basada en datos muchas veces obsoletos aprendidos en la carrera, cuando no en apriorismos sin fundamento científico o en la propaganda de los propios laboratorios camuflada de curso de actualización. Lo ideal sería que esa decisión se fundara en pilares más sólidos, en pruebas científicas que demostraran la supremacía de una tratamiento sobre otro. En ensayos clínicos bien diseñados o, mejor aún, en revisiones sistemáticas de todos los ensayos clínicos realizados a partir de una misma duda terapéutica. Y ahí tenemos el problema: si del análisis de esos ensayos eliminamos (al no ser accesibles)  aquellos con resultados negativos o poco favorables sobre un determinado fármaco dejando sólo los positivos, la conclusión va a estar inevitablemente distorsionada. Y recuerde de nuevo que, en el mejor de los casos, de esa información va a depender el tratamiento médico recomendado para tratar esa enfermedad que esperemos que nunca tenga.

Como ven el tema es de una gran trascendencia y da para mucho más; de hecho da para un libro de 400 páginas con una bibliografía que ya quisieran la mayoría de las tesis doctorales que se publican. Por tanto, si les preocupa el asunto, ahí tienen lectura para el verano. Y sí, hay edición en castellano.


Ramones - I Wanna Be Sedated (1978)

miércoles, 18 de julio de 2012

Ciencias y letras

A raíz de la recomendación del libro de Goldacre me ha vuelto a la cabeza una de mis ideas recurrentes, que seguro que ya la habré comentado en algún otro foro, y que podría resumirse del siguiente modo: para que una persona de ciencias sea tenida por culta es preciso que demuestre un conocimiento más o menos extenso de historia, de literatura, de filosofía, de música y del resto de las artes llamadas bellas; por el contrario, la persona de letras que domina los citados campos del saber no necesita tener siquiera una noción básica de biología o de física para ser automáticamente considerada culta. Y nada más lejos de mi intención que dedicarme ahora a dar credenciales de cultureta, que además es un asunto que me trae muy sin cuidado. Es sólo que me resulta sorprendente que estas dos injustas varas de medir sean aceptadas sin más discusión por los interesados de una y otra rama del saber. 

Que hay gente de ciencia inculta y hasta semianalfabeta es algo que cualquiera que conozca un poco el medio no osará poner en duda. Por hablar sólo de mi entorno laboral, salvo contadísimas excepciones la mayoría de mis colegas, profesores universitarios, son personas sin lecturas ni inquietudes artísticas, siendo sus gustos en estas materias los del común de la gente ignorante. Saben lo mínimo de su área de conocimiento, y algunos ni eso. Por eso tiendo a juntarme más con los colegas de mi señora, que al ser de letras (incluso de muchas letras) tienen una conversación más amena y se aprende mucho con ellos. Porque además dominan la cultura actual, que es la principal asignatura pendiente de gran parte de los que se hacen pasar por cultos: su base de datos dejó de actualizarse en alguna década pasada (los sesenta, los setenta...) y a partir de ahí sólo son capaces de aportar al discurso topicazos simplificadores.

Pero volvamos a los culturetas de pata negra. Obviamente no les he examinado, pero estoy convencido de que todos ellos andan flojitos en el tema científico. Algunos hasta muestran un cierto desprecio por tales asuntos, convencidos de que fuera de sus aplicaciones prácticas, las cuestiones suscitadas por la ciencia no tienen demasiada trascendencia; pero la mayoría simplemente los considera demasiado complicados e incompatibles con las graves cuestiones que ocupan a su materia gris. Y no es así. Es cierto que la temática científica es inmensa y a nadie se le puede exigir un conocimiento amplio de toda ella. Sin ir más lejos, yo mismo reconozco mis deficiencias en campos tan importantes como la botánica o la geología. Pero hay conceptos fundamentales que son imprescindibles para poder comprender el mundo. Sólo en el terreno de la biología tenemos el funcionamiento celular, la transmisión del impulso nervioso, la replicación de los genes, la teoría evolutiva... Y abran hueco que viene la física.

