martes, 31 de julio de 2012

Estocolmo

Marta era médico, y murió el 24 de diciembre de 1990. Algunos meses antes se había ido de cooperante a El Salvador, a curar enfermos y esas cosas, pero convivir día a día con las tremendas injusticias de aquella sociedad le hizo ver las cosas de otro modo, quizás el único posible desde una perspectiva ética, y acabó uniéndose a la guerrilla del FMLN. Como médico, que no hay noticia de que participara en combates, pero para el caso lo mismo dio: la cazaron junto a otros compañeros en un ataque por sorpresa mientras celebraban la cena de nochebuena. Yo a Marta no llegué a conocerla, pero sí y mucho a su hermana Itziar, a la sazón la novia de mi mejor amigo.

En junio del año siguiente fui a Madrid a un homenaje que se organizó en su memoria. A la salida del acto, volviendo a la casa donde me quedaba, me fijé por casualidad en un cartel tamaño folio pegado en la pared que anunciaba un concierto al día siguiente de Einsturzende Neubauten en la sala Revolver. Yo ya los conocía por sus discos industriales (aún no habían entrado en la fase preciosista que inauguró el Tabula Rasa) e imaginaba algo intenso y musculoso, pero el ataque acústico a que nos sometieron aquella noche fue tan brutal como inesperado. A pesar de mis lagunas de memoria, todavía tengo en la cabeza la imagen de Blixa Bargeld subido en un carrito de supermercado frotando la broca de una taladradora contra un muelle de acero amplificado; y también recuerdo la sordera y el tinnitus que me acompañaron durante una semana larga.

Pasado un año de aquellos eventos mis amigos me invitaron a ir con ellos en verano a Estocolmo a visitar a José Luís, un compañero de guerrilla de Marta que tras resultar herido fue evacuado a Suecia por la Cruz Roja Internacional. Hay que recordar que, aunque por aquel entonces el gobierno sueco ya estaba en manos de la derecha, el país mantenía el espíritu socialdemócrata que lo había convertido en lugar de asilo para muchos refugiados políticos de todo el mundo. José Luís había acabado estableciéndose definitivamente en Estocolmo tras casarse con la enfermera que le atendió en el hospital durante su convalecencia, Elizabeth, una sueca rubia y de enormes dimensiones, con la que había tenido una niña preciosa llamada Matilda.
 
José Luís no daba precisamente el tipo de guerrillero. Bajito, lampiño, regordete, con el pelo crespo de los mayas y con una paciencia y una amabilidad a prueba de conflicto armado. Y ocasiones para ponerlas a prueba las tenía a diario. Una noche le acosó una pandilla de neonazis, que empezaban por aquel entonces a organizarse al rebufo de los nuevos gobernantes; pero José Luís, que había pasado años combatiendo en las selvas tropicales de su país contra mercenarios pertrechados por la CIA, no se iba a dejar amilanar por cuatro tarados por muy grandes que fuesen, así que les plantó cara, con su metro cincuenta y su cojera, y los puso en fuga. Eso sí, él lo contaba en voz bajita, sin darle importancia, como disculpándose. También nos habló del caso de otro amigo salvadoreño que había estado bajo la lupa de los servicios sociales por haberle dado un azote a su hija pequeña que estaba montando un pollo en el supermercado. En ese momento aquello nos pareció el colmo de la estupidez y nos mofamos de las situaciones ridículas a las que puede llevar la corrección política mal entendida. A la vista de lo que tenemos ahora en nuestro propio patio, está claro que del estado del bienestar sólo hemos sido capaces de copiar los aspectos folklóricos más prescindibles y ninguno de los fundamentales y necesarios.

