A diferencia de Palermo, Siracusa, nuestro otro destino en el viaje que les estoy contando por entregas, es una ciudad amable y tranquila. Y también bellísima aunque sin la monumentalidad de Palermo. Al menos la isla de Ortigia, donde nos alojamos y pasamos la mayor parte del tiempo. En cierto sentido Siracusa se parece mucho a Cádiz, con un casco histórico bien conservado claramente separado de la ciudad moderna, aunque en lugar de península aquello sea una isla unida por puentes a la tierra firme (que no es tal sino otra isla aún más grande como ya sabemos). Pero la trama urbana, los baluartes defensivos, las murallas, los espectaculares amaneceres y puestas de sol sobre el mar Jónico, todo recordaba a nuestra capital sureña. Con la importante excepción del paisanaje.
Y es que en Siracusa, ignoro si a consecuencia de flujos sociales naturales, de la presión del mercado inmobiliario o por decisión política, los canis han abandonado el casco antiguo en favor de turistas y proveedores de servicios. Estoy convencido de que habrá quienes lamenten el hecho con amargas invocaciones a la autenticidad perdida, pero por lo que a mí respecta el resultado es espléndido y digno de ser importado. Porque, reconozcámoslo, ante lo remota que se presenta la solución a la presente crisis económica habrá que empeñar las joyas de la familia, y las únicas que nos quedan ya son nuestro patrimonio histórico y cultural. Enviemos entonces a la población nativa a zonas residenciales bien acondicionadas de la periferia y dejemos los núcleos históricos de las poblaciones a los turistas con nivel adquisitivo, que no sólo traen divisas con que revivir la economía local sino que además valoran lo que se les ofrece y ni pintarraquean los muros ni rompen su encanto con amotillos de escape libre. Es sólo a modest proposal.
En Palermo, cuyo casco antiguo, como el de Sevilla, es demasiado extenso para aplicar estas medidas de reordenación poblacional, encontrar un espacio de tranquilidad es casi utópico, aunque no imposible. Por ejemplo, en una encrucijada de calles perpetuamente colapsadas por el tráfico se encuentra la iglesia de San Giovanni degli Eremiti, a cuyos jardines y restos del antiguo claustro gótico se les puede aplicar sin rubor el topicazo de "remanso de paz". Vale la pena pagar la entrada sólo para sentarse en un banco de piedra junto a sus venerables muros, aislados del bullicio circundante, a leer, escuchar a los pájaros o sestear. Un poco más alejado del centro urbano se encuentra el Orto Botánico, uno de esos maravillosos jardines que los Borbones ilustrados de antaño erigían en sus capitales favoritas. Y es que la afición por la caza o las barraganas no son incompatibles con el fomento de las artes y las ciencias, algo que sus actuales descendientes prefieren ignorar. Por esas razones históricas el botánico de Palermo se parece mucho al de Madrid, aunque con mayor abundancia de especies tropicales y suculentas por aquello del clima. Destacan como especímenes únicos algunos espectaculares ficus y dragos centenarios como el que recientemente la incuria municipal gaditana permitió que se cayera a espaldas del Museo. Personalmente me gustaron mucho, además de la simpática colonia de tortugas que había tomado como residencia el estanque de los nenúfares, los palos borrachos (Ceiba speciosa), árboles originarios del Brasil y muy aclimatados a la isla que durante nuestra visita andaban esparciendo sus semillas al viento con la ayuda de las peculiares nubes de algodón que contienen sus frutos.
Aunque si hacemos caso a otro conocido tópico, no hay mayor tranquilidad que la de los camposantos, de los que Palermo ofrece uno muy peculiar: las catacumbas de los Capuchinos. Apartadas también del centro y no fáciles de encontrar, llegamos a ellas siguiendo a una pareja de góticos que supusimos, con buen criterio como luego se demostró, que andaban buscando la misma atracción turística. Porque eso, y no un lugar sagrado es lo que son las famosas catacumbas. Se trata de la explotación comercial de un fenómeno natural causado por las condiciones del lugar que provoca la desecación de los cuerpos allí depositados, expuestos en las paredes como en galería de retratos; separados eso sí por sexo y condición: mujeres, infantes, frailes, clero secular y civiles, cada uno en su pasillo. Y aunque en su mayoría no son ya sino esqueletos con jirones de piel, algunos sí que presentan caracteres propios de momias. Y sí, he dicho antes atracción turística pero más es barraca de feria, que ni asusta ni impresiona pero divierte por lo casposa. Y es que visto un muerto vistos todos, y al final son mucho más interesantes los epitafios, heráldicas y alegorías de las lápidas sepulcrales que los ropajes y muecas de los difuntos. No muestro fotos porque estaba prohibido hacerlas, lo cual es una pena pues se podían haber resuelto con ellas muchas portadas de cassettes de Knockturne Records.
