Nació en Sevilla en 1531, ciudad en la que ejerció su profesión de médico y cirujano hasta su muerte en 1597. Alcanzó fama como el inventor del método de la vía seca o particular en el tratamiento de las heridas. Hay que recordar que la vía común o húmeda, la que venía empleándose desde tiempos de Galeno, se basaba en la curación de las heridas por segunda intención. Esto implicaba dificultar la cicatrización realizando frecuentes drenajes, con el fin de evitar la gangrena. El objetivo se consideraba alcanzado cuando de la herida manaba el "pus laudable", que para la escuela galénica era un paso necesario para la curación. Por eso, cuando el pus se negaba a fluir, había que provocarlo con hierros y cauterios, lo que causaba grandes sufrimientos a los desdichados pacientes y una alta mortalidad.
A lo largo de la historia fueron varios los cirujanos que se opusieron a tan bárbaro método usando el sentido común y su propia experiencia clínica, pero chocaban siempre contra el muro del dogmatismo galénico que imponía sus prácticas bajo el indiscutible argumento de la autoridad de un médico romano del siglo II. Entre esos adelantados estaba Bartolomé Hidalgo de Agüero, quien en 1584 publicó en Sevilla un pliego titulado Avisos particulares de cirugía contra la común opinión, defendiendo la curación de las heridas por primera intención. Su método consistía en limpiar las heridas con vino blanco, eliminar cualquier tejido dañado, aproximar los bordes, aplicar sustancias astringentes para evitar la maceración y cubrir con un vendaje compresivo. Es decir, y salvando las distancias, un procedimiento muy parecido al que se emplea en la actualidad. Aunque lo mejor es la defensa que hace Agüero de su novedosa técnica, no invocando su autorictas académica, sino comparando las estadísticas de mortalidad de los pacientes tratados por él utilizando ambos métodos; un auténtico ensayo clínico avant la lettre que demuestra sin ningún genero de dudas la supremacía de la vía seca sobre la vía común.
La fama de hábil cirujano de Hidalgo de Agüero era tan notoria que los bravos de Sevilla de la época, en el trance de acometerse a cuchillo, solían exclamar: ¡A Dios me encomiendo, y al Doctor Hidalgo de Agüero! Y también se cuenta que tras su muerte los tales bravos se miraban mucho en lo de reñir. El hospital donde nuestro Doctor ejerció su ciencia era llamado el Hospital del Cardenal en honor a Don Juan de Cervantes, que lo fue de Sevilla y quien lo fundó en el siglo XV. El Cardenal Cervantes está enterrado en la Catedral, en un espectacular sepulcro obra de Mercadante de Bretaña. Por su parte Hidalgo de Agüero está enterrado en la Iglesia de San Juan de la Palma, en cuya collación vivió la mayor parte de su vida, donde hay un azulejo que lo recuerda. El Hospital del Cardenal fue luego asilo y acabó como hospicio. Fue derribado en los años 50, como tantos edificios históricos de la ciudad, para abrir la actual calle Francisco Carrión Mejías (para que se orienten, donde está el Instituto Velázquez). Pues bien, reto a cualquiera de ustedes a que nos dé noticia del tal Carrión Mejías, otro oscuro personajillo de esa grey sacristanesca que medra alrededor de las cofradías de semana santa y que, de cuando en vez y por razones inexplicables, acaba subiendo a las paredes del callejero sevillano. Y nada de callejuelas del extrarradio: calles señoriales en el centro histórico. Y ahí tenemos a nuestro insigne Doctor Hidalgo de Agüero, dando nombre como por limosna a un oscuro pasaje de una decena de metros entre Castellar y Menjíbar. Así nos va.
Deller Consort - We be soldiers three (Anónimo s. XVI)
La primera vez que tuve noticia de este libro fue hace mucho tiempo y en Lovecraft, un escritor del que era muy fan allá por mi adolescencia. Primero en El horror de Red Hook, y luego en La llamada de Cthulhu, aparece citado como una de esas lecturas poco recomendables que se encuentran en las habitaciones de los desdichados que caen en la locura por tratar de desvelar secretos que mejor que hubieran permanecido ocultos. Aunque en este caso, y sorprendentemente, el libro no era un producto de la imaginación del autor como el archifamoso Necronomicon, sino real y escrito por una antropóloga británica llamada Margaret Murray. Ya avisaba de este hecho Rafael Llopis en su estudio introductorio a Los Mitos de Cthulhu que editara Alianza, y desde que me enteré lo estuve buscando, imaginando que contendría historias jugosas de aquelarres y otras brujerías. Y ahora que casualmente lo he encontrado en la web del Proyecto Gutenberg, les puedo decir que se trata de un trabajo eminentemente académico pero que gustará también a los amantes de lo esotérico y lo siniestro.
