Uno breve antes de irme de vacaciones y sólo para comentar un par de libros que he leído en los últimos meses, recomendables como son siempre los que aparecen en esta página aunque, como también suele ser habitual, lleven ya algún tiempo en las librerías. El tema común es la crisis económica y el diagnóstico al que ambos llegan muy similar aunque las soluciones no tengan por qué coincidir. Crisis del sistema bancario, no se olvide nunca añadir el complemento, porque sólo desde la mala fe o siendo un rematado zoquete se puede seguir manteniendo la falacia de que la actual situación está provocada por el endeudamiento y el despilfarro de particulares y haciendas públicas (aquel famoso “vivir por encima de nuestras posibilidades”) cuando está demostrado que la causa ha sido la falta de reguladores eficaces y la irresponsable conversión de un modelo de negocio basado en el ahorro y el crédito en otro dedicado a la pura especulación. Tanto es así que en los primeros momentos del crack hasta hubo un amago de propósito de enmienda, asustados los responsables del desastre ante la posibilidad de que sus cabezas acabaran adornando las lanceoladas puntas de las verjas de los organismos implicados. Mas, como ya hemos comentado en varias ocasiones, el populacho que les ha tocado en suerte en estos tiempos es mansurrón y pastueño, y no protesta salvo que se le prive de sus entretenimientos favoritos, algo de lo que nuestros amos se guardarán mucho por la cuenta que les trae. De este modo y con la inestimable ayuda de una clase política corrupta y unos medios de comunicación comprados se ha conseguido que los trabajadores y la sociedad en general acepten como inevitables medidas restrictivas que ni en la más delirante de sus fantasías habrían imaginado los empresarios que podrían llegar a aplicar en un país de la Europa occidental.
El primero de estos libros es "Hay alternativas", escrito a seis manos por Vicenç Navarro, Juan Torres López y Alberto Garzón, los tres economistas y figuras representativas de un cierto pensamiento de izquierdas que la fracción más ortodoxa acostumbra a repudiar colocándoles el sambenito de “socialdemócratas”. El libro se escribió al calor de las manifestaciones y acampadas que siguieron al 15M y tiene el estilo claro y didáctico de quienes están habituados a la docencia. Y esa es su principal virtud, explicar en un lenguaje comprensible, con detalle pero sin demasiados tecnicismos, el origen de la presente crisis, la bancaria mundial y la española en particular con las singularidades propias de nuestra idiosincrasia. Y cómo en modo alguno se podrá escapar de sus consecuencias aplicando las políticas que recomiendan el Fondo Monetario Internacional y demás instituciones de su cuerda. La única solución, insisten los autores, es aumentar la inversión pública sobre todo en lo referente al gasto social, incrementando al tiempo los salarios para estimular el consumo y la actividad económica. Algo que no es utópico y que se podría llevar a cabo si el estado no se hubiera descapitalizado y endeudado hasta las cachas por salvar al negocio bancario. El libro se cierra con un centenar de recomendaciones concretas (algunas más radicales que otras) a disposición del gobierno que las quiera aplicar. Si les interesa también se lo pueden descargar gratuitamente de la web del profesor Navarro.
El segundo libro es "Posteconomía" de Antonio Baños Boncompain, y toca el mismo tema aunque de un modo más personal y con bastante más sentido del humor. Baños parte de un diagnóstico similar al ya explicado pero va un paso más allá y descorre totalmente el velo que aún tapa muchas de las vergüenzas del sistema. Su tesis es que la crisis bancaria, aunque inesperada y sobrevenida, ha sido la excusa por parte de ciertas elites económicas transnacionales para poner en marcha un programa diseñado desde hace tiempo con vistas a acabar con los pocos focos de resistencia que aún pudieran quedar entre la clase trabajadora y los movimientos de izquierda e implantar en todo el mundo un régimen feudal. La Nueva Edad Media, como la llama el autor. Puede parecer una visión catastrofista o apocalíptica, incluso conspiranoica, pero a poco que uno mire a su alrededor comprobará que la situación actual puede interpretarse a la luz de esta teoría y que los hechos van confirmando una a una sus predicciones. Por eso hay que agradecer a Baños que nos facilite la inmersión en esta realidad demoledora con grandes dosis de ironía y con una exquisita erudición; incluso si uno no coincide con su visión no podrá quejarse de haberse aburrido con este libro. Y quizás donde más se pueda discrepar es en las soluciones, que para él sólo pueden pasar por la subversión, la demolición del sistema capitalista y la implantación de un nuevo modelo de sociedad basado en la solidaridad y la autogestión. Que por supuesto tiene toda la razón, pero vistos los mimbres humanos con los que nos toca construirla quizás sea más sensato empezar por las reformas socialdemócratas dentro del sistema que proponían Navarro y compañía. Pero allá cada uno que saque sus conclusiones. Yo les recomiendo en todo caso que se lo compren, que el autor vive de esto; además, aunque no hemos coincidido nunca, tenemos amigos comunes.
Y con esto les dejo por una temporada larga, que me toca disfrutar de las vacaciones en lugares llenos de exotismo y habitados por mujeres de poca ropa y costumbres licenciosas. A mi regreso tendrán, o al menos eso espero, el consabido informe en sucesivas entregas para amenizarles la vuelta al cole.
The Crooner - Corcovado nights in space (2000)
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domingo, 11 de agosto de 2013
sábado, 20 de julio de 2013
Bad Pharma
Cuando me comprometí a mantener actualizado el blog hasta las vacaciones no aclaré con qué frecuencia iba a hacerlo. Y es cierto que mis circunstancias y yo nos hemos dejado ir bastante más de lo previsto. Pero ya estamos aquí con una nueva entrada que espero que sea de su agrado, aunque en esta ocasión me temo que el tono general pueda ser más académico que de costumbre. Aunque no tiene por qué, ya que el libro que les voy a comentar es apto para todos los públicos. De su autor, Ben Goldacre, columnista científico de The Guardian, ya hablamos en otro post a cuenta de su anterior libro, Bad Science, en el que criticaba el modo como los medios de comunicación trataban los asuntos científicos y el impacto que eso tenía en la población consumidora. Pues bien, el que hoy les traigo es, y créanme que no les exagero ni un ápice, la obra definitiva sobre las malas prácticas de la industria farmacéutica y toda la trama de intereses que se cobija bajo el paraguas de su inmenso poderío económico. Su título es Bad Pharma y como pueden imaginar les recomiendo encarecidamente su lectura si desean poder hablar con propiedad del tema.
Que la industria farmacéutica (hablaremos de ella como un todo aunque obviamente está formada por distintos conglomerados empresariales) no es una organización caritativa es algo que todo el mundo en su sano juicio acepta. Como la industria armamentística, su objetivo es vender un producto y obtener de ello un beneficio; el hecho de que sirvan para curar enfermedades no implica que sus motivaciones éticas tengan que ser superiores. Ahora bien, como consumidores finales de esos productos y financiadores de la tal industria vía subvenciones estatales a la compra de medicamentos, sí que debemos exigir que la información que aportan sea real y fiable. Porque de eso depende además nuestra salud.
La industria farmacéutica invierte una gran cantidad de dinero en investigación para poder sacar nuevos medicamentos al mercado. Y la parte más importante no la consume en la búsqueda de principios activos originales, sino en los complejos experimentos que justifican su eficacia y seguridad a los que llamamos ensayos clínicos. Haber superado los correspondientes ensayos clínicos es también el requisito que las administraciones sanitarias de todos los países exigen antes de permitir que un medicamento se comercialice. Y ahora pongámonos por un momento en el papel de la industria e imaginemos que, después de una inversión millonaria y tras haber estado desarrollándolo durante varios años, al analizar los datos obtenidos con ese medicamento en el que tantas expectativas se tenían puestas resulta que tiene un pequeño problema de toxicidad (nada serio, sólo aumenta el riesgo de sufrir un infarto en quienes lo toman), o simplemente va a ser tan efectivo sobre la enfermedad para la que se indica como un lacasito marrón. Pues eso mismo; en muchas ocasiones la tentación de no dejar que la realidad estropee una magnífica oportunidad de negocio es demasiado fuerte.
Por supuesto existen controles de todo tipo para evitar que casos así se produzcan, pero lo que viene a denunciar Goldacre en su libro, más que las malas prácticas de la industria farmacéutica (que también, pero eso ya lo dábamos por hecho), es cómo están fallando los mecanismos de control de manera sistemática. Algo equivalente a lo que se contaba en Inside Job (2010) respecto al negocio financiero, donde se exponía la connivencia de los organismos reguladores y los expertos del mundo académico con los estafadores. O sin ir más lejos, lo que estamos viendo a diario en nuestro país con partidos políticos, prensa, jueces y tribunales de cuentas.
Siendo grave todo este chalaneo entre fabricantes, autoridades sanitarias, revistas científicas, expertos y prescriptores, el gran problema, insiste Goldacre, es la no publicación de los resultados de los ensayos clínicos que no cumplen las expectativas de sus promotores, a pesar de estar obligados por ley a hacerlo. Cuando cualquiera de ustedes acude a un consultorio por un problema de salud, la decisión terapéutica que adopta el médico (la receta de un medicamento) suele estar basada en datos muchas veces obsoletos aprendidos en la carrera, cuando no en apriorismos sin fundamento científico o en la propaganda de los propios laboratorios camuflada de curso de actualización. Lo ideal sería que esa decisión se fundara en pilares más sólidos, en pruebas científicas que demostraran la supremacía de una tratamiento sobre otro. En ensayos clínicos bien diseñados o, mejor aún, en revisiones sistemáticas de todos los ensayos clínicos realizados a partir de una misma duda terapéutica. Y ahí tenemos el problema: si del análisis de esos ensayos eliminamos (al no ser accesibles) aquellos con resultados negativos o poco favorables sobre un determinado fármaco dejando sólo los positivos, la conclusión va a estar inevitablemente distorsionada. Y recuerde de nuevo que, en el mejor de los casos, de esa información va a depender el tratamiento médico recomendado para tratar esa enfermedad que esperemos que nunca tenga.
Como ven el tema es de una gran trascendencia y da para mucho más; de hecho da para un libro de 400 páginas con una bibliografía que ya quisieran la mayoría de las tesis doctorales que se publican. Por tanto, si les preocupa el asunto, ahí tienen lectura para el verano. Y sí, hay edición en castellano.
Ramones - I Wanna Be Sedated (1978)
La industria farmacéutica invierte una gran cantidad de dinero en investigación para poder sacar nuevos medicamentos al mercado. Y la parte más importante no la consume en la búsqueda de principios activos originales, sino en los complejos experimentos que justifican su eficacia y seguridad a los que llamamos ensayos clínicos. Haber superado los correspondientes ensayos clínicos es también el requisito que las administraciones sanitarias de todos los países exigen antes de permitir que un medicamento se comercialice. Y ahora pongámonos por un momento en el papel de la industria e imaginemos que, después de una inversión millonaria y tras haber estado desarrollándolo durante varios años, al analizar los datos obtenidos con ese medicamento en el que tantas expectativas se tenían puestas resulta que tiene un pequeño problema de toxicidad (nada serio, sólo aumenta el riesgo de sufrir un infarto en quienes lo toman), o simplemente va a ser tan efectivo sobre la enfermedad para la que se indica como un lacasito marrón. Pues eso mismo; en muchas ocasiones la tentación de no dejar que la realidad estropee una magnífica oportunidad de negocio es demasiado fuerte.
Por supuesto existen controles de todo tipo para evitar que casos así se produzcan, pero lo que viene a denunciar Goldacre en su libro, más que las malas prácticas de la industria farmacéutica (que también, pero eso ya lo dábamos por hecho), es cómo están fallando los mecanismos de control de manera sistemática. Algo equivalente a lo que se contaba en Inside Job (2010) respecto al negocio financiero, donde se exponía la connivencia de los organismos reguladores y los expertos del mundo académico con los estafadores. O sin ir más lejos, lo que estamos viendo a diario en nuestro país con partidos políticos, prensa, jueces y tribunales de cuentas.
Siendo grave todo este chalaneo entre fabricantes, autoridades sanitarias, revistas científicas, expertos y prescriptores, el gran problema, insiste Goldacre, es la no publicación de los resultados de los ensayos clínicos que no cumplen las expectativas de sus promotores, a pesar de estar obligados por ley a hacerlo. Cuando cualquiera de ustedes acude a un consultorio por un problema de salud, la decisión terapéutica que adopta el médico (la receta de un medicamento) suele estar basada en datos muchas veces obsoletos aprendidos en la carrera, cuando no en apriorismos sin fundamento científico o en la propaganda de los propios laboratorios camuflada de curso de actualización. Lo ideal sería que esa decisión se fundara en pilares más sólidos, en pruebas científicas que demostraran la supremacía de una tratamiento sobre otro. En ensayos clínicos bien diseñados o, mejor aún, en revisiones sistemáticas de todos los ensayos clínicos realizados a partir de una misma duda terapéutica. Y ahí tenemos el problema: si del análisis de esos ensayos eliminamos (al no ser accesibles) aquellos con resultados negativos o poco favorables sobre un determinado fármaco dejando sólo los positivos, la conclusión va a estar inevitablemente distorsionada. Y recuerde de nuevo que, en el mejor de los casos, de esa información va a depender el tratamiento médico recomendado para tratar esa enfermedad que esperemos que nunca tenga.
Como ven el tema es de una gran trascendencia y da para mucho más; de hecho da para un libro de 400 páginas con una bibliografía que ya quisieran la mayoría de las tesis doctorales que se publican. Por tanto, si les preocupa el asunto, ahí tienen lectura para el verano. Y sí, hay edición en castellano.