Las catacumbas formaban parte del cementerio de los Capuchinos, éste sí más acorde con nuestra idea de un camposanto y que también se puede visitar. Y ya que estábamos al lado lo hicimos por buscar la tumba del Príncipe de Lampedusa que está allí enterrado. Dimos varias vueltas por sus calles, que no tienen ningún encanto especial, buscando entre los panteones y monumentos funerarios el de quien es considerado el más famoso de los escritores sicilianos, a pesar de que su obra se limite a una única novela. Al final, aburridos, optamos por preguntar a un enterrador, que nos señaló una simple lápida en el suelo, una más entre tantas otras, bajo la que también yace su mujer Alessandra Wolff Stomersee. Una sorprendente muestra de sencillez en una tierra tan dada a la pompa y la escenografía.
En nuestro hotel de Palermo el desayuno nos lo traían todas las mañanas a la habitación. Básicamente porque no tenían un comedor donde servirlo, pero el detalle era bonito. En la página web aparecía la foto de una chica guapísima llevando la bandeja, algo que asumí como la natural licencia publicitaria. Así que cuál no sería mi sorpresa el primer día al abrir la puerta de la habitación y encontrarme con semejante bellezón en carne mortal. Que luego se vio que no representaba ni de lejos a la mujer siciliana media. No quiero que el nivel discursivo de este blog descienda al de las tabernas o las barberías, ni caer en el error de las generalizaciones, pero mi obligación didáctica es explicar las cosas. Y la mujer de esas tierras no es ni guapa ni fea, y el término medio estaría más cerca de la legítima esposa del pobre Mastroianni en Divorcio a la italiana que de la prima encarnada por Stefania Sandrelli. De hecho la raza siciliana es indistinguible de la nuestra, ya que en ella han ido dejando sus nucleótidos los mismos pueblos y en parecido orden, lo cual, como aquí, también se manifiesta en su arquitectura. Habita en Palermo incluso una población de canis tan similar a la gaditana que debieran estudiarla los biólogos como modelo de evolución convergente en la especie humana.
Palermo es posiblemente la ciudad más decadente donde he estado. Más que La Habana, Lisboa o Cádiz. Según mi señora jugaría en la liga de ciudades como Tánger o Estambul. Porque hablo de decadencia física, de decrepitud, que contrasta con la belleza que aún conservan la mayor parte de los edificios aunque hayan perdido su primitivo esplendor. Y es que no se observa ni el más mínimo intento de rehabilitación. Llama sobre todo la atención el altísimo número de palazzos cerrados y en estado ruinoso, prácticamente uno en cada calle, sin que a nadie parezca importarle. Ni siquiera se preocupan por adecentar las fachadas, todas del color del hollín, pertenezcan a edificios públicos, privados o religiosos. Imagino que el palermitano es consciente de que pese a la mugre y la ruina, su ciudad sigue siendo una de las más hermosas del occidente cristiano y por tanto no malgasta su tiempo ni su dinero en dar lustre a un producto que se vende solo.
Por si fuera poco, Palermo es una ciudad caótica. Los coches y motos circulan como y por donde les place sin ningún respeto por las ordenanzas o la integridad de los peatones. Cruzar una calle se convierte en aventura cuando los despintados pasos de cebra que las adornan sólo sirven para señalar las zonas donde es más probable que se produzcan atropellos. Y no digamos nada de la experiencia de viajar en taxi, que allí según parece gozan del privilegio de tomar el sentido de las calles como más les conviene, con independencia de lo que determinen al resto de los vehículos las señalizaciones municipales. Incluso los mercados se desparraman por las calles, con sus olores y sus fluidos, sin que ningún edificio los contenga. Aunque lo que más refuerza en el forastero esta sensación de desgobierno son las montañas de basura que se elevan en muchas de sus calles, hasta en las más céntricas y señoriales, llegando incluso a bloquearlas como pudimos observar en más de una ocasión. Al principio pensamos que se trataba de una huelga, ya que las imágenes remitían a las del Napoles de hace un par de años. Hasta que un taxista nos explicó que formaba parte de la política habitual de la concesionaria del servicio para obligar a los vecinos a pagar las tasas. O dicho en su sintética frase destinada a que unos turistas españoles lo entendieran: Niente pagare, niente lavorare.