En Estocolmo pasamos unos días alojados en el pequeño apartamento de José Luís, pero tampoco quisimos prolongar mucho tiempo la ocupación, de modo que alquilamos un coche y nos dirigimos hacia el norte. Nuestra idea era llegar hasta el círculo polar ártico y ver el sol de medianoche y las auroras boreales (suponiendo que ambos espectáculos celestes se den en agosto y sean concurrentes, algo que a día de la fecha sigo ignorando). Pero en vez de ir directamente, optamos por cruzar a Noruega y seguir la ruta de los fiordos, que es más bonita aunque obliga a frecuentes transbordos en ferry para cruzarlos. Por supuesto parando en todos los bosquecillos y laguitos que encontrábamos, que en aquel país se cuentan por miles, a hacer picnic y tirar unas fotos. Y claro, yendo en ese plan, no habíamos cubierto ni la cuarta parte del itinerario previsto cuando se nos acabaron los días de vacaciones y el dinero y tuvimos que volver. No llegamos al Cabo Norte como era nuestro irreal objetivo pero nos divertimos.

Este verano viajo de nuevo a Estocolmo, con más años y también con más presupuesto. Ya a la vuelta les contaré de las costumbres locales y las curiosidades más destacables.


The Sandals - Theme From The Endless Summer (1964)

miércoles, 18 de julio de 2012

Ciencias y letras

A raíz de la recomendación del libro de Goldacre me ha vuelto a la cabeza una de mis ideas recurrentes, que seguro que ya la habré comentado en algún otro foro, y que podría resumirse del siguiente modo: para que una persona de ciencias sea tenida por culta es preciso que demuestre un conocimiento más o menos extenso de historia, de literatura, de filosofía, de música y del resto de las artes llamadas bellas; por el contrario, la persona de letras que domina los citados campos del saber no necesita tener siquiera una noción básica de biología o de física para ser automáticamente considerada culta. Y nada más lejos de mi intención que dedicarme ahora a dar credenciales de cultureta, que además es un asunto que me trae muy sin cuidado. Es sólo que me resulta sorprendente que estas dos injustas varas de medir sean aceptadas sin más discusión por los interesados de una y otra rama del saber. 

Que hay gente de ciencia inculta y hasta semianalfabeta es algo que cualquiera que conozca un poco el medio no osará poner en duda. Por hablar sólo de mi entorno laboral, salvo contadísimas excepciones la mayoría de mis colegas, profesores universitarios, son personas sin lecturas ni inquietudes artísticas, siendo sus gustos en estas materias los del común de la gente ignorante. Saben lo mínimo de su área de conocimiento, y algunos ni eso. Por eso tiendo a juntarme más con los colegas de mi señora, que al ser de letras (incluso de muchas letras) tienen una conversación más amena y se aprende mucho con ellos. Porque además dominan la cultura actual, que es la principal asignatura pendiente de gran parte de los que se hacen pasar por cultos: su base de datos dejó de actualizarse en alguna década pasada (los sesenta, los setenta...) y a partir de ahí sólo son capaces de aportar al discurso topicazos simplificadores.

Pero volvamos a los culturetas de pata negra. Obviamente no les he examinado, pero estoy convencido de que todos ellos andan flojitos en el tema científico. Algunos hasta muestran un cierto desprecio por tales asuntos, convencidos de que fuera de sus aplicaciones prácticas, las cuestiones suscitadas por la ciencia no tienen demasiada trascendencia; pero la mayoría simplemente los considera demasiado complicados e incompatibles con las graves cuestiones que ocupan a su materia gris. Y no es así. Es cierto que la temática científica es inmensa y a nadie se le puede exigir un conocimiento amplio de toda ella. Sin ir más lejos, yo mismo reconozco mis deficiencias en campos tan importantes como la botánica o la geología. Pero hay conceptos fundamentales que son imprescindibles para poder comprender el mundo. Sólo en el terreno de la biología tenemos el funcionamiento celular, la transmisión del impulso nervioso, la replicación de los genes, la teoría evolutiva... Y abran hueco que viene la física.