Ramones - I Wanna Be Sedated (1978)
sábado, 23 de febrero de 2013
Ola Ke Ase
Pues aquí me tienen de nuevo, dispuesto a continuar con el blog después de otra de mis impresentables espantadas. Esta vez el habitual periodo de bloqueo provocado por las obligaciones laborales ha sido coronado por los fastos que celebraban el paso oficial a la edad madura. Pero ya cumplidos los ritos que prescribe la costumbre me dispongo a continuar mi batalla virtual contra la ignorancia y la barbarie, del mismo modo que los troyanos, una vez que finalizaron los funerales del valerosísimo Héctor, domador de caballos, barrieron las cenizas del difunto y se aprestaron a defender las murallas de Ilión de las acometidas aqueas.
Ah, la guerra de Troya; la única guerra noble de la que puede presumir la Historia. Una guerra sin buenos ni malos y combates singulares de hombre a hombre. Tanto que hasta el relato de Homero da cuenta de los nombres y la genealogía de cada uno de los que van cayendo, nada que ver con el body count a que nos tienen acostumbrados los relatos bélicos de entonces a esta parte. Hubo violencia sí, algo inevitable en un conflicto armado entre grupos humanos, pero también caballerosidad y respeto al adversario. Una rivalidad modélica como la que siglos más tarde recreara el gran Chuck Jones para las Looney Tunes de la Warner Bros. con los personajes del lobo Ralph y el perro ovejero Sam, esos que se saludaban al tiempo de fichar e instantes después andaban despedazándose de acuerdo con las obligaciones que la naturaleza impuso a sus respectivos linajes.
Mas toda esa cortesía a la hora de liquidar al enemigo (y vuelvo de nuevo a Troya) se acabó cuando los griegos, quizás cansados del juego que ya se alargaba demasiado, le encargaron la solución final al listo que hay en todas las pandillas, al que siempre sabe cómo evitar las colas y saltarse los trámites administrativos, al fecundo en ardides Odiseo, que seguro que también era quien le hacía la declaración de la renta a Agamenón y no incluía el botín de guerra en la casilla de ganancias patrimoniales para que le saliera a devolver. Porque el truco de hacer como que nos vamos y dejar el caballo de madera marca Acme con la bomba de relojería dentro estuvo muy feo, y de aquel lamentable episodio deriva en gran parte la desconfianza en el prójimo que hoy nos atenaza.
Pues eso, que al igual que el artero Odiseo, además de esquivar los Escila y Caribdis del trabajo y las celebraciones también he tenido que luchar contra los cantos de sirenas que en la forma de redes sociales han sido en gran parte culpables de que digresiones como la anterior no hayan llegado a sus pantallas con la regularidad debida. La última a la que me he aficionado tiene por nombre Twitter y es uno de los sumideros de tiempo más eficaces que he conocido, y eso que no es nada original ya que se basa en la producción de aforismos con un número limitado de caracteres. Pero es que, además de mi natural tendencia a la procrastinación, yo siempre he sido aficionado al género epigramático, no tanto por el componente sapiencial sino por su cómoda lectura. Sin ir más lejos ahora mismo estoy leyendo las Máximas del Conde de la Rochefoucauld en una edición de bolsillo que me acompaña en salas de espera y demás tiempos muertos, y en la que he encontrado algunos tuits que se adaptan como un guante de seda a mi realidad presente. Como éste:
Juaneco y su Combo - Ya se ha muerto mi abuelo (1979)
Ah, la guerra de Troya; la única guerra noble de la que puede presumir la Historia. Una guerra sin buenos ni malos y combates singulares de hombre a hombre. Tanto que hasta el relato de Homero da cuenta de los nombres y la genealogía de cada uno de los que van cayendo, nada que ver con el body count a que nos tienen acostumbrados los relatos bélicos de entonces a esta parte. Hubo violencia sí, algo inevitable en un conflicto armado entre grupos humanos, pero también caballerosidad y respeto al adversario. Una rivalidad modélica como la que siglos más tarde recreara el gran Chuck Jones para las Looney Tunes de la Warner Bros. con los personajes del lobo Ralph y el perro ovejero Sam, esos que se saludaban al tiempo de fichar e instantes después andaban despedazándose de acuerdo con las obligaciones que la naturaleza impuso a sus respectivos linajes.
Mas toda esa cortesía a la hora de liquidar al enemigo (y vuelvo de nuevo a Troya) se acabó cuando los griegos, quizás cansados del juego que ya se alargaba demasiado, le encargaron la solución final al listo que hay en todas las pandillas, al que siempre sabe cómo evitar las colas y saltarse los trámites administrativos, al fecundo en ardides Odiseo, que seguro que también era quien le hacía la declaración de la renta a Agamenón y no incluía el botín de guerra en la casilla de ganancias patrimoniales para que le saliera a devolver. Porque el truco de hacer como que nos vamos y dejar el caballo de madera marca Acme con la bomba de relojería dentro estuvo muy feo, y de aquel lamentable episodio deriva en gran parte la desconfianza en el prójimo que hoy nos atenaza.
Pues eso, que al igual que el artero Odiseo, además de esquivar los Escila y Caribdis del trabajo y las celebraciones también he tenido que luchar contra los cantos de sirenas que en la forma de redes sociales han sido en gran parte culpables de que digresiones como la anterior no hayan llegado a sus pantallas con la regularidad debida. La última a la que me he aficionado tiene por nombre Twitter y es uno de los sumideros de tiempo más eficaces que he conocido, y eso que no es nada original ya que se basa en la producción de aforismos con un número limitado de caracteres. Pero es que, además de mi natural tendencia a la procrastinación, yo siempre he sido aficionado al género epigramático, no tanto por el componente sapiencial sino por su cómoda lectura. Sin ir más lejos ahora mismo estoy leyendo las Máximas del Conde de la Rochefoucauld en una edición de bolsillo que me acompaña en salas de espera y demás tiempos muertos, y en la que he encontrado algunos tuits que se adaptan como un guante de seda a mi realidad presente. Como éste:
"Gustan los viejos de dar buenos consejos para consolarse de no estar ya en condiciones de dar malos ejemplos".Y sólo en 108 caracteres, todavía le daba incluso para un hashtag.
Juaneco y su Combo - Ya se ha muerto mi abuelo (1979)
miércoles, 3 de octubre de 2012
Socialdemocracia
Es cierto que algunos barrios de Estocolmo, construidos en
la década de los sesenta, recuerdan a los del antiguo Berlín Oriental. Por sus
planteamientos urbanísticos y arquitectónicos racionalistas, sobrios y
disciplinados, aunque también supongo que estarán construidos con mejores
materiales y partiendo de unos presupuestos más éticos. Pero en esa primera
impresión es donde acaban todas las semejanzas. Y sin embargo durante décadas
se nos presentaron a las sociedades escandinavas de la guerra fría como estados
nominalmente democráticos que mantenían a sus ciudadanos bajo un régimen
económico socialista similar al de sus vecinos del Pacto de Varsovia. Para
estas fuentes, cuyos herederos son quienes dominan hoy el panorama informativo
español, lo más destacable de aquellas sociedades era la insoportable presión
impositiva y el control estatal sobre cualquier aspecto de la vida de sus
ciudadanos, lo que llevaba a que fueran los países de Europa con una mayor tasa
de suicidios y de alcoholismo (aunque esto último, en un país que grava con tan
desorbitadas tasas el alcohol, habría de considerarse más bien una bendición
para las arcas del estado). Era una visión interesada promovida por aquellos a
quienes no convenía que una de las experiencias políticas más fascinantes de
la historia contemporánea infectara a otros países. Y a fe mía que lo lograron.
La experiencia socialdemócrata se extendió por la mayoría de
países europeos, sí, pero sin llegar a echar raíces; y si las hubo la marea
conservadora de principios de los ochenta acabó por secarlas. Y la
crisis del capitalismo del siglo XXI que tanta compañía nos hace la ha derribado
hace nada. Y con todas las bendiciones democráticas, que ha sido precisamente
el voto de quienes más beneficios sociales obtenían del sistema el que ha le ha asestado la puntilla.
En los países escandinavos, aun bajo gobiernos conservadores y con sus muchos
defectos, el espíritu socialdemócrata se mantiene por la voluntad de sus
ciudadanos. No en balde sus sistemas educativos tienen fama de eficaces y de formar
personas con capacidad de razonar; personas, por tanto, más difíciles de
engañar. Y no deja de ser curioso que el único país de la zona de influencia
escandinava que había renegado de sus principios socialdemócratas para
arrojarse en brazos del capitalismo salvaje, Islandia, haya sido también el
único de los europeos que, tras un acto
de contrición y la correspondiente penitencia a los charlatanes que les
llevaron a la bancarrota, ha vuelto al modelo de planificación económica y hegemonía
del sector público.
Acabo de terminar de leer Pensar el siglo XX, el libro de memorias del historiador Tony Judt,
escrito en forma de diálogo con su amigo Timothy Snyder cuando ya estaba
gravemente afectado por la esclerosis lateral amiotrófica que le llevaría a la
muerte. Que es al mismo tiempo un libro de historia y un manual de pensamiento
político, ya que repasan los sucesos, movimientos e ideologías que configuraron
el tumultuoso siglo pasado. El último capítulo está dedicado precisamente a la
socialdemocracia, y es un análisis lucidísimo de los últimos cincuenta años y
las causas que nos han llevado a la presente derrota. No les cito párrafos
enteros por falta de espacio pero puede que lo haga en próximos posts.
Dicho lo cual, y pidiéndoles disculpas por el tono mitinero
y demagógico de la entrada, me despido de ustedes por una temporada. Los
recortes en personal de la Universidad y mi imprudente costumbre de decirle que
sí a todo el que me pide una colaboración en algún proyecto me han preparado un comienzo de curso más
que turbulento. Y no me va a quedar demasiado tiempo libre para actualizar el
blog, al menos con una cierta regularidad. En el mejor de los casos tendrán los
consabidos refritos y trabajos de copia y pega para mantener permeables las
líneas. O igual ni eso, ya veremos.
Piero Umiliani - Le Ragazze dell'Arcipelago (Svezia, Inferno e Paradiso BSO, 1968)
Piero Umiliani - Le Ragazze dell'Arcipelago (Svezia, Inferno e Paradiso BSO, 1968)
miércoles, 18 de julio de 2012
Ciencias y letras
A raíz de la recomendación del libro de Goldacre me ha vuelto a la cabeza una de mis ideas recurrentes, que seguro que ya la habré comentado en algún otro foro, y que podría resumirse del siguiente modo: para que una persona de ciencias sea tenida por culta es preciso que demuestre un conocimiento más o menos extenso de historia, de literatura, de filosofía, de música y del resto de las artes llamadas bellas; por el contrario, la persona de letras que domina los citados campos del saber no necesita tener siquiera una noción básica de biología o de física para ser automáticamente considerada culta. Y nada más lejos de mi intención que dedicarme ahora a dar credenciales de cultureta, que además es un asunto que me trae muy sin cuidado. Es sólo que me resulta sorprendente que estas dos injustas varas de medir sean aceptadas sin más discusión por los interesados de una y otra rama del saber.
Que hay gente de ciencia inculta y hasta semianalfabeta es algo que cualquiera que conozca un poco el medio no osará poner en duda. Por hablar sólo de mi entorno laboral, salvo contadísimas excepciones la mayoría de mis colegas, profesores universitarios, son personas sin lecturas ni inquietudes artísticas, siendo sus gustos en estas materias los del común de la gente ignorante. Saben lo mínimo de su área de conocimiento, y algunos ni eso. Por eso tiendo a juntarme más con los colegas de mi señora, que al ser de letras (incluso de muchas letras) tienen una conversación más amena y se aprende mucho con ellos. Porque además dominan la cultura actual, que es la principal asignatura pendiente de gran parte de los que se hacen pasar por cultos: su base de datos dejó de actualizarse en alguna década pasada (los sesenta, los setenta...) y a partir de ahí sólo son capaces de aportar al discurso topicazos simplificadores.
Pero volvamos a los culturetas de pata negra. Obviamente no les he examinado, pero estoy convencido de que todos ellos andan flojitos en el tema científico. Algunos hasta muestran un cierto desprecio por tales asuntos, convencidos de que fuera de sus aplicaciones prácticas, las cuestiones suscitadas por la ciencia no tienen demasiada trascendencia; pero la mayoría simplemente los considera demasiado complicados e incompatibles con las graves cuestiones que ocupan a su materia gris. Y no es así. Es cierto que la temática científica es inmensa y a nadie se le puede exigir un conocimiento amplio de toda ella. Sin ir más lejos, yo mismo reconozco mis deficiencias en campos tan importantes como la botánica o la geología. Pero hay conceptos fundamentales que son imprescindibles para poder comprender el mundo. Sólo en el terreno de la biología tenemos el funcionamiento celular, la transmisión del impulso nervioso, la replicación de los genes, la teoría evolutiva... Y abran hueco que viene la física.
Lo que trato de decir es que en nuestros días no cabe una interpretación del mundo puramente filosófica. El conocimiento científico sobre la materia y la vida es en este momento suficiente para dar explicaciones coherentes a cuestiones que antes se dejaban a la mera especulación. Es triste decirlo pero a la filosofía como fuente de conocimientos (no como género literario) le espera el mismo futuro que a la religión. Incluso campos donde a priori la especulación pura aún podría quedar a salvo del ataque de las ciencias, como la ética o la estética, terminarán siendo terreno de la neurociencia a medida que los comportamientos humanos vayan siendo relacionados con una determinada actividad neuronal.
