jueves, 27 de junio de 2013

Otra noche en la ópera

Repaso las entradas del blog de un año a esta parte y sólo encuentro crónicas de viajes. Que están bien porque me sirven de diario para proteger los recuerdos frente a las lagunas de memoria, que era uno de mis objetivos cuando me metí en este proyecto aunque no el único. Sobre todo se trataba de crear un espacio de reflexión, algo que me viene igualmente bien para ejercitar las neuronas y de lo que en general andamos todos muy faltos. Y es que la blogosfera está de capa caída, es algo que salta la vista. Sólo hay que darse un paseo por esos enlaces que figuran a su derecha, criaturas virtuales de algunas de las mentes más brillantes de nuestro entorno, y ver el estado de abandono en que se encuentran la mayoría de ellas. De hecho, salvo las que están ligadas a algún proyecto laboral y alguna otra rara excepción, casi todas languidecen con un post de hace meses, años incluso, como última entrada. Y es normal, de todo se cansa uno y hay épocas en las que las muchas obligaciones que nos echamos a la espalda disuaden de dedicarle su merecido tiempo al blog; a mí me suele pasar con demasiada frecuencia y ustedes ya lo saben. Pero no me cabe duda de que una gran parte de responsabilidad la tienen las redes sociales instantáneas tipo Facebook o Twitter, que actúan como los psicotrópicos más adictivos produciendo una recompensa inmediata en forma de comentarios, "me gustas" y "retuiteos". Y como un adicto se comporta el asiduo a esas redes, abandonando hábitos más sanos si alguna vez los tuvo entre los que se encuentra la actualización periódica de los blogs. Que si se quiere hacer bien no es algo para lo que baste un pensamiento ingenioso en 140 caracteres o un vídeo con gatos, sino que requiere de documentación, reflexión y elaboración. Algo que nunca ha sido fácil y menos con tanto señuelo mediático como ahora reclama nuestra atención. No es que quiera reñir a mis corresponsales, que luego soy yo el primero que pega la espantada, pero sí animarles a que nos vuelvan a alegrar el día con los frutos de su cacumen. Y para dar ejemplo, me comprometo a mantener el blog actualizado hasta el inevitable hiato vacacional.

Así que enlazo con el último post y les cuento que la semana pasada fuimos a la ópera. El Maestranza programaba Rigoletto y tenía curiosidad por comprobar si su fama está fundada o es sólo producto de un aria más que pegadiza. Y no, la ópera en sí no es gran cosa, pero tuvimos de la inmensa suerte de que el papel protagonista se le hubiera encomendado al gran Leo Nucci, que con más de setenta años y varios centenares de rigolettos sobre su joroba es de todos los barítonos de la escena mundial el que mejor puede encarnar al desgraciado bufón mantuano. Porque Nucci es más que una voz (que la conserva aún magnífica); es un inmenso actor que se mete en el personaje y consigue emocionar a pesar de las inverosimilitudes del libreto. Tanto que el público se entregó a él desde el primer momento y hasta le obligó a interpretar un bis al salir a saludar tras el segundo acto ya con el telón bajado, algo inédito en la historia de este teatro. Evidentemente la gente estaba ese día más aplaudidora de lo que suele ser costumbre, en gran parte debido a la generosidad de la empresa repartiendo entradas a amigos, afines y compañeros para evitar a los intérpretes el deprimente espectáculo de una platea vacía. Circunstancia inusual y anómala que me hizo pensar, y ahora me lleva a reconducir lo que iba a ser una amable reseña operística hacia una dirección más crítica.

Y es que gran parte de las óperas hoy consideradas clásicas del género, de Las Bodas de Fígaro a esta parte, fueron en su momento consideradas escandalosas cuando no directamente subversivas por defender en sus libretos algo tan disparatado como los derechos del individuo frente a un poder opresor (clase, estado, iglesia, potencia invasora...). Paradójicamente quienes financiaban estas molestas representaciones fueron primero los nobles y más tarde la burguesía que, tras el vacío dejado por las revoluciones del XVIII y XIX, hizo suyos palcos y plateas. Desde entonces poco ha cambiado la composición del abono operístico, salvo por la incorporación de ese nuevo cupo de señores a los que los siervos eligen periódicamente por puro placer masoquista. Los mensajes disolventes de antaño, convenientemente apisonados bajo capas de exacerbado lirismo, sirven ahora de fondo amable para las paradas rituales de la clase dominante, del mismo modo que los dichos filocomunistas atribuidos a Jesús de Nazaret sustentan su discurso moral. Y lo más escandaloso es que, pese a que la mayoría de la sociedad está excluida de su disfrute por razones económicas y culturales, la ópera sigue siendo un espectáculo altamente subvencionado por nuestros impuestos. Reconozco que en este asunto he mantenido hasta ahora una postura ambigua, ya que siempre he defendido que es obligación de los poderes públicos apoyar las artes. Pero en la presente situación, cuando el estado del bienestar está siendo desmantelado ante nuestras propias narices, continuar con esta situación me parece obsceno. Sobre todo porque el abonado de la ópera no está sufriendo del mismo modo que el resto de la sociedad los recortes en sanidad, educación o servicios sociales, pues no suele hacer uso de ellos. Que se retire por tanto la subvención a la ópera, castigados sin su diversión de clase predilecta; y si quieren seguir conservándola que corran ellos con los gastos, que veréis cómo no.