Lo que trato de decir es que en nuestros días no cabe una interpretación del mundo puramente filosófica. El conocimiento científico sobre la materia y la vida es en este momento suficiente para dar explicaciones coherentes a cuestiones que antes se dejaban a la mera especulación. Es triste decirlo pero a la filosofía como fuente de conocimientos (no como género literario) le espera el mismo futuro que a la religión. Incluso campos donde a priori la especulación pura aún podría quedar a salvo del ataque de las ciencias, como la ética o la estética, terminarán siendo terreno de la neurociencia a medida que los comportamientos humanos vayan siendo relacionados con una determinada actividad neuronal.

Y no estamos hablando sólo de descubrimientos científicos recientes. La teoría de la evolución se propuso a mediados del siglo XIX, y los grandes hallazgos sobre los que se funda la física moderna, incluida la teoría cuántica, son de principios del XX. O sea que han tenido ya rodaje y tiempo para ser verificados. Y sin embargo se siguen desdeñando en el sistema educativo y entre la gente culta, a veces en favor de teorías ya anticuadas cuando no totalmente falsas. Porque los conceptos de la física moderna nos podrán parecer muy abstrusos e inaccesibles sin una fuerte base matemática; pero fue Einstein quien dijo que “la mayoría de las ideas fundamentales de la ciencia son esencialmente simples y pueden, como regla, ser expresadas en un lenguaje comprensible a todo el mundo”. Precisamente estos días ando enfrascado en un libro titulado “Quantum Theory Cannot Hurt You” en el que todos esos fenómenos disparatados que suceden a nivel atómico se explican de modo ameno y sin fórmulas matemáticas. Y resulta que el mundo cuántico, con sus partículas que aparecen y desaparecen a voluntad, con sus átomos que están en dos lugares a la vez, es el fundamento de la materia: es el mundo real. Y que lo que nosotros consideramos realidad, el mundo que conocemos, es sólo una excepción creada precisamente por nuestra presencia. Así que ya me dirán ustedes si es trascendente o no la ciencia.


Philip Glass - Knee Play 1 (de Einstein on the Beach, 1976)

jueves, 5 de julio de 2012

El libro que todos deben leer

Es cierto, últimamente sólo hablo de libros en el blog, pero es que mi vida es tan anodina que nada tengo que contarles salvo mis lecturas. Ahora que empieza la temporada de conciertos veraniegos al fresco igual me animo y les hablo de alguno. Por ejemplo, el miércoles de la semana pasada, mientras la población olvidaba los recortes económicos con el consabido espectáculo heroico-patriótico, un selecto puñado de ciudadanos disfrutamos en el patio del CICUS con la proyección de la prodigiosa Amanecer  de Murnau, con banda sonora compuesta para la ocasión e interpretada magistralmente por Dan Kaplan y sus chicos de Krooked Tree. Si se lo perdieron, o llegaron tarde y borrachos que al caso lo mismo da, en el pecado llevan la penitencia. También magnífico ha sido ciclo Electrochock, aunque de él no les contaré nada porque he vendido la exclusiva a la prestigiosa revista Go Mag y a ellos me debo.

Así que seguiremos con los libros. Y no con una marcianada más de las habituales, sino con uno de obligada lectura. Y creo que es la primera vez que cometo en este blog la ordinariez de decirles que se lean un libro, y espero que sea también la última; pero en este caso asumo el riesgo. Y estén seguros de que si lo hago es sólo por su bien. Bueno, el libro en cuestión se llama Bad Science y su autor, Ben Goldacre, es médico y columnista para asuntos científicos de The Guardian. Goldacre tiene también un blog con el mismo título, aunque últimamente lo actualiza incluso menos que yo él mío, que ya es decir. En cuanto al libro, tiene ya unos años, pero aquí seguimos fieles a la costumbre de distanciarnos de la actualidad. Creo que hay edición española aunque yo comento sobre la original inglesa.