Lo que trato de decir es que en nuestros días no cabe una interpretación del mundo puramente filosófica. El conocimiento científico sobre la materia y la vida es en este momento suficiente para dar explicaciones coherentes a cuestiones que antes se dejaban a la mera especulación. Es triste decirlo pero a la filosofía como fuente de conocimientos (no como género literario) le espera el mismo futuro que a la religión. Incluso campos donde a priori la especulación pura aún podría quedar a salvo del ataque de las ciencias, como la ética o la estética, terminarán siendo terreno de la neurociencia a medida que los comportamientos humanos vayan siendo relacionados con una determinada actividad neuronal.

Y no estamos hablando sólo de descubrimientos científicos recientes. La teoría de la evolución se propuso a mediados del siglo XIX, y los grandes hallazgos sobre los que se funda la física moderna, incluida la teoría cuántica, son de principios del XX. O sea que han tenido ya rodaje y tiempo para ser verificados. Y sin embargo se siguen desdeñando en el sistema educativo y entre la gente culta, a veces en favor de teorías ya anticuadas cuando no totalmente falsas. Porque los conceptos de la física moderna nos podrán parecer muy abstrusos e inaccesibles sin una fuerte base matemática; pero fue Einstein quien dijo que “la mayoría de las ideas fundamentales de la ciencia son esencialmente simples y pueden, como regla, ser expresadas en un lenguaje comprensible a todo el mundo”. Precisamente estos días ando enfrascado en un libro titulado “Quantum Theory Cannot Hurt You” en el que todos esos fenómenos disparatados que suceden a nivel atómico se explican de modo ameno y sin fórmulas matemáticas. Y resulta que el mundo cuántico, con sus partículas que aparecen y desaparecen a voluntad, con sus átomos que están en dos lugares a la vez, es el fundamento de la materia: es el mundo real. Y que lo que nosotros consideramos realidad, el mundo que conocemos, es sólo una excepción creada precisamente por nuestra presencia. Así que ya me dirán ustedes si es trascendente o no la ciencia.


Philip Glass - Knee Play 1 (de Einstein on the Beach, 1976)

jueves, 5 de julio de 2012

El libro que todos deben leer

Es cierto, últimamente sólo hablo de libros en el blog, pero es que mi vida es tan anodina que nada tengo que contarles salvo mis lecturas. Ahora que empieza la temporada de conciertos veraniegos al fresco igual me animo y les hablo de alguno. Por ejemplo, el miércoles de la semana pasada, mientras la población olvidaba los recortes económicos con el consabido espectáculo heroico-patriótico, un selecto puñado de ciudadanos disfrutamos en el patio del CICUS con la proyección de la prodigiosa Amanecer  de Murnau, con banda sonora compuesta para la ocasión e interpretada magistralmente por Dan Kaplan y sus chicos de Krooked Tree. Si se lo perdieron, o llegaron tarde y borrachos que al caso lo mismo da, en el pecado llevan la penitencia. También magnífico ha sido ciclo Electrochock, aunque de él no les contaré nada porque he vendido la exclusiva a la prestigiosa revista Go Mag y a ellos me debo.

Así que seguiremos con los libros. Y no con una marcianada más de las habituales, sino con uno de obligada lectura. Y creo que es la primera vez que cometo en este blog la ordinariez de decirles que se lean un libro, y espero que sea también la última; pero en este caso asumo el riesgo. Y estén seguros de que si lo hago es sólo por su bien. Bueno, el libro en cuestión se llama Bad Science y su autor, Ben Goldacre, es médico y columnista para asuntos científicos de The Guardian. Goldacre tiene también un blog con el mismo título, aunque últimamente lo actualiza incluso menos que yo él mío, que ya es decir. En cuanto al libro, tiene ya unos años, pero aquí seguimos fieles a la costumbre de distanciarnos de la actualidad. Creo que hay edición española aunque yo comento sobre la original inglesa.

El libro trata de ciencia pero también de salud. Concretamente del modo en que los temas científicos relacionados con la salud son presentados en los medios de comunicación. Porque no se confundan: quizás hoy la prensa hable mucho de física a raíz del hallazgo del bosón de Higgs, y hasta haya salido un prelado tranquilizando a los creyentes y asegurándoles que la dichosa partícula no tiene suficiente masa como para conmover los cimientos del dogma. Pero la mayoría de las noticias sobre ciencia que publican los periódicos están relacionadas con la medicina. Y el problema es que su enfoque suele ser, casi siempre, desorientador y sensacionalista. Goldacre lo atribuye sobre todo a la incompetencia de los redactores, personas de letras que piensan que los hallazgos científicos son ideas brillantes que surgen de pronto de la mente de señores con muchos títulos académicos; en lugar de considerarlos la conclusión de numerosos experimentos que tratan de descartar que los resultados obtenidos se deban al azar. Y claro, así les cuelan lo más grande.