Entonces fue cuando comprendimos por qué Tony Soprano escogió como negocio para su familia la gestión de residuos. Pero de la mafia ya les hablaré otro día.
El llamado problema catalán es algo bastante simple y fácil de entender, pues coincide con una aspiración compartida por la mayoría de nosotros: simplemente quieren marcharse de este cochambroso país. ¡A ver quién les va a culpar por ello! Y tampoco nos debería parecer mal que lo quieran hacer por la tremenda, llevándose incluso el paisaje; así se ahorran la saudade del emigrante. Quedaría por arreglar el espinoso tema del reparto de la deuda, claro, que en las separaciones quien se queda el piso carga también con la hipoteca. De todos modos, lo que me resulta sorprendente es la pérdida de ecuanimidad de un pueblo tradicionalmente tan sensato como el catalán, que les lleva a creer que el solo hecho de convertirse en un país de pequeño formato va a provocar que se vuelque sobre ellos el cuerno de la fortuna, como si no tuvieran tanta arte y parte en el problema como los demás. Y que no se hayan percatado de que quienes van a liderar su particular paso del Mar Rojo sean tan sinvergüenzas como los que gestionan los dineros del PER y los ERE en las taifas del sur. Y para muestra, ahí encima tienen el café del Palau de la Música, precioso edificio modernista que da nombre a la más famosa trama de corrupción política catalana de las últimas décadas.
En cualquier caso, y aprovechando que todavía no hay que mostrar pasaportes en el Prat, hace unos días estuvimos en Barcelona y tengo que decir que fuimos acogidos con la hospitalidad y el cariño de siempre. Y como siempre dedicamos gran parte del tiempo a visitar exposiciones de las que paso a darles cuenta, no en balde el propósito de este blog es educativo. Y curiosamente casi todas a las que fuimos tenían a la fotografía como principal motivo. La excepción fue la colección permanente de la Fundación Godia, que no tenía el gusto de conocer y que es una visita muy recomendable. El mecenas, Francisco Godia, era un rico empresario catalán, apasionado del automovilismo (llegó incluso a competir en los años 50 en el mundial de Fórmula I con sus propios vehículos) y con un innegable buen gusto para el arte. Su colección de arte medieval y renacentista, reunida en esos años en que los tesoros de las parroquias rurales eran saqueados con el consentimiento de todos, es de las mejores de España. También tiene algunas obras interesantes del modernismo catalán (Nonell, Rusiñol, Casas...) y una extraordinaria corrida de toros de Solana.
El CaixaForum tenía una exposición siguiendo la moda de las que se suelen hacer últimamente, en las que se mezclan obras de diferentes épocas en busca de un discurso las más de las veces inexistente, aunque en su defensa hay que reconocer que en su mayor parte la propuesta se mantenía con dignidad. El tema era la relación entre pintura y fotografía y la influencia mutua entre ambas bellas artes. Y es cierto que funcionaba muy bien cuando se enfrentaban obras de la época en la que la fotografía daba sus primeros pasos, pero flojeaba al tratar de justificar la inclusión de obras más cercanas en el tiempo. Pero ya digo que en conjunto es una exposición interesante, sobre todo por presentar a pioneros del arte fotográfico menos conocidos (al menos por mí) como Julia Margaret Cameron o Gustave Le Gray. Y también porque nos enfrenta con el fascinante proceso de la gestación de un nuevo arte, que partiendo de la nada y tomando como modelo lo más cercano que tenía, la pintura, en muy pocos años alcanza su máxima madurez creativa. Lo mismo que le sucedió al cine o el cómic.
Y ya que hablamos de CaixaForum una breve reflexión (o digresión). Tanto para la sede de Barcelona como para la de Madrid, las dos que conozco, se aprovecharon edificios industriales en desuso del centro de las ciudades. Para el proyecto de Sevilla, la Junta de Andalucía les cedió, sin ningún respeto por la importancia del monumento, las antiguas atarazanas, y además permitió que se le pusiera por montera un diseño estrafalario de uno de los arquitectos áulicos del régimen. Fue providencial que la actual coyuntura económica paralizara el proceso si bien a costa de enviarlo a un edificio de las afueras, herencia envenenada del proceso de fusión con las cajas sevillanas. Ahora parece que se impone la cordura y que con las Atarazanas se va a seguir una restauración más conservadora o arqueológica, poniendo en valor el edificio y rebajando el suelo hasta la cota original alfonsí. Que todo está por ver, dada la conocida incompetencia de quienes administran nuestro patrimonio. En cualquier caso uno entiende y acepta las razones económicas de la Caixa para llevar su proyecto cultural a la torre Pelli, pero es lástima porque en Sevilla hay un gran número edificios singulares en estado de abandono que podrían acogerlo con mayor dignidad si hubiera una mínima voluntad por parte de los políticos del lugar. Y estoy pensando en la Fábrica de Artillería de San Bernardo, sin ir más lejos.