El libro trata de ciencia pero también de salud. Concretamente del modo en que los temas científicos relacionados con la salud son presentados en los medios de comunicación. Porque no se confundan: quizás hoy la prensa hable mucho de física a raíz del hallazgo del bosón de Higgs, y hasta haya salido un prelado tranquilizando a los creyentes y asegurándoles que la dichosa partícula no tiene suficiente masa como para conmover los cimientos del dogma. Pero la mayoría de las noticias sobre ciencia que publican los periódicos están relacionadas con la medicina. Y el problema es que su enfoque suele ser, casi siempre, desorientador y sensacionalista. Goldacre lo atribuye sobre todo a la incompetencia de los redactores, personas de letras que piensan que los hallazgos científicos son ideas brillantes que surgen de pronto de la mente de señores con muchos títulos académicos; en lugar de considerarlos la conclusión de numerosos experimentos que tratan de descartar que los resultados obtenidos se deban al azar. Y claro, así les cuelan lo más grande.

Por sus páginas pasan muchas de las técnicas y teorías que tratan de vendernos como ciencia sin serlo: las dietas antioxidantes, la homeopatía, la cosmética antienvejecimiento o las “energías naturales” en sus múltiples acepciones. Y salen a la luz las prácticas torticeras y los mensajes engañosos que emplean sus promotores para llegar al gran público, sabiendo que si lo adoban todo con un lenguaje vagamente científico y lo decoran con un par de testimonios reales la industria periodística les hará la campaña publicitaria gratis. Casi todos los ejemplos están sacados de la prensa británica, y de algunos de los más polémicos en su momento como la pretendida relación del autismo con la vacuna triple vírica aquí apenas se supo, pero el escenario es extrapolable a los medios de nuestro país.

El libro es muy ameno y divertido por el modo en que ridiculiza y da caña a todos los implicados, citados casi siempre con nombres y apellidos. Pero sobre todo es muy didáctico, ya que explica con un lenguaje asequible incluso a los periodistas y demás gente de letras en qué consiste el método científico. Aplicado a las ciencias biomédicas, se describe con gran claridad lo que es un ensayo clínico, el famoso efecto placebo y su importancia, o las razones en las que nos basamos para recomendar una determinada intervención terapéutica y rechazar otra. Yo ya tengo pensado recomendarlo el año que viene a mis alumnos en lugar de todos esos tratados y manuales que luego ni los abren. Que aprendan por lo menos algo útil.


Jorge Ben – Os Alquimistas Estão Chegando Os Alquimistas (1974)

lunes, 25 de junio de 2012

Un erasmus de tiempos de Erasmo

Seguimos sin cambiar demasiado de tema con un curioso libro que acabo de terminar: el diario de Félix Platter, un estudiante de Medicina del siglo XVI. Y no sólo por lo que cuenta de la enseñanza de esta ciencia en el Renacimiento, que también, sino sobre todo por el retrato que dibuja de la Europa de su tiempo, una imagen sorprendente de un continente mucho más unido e integrado de lo que pudiéramos pensar. El título que el editor ha dado al volumen, Beloved son Felix, encabezamiento de las cartas que le escribiría su padre no se corresponde con su contenido que, como ya he dicho, es el extracto del diario que dejó escrito de sus días de estudiantes.

Félix era suizo, de Basilea, también otro centro intelectual de primera magnitud en aquellos años; y sin embargo su padre decide enviarlo a estudiar a Montpellier de la Francia, por considerar que aquella Universidad tenía mayor prestigio en la enseñanza de la Medicina. Al mismo tiempo, otros estudiantes, todos hijos de ricos mercaderes, hacían el viaje contrario, lo que daba lugar a un curiosísimo sistema de intercambio. Y es que los mercaderes utilizaban su red comercial de viajantes para sellar contratos de hospedaje y mantenimiento con otros padres de estudiantes en idéntica tesitura. Que en este siglo habremos inventado muchas cosas de tipo técnico, pero la mayoría de las relacionadas con el comercio y el trato social son más viejas que el hilo negro. Por otro lado, esa Europa asolada por pestes y guerras es un continuo ir y venir de viajeros, soldados, estudiantes, comerciantes y peregrinos. De hecho Félix no para de encontrarse con conocidos de su pueblo de los que recibe noticias de su familia y a quienes entrega cartas para los suyos. Que suelen consistir, como las de los estudiantes de cualquier época, en una sarta de mentiras acerca de sus progresos académicos y en la petición urgente de más dinero.