Por sus páginas pasan muchas de las técnicas y teorías que tratan de vendernos como ciencia sin serlo: las dietas antioxidantes, la homeopatía, la cosmética antienvejecimiento o las “energías naturales” en sus múltiples acepciones. Y salen a la luz las prácticas torticeras y los mensajes engañosos que emplean sus promotores para llegar al gran público, sabiendo que si lo adoban todo con un lenguaje vagamente científico y lo decoran con un par de testimonios reales la industria periodística les hará la campaña publicitaria gratis. Casi todos los ejemplos están sacados de la prensa británica, y de algunos de los más polémicos en su momento como la pretendida relación del autismo con la vacuna triple vírica aquí apenas se supo, pero el escenario es extrapolable a los medios de nuestro país.

El libro es muy ameno y divertido por el modo en que ridiculiza y da caña a todos los implicados, citados casi siempre con nombres y apellidos. Pero sobre todo es muy didáctico, ya que explica con un lenguaje asequible incluso a los periodistas y demás gente de letras en qué consiste el método científico. Aplicado a las ciencias biomédicas, se describe con gran claridad lo que es un ensayo clínico, el famoso efecto placebo y su importancia, o las razones en las que nos basamos para recomendar una determinada intervención terapéutica y rechazar otra. Yo ya tengo pensado recomendarlo el año que viene a mis alumnos en lugar de todos esos tratados y manuales que luego ni los abren. Que aprendan por lo menos algo útil.


Jorge Ben – Os Alquimistas Estão Chegando Os Alquimistas (1974)

lunes, 25 de junio de 2012

Un erasmus de tiempos de Erasmo

Seguimos sin cambiar demasiado de tema con un curioso libro que acabo de terminar: el diario de Félix Platter, un estudiante de Medicina del siglo XVI. Y no sólo por lo que cuenta de la enseñanza de esta ciencia en el Renacimiento, que también, sino sobre todo por el retrato que dibuja de la Europa de su tiempo, una imagen sorprendente de un continente mucho más unido e integrado de lo que pudiéramos pensar. El título que el editor ha dado al volumen, Beloved son Felix, encabezamiento de las cartas que le escribiría su padre no se corresponde con su contenido que, como ya he dicho, es el extracto del diario que dejó escrito de sus días de estudiantes.

Félix era suizo, de Basilea, también otro centro intelectual de primera magnitud en aquellos años; y sin embargo su padre decide enviarlo a estudiar a Montpellier de la Francia, por considerar que aquella Universidad tenía mayor prestigio en la enseñanza de la Medicina. Al mismo tiempo, otros estudiantes, todos hijos de ricos mercaderes, hacían el viaje contrario, lo que daba lugar a un curiosísimo sistema de intercambio. Y es que los mercaderes utilizaban su red comercial de viajantes para sellar contratos de hospedaje y mantenimiento con otros padres de estudiantes en idéntica tesitura. Que en este siglo habremos inventado muchas cosas de tipo técnico, pero la mayoría de las relacionadas con el comercio y el trato social son más viejas que el hilo negro. Por otro lado, esa Europa asolada por pestes y guerras es un continuo ir y venir de viajeros, soldados, estudiantes, comerciantes y peregrinos. De hecho Félix no para de encontrarse con conocidos de su pueblo de los que recibe noticias de su familia y a quienes entrega cartas para los suyos. Que suelen consistir, como las de los estudiantes de cualquier época, en una sarta de mentiras acerca de sus progresos académicos y en la petición urgente de más dinero.