Se me responderá que si quiero ser consecuente (atributo por el que no siento ninguna debilidad, dicho sea en honor a la verdad) tendría que pedir también la retirada de subvenciones a todo tipo de espectáculos, con independencia de la extracción social del público que los disfrute. Y realmente es así. Personalmente sólo mantendría el apoyo económico directo a aquellos que tengan un interés didáctico contrastado; y antes de entrar en precisiones les prevengo de que lo que yo pueda considerar como tal seguramente no coincidirá ni con su criterio ni menos aún con el de nuestros amos. Por eso, y para evitar vanas discusiones, lo mejor sería que mientras dure la crisis (o dicho de otro modo, mientras sigamos dejando gobernar a quienes apuestan por desmantelar el sector público) se interrumpan las ayudas a las artes y se centre el exiguo presupuesto disponible en mantener el patrimonio material histórico-artístico que se nos está cayendo a pedazos. Y el que quiera escuchar a Malheur en directo que pague lo que realmente cuesta.


Melinda Miel - Tinkering in my heart (1991)

lunes, 20 de mayo de 2013

Opera, mafia e cannoli

Aprovechando nuestra estancia en Palermo fuimos a la ópera, más por conocer el teatro que por interés en la representación. Y es que el Teatro Massimo, además del más grande de los históricos italianos, es sobre todo famoso por ser el escenario de la secuencia final de El Padrino III. Así que a la hora señalada, y mucho más compuestos de lo que solemos para los eventos del Maestranza, que estábamos en tierra extranjera y había que dejar bien alto el pabellón de la elegancia española, ascendimos por las mismas escalinatas en las que mataron a Sofía Coppola dando pie al histriónico grito de Al Pacino que cierra la citada secuencia. Hay que decir que el teatro es precioso y que conserva el encanto de otros tiempos con su correspondiente pátina de decadencia, pátina que cubría también a los asistentes, en su mayoría respetables burgueses palermitanos con alguna que otra marquesona con collares de perlas de varias vueltas como las que dibujaba Serafín en La Codorniz. La obra representada no era esta vez Cavalleria Rusticana sino Aida, que suele ser sinónimo de espectacularidad, pero aquí la crisis también había hecho mella y la versión que nos ofrecieron era bastante pobretona, con un único decorado del que subían y bajaban paneles para representar cambios escénicos y los movimientos de masas habilidosamente resueltos con coreografías exóticas. Las voces, eso sí, eran excelentes, destacando la soprano china Hui He en el papel protagonista, a quien daba réplica el tenor canario Jorge de León. Por cierto que el público de allí es muy aplaudidor, más incluso que el del Maestranza pero no tan dado a los vítores extemporáneos, e interrumpía la función cada vez que algo le gustaba, aunque fueran los coros y danzas.

Hay que hacer constar, en honor a la veracidad histórica, que la representación no se vio interrumpida en ningún momento por disparos cruzados entre familias mafiosas rivales, lo que nos dejó un vago sentimiento de decepción como el que embargaría a los viajeros románticos del XIX al cruzar Sierra Morena en diligencia sin ser asaltados por la banda del Tempranillo. Y es que la mafia, reconozcámoslo, ya no es lo que era, y de hecho en las ciudades ha quedado como simple reclamo para la venta de souvenirs. O, sin ir más lejos, en las novelas del comisario Montalbano (no las he leído, hablo por lo visto en la serie sobre el personaje) donde que los capos de antaño son amables patriarcas que colaboran con la policía en el esclarecimiento de crímenes que les han sido falsamente atribuidos. Lo cual no quiere decir que la onorata società haya desaparecido, que imagino que si colgaron la lupara sería para dedicarse a menesteres más respetables y prósperos como la política, la banca o el negocio inmobiliario. Al igual que en el caso vasco, esta retirada ha traído a la isla una mayor libertad a la hora de enjuiciar los hechos del pasado, no siendo raros las placas y recordatorios en honor de las víctimas. E incluso un día, mientras visitábamos la catedral de Palermo, fuimos sorprendidos por un enorme revuelo de carabinieri, prelados y periodistas, convocados allí por la llegada del féretro con los restos mortales del padre Puglisi, una víctima de la mafia en los años 90 y que ahora iba a ser beatificado. Lo que nos pareció un gesto muy feo por parte de la curia vaticana hacia sus tradicionales aliados después de tantos años de venturosa colaboración, que todo hay que decirlo.