En cuanto a la vida de estudiante, tampoco difería demasiado de la actual. Básicamente consistía en acudir a aburridísimas lecciones impartidas en latín, y reunirse luego con los colegas para beber, ir a fiestas y rondar a las mozas. De vez en cuando, y si la justicia proveía de condenados, tenían la suerte de asistir a una clase de anatomía en la facultad, pero en la mayoría de los casos los cadáveres debían obtenerlos por los medios que ya se pueden imaginar y practicar las disecciones a escondidas. En cierta ocasión hasta hubieron de escapar por piernas de los monjes custodios del cementerio donde llevaban a cabo sus exhumaciones que les recibieron a ballestazo limpio. Nuestro amigo Félix tenía el problema añadido de su protestantismo, que le era tolerado en la católica Montpellier por ser de nación suiza, imagino que por no cargarse el negocio de los erasmus centroeuropeos. No obstante, vivir en una ciudad donde la quema de herejes era uno de los espectáculos educativos cotidianos no debía ser demasiado tranquilizador. El libro contiene también una de las primeras descripciones históricas de una huelga de estudiantes; para reivindicar, pásmense ustedes, que los negligentes profesores impatieran todas las clases por las que habían pagado. Ya les digo que eran otros tiempos.


Kayne West - Good Morning (2007)

jueves, 7 de junio de 2012

Breve noticia del Doctor Hidalgo de Agüero

Nació en Sevilla en 1531, ciudad en la que ejerció su profesión de médico y cirujano hasta su muerte en 1597. Alcanzó fama como el inventor del método de la vía seca o particular en el tratamiento de las heridas. Hay que recordar que la vía común o húmeda, la que venía empleándose desde tiempos de Galeno, se basaba en la curación de las heridas por segunda intención. Esto implicaba dificultar la cicatrización realizando frecuentes drenajes, con el fin de evitar la gangrena. El objetivo se consideraba alcanzado cuando de la herida manaba el "pus laudable", que para la escuela galénica era un paso necesario para la curación. Por eso, cuando el pus se negaba a fluir, había que provocarlo con hierros y cauterios, lo que causaba grandes sufrimientos a los desdichados pacientes y una alta mortalidad.

A lo largo de la historia fueron varios los cirujanos que se opusieron a tan bárbaro método usando el sentido común y su propia experiencia clínica, pero chocaban siempre contra el muro del dogmatismo galénico que imponía sus prácticas bajo el indiscutible argumento de la autoridad de un médico romano del siglo II. Entre esos adelantados estaba Bartolomé Hidalgo de Agüero, quien en 1584 publicó en Sevilla un pliego titulado Avisos particulares de cirugía contra la común opinión, defendiendo la curación de las heridas por primera intención. Su método consistía en limpiar las heridas con vino blanco, eliminar cualquier tejido dañado, aproximar los bordes, aplicar sustancias astringentes para evitar la maceración y cubrir con un vendaje compresivo. Es decir,  y salvando las distancias, un procedimiento muy parecido al que se emplea en la actualidad. Aunque lo mejor es la defensa que hace Agüero de su novedosa técnica, no invocando su autorictas académica, sino comparando las estadísticas de mortalidad de los pacientes tratados por él utilizando ambos métodos; un auténtico ensayo clínico avant la lettre que demuestra sin ningún genero de dudas la supremacía de la vía seca sobre la vía común.