En cuanto a la vida de estudiante, tampoco difería demasiado de la actual. Básicamente consistía en acudir a aburridísimas lecciones impartidas en latín, y reunirse luego con los colegas para beber, ir a fiestas y rondar a las mozas. De vez en cuando, y si la justicia proveía de condenados, tenían la suerte de asistir a una clase de anatomía en la facultad, pero en la mayoría de los casos los cadáveres debían obtenerlos por los medios que ya se pueden imaginar y practicar las disecciones a escondidas. En cierta ocasión hasta hubieron de escapar por piernas de los monjes custodios del cementerio donde llevaban a cabo sus exhumaciones que les recibieron a ballestazo limpio. Nuestro amigo Félix tenía el problema añadido de su protestantismo, que le era tolerado en la católica Montpellier por ser de nación suiza, imagino que por no cargarse el negocio de los erasmus centroeuropeos. No obstante, vivir en una ciudad donde la quema de herejes era uno de los espectáculos educativos cotidianos no debía ser demasiado tranquilizador. El libro contiene también una de las primeras descripciones históricas de una huelga de estudiantes; para reivindicar, pásmense ustedes, que los negligentes profesores impatieran todas las clases por las que habían pagado. Ya les digo que eran otros tiempos.


Kayne West - Good Morning (2007)

jueves, 7 de junio de 2012

Breve noticia del Doctor Hidalgo de Agüero

Nació en Sevilla en 1531, ciudad en la que ejerció su profesión de médico y cirujano hasta su muerte en 1597. Alcanzó fama como el inventor del método de la vía seca o particular en el tratamiento de las heridas. Hay que recordar que la vía común o húmeda, la que venía empleándose desde tiempos de Galeno, se basaba en la curación de las heridas por segunda intención. Esto implicaba dificultar la cicatrización realizando frecuentes drenajes, con el fin de evitar la gangrena. El objetivo se consideraba alcanzado cuando de la herida manaba el "pus laudable", que para la escuela galénica era un paso necesario para la curación. Por eso, cuando el pus se negaba a fluir, había que provocarlo con hierros y cauterios, lo que causaba grandes sufrimientos a los desdichados pacientes y una alta mortalidad.

A lo largo de la historia fueron varios los cirujanos que se opusieron a tan bárbaro método usando el sentido común y su propia experiencia clínica, pero chocaban siempre contra el muro del dogmatismo galénico que imponía sus prácticas bajo el indiscutible argumento de la autoridad de un médico romano del siglo II. Entre esos adelantados estaba Bartolomé Hidalgo de Agüero, quien en 1584 publicó en Sevilla un pliego titulado Avisos particulares de cirugía contra la común opinión, defendiendo la curación de las heridas por primera intención. Su método consistía en limpiar las heridas con vino blanco, eliminar cualquier tejido dañado, aproximar los bordes, aplicar sustancias astringentes para evitar la maceración y cubrir con un vendaje compresivo. Es decir,  y salvando las distancias, un procedimiento muy parecido al que se emplea en la actualidad. Aunque lo mejor es la defensa que hace Agüero de su novedosa técnica, no invocando su autorictas académica, sino comparando las estadísticas de mortalidad de los pacientes tratados por él utilizando ambos métodos; un auténtico ensayo clínico avant la lettre que demuestra sin ningún genero de dudas la supremacía de la vía seca sobre la vía común.

La fama de hábil cirujano de Hidalgo de Agüero era tan notoria que los bravos de Sevilla de la época, en el trance de acometerse a cuchillo, solían exclamar: ¡A Dios me encomiendo, y al Doctor Hidalgo de Agüero! Y también se cuenta que tras su muerte los tales bravos se miraban mucho en lo de reñir. El hospital donde nuestro Doctor ejerció su ciencia era llamado el Hospital del Cardenal en honor a Don Juan de Cervantes, que lo fue de Sevilla y quien lo fundó en el siglo XV. El Cardenal Cervantes está enterrado en la Catedral, en un espectacular sepulcro obra de Mercadante de Bretaña. Por su parte Hidalgo de Agüero está enterrado en la Iglesia de San Juan de la Palma, en cuya collación vivió la mayor parte de su vida, donde hay un azulejo que lo recuerda. El Hospital del Cardenal fue luego asilo y acabó como hospicio. Fue derribado en los años 50, como tantos edificios históricos de la ciudad, para abrir la actual calle Francisco Carrión Mejías (para que se orienten, donde está el Instituto Velázquez). Pues bien, reto a cualquiera de ustedes a que nos dé noticia del tal Carrión Mejías, otro oscuro personajillo de esa grey sacristanesca que medra alrededor de las cofradías de semana santa y que, de cuando en vez y por razones inexplicables, acaba subiendo a las paredes del callejero sevillano. Y nada de callejuelas del extrarradio: calles señoriales en el centro histórico. Y ahí tenemos a nuestro insigne Doctor Hidalgo de Agüero, dando nombre como por limosna a un oscuro pasaje de una decena de metros entre Castellar y Menjíbar. Así nos va.