Y no estamos hablando sólo de descubrimientos científicos recientes. La teoría de la evolución se propuso a mediados del siglo XIX, y los grandes hallazgos sobre los que se funda la física moderna, incluida la teoría cuántica, son de principios del XX. O sea que han tenido ya rodaje y tiempo para ser verificados. Y sin embargo se siguen desdeñando en el sistema educativo y entre la gente culta, a veces en favor de teorías ya anticuadas cuando no totalmente falsas. Porque los conceptos de la física moderna nos podrán parecer muy abstrusos e inaccesibles sin una fuerte base matemática; pero fue Einstein quien dijo que “la mayoría de las ideas fundamentales de la ciencia son esencialmente simples y pueden, como regla, ser expresadas en un lenguaje comprensible a todo el mundo”. Precisamente estos días ando enfrascado en un libro titulado “Quantum Theory Cannot Hurt You” en el que todos esos fenómenos disparatados que suceden a nivel atómico se explican de modo ameno y sin fórmulas matemáticas. Y resulta que el mundo cuántico, con sus partículas que aparecen y desaparecen a voluntad, con sus átomos que están en dos lugares a la vez, es el fundamento de la materia: es el mundo real. Y que lo que nosotros consideramos realidad, el mundo que conocemos, es sólo una excepción creada precisamente por nuestra presencia. Así que ya me dirán ustedes si es trascendente o no la ciencia.
Philip Glass - Knee Play 1 (de Einstein on the Beach, 1976)
Que hay gente de ciencia inculta y hasta semianalfabeta es algo que cualquiera que conozca un poco el medio no osará poner en duda. Por hablar sólo de mi entorno laboral, salvo contadísimas excepciones la mayoría de mis colegas, profesores universitarios, son personas sin lecturas ni inquietudes artísticas, siendo sus gustos en estas materias los del común de la gente ignorante. Saben lo mínimo de su área de conocimiento, y algunos ni eso. Por eso tiendo a juntarme más con los colegas de mi señora, que al ser de letras (incluso de muchas letras) tienen una conversación más amena y se aprende mucho con ellos. Porque además dominan la cultura actual, que es la principal asignatura pendiente de gran parte de los que se hacen pasar por cultos: su base de datos dejó de actualizarse en alguna década pasada (los sesenta, los setenta...) y a partir de ahí sólo son capaces de aportar al discurso topicazos simplificadores.
Pero volvamos a los culturetas de pata negra. Obviamente no les he examinado, pero estoy convencido de que todos ellos andan flojitos en el tema científico. Algunos hasta muestran un cierto desprecio por tales asuntos, convencidos de que fuera de sus aplicaciones prácticas, las cuestiones suscitadas por la ciencia no tienen demasiada trascendencia; pero la mayoría simplemente los considera demasiado complicados e incompatibles con las graves cuestiones que ocupan a su materia gris. Y no es así. Es cierto que la temática científica es inmensa y a nadie se le puede exigir un conocimiento amplio de toda ella. Sin ir más lejos, yo mismo reconozco mis deficiencias en campos tan importantes como la botánica o la geología. Pero hay conceptos fundamentales que son imprescindibles para poder comprender el mundo. Sólo en el terreno de la biología tenemos el funcionamiento celular, la transmisión del impulso nervioso, la replicación de los genes, la teoría evolutiva... Y abran hueco que viene la física.
Lo que trato de decir es que en nuestros días no cabe una interpretación del mundo puramente filosófica. El conocimiento científico sobre la materia y la vida es en este momento suficiente para dar explicaciones coherentes a cuestiones que antes se dejaban a la mera especulación. Es triste decirlo pero a la filosofía como fuente de conocimientos (no como género literario) le espera el mismo futuro que a la religión. Incluso campos donde a priori la especulación pura aún podría quedar a salvo del ataque de las ciencias, como la ética o la estética, terminarán siendo terreno de la neurociencia a medida que los comportamientos humanos vayan siendo relacionados con una determinada actividad neuronal.
Y no estamos hablando sólo de descubrimientos científicos recientes. La teoría de la evolución se propuso a mediados del siglo XIX, y los grandes hallazgos sobre los que se funda la física moderna, incluida la teoría cuántica, son de principios del XX. O sea que han tenido ya rodaje y tiempo para ser verificados. Y sin embargo se siguen desdeñando en el sistema educativo y entre la gente culta, a veces en favor de teorías ya anticuadas cuando no totalmente falsas. Porque los conceptos de la física moderna nos podrán parecer muy abstrusos e inaccesibles sin una fuerte base matemática; pero fue Einstein quien dijo que “la mayoría de las ideas fundamentales de la ciencia son esencialmente simples y pueden, como regla, ser expresadas en un lenguaje comprensible a todo el mundo”. Precisamente estos días ando enfrascado en un libro titulado “Quantum Theory Cannot Hurt You” en el que todos esos fenómenos disparatados que suceden a nivel atómico se explican de modo ameno y sin fórmulas matemáticas. Y resulta que el mundo cuántico, con sus partículas que aparecen y desaparecen a voluntad, con sus átomos que están en dos lugares a la vez, es el fundamento de la materia: es el mundo real. Y que lo que nosotros consideramos realidad, el mundo que conocemos, es sólo una excepción creada precisamente por nuestra presencia. Así que ya me dirán ustedes si es trascendente o no la ciencia.
Philip Glass - Knee Play 1 (de Einstein on the Beach, 1976)
jueves, 5 de julio de 2012
El libro que todos deben leer
Así que seguiremos con los libros. Y no con una marcianada más de las habituales, sino con uno de obligada lectura. Y creo que es la primera vez que cometo en este blog la ordinariez de decirles que se lean un libro, y espero que sea también la última; pero en este caso asumo el riesgo. Y estén seguros de que si lo hago es sólo por su bien. Bueno, el libro en cuestión se llama Bad Science y su autor, Ben Goldacre, es médico y columnista para asuntos científicos de The Guardian. Goldacre tiene también un blog con el mismo título, aunque últimamente lo actualiza incluso menos que yo él mío, que ya es decir. En cuanto al libro, tiene ya unos años, pero aquí seguimos fieles a la costumbre de distanciarnos de la actualidad. Creo que hay edición española aunque yo comento sobre la original inglesa. El libro trata de ciencia pero también de salud. Concretamente del modo en que los temas científicos relacionados con la salud son presentados en los medios de comunicación. Porque no se confundan: quizás hoy la prensa hable mucho de física a raíz del hallazgo del bosón de Higgs, y hasta haya salido un prelado tranquilizando a los creyentes y asegurándoles que la dichosa partícula no tiene suficiente masa como para conmover los cimientos del dogma. Pero la mayoría de las noticias sobre ciencia que publican los periódicos están relacionadas con la medicina. Y el problema es que su enfoque suele ser, casi siempre, desorientador y sensacionalista. Goldacre lo atribuye sobre todo a la incompetencia de los redactores, personas de letras que piensan que los hallazgos científicos son ideas brillantes que surgen de pronto de la mente de señores con muchos títulos académicos; en lugar de considerarlos la conclusión de numerosos experimentos que tratan de descartar que los resultados obtenidos se deban al azar. Y claro, así les cuelan lo más grande.
Por sus páginas pasan muchas de las técnicas y teorías que tratan de vendernos como ciencia sin serlo: las dietas antioxidantes, la homeopatía, la cosmética antienvejecimiento o las “energías naturales” en sus múltiples acepciones. Y salen a la luz las prácticas torticeras y los mensajes engañosos que emplean sus promotores para llegar al gran público, sabiendo que si lo adoban todo con un lenguaje vagamente científico y lo decoran con un par de testimonios reales la industria periodística les hará la campaña publicitaria gratis. Casi todos los ejemplos están sacados de la prensa británica, y de algunos de los más polémicos en su momento como la pretendida relación del autismo con la vacuna triple vírica aquí apenas se supo, pero el escenario es extrapolable a los medios de nuestro país.
El libro es muy ameno y divertido por el modo en que ridiculiza y da caña a todos los implicados, citados casi siempre con nombres y apellidos. Pero sobre todo es muy didáctico, ya que explica con un lenguaje asequible incluso a los periodistas y demás gente de letras en qué consiste el método científico. Aplicado a las ciencias biomédicas, se describe con gran claridad lo que es un ensayo clínico, el famoso efecto placebo y su importancia, o las razones en las que nos basamos para recomendar una determinada intervención terapéutica y rechazar otra. Yo ya tengo pensado recomendarlo el año que viene a mis alumnos en lugar de todos esos tratados y manuales que luego ni los abren. Que aprendan por lo menos algo útil.
Jorge Ben – Os Alquimistas Estão Chegando Os Alquimistas (1974)
lunes, 25 de junio de 2012
Un erasmus de tiempos de Erasmo
Seguimos sin cambiar demasiado de tema con un curioso libro que acabo de terminar: el diario de Félix Platter, un estudiante de Medicina del siglo XVI. Y no sólo por lo que cuenta de la enseñanza de esta ciencia en el Renacimiento, que también, sino sobre todo por el retrato que dibuja de la Europa de su tiempo, una imagen sorprendente de un continente mucho más unido e integrado de lo que pudiéramos pensar. El título que el editor ha dado al volumen, Beloved son Felix, encabezamiento de las cartas que le escribiría su padre no se corresponde con su contenido que, como ya he dicho, es el extracto del diario que dejó escrito de sus días de estudiantes.
Félix era suizo, de Basilea, también otro centro intelectual de primera magnitud en aquellos años; y sin embargo su padre decide enviarlo a estudiar a Montpellier de la Francia, por considerar que aquella Universidad tenía mayor prestigio en la enseñanza de la Medicina. Al mismo tiempo, otros estudiantes, todos hijos de ricos mercaderes, hacían el viaje contrario, lo que daba lugar a un curiosísimo sistema de intercambio. Y es que los mercaderes utilizaban su red comercial de viajantes para sellar contratos de hospedaje y mantenimiento con otros padres de estudiantes en idéntica tesitura. Que en este siglo habremos inventado muchas cosas de tipo técnico, pero la mayoría de las relacionadas con el comercio y el trato social son más viejas que el hilo negro. Por otro lado, esa Europa asolada por pestes y guerras es un continuo ir y venir de viajeros, soldados, estudiantes, comerciantes y peregrinos. De hecho Félix no para de encontrarse con conocidos de su pueblo de los que recibe noticias de su familia y a quienes entrega cartas para los suyos. Que suelen consistir, como las de los estudiantes de cualquier época, en una sarta de mentiras acerca de sus progresos académicos y en la petición urgente de más dinero.
En cuanto a la vida de estudiante, tampoco difería demasiado de la actual. Básicamente consistía en acudir a aburridísimas lecciones impartidas en latín, y reunirse luego con los colegas para beber, ir a fiestas y rondar a las mozas. De vez en cuando, y si la justicia proveía de condenados, tenían la suerte de asistir a una clase de anatomía en la facultad, pero en la mayoría de los casos los cadáveres debían obtenerlos por los medios que ya se pueden imaginar y practicar las disecciones a escondidas. En cierta ocasión hasta hubieron de escapar por piernas de los monjes custodios del cementerio donde llevaban a cabo sus exhumaciones que les recibieron a ballestazo limpio. Nuestro amigo Félix tenía el problema añadido de su protestantismo, que le era tolerado en la católica Montpellier por ser de nación suiza, imagino que por no cargarse el negocio de los erasmus centroeuropeos. No obstante, vivir en una ciudad donde la quema de herejes era uno de los espectáculos educativos cotidianos no debía ser demasiado tranquilizador. El libro contiene también una de las primeras descripciones históricas de una huelga de estudiantes; para reivindicar, pásmense ustedes, que los negligentes profesores impatieran todas las clases por las que habían pagado. Ya les digo que eran otros tiempos.
Kayne West - Good Morning (2007)
Félix era suizo, de Basilea, también otro centro intelectual de primera magnitud en aquellos años; y sin embargo su padre decide enviarlo a estudiar a Montpellier de la Francia, por considerar que aquella Universidad tenía mayor prestigio en la enseñanza de la Medicina. Al mismo tiempo, otros estudiantes, todos hijos de ricos mercaderes, hacían el viaje contrario, lo que daba lugar a un curiosísimo sistema de intercambio. Y es que los mercaderes utilizaban su red comercial de viajantes para sellar contratos de hospedaje y mantenimiento con otros padres de estudiantes en idéntica tesitura. Que en este siglo habremos inventado muchas cosas de tipo técnico, pero la mayoría de las relacionadas con el comercio y el trato social son más viejas que el hilo negro. Por otro lado, esa Europa asolada por pestes y guerras es un continuo ir y venir de viajeros, soldados, estudiantes, comerciantes y peregrinos. De hecho Félix no para de encontrarse con conocidos de su pueblo de los que recibe noticias de su familia y a quienes entrega cartas para los suyos. Que suelen consistir, como las de los estudiantes de cualquier época, en una sarta de mentiras acerca de sus progresos académicos y en la petición urgente de más dinero.