Volviendo a Barcelona vimos también, y más porque pasábamos por allí que por verdadero interés, la exposición monográfica que La Virreina programaba sobre Alberto García-Alix, un fotógrafo que con independencia de sus cualidades formales siempre me ha resultado cargante por su exhibicionismo y su malditismo impostado. Y siguiendo Ramblas abajo, en el Arts Santa Mònica, una exposición colectiva sobre la fotografía en los tiempos de internet, la telefonía móvil y las redes sociales, habitual batiburrillo de propuestas más o menos ingeniosas pero montada con gusto y sentido del espectáculo, por lo que nos resultó entretenida.
Y basta ya de artes plásticas y hablemos de las hosteleras que son las que intuyo que interesan mayormente a la parroquia que lee este blog. Hay que decir que en este viaje no hemos ido en general a restaurantes nuevos, que estamos ya ahítos de tanta fusión inane y de las burbujas gastronómicas de moda. La excepción fue el Tanta, un restaurante de cocina peruana montado por la estrella de los fogones del momento, Gastón Acurio, por el que nuestro anfitrión en Barcelona sentía cierta curiosidad. Y lo cierto es que el sitio es bonito, el servicio agradable y no comimos mal, pero tampoco fue una experiencia como para recordarla mucho tiempo. Por eso nos hizo gracia enterarnos por los periódicos, ya de vuelta en casa, de que al tal Gastón le habían concedido el Premio Mundial de Gastronomía; imaginamos que a partir de ahora reservar allí va ser más complicado. Así que, y aparte de una lamentable experiencia en un restaurante literario al que se empeñó en llevarnos mi señora porque una noche vio allí cenando a Vila Matas, nuestros senderos acababan siempre en casa de comidas caseras, bares tradicionales y tabernas de viejos, éstas últimas indefectiblemente abarrotadas de jóvenes hipsters, y es que por lo visto ahora son tendencia. No les doy nombres porque sólo faltaba que la próxima vez que vaya me las encuentre llenas de modernos sevillanos.
Pues aquí me tienen de nuevo, dispuesto a continuar con el blog después de otra de mis impresentables espantadas. Esta vez el habitual periodo de bloqueo provocado por las obligaciones laborales ha sido coronado por los fastos que celebraban el paso oficial a la edad madura. Pero ya cumplidos los ritos que prescribe la costumbre me dispongo a continuar mi batalla virtual contra la ignorancia y la barbarie, del mismo modo que los troyanos, una vez que finalizaron los funerales del valerosísimo Héctor, domador de caballos, barrieron las cenizas del difunto y se aprestaron a defender las murallas de Ilión de las acometidas aqueas.
Ah, la guerra de Troya; la única guerra noble de la que puede presumir la Historia. Una guerra sin buenos ni malos y combates singulares de hombre a hombre. Tanto que hasta el relato de Homero da cuenta de los nombres y la genealogía de cada uno de los que van cayendo, nada que ver con el body count a que nos tienen acostumbrados los relatos bélicos de entonces a esta parte. Hubo violencia sí, algo inevitable en un conflicto armado entre grupos humanos, pero también caballerosidad y respeto al adversario. Una rivalidad modélica como la que siglos más tarde recreara el gran Chuck Jones para las Looney Tunes de la Warner Bros. con los personajes del lobo Ralph y el perro ovejero Sam, esos que se saludaban al tiempo de fichar e instantes después andaban despedazándose de acuerdo con las obligaciones que la naturaleza impuso a sus respectivos linajes.
Mas toda esa cortesía a la hora de liquidar al enemigo (y vuelvo de nuevo a Troya) se acabó cuando los griegos, quizás cansados del juego que ya se alargaba demasiado, le encargaron la solución final al listo que hay en todas las pandillas, al que siempre sabe cómo evitar las colas y saltarse los trámites administrativos, al fecundo en ardides Odiseo, que seguro que también era quien le hacía la declaración de la renta a Agamenón y no incluía el botín de guerra en la casilla de ganancias patrimoniales para que le saliera a devolver. Porque el truco de hacer como que nos vamos y dejar el caballo de madera marca Acme con la bomba de relojería dentro estuvo muy feo, y de aquel lamentable episodio deriva en gran parte la desconfianza en el prójimo que hoy nos atenaza.