Margaret Alice Murray nació en Calcuta en 1863 y murió a la avanzada edad de cien años. Fue discípula del famoso egiptólogo Sir Flinders Petrie, y una autoridad ella misma en ese campo. Y ahora un inciso: si van a Londres y quieren visitar un museo fascinante y al mismo tiempo desconocido, vayan al Museo Petrie. Es dificilísimo de encontrar, pues está situado en la segunda planta de un edificio de la University College London sin apenas indicaciones. Y más que un museo es una colección científica, con vitrinas en las que se acumulan como en un rastrillo miles de objetos del Antiguo Egipto, desde simples trozos de cerámica hasta momias y sarcófagos, todos identificados con sencillas fichas de papel. Reconozco que puede ser una experiencia agotadora, pero vale la pena aunque sólo sea por ver cómo se exponían los hallazgos arqueológicos antes de que los museos se convirtieran en parques temáticos para niños. Y aprovecho para introducir una segunda digresión dentro de ésta: Petrie, como tantos sabios de su tiempo, era un ferviente partidario de la eugenesia y por ende un tanto racista. Tanto que, cuando falleció en Palestina en 1942 mientras participaba en una misión arqueológica, dejó dispuesto que su cabeza fuera enviada a Londres para que pudieran estudiar el cerebro de un auténtico genio británico. Lamentablemente la situación bélica del momento, con el mariscal Rommel amenazando las vías de comunicación, impidieron el traslado de tan privilegiado cráneo, que quedó en Jerusalén conservado en formol. Las condiciones no debieron de ser las óptimas porque cuando acabada la guerra finalmente llegó a Londres (en un paquete con la etiqueta de "antigüedad") nadie reconoció en aquella cabeza al ilustre profesor Petrie, que parecía haberse vuelto mucho más joven y hasta incluso (horror!) de raza semítica. La cabeza se sigue guardando en el Royal College of Surgeons (otro museo muy recomendable) aunque no se muestra a las visitas. Pero volvamos a Murray y su libro.
La tesis que defiende The Witch Cult, que como su título indica no tiene nada que ver con la Egiptología, se podría resumir del siguiente modo: Los rituales descritos en los procesos de brujería celebrados en toda Europa desde la Alta Edad Media hasta el siglo XVIII corresponden a los restos de una religión agraria neolítica, confundida por los colonizadores romanos con el culto a Diana, que sobrevivió en el ámbito rural a los sucesivos intentos cristianos de erradicarla. A muchos les sonará el tema de películas como The Wicker Man (1973), y de hecho en nuestros días esta misma teoría, con algunas variaciones, ha sido recuperada por autores como Carlo Ginzburg quien en su Historia Nocturna interpreta el aquelarre bajo un prisma similar. Y es que el libro fue muy popular en su momento, contribuyendo a sentar las bases del moderno movimiento neopagano en las Islas Británicas. Sin embargo, la acogida que le dispensaron sus colegas científicos distó mucho de ser tan entusiasta. Y en honor a la verdad hay que decir que no les faltaba razón. Y es que, siempre a juicio de los críticos, Murray comete errores metodológicos de principiante. El primero, aceptar como hechos verídicos los recogidos por los inquisidores en los procesos por brujería, sin tener el cuenta la capacidad de fabulación de los reos y el grado de manipulación interesada a que pudieran haber sido sometidos. Y el segundo, aún más grave, emplear en su pesquisa la táctica denominada cherry picking, que consiste en usar sólo aquellos datos que apoyan la tesis defendida, descartando los desfavorables. Esto último es algo bastante frecuente en el ámbito científico - elaborar primero la teoría y seleccionar luego los datos que la respaldan - y de hecho en su momento se acusó de lo mismo a Sir James Frazier, aunque ningún erudito tuviera los redaños de desmontar críticamente los doce tomos de La Rama Dorada.