En cuanto a la vida de estudiante, tampoco difería demasiado de la actual. Básicamente consistía en acudir a aburridísimas lecciones impartidas en latín, y reunirse luego con los colegas para beber, ir a fiestas y rondar a las mozas. De vez en cuando, y si la justicia proveía de condenados, tenían la suerte de asistir a una clase de anatomía en la facultad, pero en la mayoría de los casos los cadáveres debían obtenerlos por los medios que ya se pueden imaginar y practicar las disecciones a escondidas. En cierta ocasión hasta hubieron de escapar por piernas de los monjes custodios del cementerio donde llevaban a cabo sus exhumaciones que les recibieron a ballestazo limpio. Nuestro amigo Félix tenía el problema añadido de su protestantismo, que le era tolerado en la católica Montpellier por ser de nación suiza, imagino que por no cargarse el negocio de los erasmus centroeuropeos. No obstante, vivir en una ciudad donde la quema de herejes era uno de los espectáculos educativos cotidianos no debía ser demasiado tranquilizador. El libro contiene también una de las primeras descripciones históricas de una huelga de estudiantes; para reivindicar, pásmense ustedes, que los negligentes profesores impatieran todas las clases por las que habían pagado. Ya les digo que eran otros tiempos.
Kayne West - Good Morning (2007)
viernes, 1 de junio de 2012
The Witch Cult in Western Europe
La primera vez que tuve noticia de este libro fue hace mucho tiempo y en Lovecraft, un escritor del que era muy fan allá por mi adolescencia. Primero en El horror de Red Hook, y luego en La llamada de Cthulhu, aparece citado como una de esas lecturas poco recomendables que se encuentran en las habitaciones de los desdichados que caen en la locura por tratar de desvelar secretos que mejor que hubieran permanecido ocultos. Aunque en este caso, y sorprendentemente, el libro no era un producto de la imaginación del autor como el archifamoso Necronomicon, sino real y escrito por una antropóloga británica llamada Margaret Murray. Ya avisaba de este hecho Rafael Llopis en su estudio introductorio a Los Mitos de Cthulhu que editara Alianza, y desde que me enteré lo estuve buscando, imaginando que contendría historias jugosas de aquelarres y otras brujerías. Y ahora que casualmente lo he encontrado en la web del Proyecto Gutenberg, les puedo decir que se trata de un trabajo eminentemente académico pero que gustará también a los amantes de lo esotérico y lo siniestro.
Margaret Alice Murray nació en Calcuta en 1863 y murió a la avanzada edad de cien años. Fue discípula del famoso egiptólogo Sir Flinders Petrie, y una autoridad ella misma en ese campo. Y ahora un inciso: si van a Londres y quieren visitar un museo fascinante y al mismo tiempo desconocido, vayan al Museo Petrie. Es dificilísimo de encontrar, pues está situado en la segunda planta de un edificio de la University College London sin apenas indicaciones. Y más que un museo es una colección científica, con vitrinas en las que se acumulan como en un rastrillo miles de objetos del Antiguo Egipto, desde simples trozos de cerámica hasta momias y sarcófagos, todos identificados con sencillas fichas de papel. Reconozco que puede ser una experiencia agotadora, pero vale la pena aunque sólo sea por ver cómo se exponían los hallazgos arqueológicos antes de que los museos se convirtieran en parques temáticos para niños. Y aprovecho para introducir una segunda digresión dentro de ésta: Petrie, como tantos sabios de su tiempo, era un ferviente partidario de la eugenesia y por ende un tanto racista. Tanto que, cuando falleció en Palestina en 1942 mientras participaba en una misión arqueológica, dejó dispuesto que su cabeza fuera enviada a Londres para que pudieran estudiar el cerebro de un auténtico genio británico. Lamentablemente la situación bélica del momento, con el mariscal Rommel amenazando las vías de comunicación, impidieron el traslado de tan privilegiado cráneo, que quedó en Jerusalén conservado en formol. Las condiciones no debieron de ser las óptimas porque cuando acabada la guerra finalmente llegó a Londres (en un paquete con la etiqueta de "antigüedad") nadie reconoció en aquella cabeza al ilustre profesor Petrie, que parecía haberse vuelto mucho más joven y hasta incluso (horror!) de raza semítica. La cabeza se sigue guardando en el Royal College of Surgeons (otro museo muy recomendable) aunque no se muestra a las visitas. Pero volvamos a Murray y su libro.
La tesis que defiende The Witch Cult, que como su título indica no tiene nada que ver con la Egiptología, se podría resumir del siguiente modo: Los rituales descritos en los procesos de brujería celebrados en toda Europa desde la Alta Edad Media hasta el siglo XVIII corresponden a los restos de una religión agraria neolítica, confundida por los colonizadores romanos con el culto a Diana, que sobrevivió en el ámbito rural a los sucesivos intentos cristianos de erradicarla. A muchos les sonará el tema de películas como The Wicker Man (1973), y de hecho en nuestros días esta misma teoría, con algunas variaciones, ha sido recuperada por autores como Carlo Ginzburg quien en su Historia Nocturna interpreta el aquelarre bajo un prisma similar. Y es que el libro fue muy popular en su momento, contribuyendo a sentar las bases del moderno movimiento neopagano en las Islas Británicas. Sin embargo, la acogida que le dispensaron sus colegas científicos distó mucho de ser tan entusiasta. Y en honor a la verdad hay que decir que no les faltaba razón. Y es que, siempre a juicio de los críticos, Murray comete errores metodológicos de principiante. El primero, aceptar como hechos verídicos los recogidos por los inquisidores en los procesos por brujería, sin tener el cuenta la capacidad de fabulación de los reos y el grado de manipulación interesada a que pudieran haber sido sometidos. Y el segundo, aún más grave, emplear en su pesquisa la táctica denominada cherry picking, que consiste en usar sólo aquellos datos que apoyan la tesis defendida, descartando los desfavorables. Esto último es algo bastante frecuente en el ámbito científico - elaborar primero la teoría y seleccionar luego los datos que la respaldan - y de hecho en su momento se acusó de lo mismo a Sir James Frazier, aunque ningún erudito tuviera los redaños de desmontar críticamente los doce tomos de La Rama Dorada.
Y ya que hablamos de Frazier hay que decir que Murray fue una fervorosa defensora de su conocida teoría del rey sagrado, casado con la diosa (o su representante terrestre) y sacrificado periódicamente en un rito de fertilidad; tanto que llegó a explicar todas las muertes violentas acaecidas en el trono inglés, que no fueron pocas, en clave de asesinatos rituales. Huelga decir que semejante interpretación conspiranoica de la Historia no le hizo ganarse precisamente la confianza del sector académico más ortodoxo. Como tampoco su conclusión, sostenida con pinzas, de que Juana de Arco y Gilles de Rais, amén de otros conspicuos personajes históricos, eran todos ellos fieles seguidores de la antigua religión.
Críticas aparte, se trata un libro muy interesante y ameno; ya saben, aquello de que si non e vero e ben trovato. Sobre todo porque está construido sobre testimonios de primera mano, lo que lo convierte en un precioso documento acerca de la vida cotidiana de las brujas en la vieja Europa. El problema es que las citas de los procesos por brujería, que ocupan una parte importante de sus páginas, son transcritas literalmente. Y aunque el inglés antiguo se entiende sin demasiado esfuerzo, cuando el sumario de la causa está redactado en dialecto escocés, en francés o incluso en alemán, y no se cuenta con el consuelo de una traducción, la cosa se complica. Pero bueno, tampoco entendemos la mayoría de las veces lo que escribe Cesar Antonio Molina, y a pesar de ello, poniendo un poco de buena voluntad, nos hacemos una idea de lo que quiere contar. Pues algo así.
The Incredible String Band - Witches Hat (1968)
Margaret Alice Murray nació en Calcuta en 1863 y murió a la avanzada edad de cien años. Fue discípula del famoso egiptólogo Sir Flinders Petrie, y una autoridad ella misma en ese campo. Y ahora un inciso: si van a Londres y quieren visitar un museo fascinante y al mismo tiempo desconocido, vayan al Museo Petrie. Es dificilísimo de encontrar, pues está situado en la segunda planta de un edificio de la University College London sin apenas indicaciones. Y más que un museo es una colección científica, con vitrinas en las que se acumulan como en un rastrillo miles de objetos del Antiguo Egipto, desde simples trozos de cerámica hasta momias y sarcófagos, todos identificados con sencillas fichas de papel. Reconozco que puede ser una experiencia agotadora, pero vale la pena aunque sólo sea por ver cómo se exponían los hallazgos arqueológicos antes de que los museos se convirtieran en parques temáticos para niños. Y aprovecho para introducir una segunda digresión dentro de ésta: Petrie, como tantos sabios de su tiempo, era un ferviente partidario de la eugenesia y por ende un tanto racista. Tanto que, cuando falleció en Palestina en 1942 mientras participaba en una misión arqueológica, dejó dispuesto que su cabeza fuera enviada a Londres para que pudieran estudiar el cerebro de un auténtico genio británico. Lamentablemente la situación bélica del momento, con el mariscal Rommel amenazando las vías de comunicación, impidieron el traslado de tan privilegiado cráneo, que quedó en Jerusalén conservado en formol. Las condiciones no debieron de ser las óptimas porque cuando acabada la guerra finalmente llegó a Londres (en un paquete con la etiqueta de "antigüedad") nadie reconoció en aquella cabeza al ilustre profesor Petrie, que parecía haberse vuelto mucho más joven y hasta incluso (horror!) de raza semítica. La cabeza se sigue guardando en el Royal College of Surgeons (otro museo muy recomendable) aunque no se muestra a las visitas. Pero volvamos a Murray y su libro.
La tesis que defiende The Witch Cult, que como su título indica no tiene nada que ver con la Egiptología, se podría resumir del siguiente modo: Los rituales descritos en los procesos de brujería celebrados en toda Europa desde la Alta Edad Media hasta el siglo XVIII corresponden a los restos de una religión agraria neolítica, confundida por los colonizadores romanos con el culto a Diana, que sobrevivió en el ámbito rural a los sucesivos intentos cristianos de erradicarla. A muchos les sonará el tema de películas como The Wicker Man (1973), y de hecho en nuestros días esta misma teoría, con algunas variaciones, ha sido recuperada por autores como Carlo Ginzburg quien en su Historia Nocturna interpreta el aquelarre bajo un prisma similar. Y es que el libro fue muy popular en su momento, contribuyendo a sentar las bases del moderno movimiento neopagano en las Islas Británicas. Sin embargo, la acogida que le dispensaron sus colegas científicos distó mucho de ser tan entusiasta. Y en honor a la verdad hay que decir que no les faltaba razón. Y es que, siempre a juicio de los críticos, Murray comete errores metodológicos de principiante. El primero, aceptar como hechos verídicos los recogidos por los inquisidores en los procesos por brujería, sin tener el cuenta la capacidad de fabulación de los reos y el grado de manipulación interesada a que pudieran haber sido sometidos. Y el segundo, aún más grave, emplear en su pesquisa la táctica denominada cherry picking, que consiste en usar sólo aquellos datos que apoyan la tesis defendida, descartando los desfavorables. Esto último es algo bastante frecuente en el ámbito científico - elaborar primero la teoría y seleccionar luego los datos que la respaldan - y de hecho en su momento se acusó de lo mismo a Sir James Frazier, aunque ningún erudito tuviera los redaños de desmontar críticamente los doce tomos de La Rama Dorada.
Y ya que hablamos de Frazier hay que decir que Murray fue una fervorosa defensora de su conocida teoría del rey sagrado, casado con la diosa (o su representante terrestre) y sacrificado periódicamente en un rito de fertilidad; tanto que llegó a explicar todas las muertes violentas acaecidas en el trono inglés, que no fueron pocas, en clave de asesinatos rituales. Huelga decir que semejante interpretación conspiranoica de la Historia no le hizo ganarse precisamente la confianza del sector académico más ortodoxo. Como tampoco su conclusión, sostenida con pinzas, de que Juana de Arco y Gilles de Rais, amén de otros conspicuos personajes históricos, eran todos ellos fieles seguidores de la antigua religión.
Críticas aparte, se trata un libro muy interesante y ameno; ya saben, aquello de que si non e vero e ben trovato. Sobre todo porque está construido sobre testimonios de primera mano, lo que lo convierte en un precioso documento acerca de la vida cotidiana de las brujas en la vieja Europa. El problema es que las citas de los procesos por brujería, que ocupan una parte importante de sus páginas, son transcritas literalmente. Y aunque el inglés antiguo se entiende sin demasiado esfuerzo, cuando el sumario de la causa está redactado en dialecto escocés, en francés o incluso en alemán, y no se cuenta con el consuelo de una traducción, la cosa se complica. Pero bueno, tampoco entendemos la mayoría de las veces lo que escribe Cesar Antonio Molina, y a pesar de ello, poniendo un poco de buena voluntad, nos hacemos una idea de lo que quiere contar. Pues algo así.
The Incredible String Band - Witches Hat (1968)
lunes, 16 de abril de 2012
London Rules
De vuelta de nuestro breve viaje a Londres me he retrasado algunos días en presentar la crónica por motivos laborales pero ya estoy en ello. Y antes que nada, admiren los espléndidos días primaverales de los que hemos disfrutado mientras aquí en el sur los capillitas maldecían a sus santos por aguarles la fiesta, clara muestra de que nunca llueve a gusto de todos. Obviamente también tuvimos nuestros días nublados y lluviosos, que tratándose de Londres es lo que se espera, pero este año están escaseando y suenan las alarmas porque los expertos ya hablan claramente de sequía, palabra que muchos británicos han debido mirar en el diccionario para enterarse de su significado. Los dioses del tiempo, que están locos.