Pues eso, que al igual que el artero Odiseo, además de esquivar los Escila y Caribdis del trabajo y las celebraciones también he tenido que luchar contra los cantos de sirenas que en la forma de redes sociales han sido en gran parte culpables de que digresiones como la anterior no hayan llegado a sus pantallas con la regularidad debida. La última a la que me he aficionado tiene por nombre Twitter y es uno de los sumideros de tiempo más eficaces que he conocido, y eso que no es nada original ya que se basa en la producción de aforismos con un número limitado de caracteres. Pero es que, además de mi natural tendencia a la procrastinación, yo siempre he sido aficionado al género epigramático, no tanto por el componente sapiencial sino por su cómoda lectura. Sin ir más lejos ahora mismo estoy leyendo las Máximas del Conde de la Rochefoucauld en una edición de bolsillo que me acompaña en salas de espera y demás tiempos muertos, y en la que he encontrado algunos tuits que se adaptan como un guante de seda a mi realidad presente. Como éste:
"Gustan los viejos de dar buenos consejos para consolarse de no estar ya en condiciones de dar malos ejemplos".
Y sólo en 108 caracteres, todavía le daba incluso para un hashtag.
Juaneco y su Combo - Ya se ha muerto mi abuelo (1979)
Es cierto que algunos barrios de Estocolmo, construidos en
la década de los sesenta, recuerdan a los del antiguo Berlín Oriental. Por sus
planteamientos urbanísticos y arquitectónicos racionalistas, sobrios y
disciplinados, aunque también supongo que estarán construidos con mejores
materiales y partiendo de unos presupuestos más éticos. Pero en esa primera
impresión es donde acaban todas las semejanzas. Y sin embargo durante décadas
se nos presentaron a las sociedades escandinavas de la guerra fría como estados
nominalmente democráticos que mantenían a sus ciudadanos bajo un régimen
económico socialista similar al de sus vecinos del Pacto de Varsovia. Para
estas fuentes, cuyos herederos son quienes dominan hoy el panorama informativo
español, lo más destacable de aquellas sociedades era la insoportable presión
impositiva y el control estatal sobre cualquier aspecto de la vida de sus
ciudadanos, lo que llevaba a que fueran los países de Europa con una mayor tasa
de suicidios y de alcoholismo (aunque esto último, en un país que grava con tan
desorbitadas tasas el alcohol, habría de considerarse más bien una bendición
para las arcas del estado). Era una visión interesada promovida por aquellos a
quienes no convenía que una de las experiencias políticas más fascinantes de
la historia contemporánea infectara a otros países. Y a fe mía que lo lograron.
La experiencia socialdemócrata se extendió por la mayoría de
países europeos, sí, pero sin llegar a echar raíces; y si las hubo la marea
conservadora de principios de los ochenta acabó por secarlas. Y la
crisis del capitalismo del siglo XXI que tanta compañía nos hace la ha derribado
hace nada. Y con todas las bendiciones democráticas, que ha sido precisamente
el voto de quienes más beneficios sociales obtenían del sistema el que ha le ha asestado la puntilla.
En los países escandinavos, aun bajo gobiernos conservadores y con sus muchos
defectos, el espíritu socialdemócrata se mantiene por la voluntad de sus
ciudadanos. No en balde sus sistemas educativos tienen fama de eficaces y de formar
personas con capacidad de razonar; personas, por tanto, más difíciles de
engañar. Y no deja de ser curioso que el único país de la zona de influencia
escandinava que había renegado de sus principios socialdemócratas para
arrojarse en brazos del capitalismo salvaje, Islandia, haya sido también el
único de los europeos que, tras un acto
de contrición y la correspondiente penitencia a los charlatanes que les
llevaron a la bancarrota, ha vuelto al modelo de planificación económica y hegemonía
del sector público.
En España es nombrar la socialdemocracia y acordarse uno del
felipismo, de los hermanos Guerra y del resto de la troupe, y nos entran las arcadas. Pero
a día de hoy es la única experiencia política que ha demostrado sobre el
terreno que es posible garantizar la igualdad y los derechos sociales
manteniendo al tiempo un exquisito respeto a los principios democráticos; lo demás
son utopías o experimentos calamitosos. Obviamente quienes contribuyeron al
desastre no pueden dirigir la regeneración. Habría que contar con otros
políticos y otros partidos. Y con una ciudadanía educada, lo cual me temo que
es un problema de más difícil solución.