Siguiendo con el relato, cuando salimos de la ópera, y aprovechando que íbamos maqueados, nos fuimos a cenar a la Osteria dei Vespri, uno de los restaurantes mejor valorados de la ciudad, donde dimos cuenta del menú degustación de la casa que hace honor a la fama de la que goza. Como curiosidad, y volviendo a la mitomanía cinematográfica, les cuento que el local ocupa las antiguas caballerizas del Palazzo Ganci, famoso por haberlo elegido Visconti para rodar en sus salones la grandiosa escena del baile de Il Gatopardo. El palazzo se podía visitar hasta no hace mucho, aunque la noble familia que lo habitaba solía exigir unas cantidades desorbitadas por mostrar sus estancias, cantidad que mi señora estaba dispuesta a hacérmela pagar con tal de departir con la aristocracia local. Afortunadamente, y según nos contaron en la Ostería, el último de los herederos había abandonado la isla para establecerse en París cerrando la casa a los forasteros curiosos como nosotros. También nos recomendaron, sabedores de nuestro próximo viaje a Siracusa, que no dejáramos de comer en el restaurante Don Camillo, máximo representante en aquella ciudad de la nueva cocina siciliana, lo que por supuesto hicimos y con idéntico nivel de satisfacción.

Porque ahora por fin entramos en la parte más importante de estas crónicas de viajes y la que más interesa a nuestros lectores, la gastronómica. ¿Y qué les voy a contar que no hayan leído ya mil veces? Pues que en Sicilia se come maravillosamente, y más barato que en la Italia peninsular. Y no sólo en los restaurantes de gran clavazo como los ya citados, sino en cualquier humilde trattoria de barrio, siempre con productos de altísima calidad. Y que tienen también unos excelentes vinos. Los más conocidos son los dulces como el marsala o el moscato. Por cierto que los moscatos que probamos allí no tenían nada que ver con los que se suelen encontrar en España bajo la denominación "Moscato de Asti", que son unos blancos dulzones y con aguja, sino que estaban más en la línea de los olorosos jerezanos. Hay también muy buenos tintos, siendo los más típicos los elaborados con la uva autóctona Nero d'Avola, aunque la revelación del viaje fueron los vinos del Etna, que los crían también blancos, con su característico regusto mineral.En Siracusa descubrimos además que en la isla también se conoce el invento, que hasta entonces creíamos peculiaridad española, de la tienda de ultramarinos. Y vive dios que le sacamos partido, que mientras a mediodía los viajeros centroeuropeos ofrecían la cerviz a los dueños de los restaurantes del Lungomare para que les estoquearan con el pranzo turistico, nosotros buscábamos nuestro hueco en el colmado de los Fratelli Burgio para que nos sorprendieran con sus especialidades. Ellos fueron también nuestra tienda de souvenirs en este viaje, que no tenemos ya edad para andar comprando marionetas. Y de postre cannoli siciliani, el dulce de pasta de harina frita rellena de masa de ricotta por el que mueren los lugareños (sólo hay que recordar cómo lo hace Don Altobello en un palco de nuestro Teatro Massimo envenenado con los que le regala su pérfida ahijada Connie). No llegamos a probar ninguno elaborado por monjas, ni nos atrevimos, pero sí los que hacen en la Pasticceria Mazzara de Palermo que, según dicen ellos, eran los favoritos de Lampedusa, aunque vaya usted a saber. Son exquisitos, mas de digestión nada ligera y no recomendamos enfrentarse a ellos después de una copiosa comida. En cualquier caso, si alguna vez se encontraran en semejante disyuntiva, sigan siempre el sabio consejo de Clemenza: Leave the gun, take the cannoli.


Florinda Bolkan - Metti Una Sera A Cena (1969)

viernes, 10 de mayo de 2013

Escenografías

Obviando los hitos del siglo XX, y aunque conserva aportaciones de todas las culturas que colonizaron la isla, Sicilia es eminentemente barroca, y eso se nota en su pasión por los decorados. Y es que los mecenas de la época no se limitaban a pedirles a sus arquitectos de cámara un palacio o una iglesia, sino que imponían también las vistas y las perspectivas; es decir, la escenografía. Lo cual me recuerda a cierta ocasión en la que fui a una tienda de muebles de diseño con la pretensión de adquirir un sofá elegante para mi piso recién rehabilitado y el dueño, cual esfinge tebana, me planteó el siguiente dilema: “Sí, bien, pero usted realmente ¿viene buscando un sofá o UN ESPACIO?”. Por supuesto en ese momento, y para consternación de mi señora, di media vuelta y me fui a Mi Sofá, que es una tienda de la calle Luis Montoto de toda la vida donde los vendedores no hacen preguntas impertinentes, y compré un sofá sólido, cómodo, barato y sin encanto que me viene prestando un excelente servicio hasta el día de hoy. Pero, como siempre, me voy por las ramas.