La fama de hábil cirujano de Hidalgo de Agüero era tan notoria que los bravos de Sevilla de la época, en el trance de acometerse a cuchillo, solían exclamar: ¡A Dios me encomiendo, y al Doctor Hidalgo de Agüero! Y también se cuenta que tras su muerte los tales bravos se miraban mucho en lo de reñir. El hospital donde nuestro Doctor ejerció su ciencia era llamado el Hospital del Cardenal en honor a Don Juan de Cervantes, que lo fue de Sevilla y quien lo fundó en el siglo XV. El Cardenal Cervantes está enterrado en la Catedral, en un espectacular sepulcro obra de Mercadante de Bretaña. Por su parte Hidalgo de Agüero está enterrado en la Iglesia de San Juan de la Palma, en cuya collación vivió la mayor parte de su vida, donde hay un azulejo que lo recuerda. El Hospital del Cardenal fue luego asilo y acabó como hospicio. Fue derribado en los años 50, como tantos edificios históricos de la ciudad, para abrir la actual calle Francisco Carrión Mejías (para que se orienten, donde está el Instituto Velázquez). Pues bien, reto a cualquiera de ustedes a que nos dé noticia del tal Carrión Mejías, otro oscuro personajillo de esa grey sacristanesca que medra alrededor de las cofradías de semana santa y que, de cuando en vez y por razones inexplicables, acaba subiendo a las paredes del callejero sevillano. Y nada de callejuelas del extrarradio: calles señoriales en el centro histórico. Y ahí tenemos a nuestro insigne Doctor Hidalgo de Agüero, dando nombre como por limosna a un oscuro pasaje de una decena de metros entre Castellar y Menjíbar. Así nos va.


Deller Consort - We be soldiers three (Anónimo s. XVI)

viernes, 1 de junio de 2012

The Witch Cult in Western Europe

La primera vez que tuve noticia de este libro fue hace mucho tiempo y en Lovecraft, un escritor del que era muy fan allá por mi adolescencia. Primero en El horror de Red Hook, y luego en La llamada de Cthulhu, aparece citado como una de esas lecturas poco recomendables que se encuentran en las habitaciones de los desdichados que caen en la locura por tratar de desvelar secretos que mejor que hubieran permanecido ocultos. Aunque en este caso, y sorprendentemente, el libro no era un producto de la imaginación del autor como el archifamoso Necronomicon, sino real y escrito por una antropóloga británica llamada Margaret Murray. Ya avisaba de este hecho Rafael Llopis en su estudio introductorio a Los Mitos de Cthulhu que editara Alianza, y desde que me enteré lo estuve buscando, imaginando que contendría historias jugosas de aquelarres y otras brujerías. Y ahora que casualmente lo he encontrado en la web del Proyecto Gutenberg,  les puedo decir que se trata de un trabajo eminentemente académico pero que gustará también a los amantes de lo esotérico y lo siniestro.

Margaret Alice Murray nació en Calcuta en 1863 y murió a la avanzada edad de cien años. Fue discípula del famoso egiptólogo Sir Flinders Petrie, y una autoridad ella misma en ese campo. Y ahora un inciso: si van a Londres y quieren visitar un museo fascinante y al mismo tiempo desconocido, vayan al Museo Petrie. Es dificilísimo de encontrar, pues está situado en la segunda planta de un edificio de la University College London sin apenas indicaciones. Y más que un museo es una colección científica, con vitrinas en las que se acumulan como en un rastrillo miles de objetos del Antiguo Egipto, desde simples trozos de cerámica hasta momias y sarcófagos, todos identificados con sencillas fichas de papel. Reconozco que puede ser una experiencia agotadora, pero vale la pena aunque sólo sea por ver cómo se exponían los hallazgos arqueológicos antes de que los museos se convirtieran en parques temáticos para niños. Y aprovecho para introducir una segunda digresión dentro de ésta: Petrie, como tantos sabios de su tiempo, era un ferviente partidario de la eugenesia y por ende un tanto racista. Tanto que, cuando falleció en Palestina en 1942 mientras participaba en una misión arqueológica, dejó dispuesto que su cabeza fuera enviada a Londres para que pudieran estudiar el cerebro de un auténtico genio británico. Lamentablemente la situación bélica del momento, con el mariscal Rommel amenazando las vías de comunicación, impidieron el traslado de tan privilegiado cráneo, que quedó en Jerusalén conservado en formol. Las condiciones no debieron de ser las óptimas porque cuando acabada la guerra finalmente llegó a Londres (en un paquete con la etiqueta de "antigüedad") nadie reconoció en aquella cabeza al ilustre profesor Petrie, que parecía haberse vuelto mucho más joven y hasta incluso (horror!) de raza semítica. La cabeza se sigue guardando en el Royal College of Surgeons (otro museo muy recomendable) aunque no se muestra a las visitas. Pero volvamos a Murray y su libro.