Acabo de terminar de leer Pensar el siglo XX, el libro de memorias del historiador Tony Judt,
escrito en forma de diálogo con su amigo Timothy Snyder cuando ya estaba
gravemente afectado por la esclerosis lateral amiotrófica que le llevaría a la
muerte. Que es al mismo tiempo un libro de historia y un manual de pensamiento
político, ya que repasan los sucesos, movimientos e ideologías que configuraron
el tumultuoso siglo pasado. El último capítulo está dedicado precisamente a la
socialdemocracia, y es un análisis lucidísimo de los últimos cincuenta años y
las causas que nos han llevado a la presente derrota. No les cito párrafos
enteros por falta de espacio pero puede que lo haga en próximos posts.
Dicho lo cual, y pidiéndoles disculpas por el tono mitinero
y demagógico de la entrada, me despido de ustedes por una temporada. Los
recortes en personal de la Universidad y mi imprudente costumbre de decirle que
sí a todo el que me pide una colaboración en algún proyecto me han preparado un comienzo de curso más
que turbulento. Y no me va a quedar demasiado tiempo libre para actualizar el
blog, al menos con una cierta regularidad. En el mejor de los casos tendrán los
consabidos refritos y trabajos de copia y pega para mantener permeables las
líneas. O igual ni eso, ya veremos.
Piero Umiliani - Le Ragazze dell'Arcipelago (Svezia, Inferno e Paradiso BSO, 1968)
La primera vez que vine a Estocolmo, Ilyich Rivas aún no
había nacido. Y en esta segunda lo hemos visto dirigiendo a la Filarmónica de
la ciudad en una animada versión para orquesta de la música que compusiera
Leonard Bernsteinpara West Side Story.
El tiempo, que pasa demasiado rápido. Tampoco es que el director o el programa nos
interesaran gran cosa, que aquello era, salvando las distancias, como una de
esas novilladas veraniegas de promoción. Pero teníamos curiosidad por conocer el
Konserthuset, la sala donde se entregan los Premios Nobel, y en lugar de pagar por
la visita guiada nos pareció mejor idea ir a un concierto; y éste era el único
que estaba programado para esas fechas. El edificio es de los años 20 y está
construido en estilo neoclasicista. La sala nos recordó mucho al Concertgebouw
de Amsterdam, que vimos el año pasado, aunque ésta es bastante más pequeña; y
de hecho no nos explicamos como se las arreglan para meter a tanta gente el día de los premios.
En el mismo teatro actuó unos días después Madeleine Peyroux, que ni
nos gusta ni nada, pero fuimos por idéntica razón. En este caso para ver la
sala dedicada a los conciertos de cámara, y que recibe el nombre de Grünewaldsalen
por el pintor que decoró sus paredes. No confundir con el maestro alemán del
Renacimiento; este Grünewald era un artista de principios del siglo XX que se
movía por los terrenos del simbolismo y el expresionismo. La sala es realmente
preciosa, con paredes y techos cubiertos de alegorías y escenas mitológicas, en
un estilo que se da un aire a los dibujos de Enrique Herreros para La Codorniz; y conste que lo digo en
tono elogioso. En cuanto al concierto en sí, fue todo lo aburrido y previsible
que cabía esperar. Lo único que nos sorprendió fue el público, que estaba formado
en su mayoría por venerables ancianos, cuando aquí en España la Peyroux es una
artista de progres. Cosas de cada país.
Y antes de que los pocos lectores que nos quedan salgan
huyendo de este blog de viejunos, les adelanto que también fuimos a un festival
de música moderna, el Stockholm Music & Arts. El concepto de este festival es muy similar al de Territorios,
e incluso pareciera que les hubiesen copiado la idea. Y es que se celebraba en la
trasera de un museo de arte contemporáneo, durante tres días, y con
predominio de la cosa étnica junto a estrellonas de una cierta edad para atraer al
público pudiente como nosotros. Pero ahí acababan las semejanzas, pues el planteamiento del de Estocolmo era mucho más respetuoso con el siempre sufrido aficionado. Para empezar el hecho de tener un solo
escenario, lo cual permite ver conciertos completos sin complejo de culpa. También
el aspecto hostelero funcionaba bastante mejor, con multitud de barras y
puestos de comida; y hasta vendían tabaco. Aunque el mayor contraste lo notamos
en la actitud del público, que se puede resumir en que allí nadie meaba fuera
del tiesto (entiéndase en los sentidos literal y metafórico de la popular
expresión). Y luego había detalles sorprendentes, como que la chica que te
colocaba la pulsera que acreditaba que eras mayor de 18 años y podías consumir
legalmente alcohol llevaba un hiyab musulmán. Estoy convencido de que en ello
había un mensaje implícito, sea para desincentivar el consumo de alcohol o por
demostrar que la organización es tan buenrollista que no tiene en cuenta la
religión de los trabajadores a la hora de asignarles cualquier puesto. A mí de todos
modos me pareció chocante.