Decía que de este gusto por la monumentalidad se aprecia especialmente en las plazas en las que se sitúan los edificios públicos, frecuentemente decoradas con espectaculares fuentes como la Piazza Pretoria de Palermo. En Siracusa, aunque en menor escala, también se aprecia esta pasión por el juego escenográfico, sobre todo en la Piazza del Duomo, donde se halla uno de los edificios más fascinantes de la isla aunque desde fuera no dé esa impresión: el templo griego de Atenea transformado en catedral cristiana. Lamentablemente, cuando estuvimos allí, la plaza sufría un ataque agudo de lo que hemos venido en denominar “teofilismo”, afección urbanística caracterizada por la instalación de elementos efímeros de pésimo gusto (pistas de patinaje, campos de juegos infantiles, mercadillos medievales, ferias de la tapa...) en las zonas más nobles y diáfanas de la ciudad, y cuyo nombre deriva del de cierta alcaldesa gaditana muy aficionada a ello, si bien es cierto que en la actualidad la costumbre ha sido adoptada por regidores de todo signo político y condición. El de Sevilla, sin ir más lejos, es un practicante tan aplicado que amenaza con arrebatarle la primacía a su conmilitona gaditana.

Siguiendo con el arte siciliano, y si finalmente consigo centrarme, les diré que el gran descubrimiento del viaje ha sido Giacomo Serpotta, escultor activo entre los siglos XVII y XVIII y cuyos trabajos en estuco son una de las cumbres del barroco europeo. Y es precisamente por la supuesta pobreza del material con que moldeó sus obras por lo que su nombre no suele tener capítulo propio en los tratados de historia del arte. Pero basta entrar en alguno de los oratorios palermitanos en los que dejó su firma para darse uno cuenta de que Serpotta no era un decorador al uso. Lo descubrimos por casualidad en el de San Domenico, y de ahí le fuimos siguiendo la pista por el de Santa Cita (ambientado ese día con el ensayo de un ensemble de música antigua) y finalmente en el de San Lorenzo, famoso por haber albergado en su retablo un Caravaggio que fue robado en los años 60. En cada uno de ellos idéntica sensación de hallarse ante un artista fuera de lo común. Y es que sólo con el humilde yeso consigue que de las paredes surjan santos, figuras alegóricas, escenas bíblicas, infinidad de traviesos putti y hasta batallas navales, todos engranados y formando parte de una misma idea escénica. Lo cual nos hizo también reflexionar sobre lo mucho que ha ido degradándose hasta nuestros días el oficio de escayolista.

Otra de las razones por las que merece la pena viajar a Sicilia es porque allí se encuentran algunos de los templos griegos mejor conservados del Mediterráneo. En mi anterior visita a la isla ya los recorrí extensamente, y en ésta pensaba llevar a mi señora a ver al menos los de Segesta y Selinunte, pero la incompetencia de los encargados de la agencia Hertz en Palermo nos privaron de tales excursiones, de lo que les aviso para que no contraten alquileres de coches con ellos. Así que terminaremos hablando de otra de las peculiaridades artísticas sicilianas que más nos gustaron: los mosaicos bizantinos con los que los reyes normandos del siglo XII cubrieron el interior de las iglesias que construyeron en Palermo y sus alrededores. Los más espectaculares son los del Duomo di Monreale por las dimensiones del templo, pero incluso en espacios más pequeños como la Capella Palatina del Palazzo dei Normanni la sensación es abrumadora. Todos siguen una secuencia similar: el Cristo Pantocrator en el ábside y luego los ciclos mitológicos correspondientes desplegándose por los muros de las naves como viñetas de un gigantesco comic sobre campo de teselas doradas: la creación, el diluvio, las vidas de los patriarcas, de los apóstoles, de Jesús... Y todo bajo el influjo de un feroz horror vacui que termina cubriendo hasta el más insignificante espacio libre, en las pechinas, las trompas, el intradós de los arcos, con imágenes de santos, arcángeles, serafines o generosos donantes. Como ésta que tienen a su izquierda, fotografiada en la iglesia de La Martorana y que, homenajeando al genial Hematocrítico de Arte, podríamos bautizar libremente como “Mesonera exigiendo el pago de la factura a Tortuga Duende” (La Madonna con il conto della trattoria).


Michael Galasso - Baroque (1992)

sábado, 4 de mayo de 2013

Sicilia según Wallpaper

En nuestro primer paseo por Palermo nos topamos, así de pronto y sin esperarlo, con la horrorosa mole del Palazzo de la Poste, una de las pocas muestras de arquitectura fascista que afean tan hermosa ciudad. Por hacer la gracia comenté en voz alta que si existiera una guía Wallpaper de Palermo, cosa que en aquel momento ignoraba, seguro que este edificio figuraba como uno de los landmarks. A la mañana siguiente, bicheando en la librería que allí tiene Feltrinelli, encontramos la famosa guía y, como no podía ser de otro modo, nada más abrirla apareció la oficina de correos con honores de foto a doble página. Por supuesto mi señora inmediatamente dispuso un cambio en nuestros planes del día para rendir una visita a tan singular edificio público. Que por dentro tampoco es gran cosa, y más tira a lo funcional que hacia el futurismo. Los únicos detalles de interés estaban en la zona del pórtico, con una arcada que recordaba vagamente a las que solía pintar De Chirico antes de su conversión al clasicismo.