Y ya que hablamos de Frazier hay que decir que Murray fue una fervorosa defensora de su conocida teoría del rey sagrado, casado con la diosa (o su representante terrestre) y sacrificado periódicamente en un rito de fertilidad; tanto que llegó a explicar todas las muertes violentas acaecidas en el trono inglés, que no fueron pocas, en clave de asesinatos rituales. Huelga decir que semejante interpretación conspiranoica de la Historia no le hizo ganarse precisamente la confianza del sector académico más ortodoxo. Como tampoco su conclusión, sostenida con pinzas, de que Juana de Arco y Gilles de Rais, amén de otros conspicuos personajes históricos, eran todos ellos fieles seguidores de la antigua religión.
Críticas aparte, se trata un libro muy interesante y ameno; ya saben, aquello de que si non e vero e ben trovato. Sobre todo porque está construido sobre testimonios de primera mano, lo que lo convierte en un precioso documento acerca de la vida cotidiana de las brujas en la vieja Europa. El problema es que las citas de los procesos por brujería, que ocupan una parte importante de sus páginas, son transcritas literalmente. Y aunque el inglés antiguo se entiende sin demasiado esfuerzo, cuando el sumario de la causa está redactado en dialecto escocés, en francés o incluso en alemán, y no se cuenta con el consuelo de una traducción, la cosa se complica. Pero bueno, tampoco entendemos la mayoría de las veces lo que escribe Cesar Antonio Molina, y a pesar de ello, poniendo un poco de buena voluntad, nos hacemos una idea de lo que quiere contar. Pues algo así.
Más de un mes sin actualizar. Imperdonable, ya lo sé. Y
tampoco es que haya una razón de peso que lo justifique. Sí, ciertamente estuve
una semana aislado y sin internet, pero precisamente el objetivo del retiro
espiritual era tomar fuerzas para afrontar la última temporada bloguera. También
he estado unos días enfermo, aunque no incapacitado para escribir, por lo que
tampoco es disculpa. Mejor excusa es lo de la astenia primaveral. Durante
muchos años he negado su existencia, y atribuía la sintomatología a efectos
secundarios de los antihistamínicos que me veía obligado a consumir para
combatir las alergias estacionales, pero hace ya años que éstas dejaron de
afligirme con lo que he podido prescindir de tan molestos fármacos; y sin
embargo la apatía, la dificultad de movimientos, la lentitud de pensamiento y
acción, vuelven como un reloj por estas fechas, y suponen un devastador
acompañamiento somático a los síntomas
de mi famosa pereza crónica. Afortunadamente el calor veraniego empieza ya a
agostar las flores polinizadoras con lo que voy saliendo del marasmo. Así que
recupero el buen hábito de la escritura con uno de esos aburridos post
autorreferenciales antes de enfrentarme a tareas de más enjundia. Y es que en
estos días de desidia existencial, cuando me entraba el remordimiento por el
abandono a que tenía sometido al blog, siempre acababa planteándome la misma
pregunta: Qué es lo que hace que una persona con muchas otras obligaciones que
atender pierda el tiempo manteniendo un blog (o lo que diantres sea esto)?
En mi caso, creo que ya lo he dicho, es una manera de sublimar
el eterno deseo de una columna en la prensa o de un programa de radio desde
donde exponer mi visión del mundo. Ahora con la experiencia acumulada reconozco
que el blog tiene otras ventajas: nadie te pide credenciales para abrirlo y
gozas de mucha mayor libertad para decir impertinencias, que es algo que me
gusta. Y obviamente lo hago porque creo que se me da bien lo de escribir, que si albergara la más remota sospecha de que el proyecto en el que estoy
trabajando no tuviera la calidad exigible me retiraría de él. Mi señora no se
cansa de repetir que con mi talento debería escribir un libro, pensando en que
de ese modo su círculo de culturetas empezaría a valorarme. Como a mí se me da
una higa la opinión de sus culturetas y además considero que escribir un libro
es algo mucho más serio que contar cuatro pamplinas cuando se te ocurren,
prefiero dedicar mis energías a mantener este blog en un nivel digno en lugar
de meterme en empresas para las que no creo estar capacitado.
Pero vayamos más allá: qué ganan los blogueros; qué gano yo con
este continuo derroche gratuito de talento? Pues reconocimiento, que no es poco.