La tesis que defiende The Witch Cult, que como su título indica no tiene nada que ver con la Egiptología, se podría resumir del siguiente modo: Los rituales descritos en los procesos de brujería celebrados en toda Europa desde la Alta Edad Media hasta el siglo XVIII corresponden a los restos de una religión agraria neolítica, confundida por los colonizadores romanos con el culto a Diana, que sobrevivió en el ámbito rural a los sucesivos intentos cristianos de erradicarla. A muchos les sonará el tema de películas como The Wicker Man (1973), y de hecho en nuestros días esta misma teoría, con algunas variaciones, ha sido recuperada por autores como Carlo Ginzburg quien en su Historia Nocturna interpreta el aquelarre bajo un prisma similar. Y es que el libro fue muy popular en su momento, contribuyendo a sentar las bases del moderno movimiento neopagano en las Islas Británicas. Sin embargo, la acogida que le dispensaron sus colegas científicos distó mucho de ser tan entusiasta. Y en honor a la verdad hay que decir que no les faltaba razón. Y es que, siempre a juicio de los críticos, Murray comete errores metodológicos de principiante. El primero, aceptar como hechos verídicos los recogidos por los inquisidores en los procesos por brujería, sin tener el cuenta la capacidad de fabulación de los reos y el grado de manipulación interesada a que pudieran haber sido sometidos. Y el segundo, aún más grave, emplear en su pesquisa la táctica denominada cherry picking, que consiste en usar sólo aquellos datos que apoyan la tesis defendida, descartando los desfavorables. Esto último es algo bastante frecuente en el ámbito científico - elaborar primero la teoría y seleccionar luego los datos que la respaldan - y de hecho en su momento se acusó de lo mismo a Sir James Frazier, aunque ningún erudito tuviera los redaños de desmontar críticamente los doce tomos de La Rama Dorada.

Y ya que hablamos de Frazier hay que decir que Murray fue una fervorosa defensora de su conocida teoría del rey sagrado, casado con la diosa (o su representante terrestre) y sacrificado periódicamente en un rito de fertilidad; tanto que llegó a explicar todas las muertes violentas acaecidas en el trono inglés, que no fueron pocas, en clave de asesinatos rituales. Huelga decir que semejante interpretación conspiranoica de la Historia no le hizo ganarse precisamente la confianza del sector académico más ortodoxo. Como tampoco su conclusión, sostenida con pinzas, de que Juana de Arco y Gilles de Rais, amén de otros conspicuos personajes históricos, eran todos ellos fieles seguidores de la antigua religión.

Críticas aparte, se trata un libro muy interesante y  ameno; ya saben, aquello de que si non e vero e ben trovato.  Sobre todo porque está construido sobre testimonios de primera mano, lo que lo convierte en un precioso documento acerca de la vida cotidiana de las brujas en la vieja Europa. El problema es que las citas de los procesos por brujería, que ocupan una parte importante de sus páginas, son transcritas literalmente. Y aunque el inglés antiguo se entiende sin demasiado esfuerzo, cuando el sumario de la causa está redactado en dialecto escocés, en francés o incluso en alemán, y no se cuenta con el consuelo de una traducción, la cosa se complica. Pero bueno, tampoco entendemos la mayoría de las veces lo que escribe Cesar Antonio Molina, y a pesar de ello, poniendo un poco de buena voluntad, nos hacemos una idea de lo que quiere contar. Pues algo así.