Este viaje también pasará a mis anales, que de momento residen en este blog, como el del descubrimiento de la cocina inglesa. Porque, quién ha dicho que la cocina inglesa sea mala? Pues yo, en reiteradas ocasiones y siempre por muy fundados motivos. Pero eso era antes de haber cenado en Rules. Mi señora, que ya lo conocía, estaba empeñada en llevarme y dejarse invitar, pero yo suelo ser reacio a entrar en cualquier local que presuma de ser el más antiguo de la ciudad. Por fortuna recordé a tiempo que El Rinconcillo y La Manzanilla son, respectivamente, los bujíos más viejos de Sevilla y Cádiz y no por ello dejan de ser muy recomendables; de modo que vencí mis iniciales recelos y crucé el mismo umbral que siglo y medio antes y con similares intenciones había atravesado Charles Dickens. Muy en su papel, el maitre nos hizo sufrir un rato por la osadía de presentarnos sin reserva previa, aunque al final se apiadó de nosotros y nos sentó en una coqueta mesa bajo una caricatura de Charles Laughton.
| Foto: iPhone de mi señora |
Porque Rules es un restaurante de teatreros, y sus paredes están cubiertas de los retratos de todos quienes han sido alguien en la escena londinense durante los últimos dos siglos. Y todos además han comido allí, lo cual impregna la experiencia gastronómica de un halo de leyenda. No les quiero abrumar con nombres de clientes; sólo les diré que Rules era el restaurante favorito de Lillie Langtry, la bella actriz de la que estaba platónicamente enamorado el juez Roy Bean (cuya historia, interpretada por Paul Newman, llevara a la pantalla en un delicioso western crepuscular John Houston). Y cuentan que en Rules era donde se veía Miss Langtry con su entonces amante, el Príncipe Eduardo, quien solía entrar al local por la puerta de servicio para evitar ser visto por la clientela.
Pero hablemos de la cocina, que es escandalosamente sencilla. Y es que su secreto, aparte de la bondad de las materias primas, es el cuidado en la cocción. Mi señora hablaba maravillas del roast-beef que probara en cierta ocasión, pero ese día no lo tenían en carta, de modo que pedimos cordero y pato. Y les explico: ese magret de pato que sirven en los restaurantes caros de por aquí, y que suele ser un trozo de carne cruda cubierta por una piel grasienta requemada, es manifiestamente mejorable. Y es que la carne de pato puede cocinarse hasta que quede en su punto exacto conservando todo su sabor, lo que facilita mucho la masticación y posterior digestión. Y qué les voy a decir del cordero con salsa de menta. Con salsa de menta! Con lo que la ridiculizaba Goscinny en "Asterix en Bretaña"! Ya quisieran los galos haber inventado algo parecido para acompañar a la carne. Eso sí, si se fían de mi buen gusto y deciden cenar una noche en Rules, vayan asumiendo que se les irá en ello el presupuesto completo de un día y medio de vacaciones. Ya es cuestión de las prioridades de cada uno.
Y, hablando de otras cosas, les comento también que aproveché los trayectos en avión, las esperas en los aeropuertos y los trenes lanzaderas para leer "Viajes en autobús" de Josep Pla, los textos que escribiera contando sus viajes por el Maresme y el Ampurdán en aquellas tartanas con gasógeno de la posguerra cargadas hasta el techo de paisanos y gallináceas. E imagino que en aquellos años viajar en avión se consideraría como el súmmum del lujo y la comodidad. Y sin embargo ahora, frente a los confortables trenes y autobuses de que disponemos, la experiencia del viajero en aeropuertos y aviones es una secuencia de humillaciones e incomodidades. La vida a veces da vueltas inesperadas.
Y viene en la primera página del libro una declaración de intenciones de su autor, con la que en cierto modo me identifico, y créanme que me preocupa:
Hasta ahora he tenido la desgracia de no poder presentar a mis lectores un libro sobre algún país remoto, exótico y extraordinario. En mis libros no hay mosquitos, ni leones ni chacales, ni objeto alguno sorprendente o raro. Confieso sentir, por otra parte, poca afición por el exotismo. Mi heroísmo y bravura son escasos. Me gustan los países civilizados.
Porque es cierto que en este momento no nos apetece viajar a países donde haya leones o mosquitos anofeles, más no por eso se ha apagado nuestra pasión por lo exótico. O acaso hay algo más exótico que Martin Denny?
miércoles, 4 de abril de 2012
Lost Rivers of London
La primera noticia que tuve de los ríos perdidos de Londres fue en un disco de Coil. La canción aparecía cerrando el Unnatural History III, tercer volumen de una serie que recopilaba temas comercializados en ediciones limitadas o difíciles de encontrar. Según la información del cuadernillo, Lost Rivers of London fue su aportación a un disco doble llamado "Succour", un trabajo colectivo para apoyar a la revista musical Ptolemaic Terrascope. Y debieron de cogerle cariño porque la recuperaron para la edición en vinilo de A Thousand Lights In A Darkened Room de Black Light District, un proyecto paralelo que no tuvo continuidad. La canción la volví a encontrar otra vez en el CD que acompañaba al libro England Hidden Reverse de David Keenan, colaborador de The Wire de quien ya hemos hablado aquí en alguna ocasión, un análisis de la historia de los tres grupos que mejor definen la corriente esotérica en el underground musical británico a partir de los ochenta: Current 93, Nurse With Wound y Coil. En ese libro Drew McDowall, colaborador en el proyecto Black Light District, comentaba que por aquel tiempo el grupo estaba obsesionado con el tema de los ríos perdidos, que ellos percibían como arterias latiendo bajo el suelo de la ciudad; lo que no es de extrañar conociendo la extraordinaria cantidad (y variedad) de psicotropos que solían consumir. Además nos enteramos de que el título de la canción estaba tomado de un libro sobre el tema de Nicholas Barton.
Hace unos veranos encontré una copia del libro de Barton en la biblioteca de la casa londinense en la que nos alojamos y tuve ocasión de leerlo. Ahí fue donde descubrí la existencia del Fleet, del Westbourne, del Effra, del Walbrook, del Tyburn, y de tantos otros afluentes que cruzaban la ciudad para acabar desaguando en el Támesis. La mayoría no llegaban a arroyuelos, pero otros como el Fleet tenían calado suficiente para permitir que subieran barcos. Todos estos ríos acabaron siendo enterrados cuando dejaron de ser necesarios en el devenir de la ciudad para covertirse en pestilentes cloacas al aire libre, perdiéndose con el tiempo la memoria exacta de sus cauces. No obstante siguieron imponiendo su presencia en la geografía de la ciudad, marcando el curso de las calles, los parques o las líneas de metro. Incluso, como habrían dicho Coil y quien crean en tales cosas, en su psicogeografía. Por ejemplo, en el libro de Barton se cita otro de un tal G.W. Lambert titulado "The Geography of London Ghosts" en el que se afirma que la mayoría de los fenómenos paranormales detectados en Londres tienen lugar en la cercanía de antiguos cursos de agua.
Todo esto me lo ha traído a la memoria el último libro que acabo de leer: "London Under: The secret history beneath de streets" de Peter Ackroyd, en el que no sólo se describen los ríos perdidos, sino todo el laberíntico entramado de túneles y pasadizos que horadan literalmente el subsuelo de la ciudad, incluyendo líneas y estaciones de metro abandonadas, faraónicos proyectos de ingeniería inconclusos o la intrincada red de búnkeres del gobierno de Su Majestad. Pero volviendo a los ríos perdidos, yo también he debido de caer presa de su hechizo pues recientemente me compré otro libro sobre el tema: "London's Lost Rivers. A Walker's Guide" de Tom Bolton, que, como su título indica, son rutas a pie por la ciudad siguiendo el trayecto de los ríos perdidos a partir de las referencias que aún pueden encontrarse en la superficie.
Y aquí un brevísimo inciso: no me digan que no sería interesante que alguien hiciera lo mismo con los ríos perdidos sevillanos, con el Tagarete o el Tamarguillo. Al menos para quienes debemos dar a diario largos paseos por prescripción facultativa. Y es que, para ser una ciudad que tanto se mira el ombligo, es sorprendente la poca información que existe sobre cursos de agua que hace unas décadas aún provocaban inundaciones. Quizás esta falta de interés se deba a que en Sevilla la solución no fue convertirlos en corrientes subterráneas sino desviar sus cauces. En cualquier caso, confío en poder realizar algún día las rutas descritas en el libro de Bolton, para lo cual tendría que ir a Londres sin ningún plan preestablecido y con tiempo de sobra por delante; y no como esta vez.
Para que se consuelen durante mi ausencia, les dejo con el tema de Coil que da título al post. La letra se basa en textos de Hubert Crackanthorpe, escritor inglés de la escuela naturalista cuya azarosa vida y misteriosa muerte también merecerían una entrada en el blog. Aunque tendrá que ser en otra ocasión porque ésta ya se está alargando en exceso.
Coil - Lost Rivers of London (1996)
Hace unos veranos encontré una copia del libro de Barton en la biblioteca de la casa londinense en la que nos alojamos y tuve ocasión de leerlo. Ahí fue donde descubrí la existencia del Fleet, del Westbourne, del Effra, del Walbrook, del Tyburn, y de tantos otros afluentes que cruzaban la ciudad para acabar desaguando en el Támesis. La mayoría no llegaban a arroyuelos, pero otros como el Fleet tenían calado suficiente para permitir que subieran barcos. Todos estos ríos acabaron siendo enterrados cuando dejaron de ser necesarios en el devenir de la ciudad para covertirse en pestilentes cloacas al aire libre, perdiéndose con el tiempo la memoria exacta de sus cauces. No obstante siguieron imponiendo su presencia en la geografía de la ciudad, marcando el curso de las calles, los parques o las líneas de metro. Incluso, como habrían dicho Coil y quien crean en tales cosas, en su psicogeografía. Por ejemplo, en el libro de Barton se cita otro de un tal G.W. Lambert titulado "The Geography of London Ghosts" en el que se afirma que la mayoría de los fenómenos paranormales detectados en Londres tienen lugar en la cercanía de antiguos cursos de agua.
Todo esto me lo ha traído a la memoria el último libro que acabo de leer: "London Under: The secret history beneath de streets" de Peter Ackroyd, en el que no sólo se describen los ríos perdidos, sino todo el laberíntico entramado de túneles y pasadizos que horadan literalmente el subsuelo de la ciudad, incluyendo líneas y estaciones de metro abandonadas, faraónicos proyectos de ingeniería inconclusos o la intrincada red de búnkeres del gobierno de Su Majestad. Pero volviendo a los ríos perdidos, yo también he debido de caer presa de su hechizo pues recientemente me compré otro libro sobre el tema: "London's Lost Rivers. A Walker's Guide" de Tom Bolton, que, como su título indica, son rutas a pie por la ciudad siguiendo el trayecto de los ríos perdidos a partir de las referencias que aún pueden encontrarse en la superficie.
Y aquí un brevísimo inciso: no me digan que no sería interesante que alguien hiciera lo mismo con los ríos perdidos sevillanos, con el Tagarete o el Tamarguillo. Al menos para quienes debemos dar a diario largos paseos por prescripción facultativa. Y es que, para ser una ciudad que tanto se mira el ombligo, es sorprendente la poca información que existe sobre cursos de agua que hace unas décadas aún provocaban inundaciones. Quizás esta falta de interés se deba a que en Sevilla la solución no fue convertirlos en corrientes subterráneas sino desviar sus cauces. En cualquier caso, confío en poder realizar algún día las rutas descritas en el libro de Bolton, para lo cual tendría que ir a Londres sin ningún plan preestablecido y con tiempo de sobra por delante; y no como esta vez.
Para que se consuelen durante mi ausencia, les dejo con el tema de Coil que da título al post. La letra se basa en textos de Hubert Crackanthorpe, escritor inglés de la escuela naturalista cuya azarosa vida y misteriosa muerte también merecerían una entrada en el blog. Aunque tendrá que ser en otra ocasión porque ésta ya se está alargando en exceso.
Coil - Lost Rivers of London (1996)
lunes, 19 de marzo de 2012
Don Marcelino y las Cortes
Hay libros a los que uno vuelve regularmente aunque el peso de los por leer amenace cada vez más con hundir la estantería. En mi caso, uno de estos clásicos de cabecera es la Historia de los Heterodoxos Españoles de Don Marcelino Menéndez Pelayo. La obra cumbre del pensamiento reaccionario español alberga en sus páginas tanta erudición y un castellano tan bello que sus diatribas contra todos los principios que solemos defender se leen paradójicamente con un enorme placer. Por razones obvias he vuelto a releer (y no es un pleonasmo) el capítulo que Don Marcelino dedica a las Cortes de Cádiz, institución por la que no mostraba ningún aprecio. Vean si no lo que decía de ellas:
Tal fue la obra de aquellas Cortes, ensalzadas hasta hoy con pasión harta, y aún más dignas de acre censura que por lo que hicieron y consintieron, por los efectos próximos y remotos de lo uno y de lo otro. Fruto de todas las tendencias desorganizadoras del siglo XVIII, en ella fermentó, reduciéndose a leyes, el espíritu de la Enciclopedia y del Contrato social. Herederas de todas las tradiciones del antiguo regalismo jansenista, acabado de corromper y malear por la levadura volteriana, llevaron hasta el más ciego furor y ensañamiento la hostilidad contra la Iglesia, persiguiéndola en sus ministros y atropellándola en su inmunidad. Vuelta la espalda a las antiguas leyes españolas y desconociendo en absoluto el valor del elemento histórico y tradicional, fantasearon, quizá con generosas intenciones, una Constitución abstracta e inaplicable, que el más leve viento había de derribar. Ciegos y sordos al querer y al sentir del pueblo que decían representar, tuvieron por mejor, en su soberbia de utopistas e ideólogos solitarios, entronizar el ídolo de sus vagas lecturas y quiméricas meditaciones que insistir en los vestigios de los pasados, y tomar luz y guía en la conciencia nacional. Huyeron sistemáticamente de lo antiguo, fabricaron alcázares en el viento, y si algo de su obra quedó, no fue ciertamente la parte positiva y constituyente, sino las ruinas que en torno de ella amontonaron. Gracias a aquellas reformas quedó España dividida en dos bandos iracundos e irreconciliables: llegó en alas de la imprenta libre, hasta los últimos confines de la Península, la voz de sedición contra el orden sobrenatural lanzada por los enciclopedistas franceses, dieron calor y fomento el periodismo y las sociedades secretas a todo linaje de ruines ambiciones y osado charlatanismo de histriones y sofistas; fuese anulando por días el criterio moral y creciendo el indiferentismo religioso y, a la larga, perdido en la lucha el prestigio del trono, socavado de mil maneras el orden religioso, constituidas y fundadas las agrupaciones políticas no en principios, que generalmente no tenían, sino en odios y venganzas o en intereses y miedos, llenas las cabezas de viento y los corazones de saña, comenzó esa interminable tela de acciones y de reacciones de anarquías y dictaduras, que llena la torpe y miserable historia de España en el siglo XIX.