Que conste que yo preferiría que me pagaran por ello, pero en no habiendo
empresarios de la comunicación interesados me conformo con el cariño de este
público que tanto me quiere. En sentido literal, puesto que la mayoría de
quienes me leen son amigos. Algunos hasta se pasan por aquí de vez en cuando a
saludar; otros se limitan a reñirme cuando no actualizo con la debida
frecuencia. Y sospecho que alguno más debe de haber oculto por ahí. Así que
para todos ellos, por todos ustedes, vuelvo de nuevo a los ruedos tras mi última
espantada. Qué remedio! Si hasta mis alumnos han decretado un paro académico para que tenga más tiempo libre que dedicar al blog... Qué otra cosa me queda?
Como todos ustedes sabrán, este año los juegos olímpicos de
verano se celebran en Londres, lo que supondrá un importante aporte de ingresos
a las exhaustas arcas de la capital. Pero las olimpiadas duran apenas quince
días y los comerciantes de la City han tenido que buscar otros incentivos para
atraer turistas a la ciudad el resto del año. Además del lamentable espectáculo
de las exposiciones farfolleras de la que ya les he hablado, hay un evento,
bastante absurdo por cierto, con el que los londinenses confían en hacer una
caja que compense pasadas y futuras épocas de vacas flacas. Me refiero al
Diamond Jubilee, las bodas de diamante de Isabel II con el trono. Obviamente no
lleva 75 años reinando, sólo 60, que no son pocos. Pero en tiempos de la reina
Victoria se pensó que, por muy longevos que fueran, y las mujeres de la casa vaya
si lo son, ningún monarca iba a llegar a ocupar el cargo durante 75 años. Y por
no privar a los súbditos de una buena celebración real, a las que tan
aficionados son, se decidió por decreto que en ciñendo la corona durante seis
décadas el soberano se habría ganado el derecho a celebrar su Diamond Jubilee. Y
por todo lo alto, que para los británicos monarquía y espectáculo son
sinónimos. De hecho ya han empezado a vender el merchandising.
Nosotros, que somos muy fans de la señora Windsor, hemos
adquirido una lata de té conmemorativa, que acompañará orgullosa en la alacena
a la que ya poseíamos del Golden Jubilee del 2002. Por cierto que la compramos
en Fortnum & Mason, una de nuestras tiendas favoritas de Londres. Y si
desean saber las razones de tal debilidad, dense una vuelta por la sección de
cestas de picnic y me cuentan. La sección de alimentación también es muy de
destacar, y hasta el mismísimo Dickens exigía que el jamón cocido y el Yorkshire
pie se los trajeran de allí, según supimos por una lista de la compra autógrafa
que se exhibe en la exposición que sobre el autor se celebra estos días en el
Museum of London. Y es que el buen gusto sobrevive al paso del tiempo.
Volviendo a los Windsor, imagino que su jefe de relaciones
públicas debe estar estos días recibiendo ofertas millonarias de la rama
borbónica española para ver si consigue sacarles de los embolados en que ellos
solitos se han metido. Porque hay que ser un genio en lo suyo para, por
ejemplo, haber convertido en objeto de culto a un personaje tan lamentable como
Diana Spencer, de la que precisamente en estos días se ha inaugurado una
exposición en Kensington Palace tras la restauración a que ha sido sometido
para servir como futura residencia del príncipe William. Y es que los mayores
escándalos que ha tenido que soportar la reina Isabel en los últimos tiempos,
declaraciones de su esposo aparte, han venido sobre todo de los matrimonios de
sus hijos con plebeyas. Y ojo que no creo que toda la culpa recaiga en las
pobres chicas, que bastante quina tragaron con los incalificables
comportamientos de sus principescos consortes antes de liarla parda. Pero a eso me
vengo a referir: todo se habría evitado de haber consultado antes en el
Gotha la disponibilidad de princesas profesionales en edad casadera; las
cuales, educadas en la disciplina cortesana y al tanto de los hábitos
matrimoniales de las realezas, habrían mantenido una actitud mucho más
comprensiva y discreta frente a las barraganadas de sus maridos. Y precisamente
en España tenemos el mejor ejemplo de lo que digo: la reina Sofía, una
auténtica Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg de las de toda la vida. Me
la van a comparar con una vulgar Ortiz, por muy Rocasolano que sea...