El otro landmark del Palermo moderno para nuestra guía era el llamado "rascacielos de la Ina Assitalia", un bloque de oficinas sin ningún encanto en el que nadie se fijaría si estuviera en mitad del barrio de Los Remedios (o zona residencial fea equivalente de la ciudad desde donde se nos lea). El rascacielos, que aun siendo el edificio más alto de Palermo sólo tiene 18 plantas, era el buque insignia de un gran proyecto inmobiliario para revitalizar el centro de la ciudad, en la que también irían tiendas, viviendas y las oficinas del Banco de Sicilia, todo alrededor de una gran plaza porticada. Como suele suceder, y más en Sicilia, el proyecto no pudo terminarse al modo ideado por los arquitectos por falta de fondos y aquello acabó siendo otro quiero y no puedo. En la actualidad, la plaza porticada es un caótico aparcamiento en superficie y los edificios colindantes están pidiendo a gritos un lavado de cara.

Ya saliendo de Palermo, entre las excursiones recomendadas por Wallpaper al turista estaba una visita a Siracusa. Pero no para disfrutar de las vistas de la isla de Ortigia, de sus calles, plazas e iglesias, de su parque arqueológico o sus museos. No. Para los editores de la guía la única visita obligada era al santuario de la Madonna delle Lacrime, un edificio de hormigón proyectado en los años 60 (de hecho recuerda mucho a las cosas que hacía por aquel entonces Niemeyer) aunque no se terminó hasta mediados de los 90. En su momento la erección provocó bastante polémica en la sociedad siracusana, que la veía como un incordio paisajístico y una amenaza a su consideración de ciudad patrimonio de la humanidad, algo similar a lo que sucede ahora en Sevilla con la torre Pelli. Y es cierto que la iglesia, aun estando en la zona moderna, por sus descomunales proporciones impone un impacto visual notable al caserío histórico. Pero si obviamos la cuestión urbanística, como ejemplo de arquitectura contemporánea es realmente notable. La cripta sobre la que se asienta integra elementos arqueológicos descubiertos durante la construcción, mientras que la iglesia en sí plantea un original juego de perspectivas y luces que confluyen en el altar mayor donde se venera la imagen titular. Lo cual es muy interesante porque la famosa Madonna no es más que un cuadrito de escayola de pocos centímetros que un paisano tenía colgado en la cabecera de su cama y del que se cuenta que en 1953 vertió lágrimas humanas al tiempo que realizaba un puñado de curaciones milagrosas. Que semejante patraña haya llevado en pleno siglo XX a la construcción de un hito de la arquitectura moderna para albergar el icono objeto de latría y encauzar los flujos de sus adoradores es lo que más nos debería hacer reflexionar. Y eso, ya lo hemos dicho varias veces, es la función del arte.


Die Moulinettes - Alfio Brambilla (2001)

domingo, 28 de abril de 2013

Las dos Sicilias

A diferencia de Palermo, Siracusa, nuestro otro destino en el viaje que les estoy contando por entregas, es una ciudad amable y tranquila. Y también bellísima aunque sin la monumentalidad de Palermo. Al menos la isla de Ortigia, donde nos alojamos y pasamos la mayor parte del tiempo. En cierto sentido Siracusa se parece mucho a Cádiz, con un casco histórico bien conservado claramente separado de la ciudad moderna, aunque en lugar de península aquello sea una isla unida por puentes a la tierra firme (que no es tal sino otra isla aún más grande como ya sabemos). Pero la trama urbana, los baluartes defensivos, las murallas, los espectaculares amaneceres y puestas de sol sobre el mar Jónico, todo recordaba a nuestra capital sureña. Con la importante excepción del paisanaje.

Y es que en Siracusa, ignoro si a consecuencia de flujos sociales naturales, de la presión del mercado inmobiliario o por decisión política, los canis han abandonado el casco antiguo en favor de turistas y proveedores de servicios. Estoy convencido de que habrá quienes lamenten el hecho con amargas invocaciones a la autenticidad perdida, pero por lo que a mí respecta el resultado es espléndido y digno de ser importado. Porque, reconozcámoslo, ante lo remota que se presenta la solución a la presente crisis económica habrá que empeñar las joyas de la familia, y las únicas que nos quedan ya son nuestro patrimonio histórico y cultural. Enviemos entonces a la población nativa a zonas residenciales bien acondicionadas de la periferia y dejemos los núcleos históricos de las poblaciones a los turistas con nivel adquisitivo, que no sólo traen divisas con que revivir la economía local sino que además valoran lo que se les ofrece y ni pintarraquean los muros ni rompen su encanto con amotillos de escape libre. Es sólo a modest proposal.