Y aunque se esté en absoluto desacuerdo con la opinión de Don Marcelino, hay que recordar que éste ha sido el ideario de las derechas españolas durante la mayor parte de su historia, por mucho que ahora Don Mariano, cual un Don Hilarión caletero, se pasee del brazo de la Teófila y la Soraya por la calle Ancha cantando himnos constitucionalistas. Y ya que el Bicentenario se va a celebrar sin las infraestructuras modernizadoras prometidas, convertido tan sólo en una parodia del desfile pueblerino de Bienvenido Mister Marshall con las flamencas mudadas en piconeras, habría sido el momento ideal para abrir el gran debate público, permanentemente postergado, sobre la identidad nacional, sus símbolos, sus instituciones, sus valores y su futuro. Al menos habría salido barato. Bueno, pues ni eso.
Bob Callaghan - The Flamenco Moog (1973)
Tal fue la obra de aquellas Cortes, ensalzadas hasta hoy con pasión harta, y aún más dignas de acre censura que por lo que hicieron y consintieron, por los efectos próximos y remotos de lo uno y de lo otro. Fruto de todas las tendencias desorganizadoras del siglo XVIII, en ella fermentó, reduciéndose a leyes, el espíritu de la Enciclopedia y del Contrato social. Herederas de todas las tradiciones del antiguo regalismo jansenista, acabado de corromper y malear por la levadura volteriana, llevaron hasta el más ciego furor y ensañamiento la hostilidad contra la Iglesia, persiguiéndola en sus ministros y atropellándola en su inmunidad. Vuelta la espalda a las antiguas leyes españolas y desconociendo en absoluto el valor del elemento histórico y tradicional, fantasearon, quizá con generosas intenciones, una Constitución abstracta e inaplicable, que el más leve viento había de derribar. Ciegos y sordos al querer y al sentir del pueblo que decían representar, tuvieron por mejor, en su soberbia de utopistas e ideólogos solitarios, entronizar el ídolo de sus vagas lecturas y quiméricas meditaciones que insistir en los vestigios de los pasados, y tomar luz y guía en la conciencia nacional. Huyeron sistemáticamente de lo antiguo, fabricaron alcázares en el viento, y si algo de su obra quedó, no fue ciertamente la parte positiva y constituyente, sino las ruinas que en torno de ella amontonaron. Gracias a aquellas reformas quedó España dividida en dos bandos iracundos e irreconciliables: llegó en alas de la imprenta libre, hasta los últimos confines de la Península, la voz de sedición contra el orden sobrenatural lanzada por los enciclopedistas franceses, dieron calor y fomento el periodismo y las sociedades secretas a todo linaje de ruines ambiciones y osado charlatanismo de histriones y sofistas; fuese anulando por días el criterio moral y creciendo el indiferentismo religioso y, a la larga, perdido en la lucha el prestigio del trono, socavado de mil maneras el orden religioso, constituidas y fundadas las agrupaciones políticas no en principios, que generalmente no tenían, sino en odios y venganzas o en intereses y miedos, llenas las cabezas de viento y los corazones de saña, comenzó esa interminable tela de acciones y de reacciones de anarquías y dictaduras, que llena la torpe y miserable historia de España en el siglo XIX.
Y aunque se esté en absoluto desacuerdo con la opinión de Don Marcelino, hay que recordar que éste ha sido el ideario de las derechas españolas durante la mayor parte de su historia, por mucho que ahora Don Mariano, cual un Don Hilarión caletero, se pasee del brazo de la Teófila y la Soraya por la calle Ancha cantando himnos constitucionalistas. Y ya que el Bicentenario se va a celebrar sin las infraestructuras modernizadoras prometidas, convertido tan sólo en una parodia del desfile pueblerino de Bienvenido Mister Marshall con las flamencas mudadas en piconeras, habría sido el momento ideal para abrir el gran debate público, permanentemente postergado, sobre la identidad nacional, sus símbolos, sus instituciones, sus valores y su futuro. Al menos habría salido barato. Bueno, pues ni eso.
Bob Callaghan - The Flamenco Moog (1973)
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lunes, 13 de febrero de 2012
Foxá y la censura (reciclado)
Ya sé que causa una pésima impresión anunciar a bombo y platillo la vuelta a los ruedos digitales y, a las primeras de cambio, descolgarse con un refrito. Pero en esta ocasión pienso que está justificado. Y es que acabo de leer en la prensa la absolución de aquella concejal de Izquierda Unida de Sevilla que prohibió el homenaje a Agustín de Foxá en un centro cívico. Por lo que he visto, la sentencia se basa sólo en tecnicismos y no entra en el fondo del asunto. Ya en su momento, cuando se produjo el caso ahora juzgado, publiqué unos comentario en El Conciso explicando mi postura. Comentarios que sigo considerando de total actualidad y de mucho provecho para todos:
Comentaba hace poco un blog amigo la noticia de la prohibición de celebrar un acto para conmemorar el medio siglo de la muerte del escritor Agustín de Foxá en un centro cívico sevillano y, obviamente, lo relacionaba con el sectarismo y la ignorancia de los responsables municipales, en esta ocasión pertenecientes al grupo de Izquierda Unida. Interpretación que, conociendo el modo habitual de pensar y actuar de estos representantes de la soberanía popular, parecía la más ajustada a los hechos. Luego, ahondando en la noticia, nos enteramos de que el acto público no lo organizaba ninguna tertulia literaria ni grupo de lectura, sino la Asociación Cultural Fernando III, nombre bajo el que se esconde un grupo de extrema derecha de la capital andaluza. Lo cual, desde mi punto de vista al menos, cambia bastante la perspectiva y dificulta la posibilidad de unirse sin reparos al coro de los que denuncian un aparente acto de censura. Y como la cuestión es compleja me voy a entretener en deshuesarla.
- Aun siendo la libertad de expresión un valor absoluto, en todos los países democráticos existen leyes que la limitan. En general, la apología del racismo o del terrorismo suelen están penadas en la mayoría de los códigos. En países concretos hay prohibiciones específicas relacionadas con su historia, como la de la negación del holocausto o la de exhibir símbolos nazis. No creo que hablar bien de un escritor, aunque fuera fascista, entre dentro de ninguna de dichas categorías.
- Que el sentido de las palabras no es unívoco es algo que se sabe desde antiguo. Sobre todo con términos abstractos, el sentido de una palabra cambia en función de quien la emite. Volviendo a la libertad de expresión, no significa lo mismo el término utilizado en un documento de Amnistía Internacional que en un editorial de El Mundo. Aunque el lema pueda ser el mismo, un acto "en favor del pueblo cubano" puede tener intereses opuestos si quienes lo organizan son las Juventudes Comunistas o las Nuevas Generaciones del Partido Popular. El sentido de un homenaje a Agustín de Foxá puede ser muy distinto si lo organiza la tertulia poética Gallo de Vidrio o si lo organiza la Asociación Cultural Fernando III.
- La ideología de un artista no tiene por qué afectar a la valoración que se haga de su obra. Sin embargo, a veces es voluntad del artista impregnar su obra de ideología y, en tal caso, resulta imposible hacer de la misma un análisis aséptico basado sólo en criterios técnicos. Agustín de Foxá era un fascista y era un buen escritor. Como tantos otros, dicho sea de paso. Hace muchos años leí en la biblioteca paterna la que es considerada su obra maestra, "Madrid de corte a checa", y me pareció que era una exaltación del fascismo. Muy bien escrita, probablemente, pero como carezco de la capacidad de separar el mensaje de la forma de la que gozan los críticos actuales, mi opinión sobre ella es bastante negativa y no la recomendaría a quienes se inician en la lectura. No obstante, pienso que Foxá tiene un lugar innegable en la literatura española del siglo XX y nunca apoyaría que se prohibieran los homenajes públicos a su figura y su obra.
- En nuestro país actúan numerosos grupos extremistas, de derecha y de izquierda, que al menos de forma abierta no propugnan la violencia. Mi opinión es que todos esos grupos tienen su lugar y su derecho a expresar sus ideas, por aberrantes que nos parezcan. Lo que no creo es que el lugar para hacerlo sean los medios y espacios de titularidad pública. José Antonio Primo de Rivera no pidió un centro cívico para el acto fundacional de Falange Española sino que alquiló un teatro. Nos hemos acostumbrado como lo más natural del mundo a que los grupos antisistema exijan subvenciones y ayudas de las mismas instituciones a las que pretenden derribar. A mí, como soy chapado a la antigua, eso no me parece nada bien.
- Los centros cívicos deben cumplir la función social de promoción de la cultura (en su sentido más amplio) en aquellos barrios que carecen de equipamientos más apropiados para ello. Lo que falta es una ordenanza precisa sobre lo que es pertinente que tenga lugar en sus instalaciones y lo que no. Un curso de informática o uno de inglés pueden ser adecuados. Uno de astrología o de terapia holística no. Aunque haya un público que los demande, una institución pública no debe avalarlos ni siquiera dándoles cobijo. ¿Debería cederse un centro cívico a la Iglesia de la Cienciología o a Nueva Acrópolis para sus conferencias? Mi opinión es que no, y de hecho estos grupos lo asumen y tienen sus propios centros donde imparten su doctrina. Un acto de homenaje a un escritor no parece que suponga grandes peligros ideológicos pero, véase más arriba, todo depende del emisor del mensaje. Un curso sobre cómo combatir las adicciones o una conferencia sobre la cultura maya podrían ser también adecuadas para un centro civico, pero si los organizadores son, respectivamente, la Iglesia de la Cienciología o Nueva Acrópolis la cuestión cambia.
En resumen, es imprescindible una normativa precisa que regule el uso de los centros cívicos y demás espacios de titularidad pública. Mientras tanto, y en el caso que nos ocupa, aunque las formas no fueran las más correctas, y reconociendo que los responsables municipales pudieron obrar llevados de su sectarismo y su ignorancia, la prohibición del acto no la considero totalmente inapropiada. Pero ya he dicho al principio que la cuestión es compleja y puede que yo esté equivocado.
Henry Hall and the Gleneagles Hotel Band - Home (The Shining O.S.T.)
Comentaba hace poco un blog amigo la noticia de la prohibición de celebrar un acto para conmemorar el medio siglo de la muerte del escritor Agustín de Foxá en un centro cívico sevillano y, obviamente, lo relacionaba con el sectarismo y la ignorancia de los responsables municipales, en esta ocasión pertenecientes al grupo de Izquierda Unida. Interpretación que, conociendo el modo habitual de pensar y actuar de estos representantes de la soberanía popular, parecía la más ajustada a los hechos. Luego, ahondando en la noticia, nos enteramos de que el acto público no lo organizaba ninguna tertulia literaria ni grupo de lectura, sino la Asociación Cultural Fernando III, nombre bajo el que se esconde un grupo de extrema derecha de la capital andaluza. Lo cual, desde mi punto de vista al menos, cambia bastante la perspectiva y dificulta la posibilidad de unirse sin reparos al coro de los que denuncian un aparente acto de censura. Y como la cuestión es compleja me voy a entretener en deshuesarla.
- Aun siendo la libertad de expresión un valor absoluto, en todos los países democráticos existen leyes que la limitan. En general, la apología del racismo o del terrorismo suelen están penadas en la mayoría de los códigos. En países concretos hay prohibiciones específicas relacionadas con su historia, como la de la negación del holocausto o la de exhibir símbolos nazis. No creo que hablar bien de un escritor, aunque fuera fascista, entre dentro de ninguna de dichas categorías.
- Que el sentido de las palabras no es unívoco es algo que se sabe desde antiguo. Sobre todo con términos abstractos, el sentido de una palabra cambia en función de quien la emite. Volviendo a la libertad de expresión, no significa lo mismo el término utilizado en un documento de Amnistía Internacional que en un editorial de El Mundo. Aunque el lema pueda ser el mismo, un acto "en favor del pueblo cubano" puede tener intereses opuestos si quienes lo organizan son las Juventudes Comunistas o las Nuevas Generaciones del Partido Popular. El sentido de un homenaje a Agustín de Foxá puede ser muy distinto si lo organiza la tertulia poética Gallo de Vidrio o si lo organiza la Asociación Cultural Fernando III.