Porque además estas bodas populacheras no contribuyen a
acercar a la realeza al pueblo, como piensan sus valedores, sino que por el
contrario debilitan más aún los borrosos argumentos en los que se sustenta en
nuestros días la institución monárquica, la pureza de la sangre transmitida de
generación en generación, ya que diluyen el precioso fluido hasta extremos
homeopáticos. Más nucleótidos del ADN de Don Pelayo corren por la sangre de cualquiera
de ustedes que por la de quienes presumen de legitimidad histórica. Precisamente
hablaba el otro día con Monsieur Alcancero (que en previas encarnaciones
blogueras se hacía llamar Jacobine y Robespierre, por lo que pueden deducir que
mucha debilidad por la realeza no siente) de lo fortuito del acceso al trono del rey Juan Carlos, habiendo
sido necesaria una conjunción de sucesos tan extravagante (accidentes,
matrimonios morganáticos, abdicaciones...) que más que por derecho dinástico se diría que reinara por haber ganado el cargo en un lotería. Con todo, a mi
juicio, lo más peliagudo de este asunto es precisamente el haber quebrantado la
tan sagrada línea hereditaria, saltando por encima de su propio padre a quien en derecho
correspondía la corona como legítimo heredero y
jefe de la casa real española. Vale que en 1977 Juan de Borbón abdicara
de sus derechos dinásticos, pero esa renuncia implicaba que durante dos años se
había sentado en el trono un rey usurpador. Como ya suponen, estos hechos no
forman parte de la historia oficial ni se enseñan en las escuelas.
Así que mediten sobre ello en esta semana de pan y circo que
han dispuesto para ustedes nuestros amados líderes, que yo me retiro a los
confines del mundo a cultivar el espíritu.
Además de los hallazgos gastronómicos debo hablarles de
las exposiciones a las que hemos ido en Londres, que han sido unas pocas. Obviamente,
y como somos personas de buen gusto y una fama que mantener, hemos evitado que
se nos vea por el que se anuncia como el acontecimiento cultureta del año: la
exposición de Damien Hirst en la Tate Modern que se inauguraba el día antes a
nuestra llegada. Y es que la gente bien, cuando queremos ver animales metidos
en formol, vamos a un museo de ciencias naturales y no a una galería de arte.
Pero es interesante analizar cómo Londres convierte este tipo de exhibiciones, a
priori minoritarias, en atracciones turísticas masivas y cómo el turista medio
pica como un besugo. Porque para mí sigue siendo incomprensible que una persona
que lo ignora todo del arte, no digamos de los delirios conceptuales
contemporáneos, pague catorce libras y aguante una cola de varias horas para ver
algo que ni entiende ni le gusta. El oscuro placer de ser epatado, supongo.
El otro acontecimiento artístico de la temporada, que
precisamente acababa esa semana como si todo estuviese programado para que los
eventos no se hicieran sombra, era la gran exposición de David Hockney en la
Royal Academy. Y a ésta sí que fuimos, aunque ciertamente sin esperar gran cosa
de ella. Porque aunque, a diferencia de Hirst, Hockney es un gran artista, lo
que se exhibía era la obra de los últimos seis años, en los que se ha dedicado
casi en exclusivo a pintar paisajes de su Yorkshire natal. Y de entrada la
impresión era muy buena: cuadros de gran formato con una deliciosa alegría
cromática. Pero a medida que se avanzaba por las salas la reiteración del
motivo empezaba a ser cargante.
Infinitas variaciones sobre el mismo tema pintadas con una paleta de colores
planos y, por tanto, posibilidades muy limitadas. Y aunque el autor pretenda, o
eso dice, transmitirnos su admiración por Monet, a quien acaba imitando
inadvertidamente es a Van Gogh, todo lo cual deja una sensación un tanto incómoda.
Pienso que si hubieran reducido drásticamente el número de cuadros expuestos la muestra habría salido ganando. Porque además, los comisarios cometieron el
error de aparejar al principio de la visita una sala con algunas obras excelentes
de los años 60 a 80, su época más productiva y conocida, que dejaban en muy
pobre lugar a los cuadros recientes. Y no piensen que le tengo manía a Hockney;
todo lo contrario, que el hombre tiene méritos de sobra para estar entre los
grandes, y posiblemente sea, como la prensa local no se cansa de repetir, el
más importante artista británico vivo (lo tiene fácil después de la muerte de Bacon
y Freud). Pero creo que los cuadros recientes no están a la altura, y que habría
sido más apropiado haberlos expuesto sin tanto bombo mediático en cualquier
galería de prestigio. O quizás sea tan sólo un gesto de atención de Hockney
para recordarnos que aún sigue vivo, y evitar que cuando el público lea su
necrológica, esperemos que dentro de muchos años, no diga aquello tan triste y,
por otro lado, tan habitual de: "Hockney? Pero ese no estaba ya
muerto?".