Nos habría gustado ir al primer día del festival, que tenía
como cabezas de cartel a Antony y a Patti Smith, pero las entradas estaban
agotadas desde hacía tiempo. En aquel momento nos quedaba el consuelo de que a
Patti la podríamos ver en unos meses en Sevilla, pero me imagino que ya se
habrán enterado de que canceló su concierto del Maestranza por razones un tanto
abstrusas, así que nuestro gozo en un pozo. De modo que, como el segundo día
tenía un interés muy limitado, sacamos entradas sólo para el tercero cuyo único aliciente era que cerraba con Björk. Esa tarde fuimos tempranito para evitar las colas
en la recogida de entradas y el ritual de las pulseritas (no habría hecho falta
porque ya digo que aquello funcionaba con eficacia escandinava), y aprovechamos
para ver el final de la actuación de Fatoumata Diawara, una cantante de Malí
muy mona y con grandes dotes de animadora. Luego
nos fuimos al centro a cenar de mesa y mantel, que en este viaje íbamos de
señores y no nos íbamos a comer un kebab sentados en un poyete.
A la vuelta nos encontramos con que ya estaba Buffy Sainte-Marie
sobre el escenario y nos quedamos a verla más que nada por ir cogiendo sitio
para el concierto de Björk, que preveíamos masivo como así fue. A vosotros jóvenes
el nombre de Buffy Sainte-Marie no os dirá nada, pero en los sesenta y setenta
tuvo bastante éxito entre los hippies con su aspecto de Pocahontas (pertenece a
la nación Cree) y sus canciones contra el hombre blanco y la guerra en general.
A mi señora, que ignoraba su existencia, le sorprendió que yo conociera muchas de sus canciones, pero es que
uno, aunque no lo aparente, tiene ya una edad. Buffy tampoco se conserva nada mal para sus
años, pero hay que decir que el rollo que lleva ahora, alternando sus temas
folklóricos de siempre con desmelenadas invocaciones al Gran Manitú, resulta un
tanto trasnochado.
Pero valió la pena soportar su concierto porque pudimos ver
el de Björk desde una buena posición, cerca y centrados para disfrutar de su magnífica imaginería. La islandesa
salió vestida como de gallina Caponata deconstruida, con dos músicos que se encargaban de
todo y un coro de adolescentes islandesas todas rubias y guapísimas. Y una enorme bobina
Tesla controlada por midi muy espectacular, que utilizó para el tema
Thunderbolt, y que luego recuperó para los bises finales, en los que además hubo
pirotecnia y desmadre chamánico. El concierto nos encantó, ella cantó
maravillosamente y salimos comentando que debería postularse para representar
algún año a su país en Eurovisión, ahora que parece que vuelve el momento de los escandinavos
excéntricos. Por cierto que todo acabó antes de la medianoche para que los
asistentes pudieran volver a casa en transporte público. Nosotros preferimos
hacerlo andando porque la noche era agradable y no estábamos lejos, pero nos
parece un detalle digno de elogio, y así se lo hacemos saber a los promotores de
conciertos de por aquí.
Como muy bien identificó Vidal en nuestro anterior post, el edificio que aparece en la última foto es la Stadsbibliotek, obra maestra del gran arquitecto sueco Gunnar Asplund. Lo más característico del edificio es la espectacular sala de consultas cilíndrica, con varios pisos de estanterías y coronada por una cúpula muy rebajada inapreciable desde el exterior. No hay mucha obra de Asplund en la capital, aunque su influencia sobre toda la arquitectura y el diseño escandinavos es innegable. Por ejemplo la tienda de muebles de diseño más notable de la ciudad se llama Asplund. Y es el que el diseño en Suecia es una religión. Aunque no existe un museo del diseño como tal, el Nationalmuseum dedica varias salas al tema donde se exhiben todo tipo de muebles y objetos icónicos, incluyendo algunos de Ikea. De hecho muchas tiendas de diseño parecen auténticos museos, por el modo como combinan en sus exposiciones piezas vintage originales, copias contemporáneas y elementos actuales.