Deller Consort - We be soldiers three (Anónimo s. XVI)

domingo, 4 de marzo de 2012

Malaspina en el Botánico

Me quedaba una última visita por comentar de nuestro viaje a Madrid y es la que siempre hacemos al Jardín Botánico, del que somos socios benefactores. La época no era la mejor porque el invierno y la sequía habían hecho bien su trabajo y, salvo las coníferas y algún otro árbol de hoja perenne, la sensación general era bastante mustia. El primero al que se le ocurrió comparar la ausencia de algo importante con un jardín sin flores fue un maldito genio; el resto somos todos unos copiones sin imaginación. Les adjunto una foto en la que se puede ver a la izquierda al gran olmo del Cáucaso, que con sus cuarenta metros es el árbol más alto del Jardín, mostrando sus ramas desnudas. El ciprés parece de mayor estatura pero es un efecto de perspectiva por estar en una terraza superior. Sin embargo es más viejo, ya que se calcula que fue plantado hará unos 240 años, por la época en la que se fundó el Botánico. Y ahí lo tienen al tío, hecho un pimpollo.
También nos llamó la atención que las únicas plantas que en tan gélido febrero mostraban brotes verdes en sus ramas fueran los bonsáis que regalara el ex-presidente González. Yo pienso que tiene que ver con las deformaciones a que son sometidos para mantenerlos en ese forzado enanismo, que de algún modo deben alterar también sus ciclos biológicos, pero seguro que cualquier tertuliano de las ondas casposas encontraría alguna explicación más chistosa y ocurrente.

Si a pesar de todo les da por visitar el Jardín, en el pabellón Villanueva hay una exposición sobre las expediciones científicas de la marina española que me atrevo a recomendarles sólo en el caso de que, como a mí, les gusten las maquetas de barcos, las cartas navales, las encomiendas, los mapas antiguos, los instrumentos de navegación, los herbarios, los animales disecados y los especímenes conservados en formol. El grueso de la muestra se basa en los materiales traídos por los barcos de la expedición que, a las órdenes de Alejandro Malaspina, recorrió los siete mares entre 1789 a 1794 recopilando datos geográficos, científicos y políticos. Por eso son todos fondos cedidos por organismos oficiales como el Museo de Ciencias Naturales, la Biblioteca Nacional, el Museo Naval o el Observatorio de la Armada de San Fernando. En ese sentido es una exposición que nos ha salido barata al erario público. La visita sigue con una segunda parte dedicada a las expediciones oceanográficas españolas de los últimos años, pero ésta pueden saltársela porque es el consabido despliegue sin arte ni gusto de paneles, gráficos y vídeos sobre un tema que se habría entendido mucho mejor editando un folleto explicativo. Y aunque la primera impresión sea la de otro caso de propaganda gubernamental innecesaria, podría resultar también ser, y así lo creo yo ahora, un grito de auxilio. Hay que recordar que el Botánico es un organismo del CSIC y que los botarates que salieron elegidos por las urnas consideran la inversión en proyectos científicos como muy prescindible. Quizás el discurso implícito en la exposición sea que, aunque en precarias condiciones, la investigación oceanográfica sigue viva en España, pero que la Historia demuestra que la ciencia sólo progresa cuando hay gobernantes ilustrados que apuestan por ella.

Y cuenta la Historia que, al regresar a España después de su largo periplo, Malaspina se marcó el objetivo de inventariar y catalogar todas las muestras, observaciones científicas y documentos que había recogido, con el fin de redactar una relación completa del viaje, trabajo que él calculó que le llevaría su buena decena de años. Pero quien se sentaba entonces en el trono no era el ilustrado Carlos III que financió la expedición, sino su hijo Carlos IV. Unos imprudentes aunque certeros comentarios sobre el favorito Godoy hicieron que se le acusara de conspiración y acabó encerrado en el Castillo de San Antón, en la Coruña, del que sólo salió años seis años después y en dirección al exilio. Como consecuencia, los valiosísimos materiales científicos recogidos por su expedición permanecieron casi un siglo sin estudiarse, habiéndose perdido para entonces gran parte de ellos.


Spring vs. Pez - Puerto Habana (1996)