La que sí nos gustó muchísimo y recomendamos fervientemente
es la exposición de de Lucian Freud en la National Portrait Gallery. Una
auténtica retrospectiva con retratos y desnudos pintados desde los años
cuarenta hasta su muerte el año pasado. Siete décadas explorando la piel humana
y lo que se esconde debajo. Y todo sin salir de su estudio, con el mismo
decorado básico (una cama, un sofá desvencijado, unos trapos), pintando de
noche, con luz eléctrica, a su familia, a sus amigos, a sus ayudantes, a gente
anónima, a celebrities, a Hockney, a la Reina... Un auténtico encuentro con el arte con mayúsculas,
una experiencia que, a poco que se tenga una pizca de sensibilidad, deja inevitablemente impactado. Él sí que ha sido uno de los
muy grandes.
Al otro lado de Trafalgar Square, en la National Gallery,
había una pequeña exposición, en la que entramos porque no había nadie haciendo
cola, sobre la influencia de Claude Lorrain en la pintura de Turner. Y así
planteado puede parecer otra excusa barata para exhibir cuadros de dos maestros de épocas muy
distintas, pero en este caso el discurso estaba justificado, pues Turner
admiraba y mucho a Claude, y hasta dejó dispuesto en su testamento una donación
de obras a la National Gallery a condición de que se colgasen junto a los de su
autor favorito. Y ciertamente en los cuadros exhibidos, que pertenecen a su
primera época, esta influencia es apreciable, con escenas bíblicas, históricas
o mitológicas que no son sino excusas para pintar paisajes y cielos al modo del
pintor lorenés. De modo que el visitante no avisado podría quedarse con la idea
de Turner como pintor académico, dotado, eso sí, de una pincelada luminosa y
espesa a un tiempo que anuncia el advenimiento del impresionismo. Pero si uno
luego va a la Tate Gallery, donde se expone la mayor parte de la obra de
Turner, se asombrará al ver cómo todos los personajes, las ruinas, los paisajes
y hasta la realidad se van desvaneciendo, hundiéndose en un mar de hierro
fundido, y al final sólo quedan el cielo y el sol, brillando con una luz tan
intensa que llega a molestar a la vista. Y les juro que no exagero, vayan a
verlo y ya me dirán.
En Trafalgar Square está también The Fourth Plinth, ese
pilar vacío erigido originalmente para soportar una estatua ecuestre del rey
Guillermo IV que nunca se llegó a hacer por falta de fondos, y que ahora se
destina a instalaciones más o menos efímeras. En estos días lo ocupaba esa
figura infantil, también ecuestre y en metal dorado que abre el post, obra de
unos artistas escandinavos, que dice más bien poco donde está colocada y que a
mi señora le recordaba al hijo malvado de Excalibur. Por cierto que el viernes
santo representaron en la plaza una pasión de Cristo con gran
despliegue de figurantes y medios técnicos, todo ello esponsorizado por una
sociedad bíblica; pero ignoro si se trata de una piadosa costumbre de aquellos lares o
es sólo una novedad de este año de crisis para atraer a las almas descarriadas
a la senda cristiana y de paso hacer algo de caja. Nos quedamos un rato a verla
y la verdad es que resultaba todo bastante ridículo. Y es que cualquier
representación de la vida de Jesús interpretada por actores británicos acaba
recordando inevitablemente a La Vida de Brian. O no?
De vuelta de nuestro breve viaje a Londres me he retrasado algunos días en presentar la crónica por motivos laborales pero ya estoy en ello. Y antes que nada, admiren los espléndidos días primaverales de los que hemos disfrutado mientras aquí en el sur los capillitas maldecían a sus santos por aguarles la fiesta, clara muestra de que nunca llueve a gusto de todos. Obviamente también tuvimos nuestros días nublados y lluviosos, que tratándose de Londres es lo que se espera, pero este año están escaseando y suenan las alarmas porque los expertos ya hablan claramente de sequía, palabra que muchos británicos han debido mirar en el diccionario para enterarse de su significado. Los dioses del tiempo, que están locos.