La otra obra importante de Asplund en Estocolmo es Skogskyrkogården, el cementerio catalogado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad y donde se encuentra su tumba, muy discreta, junto a una pequeña tapia. La visión desde la entrada es de una extensión de césped perfectamente cuidada, y más parece campo de golf que camposanto. No hay a la vista elementos religiosos, salvo una enorme cruz que lo preside todo. En el folleto para la visita del lugar se insiste mucho, con esa vergüenza culpable típica de los cristianos progresistas, en que esa cruz no es un símbolo de una fe concreta, sino del ciclo de vida- muerte-vida, lo cual es una absoluta memez pues para eso podrían haber colocado con mayor rigor una esvástica o un círculo solar. Junto a la cruz están el crematorio y las capillas, que no pudimos visitar pues sólo se abren cuando hay funerales. Las zonas de enterramiento están repartidas por los bosques de pinos que rodean la pradera, en uno de cuyos rincones se encuentra, con privilegio de tener placita propia, la tumba de Greta Garbo. El efecto que se pretende lograr, y que desde mi punto de vista se consigue, es más de dulce melancolía que de tristeza, algo bastante habitual en estos cementerios del centro y norte de Europa.
Porque no fue éste el único que visitamos. Fieles a la tradición protestante, la mayoría de las iglesias de Estocolmo mantienen coquetos cementerios en sus jardines, que no son reliquias del pasado como en otras grandes ciudades sino que siguen activos a juzgar por las fechas de las lápidas. Una costumbre que nos sorprendió es que los suecos no llevan ramos de flores a las tumbas de sus seres queridos, sino que las plantan en la hierba de alrededor. Por otro lado, hay que agradecer a la iconoclastia calvinista la ausencia de esa relamida estatuaria religiosa propia de los cementerios católicos; sobre todo, nada de "ángeles llorosos", lo que para un asustadizo fan del Doctor Who es un alivio. Por el contrario, las tumbas de los niños suelen estar cubierta de juguetes; y hasta encontramos gestos de humor en algunas lápidas. Y como sucede en cualquier parque, en cuanto sale un rayito de sol el vecindario aprovecha para hacer picnic en bañador sin ningún respeto por lo sagrado del lugar. Que tampoco es algo que quite el sueño por aquellos lares, y de hecho la mayoría de las iglesias tienen sala de juegos para los niños y cafetería.
Otro edificio emblemático de la ciudad que visitamos fue el Stadshus o ayuntamiento. Aunque se trata de un edificio de principios del siglo XX, su autor Ragnar Östberg lo ideó como un palacio renacentista florentino. El interior es bastante heterogéneo, destacando por el pésimo gusto de su decoración la llamada Sala Dorada. En la Sala Azul, que pese a su nombre está cubierta de ladrillos de color rojo y que es la única que mantiene una cierta unidad estilística con el resto del edificio, es donde se celebra el banquete anual de los Premios Nobel. Por su parte la Sala Oval, con sus tapices y sus sillones estilo Imperio, es el lugar donde se celebran los enlaces civiles cuya ceremonia oficial, de creer a la guía que nos acompañaba, puede llegar a durar hasta treinta segundos. De lo que les informo por si, como es mi caso, aún no han contraído matrimonio debido a la desgana que produce lo farragoso del ritual.
El último icono arquitectónico que vamos a comentar es la torre Kaknäs, que es como se llama el pirulí de allí. Personalmente no me interesaba demasiado, pero se trataba de una recomendación de la guía Wallpaper, lo que para mi señora es sinónimo de lugar sagrado de peregrinaje, así que aprovechamos un día de senderismo por el parque natural urbano de Djurgården para acercarnos. E incluso subimos al mirador, que desde sus 150 metros es la mejor atalaya para hacerse una idea de la llanura que configura el paisaje del área metropolitana de Estocolmo. El edificio es todo lo feo que suelen ser las torres de comunicaciones de hormigón, y de nuevo confirma la pasión de los editores de Wallpaper por el brutalismo; pero por lo menos tiene una utilidad, no como las ya famosas "setas" de la plaza de la Encarnación de Sevilla, que a lo que parece son el nuevo asombro de modernos sin referencias y arquitectos sin gusto, tanto de acá como de afuera.