En Palermo, cuyo casco antiguo, como el de Sevilla, es demasiado extenso para aplicar estas medidas de reordenación poblacional, encontrar un espacio de tranquilidad es casi utópico, aunque no imposible. Por ejemplo, en una encrucijada de calles perpetuamente colapsadas por el tráfico se encuentra la iglesia de San Giovanni degli Eremiti, a cuyos jardines y restos del antiguo claustro gótico se les puede aplicar sin rubor el topicazo de "remanso de paz". Vale la pena pagar la entrada sólo para sentarse en un banco de piedra junto a sus venerables muros, aislados del bullicio circundante,  a leer, escuchar a los pájaros o sestear. Un poco más alejado del centro urbano se encuentra el Orto Botánico, uno de esos maravillosos jardines que los Borbones ilustrados de antaño erigían en sus capitales favoritas. Y es que la afición por la caza o las barraganas no son incompatibles con el fomento de las artes y las ciencias, algo que sus actuales descendientes prefieren ignorar. Por esas razones históricas el botánico de Palermo se parece mucho al de Madrid, aunque con mayor abundancia de especies tropicales y suculentas por aquello del clima. Destacan como especímenes únicos algunos espectaculares ficus y dragos centenarios como el que recientemente la incuria municipal gaditana permitió que se cayera a espaldas del Museo. Personalmente me gustaron mucho, además de la simpática colonia de tortugas que había tomado como residencia el estanque de los nenúfares, los palos borrachos (Ceiba speciosa), árboles originarios del Brasil y muy aclimatados a la isla que durante nuestra visita andaban esparciendo sus semillas al viento con la ayuda de las peculiares nubes de algodón que contienen sus frutos.

Aunque si hacemos caso a otro conocido tópico, no hay mayor tranquilidad que la de los camposantos, de los que Palermo ofrece uno muy peculiar: las catacumbas de los Capuchinos. Apartadas también del centro y no fáciles de encontrar, llegamos a ellas siguiendo a una pareja de góticos que supusimos, con buen criterio como luego se demostró, que andaban buscando la misma atracción turística. Porque eso, y no un lugar sagrado es lo que son las famosas catacumbas. Se trata de la explotación comercial de un fenómeno natural causado por las condiciones del lugar que provoca  la desecación de los cuerpos allí depositados, expuestos en las paredes como en galería de retratos; separados eso sí por sexo y condición: mujeres, infantes, frailes, clero secular y civiles, cada uno en su pasillo. Y aunque en su mayoría no son ya sino esqueletos con jirones de piel, algunos sí que presentan caracteres propios de momias. Y sí, he dicho antes atracción turística pero más es barraca de feria, que ni asusta ni impresiona pero divierte por lo casposa. Y es que visto un muerto vistos todos, y al final son mucho más interesantes los epitafios, heráldicas y alegorías de las lápidas sepulcrales que los ropajes y muecas de los difuntos. No muestro fotos porque estaba prohibido hacerlas, lo cual es una pena pues se podían haber resuelto con ellas muchas portadas de cassettes de Knockturne Records.

Las catacumbas formaban parte del cementerio de los Capuchinos, éste sí más acorde con nuestra idea de un camposanto y que también se puede visitar. Y ya que estábamos al lado lo hicimos por buscar la tumba del Príncipe de Lampedusa que está allí enterrado. Dimos varias vueltas por sus calles, que no tienen ningún encanto especial, buscando entre los panteones y monumentos funerarios el de quien es considerado el más famoso de los escritores sicilianos, a pesar de que su obra se limite a una única novela. Al final, aburridos, optamos por preguntar a un enterrador, que nos señaló una simple lápida en el suelo, una más entre tantas otras, bajo la que también yace su mujer Alessandra Wolff Stomersee. Una sorprendente muestra de sencillez en una tierra tan dada a la pompa y la escenografía.

 
Francesco De Massi - L'isola dell'amore (1969)

miércoles, 24 de abril de 2013

Maitines sicilianos

En nuestro hotel de Palermo el desayuno nos lo traían todas las mañanas a la habitación. Básicamente porque no tenían un comedor donde servirlo, pero el detalle era bonito. En la página web aparecía la foto de una chica guapísima llevando la bandeja, algo que asumí como la natural licencia publicitaria. Así que cuál no sería mi sorpresa el primer día al abrir la puerta de la habitación y encontrarme con semejante bellezón en carne mortal. Que luego se vio que no representaba ni de lejos a la mujer siciliana media. No quiero que el nivel discursivo de este blog descienda al de las tabernas o las barberías, ni caer en el error de las generalizaciones, pero mi obligación didáctica es explicar las cosas. Y la mujer de esas tierras no es ni guapa ni fea, y el término medio estaría más cerca de la legítima esposa del pobre Mastroianni  en Divorcio a la italiana que de la prima encarnada por Stefania Sandrelli. De hecho la raza siciliana es indistinguible de la nuestra, ya que en ella han ido dejando sus nucleótidos los mismos pueblos y en parecido orden, lo cual, como aquí, también se manifiesta en su arquitectura. Habita en Palermo incluso una población de canis tan similar a la gaditana que debieran estudiarla los biólogos como modelo de evolución convergente en la especie humana.