Este viaje también pasará a mis anales, que de momento residen en este blog, como el del descubrimiento de la cocina inglesa. Porque, quién ha dicho que la cocina inglesa sea mala? Pues yo, en reiteradas ocasiones y siempre por muy fundados motivos. Pero eso era antes de haber cenado en Rules. Mi señora, que ya lo conocía, estaba empeñada en llevarme y dejarse invitar, pero yo suelo ser reacio a entrar en cualquier local que presuma de ser el más antiguo de la ciudad. Por fortuna recordé a tiempo que El Rinconcillo y La Manzanilla son, respectivamente, los bujíos más viejos de Sevilla y Cádiz y no por ello dejan de ser muy recomendables; de modo que vencí mis iniciales recelos y crucé el mismo umbral que siglo y medio antes y con similares intenciones había atravesado Charles Dickens. Muy en su papel, el maitre nos hizo sufrir un rato por la osadía de presentarnos sin reserva previa, aunque al final se apiadó de nosotros y nos sentó en una coqueta mesa bajo una caricatura de Charles Laughton.
Foto: iPhone de mi señora
Porque Rules es un restaurante de teatreros, y sus paredes están cubiertas de los retratos de todos quienes han sido alguien en la escena londinense durante los últimos dos siglos. Y todos además han comido allí, lo cual impregna la experiencia gastronómica de un halo de leyenda. No les quiero abrumar con nombres de clientes; sólo les diré que Rules era el restaurante favorito de Lillie Langtry, la bella actriz de la que estaba platónicamente enamorado el juez Roy Bean (cuya historia, interpretada por Paul Newman, llevara a la pantalla en un delicioso western crepuscular John Houston). Y cuentan que en Rules era donde se veía Miss Langtry con su entonces amante, el Príncipe Eduardo, quien solía entrar al local por la puerta de servicio para evitar ser visto por la clientela.
Pero hablemos de la cocina, que es escandalosamente sencilla. Y es que su secreto, aparte de la bondad de las materias primas, es el cuidado en la cocción. Mi señora hablaba maravillas del roast-beef que probara en cierta ocasión, pero ese día no lo tenían en carta, de modo que pedimos cordero y pato. Y les explico: ese magret de pato que sirven en los restaurantes caros de por aquí, y que suele ser un trozo de carne cruda cubierta por una piel grasienta requemada, es manifiestamente mejorable. Y es que la carne de pato puede cocinarse hasta que quede en su punto exacto conservando todo su sabor, lo que facilita mucho la masticación y posterior digestión. Y qué les voy a decir del cordero con salsa de menta. Con salsa de menta! Con lo que la ridiculizaba Goscinny en "Asterix en Bretaña"! Ya quisieran los galos haber inventado algo parecido para acompañar a la carne. Eso sí, si se fían de mi buen gusto y deciden cenar una noche en Rules, vayan asumiendo que se les irá en ello el presupuesto completo de un día y medio de vacaciones. Ya es cuestión de las prioridades de cada uno.
Y, hablando de otras cosas, les comento también que aproveché los trayectos en avión, las esperas en los aeropuertos y los trenes lanzaderas para leer "Viajes en autobús" de Josep Pla, los textos que escribiera contando sus viajes por el Maresme y el Ampurdán en aquellas tartanas con gasógeno de la posguerra cargadas hasta el techo de paisanos y gallináceas. E imagino que en aquellos años viajar en avión se consideraría como el súmmum del lujo y la comodidad. Y sin embargo ahora, frente a los confortables trenes y autobuses de que disponemos, la experiencia del viajero en aeropuertos y aviones es una secuencia de humillaciones e incomodidades. La vida a veces da vueltas inesperadas.
Y viene en la primera página del libro una declaración de intenciones de su autor, con la que en cierto modo me identifico, y créanme que me preocupa:
Hasta ahora he tenido la desgracia de no poder presentar a mis lectores un libro sobre algún país remoto, exótico y extraordinario. En mis libros no hay mosquitos, ni leones ni chacales, ni objeto alguno sorprendente o raro. Confieso sentir, por otra parte, poca afición por el exotismo. Mi heroísmo y bravura son escasos. Me gustan los países civilizados.
Porque es cierto que en este momento no nos apetece viajar a países donde haya leones o mosquitos anofeles, más no por eso se ha apagado nuestra pasión por lo exótico. O acaso hay algo más exótico que Martin Denny?