The Incredible String Band - Witches Hat (1968)

martes, 29 de mayo de 2012

Astenia primaveral

Más de un mes sin actualizar. Imperdonable, ya lo sé. Y tampoco es que haya una razón de peso que lo justifique. Sí, ciertamente estuve una semana aislado y sin internet, pero precisamente el objetivo del retiro espiritual era tomar fuerzas para afrontar la última temporada bloguera. También he estado unos días enfermo, aunque no incapacitado para escribir, por lo que tampoco es disculpa. Mejor excusa es lo de la astenia primaveral. Durante muchos años he negado su existencia, y atribuía la sintomatología a efectos secundarios de los antihistamínicos que me veía obligado a consumir para combatir las alergias estacionales, pero hace ya años que éstas dejaron de afligirme con lo que he podido prescindir de tan molestos fármacos; y sin embargo la apatía, la dificultad de movimientos, la lentitud de pensamiento y acción, vuelven como un reloj por estas fechas, y suponen un devastador acompañamiento somático a  los síntomas de mi famosa pereza crónica. Afortunadamente el calor veraniego empieza ya a agostar las flores polinizadoras con lo que voy saliendo del marasmo. Así que recupero el buen hábito de la escritura con uno de esos aburridos post autorreferenciales antes de enfrentarme a tareas de más enjundia. Y es que en estos días de desidia existencial, cuando me entraba el remordimiento por el abandono a que tenía sometido al blog, siempre acababa planteándome la misma pregunta: Qué es lo que hace que una persona con muchas otras obligaciones que atender pierda el tiempo manteniendo un blog (o lo que diantres sea esto)?

En mi caso, creo que ya lo he dicho, es una manera de sublimar el eterno deseo de una columna en la prensa o de un programa de radio desde donde exponer mi visión del mundo. Ahora con la experiencia acumulada reconozco que el blog tiene otras ventajas: nadie te pide credenciales para abrirlo y gozas de mucha mayor libertad para decir impertinencias, que es algo que me gusta. Y obviamente lo hago porque creo que se me da bien lo de escribir, que si albergara la más remota sospecha de que el proyecto en el que estoy trabajando no tuviera la calidad exigible me retiraría de él. Mi señora no se cansa de repetir que con mi talento debería escribir un libro, pensando en que de ese modo su círculo de culturetas empezaría a valorarme. Como a mí se me da una higa la opinión de sus culturetas y además considero que escribir un libro es algo mucho más serio que contar cuatro pamplinas cuando se te ocurren, prefiero dedicar mis energías a mantener este blog en un nivel digno en lugar de meterme en empresas para las que no creo estar capacitado.

Pero vayamos más allá: qué ganan los blogueros; qué gano yo con este continuo derroche gratuito de talento? Pues reconocimiento, que no es poco. Que conste que yo preferiría que me pagaran por ello, pero en no habiendo empresarios de la comunicación interesados me conformo con el cariño de este público que tanto me quiere. En sentido literal, puesto que la mayoría de quienes me leen son amigos. Algunos hasta se pasan por aquí de vez en cuando a saludar; otros se limitan a reñirme cuando no actualizo con la debida frecuencia. Y sospecho que alguno más debe de haber oculto por ahí. Así que para todos ellos, por todos ustedes, vuelvo de nuevo a los ruedos tras mi última espantada. Qué remedio! Si hasta mis alumnos han decretado un paro académico para que tenga más tiempo libre que dedicar al blog... Qué otra cosa me queda?

Ah, y lo de la buena música, ya saben. 


Sanae Petchaboon - Pen Jung Dai