- La ideología de un artista no tiene por qué afectar a la valoración que se haga de su obra. Sin embargo, a veces es voluntad del artista impregnar su obra de ideología y, en tal caso, resulta imposible hacer de la misma un análisis aséptico basado sólo en criterios técnicos. Agustín de Foxá era un fascista y era un buen escritor. Como tantos otros, dicho sea de paso. Hace muchos años leí en la biblioteca paterna la que es considerada su obra maestra, "Madrid de corte a checa", y me pareció que era una exaltación del fascismo. Muy bien escrita, probablemente, pero como carezco de la capacidad de separar el mensaje de la forma de la que gozan los críticos actuales, mi opinión sobre ella es bastante negativa y no la recomendaría a quienes se inician en la lectura. No obstante, pienso que Foxá tiene un lugar innegable en la literatura española del siglo XX y nunca apoyaría que se prohibieran los homenajes públicos a su figura y su obra.
- En nuestro país actúan numerosos grupos extremistas, de derecha y de izquierda, que al menos de forma abierta no propugnan la violencia. Mi opinión es que todos esos grupos tienen su lugar y su derecho a expresar sus ideas, por aberrantes que nos parezcan. Lo que no creo es que el lugar para hacerlo sean los medios y espacios de titularidad pública. José Antonio Primo de Rivera no pidió un centro cívico para el acto fundacional de Falange Española sino que alquiló un teatro. Nos hemos acostumbrado como lo más natural del mundo a que los grupos antisistema exijan subvenciones y ayudas de las mismas instituciones a las que pretenden derribar. A mí, como soy chapado a la antigua, eso no me parece nada bien.
- Los centros cívicos deben cumplir la función social de promoción de la cultura (en su sentido más amplio) en aquellos barrios que carecen de equipamientos más apropiados para ello. Lo que falta es una ordenanza precisa sobre lo que es pertinente que tenga lugar en sus instalaciones y lo que no. Un curso de informática o uno de inglés pueden ser adecuados. Uno de astrología o de terapia holística no. Aunque haya un público que los demande, una institución pública no debe avalarlos ni siquiera dándoles cobijo. ¿Debería cederse un centro cívico a la Iglesia de la Cienciología o a Nueva Acrópolis para sus conferencias? Mi opinión es que no, y de hecho estos grupos lo asumen y tienen sus propios centros donde imparten su doctrina. Un acto de homenaje a un escritor no parece que suponga grandes peligros ideológicos pero, véase más arriba, todo depende del emisor del mensaje. Un curso sobre cómo combatir las adicciones o una conferencia sobre la cultura maya podrían ser también adecuadas para un centro civico, pero si los organizadores son, respectivamente, la Iglesia de la Cienciología o Nueva Acrópolis la cuestión cambia.
En resumen, es imprescindible una normativa precisa que regule el uso de los centros cívicos y demás espacios de titularidad pública. Mientras tanto, y en el caso que nos ocupa, aunque las formas no fueran las más correctas, y reconociendo que los responsables municipales pudieron obrar llevados de su sectarismo y su ignorancia, la prohibición del acto no la considero totalmente inapropiada. Pero ya he dicho al principio que la cuestión es compleja y puede que yo esté equivocado.
Henry Hall and the Gleneagles Hotel Band - Home (The Shining O.S.T.)
viernes, 28 de octubre de 2011
Breve noticia del Doctor Thebussem
Nacido en Medina Sidonia en 1828, su verdadero nombre fue Mariano Pardo de Figueroa y Serna, aunque bien pronto adoptara en sus escritos el seudónimo de Doctor Thebussem, que no es sino anagrama de “embuste”. Durante su larga vida escribió sobre todo lo divino y lo humano, de arqueología, de historia, de literatura, de gastronomía, de tauromaquia o del servicio postal, una de sus obsesiones con la que a la larga acabó ganándose el nombramiento de Cartero Honorario, con derecho a uso de uniforme y gorra reglamentarios. Escritos que o bien enviaba a los periódicos de la época para su publicación o bien editaba a su costa en cuidadas y cortas ediciones que repartía gratuitamente entre amigos y corresponsales, de ahí el altísimo precio que alcanzan hoy día en el mercado de anticuario. Podía hacerlo porque, al ser mayorazgo de una rica e hidalga familia asidonense, vivía holgadamente de sus rentas sin que haya constancia de que jamás diera un palo al agua. De haber tenido la desgracia de vivir en nuestra época seguramente sería bloguero y fanático de las redes sociales. Fue amigo de Alfonso XII, de Zorrilla, de Valera, de Hartzembusch, y de casi todas las mentes preclaras de su época que, a decir verdad, tampoco eran tantas ni tan preclaras. Aunque partidario de los avances técnicos, en todo lo demás era conservador, y tenía especial inquina a la manía de los ayuntamientos españoles de cambiar el nombre tradicional de las calles por los de próceres más o menos desconocidos; a pesar de lo cual tuvo que soportar en vida la indignidad de que el de Medina Sidonia le homenajeara bautizando a su propia calle como Doctor Thebussem.
Hay una excelente y recomendable biografía escrita por Iñigo Ybarra y publicada por Renacimiento.
Frankie Lane - Flamenco (1952)
Hay una excelente y recomendable biografía escrita por Iñigo Ybarra y publicada por Renacimiento.
Frankie Lane - Flamenco (1952)
jueves, 13 de octubre de 2011
Melancólico rococó
Creo haber comentado en algún otro sitio (suele ocurrir cuando uno ha pasado por tantos medios que se autoplagia y no sabe de dónde) que mi rechazo visceral hacia el teatro español del siglo de oro proviene de la adolescencia, cuando en el colegio me obligaron a leer El Caballero de Olmedo y otros dramones en verso de semejante factura. Porque uno en aquellos años andaba descubriendo cada día autores fascinantes, y se iba a la cama temprano para leer a Lovecraft, a Arthur C. Clarke, a Ursula K. Leguin, a Bradbury, a Huxley, a Cunqueiro, a Perucho, a Graves, a Borges, a Cortázar, a Marx (Groucho, no se confundan)... Y tener que sustituir el placer que me producía su lectura por la pesadez de los empalagosos ripios de los vates castellanos era algo que me sacaba de quicio. Pero no debía de ser todo rebeldía juvenil, porque luego he seguido leyendo con agrado a Rojas, a Quevedo, a Gracián o a Vélez de Guevara, de lo que deduzco que algún sentido literario había desarrollado yo en tan temprana edad y me daba cuenta del truño que nos pretendían colar. Porque, además, en mi precocidad, ya había leído alguna cosa de Shakespeare, y ninguna de nuestras glorias teatrales resistía la comparación. Y ni falta hace haberlo leído para percatarse de ello; sólo hay que fijarse en las adaptaciones cinematográficas que se han hecho de las obras de uno y de los otros.
Y si leer a los clásicos casposos no fuera suficiente castigo, después había que escribir un comentario de textos; cómo los odiaba! Entiéndaseme: había leído a Lope, había cumplido con lo que se esperaba de un bachiller de los de antes de la Logse; a qué perder más tiempo en ello? Que estaba uno deseando tirar por la ventana a los hidalgos, a las sus damas y a sus honras y descender una vez más a las profundidades de R'lyeh, donde el gran Cthulu dormía su sueño de milenios bajo bóvedas cubiertas de verdoso limo. Libros había incluso que, en terminándolos, volvía a empezarlos de nuevo desde la primera página. Y es que la pasión de la lectura en un adolescente es lo más parecido a una adicción: tantos libros por leer, tantos autores por descubrir, y tan poco dinero para financiar el vicio. Pero tenía uno todo el tiempo del mundo por delante. Ahora, ay, eso es lo que más echamos de menos. Ahora, cuando los libros aún por leer amenazan con colapsar las estanterías bajo su peso, el temor es a no poder dar cuenta de ellos y de los que inexorablemente vendrán en lo que nos quede de vida. Por eso leemos tres o cuatro libros a la vez, y a la carrera, para acabarlos cuanto antes y poder empezar otros. Y lo peor de todo es que ya apenas releemos, y cuando lo hacemos es por error, porque habíamos olvidado que ese libro ya lo leímos hace años. Porque esa es otra: la memoria. Que si no me falla, recuerdo que les conté que una de las razones para mantener el blog es precisamente lo mucho que me falla, lo cual es un puro galimatías. Es decir, el blog me sirve para recordar lo que se me ha ocurrido o lo que he hecho. Y también lo que he leído. Así que recuperaremos de vez en cuando el odioso comentario de textos para reseñar algún libro que me haya gustado.
Como éste que les traigo hoy: Melancólico Rococó, del pintor Guillermo Pérez Villalta, editado por la galería Rafael Ortiz en su colección "La cara oculta", dedicada a la obra escrita de artistas plásticos. Libro breve pero enjundioso, que se lee del tirón y que pide relectura. Porque el autor no habla sólo de Watteau, de Fragonard o de Tiepolo, sino que aprovecha la vindicación del rococó, estilo artístico relegado por la crítica moderna a los sótanos de los museos, para hacer un viaje por subgéneros aún menos presentables en sociedad y romper lanzas a favor de esas obras que habituamente sólo merecen calificativos denigrantes como hortera, cursi o kitsch. Todo lo cual no deja de ser una enorme provocación dirigida contra los provocadores profesionales, esos comisarios y artistas que pescan en las revueltas aguas conceptuales. Pero está planteada con tanto rigor, desde el conocimiento de la historia y la consideración del arte como oficio, que aun estando en desacuerdo con algunas de sus afirmaciones más bizarras hay que coincidir con él en muchas de las cosas que defiende. Por ejemplo en su valoración de la época clásica de Walt Disney como una de las cimas del arte del siglo XX. Además el libro está muy bien escrito, expresa ideas claras y, a poco que uno tenga una mínima cultura artística, se entiende perfectamente; un estilo en los antípodas de la huera retórica escolástica que suelen emplear críticos y comisarios. Se echan en falta imágenes de las obras que se citan, algo que obedece al diseño de la colección y de lo que se queja también el propio autor que remite a los lectores a internet. Mi señora publicó una brillante y completa reseña en Diario de Sevilla con motivo de la presentación del libro en la que recogía algunos de los jugosos comentarios del autor. Ya les anticipo que la última frase es antológica.
Klaus Nomi - The Cold Song (1981)
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miércoles, 29 de junio de 2011
El Final de Rasputín
Leo en un viaje relámpago en tren, ida y vuelta a Cádiz, El Final de Rasputín, en la versión de su asesino el Príncipe Feliks Yusúpov que han editado primorosamente, como todo lo que hacen, nuestros amigos de Nevsky Prospects. La historia es bastante conocida como para repetirla; no obstante, el libro es muy recomendable porque presenta el alegato autoexculpatorio del criminal, algo siempre destacable en una literatura como la rusa tan marcada por el sentimiento de culpa. Y también porque aporta encantadores detalles, anécdotas que tienen casi más valor que el propio hecho histórico, anecdótico en sí mismo a la vista de los acontecimientos que unos meses más tarde arrasaron con todo. Detalles como que el asesinato de Rasputín hubiera de aplazarse unas semanas porque los albañiles que estaban acondicionando el sótano del palacio de Yusúpov donde estaba prevista la emboscada tardaron más de la cuenta en terminar la obra. Imagínense que el destino de Rusia hubiera dependido de los que hicieron la de mi piso!
El asesinato de Rasputín, con independencia de la opinión que nos merezca el personaje, fue de una bajeza asombrosa, y ni siquiera en su propio libro escapa airoso Yusúpov. Granjearse la confianza de su víctima fingiendo amistad, invitarlo a cenar a su casa para ofrecerle vino y pasteles envenenados y rematarlo finalmente a tiros no parece conducta propia de alguien que pretende pasar a la Historia como un héroe. Y realmente Yusúpov no era mala persona, tan sólo ese tipo de mentecato con ideales que a veces surge en grupos familiares muy castigados por la endogamia y la ociosidad. Creía a pies juntillas que la causa de todos los males de Rusia era un monje borracho y rijoso que tenía hipnotizadas a la Zarina y a una docena de Grandes Duquesas histéricas, un planteamiento simplista que recuerda al de la mayoría de los salvapatrias que conocemos. Ni siquiera cuando en el dorado exilio parisiense hace recuento de aquellos años se refiere al despotismo imperante o a la terrible opresión que soportaba el pueblo. Para Yusupov, la Rusia de Nicolas II era un país de cuento de hadas cuya felicidad había sido robada por un maligno hechicero, y él era el príncipe azul escogido por el destino para liberarlo. Un capullo, ya les digo. Tampoco voy a defender a Rasputín, que el hombre tenía demasiadas sombras y puede incluso, así al menos lo insinúa Yusúpov, que espiara para el Kaiser. Pero es el único personaje que acaba cayendo simpático, un monje vagabundo de origen campesino que con sus artes embaucadoras consiguió llegar a dominar a la mismísima Corte Imperial. El típico buscavidas, como el que le vende las pulseras magnéticas a la reina Sofía, para entendernos.
Se cierra el libro con un desconcertante postfacio a cargo de Luís Antonio de Villena, que parece no haberse leído el libro antes de escribirlo, tan diferente es su versión de los hechos. No obstante aporta cotilleos de gran interés, como que el Príncipe Yusúpov, además de ser el galán más guapo de toda la Corte, era también un notorio parguela que se travestía con las ropas de su madre la Princesa para ligar con los oficiales de la Guardia Imperial; y que para acabar con las habladurías a las que daba lugar tan licencioso comportamiento el Zar en persona le obligó a casarse con su sobrina. Según esta versión de la historia, la atracción de Yusúpov por Rasputín no era fingida sino real y abiertamente carnal. Y es que, según parece, nuestro monje era dueño de un cipote de colosales dimensiones, que le fue amputado tras su muerte y conservado en formol para ilustración de generaciones venideras. A día de hoy, al menos dos museos reclaman el honor de albergarlo en sus vitrinas. Lo cual también podría aclarar el enigmático verso de Boney M cuya interpretación ha traído de cabeza a sus exégetas: Ra Ra Rasputin / Russia's greatest love machine...