La primera noticia que tuve de los ríos perdidos de Londres fue en un disco de Coil. La canción aparecía cerrando el Unnatural History III, tercer volumen de una serie que recopilaba temas comercializados en ediciones limitadas o difíciles de encontrar. Según la información del cuadernillo, Lost Rivers of London fue su aportación a un disco doble llamado "Succour", un trabajo colectivo para apoyar a la revista musical Ptolemaic Terrascope. Y debieron de cogerle cariño porque la recuperaron para la edición en vinilo de A Thousand Lights In A Darkened Room de Black Light District, un proyecto paralelo que no tuvo continuidad. La canción la volví a encontrar otra vez en el CD que acompañaba al libro England Hidden Reverse de David Keenan, colaborador de The Wire de quien ya hemos hablado aquí en alguna ocasión, un análisis de la historia de los tres grupos que mejor definen la corriente esotérica en el underground musical británico a partir de los ochenta: Current 93, Nurse With Wound y Coil. En ese libro Drew McDowall, colaborador en el proyecto Black Light District, comentaba que por aquel tiempo el grupo estaba obsesionado con el tema de los ríos perdidos, que ellos percibían como arterias latiendo bajo el suelo de la ciudad; lo que no es de extrañar conociendo la extraordinaria cantidad (y variedad) de psicotropos que solían consumir. Además nos enteramos de que el título de la canción estaba tomado de un libro sobre el tema de Nicholas Barton.
Hace unos veranos encontré una copia del libro de Barton en la biblioteca de la casa londinense en la que nos alojamos y tuve ocasión de leerlo. Ahí fue donde descubrí la existencia del Fleet, del Westbourne, del Effra, del Walbrook, del Tyburn, y de tantos otros afluentes que cruzaban la ciudad para acabar desaguando en el Támesis. La mayoría no llegaban a arroyuelos, pero otros como el Fleet tenían calado suficiente para permitir que subieran barcos. Todos estos ríos acabaron siendo enterrados cuando dejaron de ser necesarios en el devenir de la ciudad para covertirse en pestilentes cloacas al aire libre, perdiéndose con el tiempo la memoria exacta de sus cauces. No obstante siguieron imponiendo su presencia en la geografía de la ciudad, marcando el curso de las calles, los parques o las líneas de metro. Incluso, como habrían dicho Coil y quien crean en tales cosas, en su psicogeografía. Por ejemplo, en el libro de Barton se cita otro de un tal G.W. Lambert titulado "The Geography of London Ghosts" en el que se afirma que la mayoría de los fenómenos paranormales detectados en Londres tienen lugar en la cercanía de antiguos cursos de agua.
Todo esto me lo ha traído a la memoria el último libro que acabo de leer: "London Under: The secret history beneath de streets" de Peter Ackroyd, en el que no sólo se describen los ríos perdidos, sino todo el laberíntico entramado de túneles y pasadizos que horadan literalmente el subsuelo de la ciudad, incluyendo líneas y estaciones de metro abandonadas, faraónicos proyectos de ingeniería inconclusos o la intrincada red de búnkeres del gobierno de Su Majestad. Pero volviendo a los ríos perdidos, yo también he debido de caer presa de su hechizo pues recientemente me compré otro libro sobre el tema: "London's Lost Rivers. A Walker's Guide" de Tom Bolton, que, como su título indica, son rutas a pie por la ciudad siguiendo el trayecto de los ríos perdidos a partir de las referencias que aún pueden encontrarse en la superficie.
Y aquí un brevísimo inciso: no me digan que no sería interesante que alguien hiciera lo mismo con los ríos perdidos sevillanos, con el Tagarete o el Tamarguillo. Al menos para quienes debemos dar a diario largos paseos por prescripción facultativa. Y es que, para ser una ciudad que tanto se mira el ombligo, es sorprendente la poca información que existe sobre cursos de agua que hace unas décadas aún provocaban inundaciones. Quizás esta falta de interés se deba a que en Sevilla la solución no fue convertirlos en corrientes subterráneas sino desviar sus cauces. En cualquier caso, confío en poder realizar algún día las rutas descritas en el libro de Bolton, para lo cual tendría que ir a Londres sin ningún plan preestablecido y con tiempo de sobra por delante; y no como esta vez.
Para que se consuelen durante mi ausencia, les dejo con el tema de Coil que da título al post. La letra se basa en textos de Hubert Crackanthorpe, escritor inglés de la escuela naturalista cuya azarosa vida y misteriosa muerte también merecerían una entrada en el blog. Aunque tendrá que ser en otra ocasión porque ésta ya se está alargando en exceso.