Palermo es posiblemente la ciudad más decadente donde he estado. Más que La Habana, Lisboa o Cádiz. Según mi señora jugaría en la liga de ciudades como Tánger o Estambul. Porque hablo de decadencia física, de decrepitud, que contrasta con la belleza que aún conservan la mayor parte de los edificios aunque hayan perdido su primitivo esplendor. Y es que no se observa ni el más mínimo intento de rehabilitación. Llama sobre todo la atención el altísimo número de palazzos cerrados y en estado ruinoso, prácticamente uno en cada calle, sin que a nadie parezca importarle. Ni siquiera se preocupan por adecentar las fachadas, todas del color del hollín, pertenezcan a edificios públicos, privados o religiosos. Imagino que el palermitano es consciente de que pese a la mugre y la ruina, su ciudad sigue siendo una de las más hermosas del occidente cristiano y por tanto no malgasta su tiempo ni su dinero en dar lustre a un producto que se vende solo.

Por si fuera poco, Palermo es una ciudad caótica. Los coches y motos circulan como y por donde les place sin ningún respeto por las ordenanzas o la integridad de los peatones. Cruzar una calle se convierte en aventura cuando los despintados pasos de cebra que las adornan sólo sirven para señalar las zonas donde es más probable que se produzcan atropellos. Y no digamos nada de la experiencia de viajar en taxi, que allí según parece gozan del privilegio de tomar el sentido de las calles como más les conviene, con independencia de lo que determinen al resto de los vehículos las señalizaciones municipales. Incluso los mercados se desparraman por las calles, con sus olores y sus fluidos, sin que ningún edificio los contenga. Aunque lo que más refuerza en el forastero esta sensación de desgobierno son las montañas de basura que se elevan en muchas de sus calles, hasta en las más céntricas y señoriales, llegando incluso a bloquearlas como pudimos observar en más de una ocasión. Al principio pensamos que se trataba de una huelga, ya que las imágenes remitían a las del Napoles de hace un par de años. Hasta que un taxista nos explicó que formaba parte de la política habitual de la concesionaria del servicio para obligar a los vecinos a pagar las tasas. O dicho en su sintética frase destinada a que unos turistas españoles lo entendieran: Niente pagare, niente lavorare.

Entonces fue cuando comprendimos por qué Tony Soprano escogió como negocio para su familia la gestión de residuos. Pero de la mafia ya les hablaré otro día.


Julian Cope - An Elegant Chaos (1984)

martes, 12 de marzo de 2013

Barcelona

El llamado problema catalán es algo bastante simple y fácil de entender, pues coincide con una aspiración compartida por la mayoría de nosotros: simplemente quieren marcharse de este cochambroso país. ¡A ver quién les va a culpar por ello! Y tampoco nos debería parecer mal que lo quieran hacer por la tremenda, llevándose incluso el paisaje; así se ahorran la saudade del emigrante. Quedaría por arreglar el espinoso tema del reparto de la deuda, claro, que en las separaciones quien se queda el piso carga también con la hipoteca. De todos modos, lo que me resulta sorprendente es la pérdida de ecuanimidad de un pueblo tradicionalmente tan sensato como el catalán, que les lleva a creer que el solo hecho de convertirse en un país de pequeño formato va a provocar que se vuelque sobre ellos el cuerno de la fortuna, como si no tuvieran tanta arte y parte en el problema como los demás. Y que no se hayan percatado de que quienes van a liderar su particular paso del Mar Rojo sean tan sinvergüenzas como los que gestionan los dineros del PER y los ERE en las taifas del sur. Y para muestra, ahí encima tienen el café del Palau de la Música, precioso edificio modernista que da nombre a la más famosa trama de corrupción política catalana de las últimas décadas.

En cualquier caso, y aprovechando que todavía no hay que mostrar pasaportes en el Prat, hace unos días estuvimos en Barcelona y tengo que decir que fuimos acogidos con la hospitalidad y el cariño de siempre. Y como siempre dedicamos gran parte del tiempo a visitar exposiciones de las que paso a darles cuenta, no en balde el propósito de este blog es educativo. Y curiosamente casi todas a las que fuimos tenían a la fotografía como principal motivo. La excepción fue la colección permanente de la Fundación Godia, que no tenía el gusto de conocer y que es una visita muy recomendable. El mecenas, Francisco Godia, era un rico empresario catalán, apasionado del automovilismo (llegó incluso a competir en los años 50 en el mundial de Fórmula I con sus propios vehículos) y con un innegable buen gusto para el arte. Su colección de arte medieval y renacentista, reunida en esos años en que los tesoros de las parroquias rurales eran saqueados con el consentimiento de todos, es de las mejores de España. También tiene algunas obras interesantes del modernismo catalán (Nonell, Rusiñol, Casas...) y una extraordinaria corrida de toros de Solana.