Estación Victoria - Octubre Rojo (1983)
El asesinato de Rasputín, con independencia de la opinión que nos merezca el personaje, fue de una bajeza asombrosa, y ni siquiera en su propio libro escapa airoso Yusúpov. Granjearse la confianza de su víctima fingiendo amistad, invitarlo a cenar a su casa para ofrecerle vino y pasteles envenenados y rematarlo finalmente a tiros no parece conducta propia de alguien que pretende pasar a la Historia como un héroe. Y realmente Yusúpov no era mala persona, tan sólo ese tipo de mentecato con ideales que a veces surge en grupos familiares muy castigados por la endogamia y la ociosidad. Creía a pies juntillas que la causa de todos los males de Rusia era un monje borracho y rijoso que tenía hipnotizadas a la Zarina y a una docena de Grandes Duquesas histéricas, un planteamiento simplista que recuerda al de la mayoría de los salvapatrias que conocemos. Ni siquiera cuando en el dorado exilio parisiense hace recuento de aquellos años se refiere al despotismo imperante o a la terrible opresión que soportaba el pueblo. Para Yusupov, la Rusia de Nicolas II era un país de cuento de hadas cuya felicidad había sido robada por un maligno hechicero, y él era el príncipe azul escogido por el destino para liberarlo. Un capullo, ya les digo. Tampoco voy a defender a Rasputín, que el hombre tenía demasiadas sombras y puede incluso, así al menos lo insinúa Yusúpov, que espiara para el Kaiser. Pero es el único personaje que acaba cayendo simpático, un monje vagabundo de origen campesino que con sus artes embaucadoras consiguió llegar a dominar a la mismísima Corte Imperial. El típico buscavidas, como el que le vende las pulseras magnéticas a la reina Sofía, para entendernos.
Se cierra el libro con un desconcertante postfacio a cargo de Luís Antonio de Villena, que parece no haberse leído el libro antes de escribirlo, tan diferente es su versión de los hechos. No obstante aporta cotilleos de gran interés, como que el Príncipe Yusúpov, además de ser el galán más guapo de toda la Corte, era también un notorio parguela que se travestía con las ropas de su madre la Princesa para ligar con los oficiales de la Guardia Imperial; y que para acabar con las habladurías a las que daba lugar tan licencioso comportamiento el Zar en persona le obligó a casarse con su sobrina. Según esta versión de la historia, la atracción de Yusúpov por Rasputín no era fingida sino real y abiertamente carnal. Y es que, según parece, nuestro monje era dueño de un cipote de colosales dimensiones, que le fue amputado tras su muerte y conservado en formol para ilustración de generaciones venideras. A día de hoy, al menos dos museos reclaman el honor de albergarlo en sus vitrinas. Lo cual también podría aclarar el enigmático verso de Boney M cuya interpretación ha traído de cabeza a sus exégetas: Ra Ra Rasputin / Russia's greatest love machine...
Estación Victoria - Octubre Rojo (1983)
lunes, 27 de junio de 2011
Pessoa sobre Lisboa
Entrando ahora en la Rua Marquês da Fronteira, pasamos por la antigua Penitenciária, llamada ahora Cadeia Nacional de Lisboa. Esta construcción fue proyectada por el ingeniero Ricardo Julio Ferraz y comenzada en 1874. Tiene dos torres en la parte central de la fachada delantera y el edificio interior tiene forma de estrella con varias alas que convergen en un punto central, como fácilmente se puede observar. Se trata de un gran edificio, con 474 celdas y más de 22 compartimentos destinados a enfermerías, 12 celdas de castigo y 26 talleres para diferentes oficios, de los que surgen trabajos que son adquiridos por importantes firmas. Hay una sección de venta al público para la venta de los productos que salen de los talleres. También existe un curiosísimo museo, formado por las más extrañas y variadas armas utilizadas para cometer crímenes, desde escopetas y carabinas a navajas de todas clases e instrumentos que no parecen destinados precisamente a quitar la vida. La Penitenciária puede ser visitada los domingos de las 9 de la mañana hasta el mediodía, pero no es difícil obtener autorización para visitar el edificio en otros días de la semana, solicitándola en el propio establecimiento.
Habiendo llegado hasta aquí, el turista no debe dejar de visitar ahora uno de los más hermosos parques de recreo de Lisboa: el Parque Eduardo VII antes mencionado, que está situado en los extensos terrenos en frente de la Penitenciária, El invernadero del Parque es una obra magnífica, de la que Lisboa se enorgullece; y es realmente extraño que una parte de la población de la ciudad no sólo no lo visite, sino que desconozca su existencia. Además, este casi desconocido rincón es un prodigio de frescor y deleite, donde la naturaleza nos muestra muchos de sus más escogidos ejemplares de plantas ornamentales y donde el arte de humildes artistas, de callado talento personal, regala nuestros ojos con esmerados follajes y flores. El invernadero contiene millares de ejemplares de plantas exóticas, cuyo valor es difícil de calcular. Este invernadero está abierto al público los domingos y días de fiesta, de las 8 de la mañana a las 7 de la tarde, y la entrada cuesta un escudo. En los días de semana está abierto de las 8 de la mañana a las 5 de la tarde y es gratuito.
Subiendo la Rua Don Pedro V, pronto vemos otro jardín, en la Praça Rio de Janeiro (hoy Praça do Príncipe Real); es uno de los jardines más bonitos de Lisboa, debido al meticuloso diseño y a los cuidados que se le dedican. Este jardín contiene diversas especies de árboles muy hermosos, cuyo ejemplar más notable es un enorme cedro, cuyas ramas, apoyadas en un armazón de hierro, cubren un espacio suficiente como para albergar a varios centenares de personas. Debajo de este agradable cedro está instalada otra biblioteca pública; es una de las seis que el Ayuntamiento distribuyó por los jardines de Lisboa, feliz idea de uno de sus miembros Alexandre Ferreira. A la izquierda queda el monumento al célebre periodista França Borges. El autor del monumento es el escultor Maximiliano Alves y se compone de varios bloques superpuestos de piedra tosca, que tienen a la derecha una figura femenina representando a la República, que mira tiernamente al gran paladín. Este monumento fue inaugurado el 4 de noviembre de 1925; desde entonces el jardín lleva el nombre del demócrata representado en la escultura.
Seguimos hacia delante y vemos a la derecha el edificio de la Escola Politécnica, donde actualmente está instalada la Facultad de Ciencias. [...] El edificio tiene anejo uno de los jardines más pintorescos de Lisboa, incluso de Europa; al menos eso dicen muchos extranjeros. En él se encuentran especímenes de la flora de todas las regiones del mundo. El jardín está situado en un declive, una de sus grandes ventajas, por el partido que se le saca a esa inclinación, pues se consiguen todos los efectos visuales posibles de la variada vegetación que por todos lados despunta, convirtiéndolo en un conjunto de esplendor edénico. El jardín tiene varios estanques, cascadas, arroyos, puentes, laberintos, un bello invernadero, etc. En su parte inferior está el Observatorio Meteorológico llamado después del Infante Don Luis e inaugurado en 1863, y también el Observatorio Astronómico.
Teresa - Lisboa à noite (1997)
Habiendo llegado hasta aquí, el turista no debe dejar de visitar ahora uno de los más hermosos parques de recreo de Lisboa: el Parque Eduardo VII antes mencionado, que está situado en los extensos terrenos en frente de la Penitenciária, El invernadero del Parque es una obra magnífica, de la que Lisboa se enorgullece; y es realmente extraño que una parte de la población de la ciudad no sólo no lo visite, sino que desconozca su existencia. Además, este casi desconocido rincón es un prodigio de frescor y deleite, donde la naturaleza nos muestra muchos de sus más escogidos ejemplares de plantas ornamentales y donde el arte de humildes artistas, de callado talento personal, regala nuestros ojos con esmerados follajes y flores. El invernadero contiene millares de ejemplares de plantas exóticas, cuyo valor es difícil de calcular. Este invernadero está abierto al público los domingos y días de fiesta, de las 8 de la mañana a las 7 de la tarde, y la entrada cuesta un escudo. En los días de semana está abierto de las 8 de la mañana a las 5 de la tarde y es gratuito.
Subiendo la Rua Don Pedro V, pronto vemos otro jardín, en la Praça Rio de Janeiro (hoy Praça do Príncipe Real); es uno de los jardines más bonitos de Lisboa, debido al meticuloso diseño y a los cuidados que se le dedican. Este jardín contiene diversas especies de árboles muy hermosos, cuyo ejemplar más notable es un enorme cedro, cuyas ramas, apoyadas en un armazón de hierro, cubren un espacio suficiente como para albergar a varios centenares de personas. Debajo de este agradable cedro está instalada otra biblioteca pública; es una de las seis que el Ayuntamiento distribuyó por los jardines de Lisboa, feliz idea de uno de sus miembros Alexandre Ferreira. A la izquierda queda el monumento al célebre periodista França Borges. El autor del monumento es el escultor Maximiliano Alves y se compone de varios bloques superpuestos de piedra tosca, que tienen a la derecha una figura femenina representando a la República, que mira tiernamente al gran paladín. Este monumento fue inaugurado el 4 de noviembre de 1925; desde entonces el jardín lleva el nombre del demócrata representado en la escultura.
Seguimos hacia delante y vemos a la derecha el edificio de la Escola Politécnica, donde actualmente está instalada la Facultad de Ciencias. [...] El edificio tiene anejo uno de los jardines más pintorescos de Lisboa, incluso de Europa; al menos eso dicen muchos extranjeros. En él se encuentran especímenes de la flora de todas las regiones del mundo. El jardín está situado en un declive, una de sus grandes ventajas, por el partido que se le saca a esa inclinación, pues se consiguen todos los efectos visuales posibles de la variada vegetación que por todos lados despunta, convirtiéndolo en un conjunto de esplendor edénico. El jardín tiene varios estanques, cascadas, arroyos, puentes, laberintos, un bello invernadero, etc. En su parte inferior está el Observatorio Meteorológico llamado después del Infante Don Luis e inaugurado en 1863, y también el Observatorio Astronómico.
Teresa - Lisboa à noite (1997)
miércoles, 22 de junio de 2011
Pessoa y Lisboa
Es de agradecer que esas autoridades financieras extranjeras que deciden sobre la legislación laboral española aún no se hayan metido con algo tan nuestro como los puentes. Gracias a ese despiste (que, no lo duden, se subsanará en breve) podemos tomarnos a partir del jueves unos días de descanso. Aunque podría ser también que a nuestros nuevos señores, en lugar de revisar el tema pontificio (lo relativo a la erección de puentes), les de por entrar directamente en el muy resbaladizo tema de las festividades nacionales y locales y su disposición en medio de la semana porque quien las dicta no es la autoridad laboral sino el santoral de la iglesia católica. Por ejemplo, la festividad local que se celebra en Sevilla el jueves, y que supone el cierre de todos los organismos públicos, el comercio y la poca industria que nos quede, tiene como objetivo proclamar la fe en que unas obleas de pan ácimo sobre las que se han pronunciado ciertos conjuros son en realidad la carne de un semidiós hebreo que habitó en Palestina hace más de dos mil años. Tal y como lo oyen. Tan disparatada creencia, que no se la tragaría ni Iker Jiménez harto de vino de consagrar, en Sevilla es apoyada por todas las fuerzas vivas e instituciones civiles de la ciudad, incluida la Universidad, y sus representantes oficiales, con la Corporación Municipal a la cabeza, procesionarán en gozoso contubernio con los magos de la secta que defiende semejante superstición acompañando a una custodia dorada donde se exhibe el objeto de su idolatría. Un par de días después se celebra por las mismas calles otra procesión muy distinta (o quizás no tanto), la del orgullo gay, y como no sabemos con qué talante se tomará Yahveh la provocación, preferimos como Lot y los suyos huir de la ciudad pecadora, no sea que la justa ira le nuble la vista y yerre el destino de sus rayos purificadores alcanzando a quienes no tenemos arte ni parte en la celebración sodomítica.
Así que nos vamos unos días a una de nuestras ciudades favoritas. Por cierto, sabían ustedes que Pessoa escribió una guía turística de Lisboa? Según cuentan formaba parte de un libro mucho más ambicioso que debía describir las maravillas naturales e históricas de Portugal pero, como era de esperar, el poeta no fue capaz de llegar más allá de los límites de su ciudad natal. Una explicación que no convence, pues el libro, que no se publicó hasta hace unos años, no es para nada una evocación poética de la Lusitania, sino una guía práctica para los viajeros de la época (circa 1925), con las horas de visita de los museos y demás informaciones útiles. Eso sí, el turista al que se dirige Pessoa tiene poco que ver con nuestros mochileros de sandalia y calzón corto, ya que se mueve exclusivamente en automóvil, y en ese medio sube y baja por las colinas de la ciudad, apeándose del vehículo apenas el tiempo necesario para visitar algún monumento. Con la cercanía del viaje me ha dado por leer la guía, siguiendo el trayecto del elegante turista sobre un mapa reciente, y la sorpresa ha sido comprobar lo poco que ha cambiado Lisboa en casi un siglo. Los nombres de las calles son los mismos que tenían por aquel entonces; también los parques de antaño continúan siendo zonas verdes, y hasta raro es el edificio público que ha cambiado su función. Esas son las ciudades que nos gustan. Y es que en fondo somos muy conservadores.
Jose Afonso - Coro da Primavera (1971)
Jose Afonso - Coro da Primavera (1971)
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