El CaixaForum tenía una exposición siguiendo la moda de las que se suelen hacer últimamente, en las que se mezclan obras de diferentes épocas en busca de un discurso las más de las veces inexistente, aunque en su defensa hay que reconocer que en su mayor parte la propuesta se mantenía con dignidad. El tema era la relación entre pintura y fotografía y la influencia mutua entre ambas bellas artes. Y es cierto que funcionaba muy bien cuando se enfrentaban obras de la época en la que la fotografía daba sus primeros pasos, pero flojeaba al tratar de justificar la inclusión de obras más cercanas en el tiempo. Pero ya digo que en conjunto es una exposición interesante, sobre todo por presentar a pioneros del arte fotográfico menos conocidos (al menos por mí) como Julia Margaret Cameron o Gustave Le Gray. Y también porque nos enfrenta con el fascinante proceso de la gestación de un nuevo arte, que partiendo de la nada y tomando como modelo lo más cercano que tenía, la pintura, en muy pocos años alcanza su máxima madurez creativa. Lo mismo que le sucedió al cine o el cómic.

Y ya que hablamos de CaixaForum una breve reflexión (o digresión). Tanto para la sede de Barcelona como para la de Madrid, las dos que conozco, se aprovecharon edificios industriales en desuso del centro de las ciudades. Para el proyecto de Sevilla, la Junta de Andalucía les cedió, sin ningún respeto por la importancia del monumento, las antiguas atarazanas, y además permitió que se le pusiera por montera un diseño estrafalario de uno de los arquitectos áulicos del régimen. Fue providencial que la actual coyuntura económica paralizara el proceso si bien a costa de enviarlo a un edificio de las afueras, herencia envenenada del proceso de fusión con las cajas sevillanas. Ahora parece que se impone la cordura y que con las Atarazanas se va a seguir una restauración más conservadora o arqueológica, poniendo en valor el edificio y rebajando el suelo hasta la cota original alfonsí. Que todo está por ver, dada la conocida incompetencia de quienes administran nuestro patrimonio. En cualquier caso uno entiende y acepta las razones económicas de la Caixa para llevar su proyecto cultural a la torre Pelli, pero es lástima porque en Sevilla hay un gran número edificios singulares en estado de abandono que podrían acogerlo con mayor dignidad si hubiera una mínima voluntad por parte de los políticos del lugar. Y estoy pensando en la Fábrica de Artillería de San Bernardo, sin ir más lejos.

Volviendo a Barcelona vimos también, y más porque pasábamos por allí que por verdadero interés, la exposición monográfica que La Virreina programaba sobre Alberto García-Alix, un fotógrafo que con independencia de sus cualidades formales siempre me ha resultado cargante por su exhibicionismo y su malditismo impostado. Y siguiendo Ramblas abajo, en el Arts Santa Mònica, una exposición colectiva sobre la fotografía en los tiempos de internet, la telefonía móvil y las redes sociales, habitual batiburrillo de propuestas más o menos ingeniosas pero montada con gusto y sentido del espectáculo, por lo que nos resultó entretenida.

Y basta ya de artes plásticas y hablemos de las hosteleras que son las que intuyo que interesan mayormente a la parroquia que lee este blog. Hay que decir que en este viaje no hemos ido en general a restaurantes nuevos, que estamos ya ahítos de tanta fusión inane y de las burbujas gastronómicas de moda. La excepción fue el Tanta, un restaurante de cocina peruana montado por la estrella de los fogones del momento, Gastón Acurio, por el que nuestro anfitrión en Barcelona sentía cierta curiosidad. Y lo cierto es que el sitio es bonito, el servicio agradable y no comimos mal, pero tampoco fue una experiencia como para recordarla mucho tiempo. Por eso nos hizo gracia enterarnos por los periódicos, ya de vuelta en casa, de que al tal Gastón le habían concedido el Premio Mundial de Gastronomía; imaginamos que a partir de ahora reservar allí va ser más complicado. Así que, y aparte de una lamentable experiencia en un restaurante literario al que se empeñó en llevarnos mi señora porque una noche vio allí cenando a Vila Matas, nuestros senderos acababan siempre en casa de comidas caseras, bares tradicionales y tabernas de viejos, éstas últimas indefectiblemente abarrotadas de jóvenes hipsters, y es que por lo visto ahora son tendencia. No les doy nombres porque sólo faltaba que la próxima vez que vaya me las encuentre llenas de modernos sevillanos.


La Coral Cósmica - Rumba Cósmica (1979)